Ad portas de cumplir cuarenta años, la empresaria caleña vive su mejor momento. Con Diners habló de su éxito en la industria de la moda, de ser mamá, de cómo superó el cáncer y por qué está “con la camiseta puesta”.

Hace ocho años –exactamente dos semanas antes de casarse con el empresario caleño Harold Eder–, en el espacio impersonal y frío de un consultorio médico, a Adriana Arboleda le diagnosticaron cáncer de tiroides. “Ese día se me vino el mundo encima, y sentí lo que me imagino han sentido todas las personas que han recibido esa noticia”. Aún es difícil encontrar palabras para describir esa sensación, pero angustia, desolación, incertidumbre y perplejidad se acercan.

Son las nueve y media de la mañana, y junto con un grupo de mujeres, entre las que se cuentan embajadoras y colaboradoras de la Fundación Ellen Riegner de Casas, va rumbo al Instituto Nacional de Cancerología, en el sur de Bogotá, para realizar una visita a las instalaciones y ver la labor que adelanta la fundación en esa institución.

Adriana posó con la Pink T-shirt, inspirada en el lazo del cáncer de seno, pero diseñada para que pueda usarse todos los días. La totalidad de las ventas de la camiseta será destinada a la Fundación Ellen Riegner de Casas

En el camino, Diana Rivera, directora de la fundación, describe el recorrido que tienen planeado una vez lleguen a su destino. Cuidados paliativos, quimioterapia pediátrica y urgencias oncológicas son algunos de los puntos mencionados. Y a pesar de que hace una detallada descripción de lo que sucede en cada uno de ellos, la preparación parece insuficiente para asimilar la realidad que se vive allí adentro. Una realidad en la que médicos, enfermeras, especialistas y personal administrativo hacen milagros con los recursos que tienen para ayudar a los más de cien mil pacientes que, por ejemplo, atendieron durante 2016. Unas instalaciones que no dan abasto, pero que con la ayuda de diferentes benefactores, poco a poco se han ido interviniendo para mejorar la calidad de vida de sus usuarios, en su mayoría personas de bajos recursos que no tienen medios suficientes para afrontar una enfermedad costosa, no solo económicamente, sino emocional y físicamente.

Es allí donde la fundación entra en acción. “Ofrece apoyo a todo nivel y permite que la enfermedad pueda afrontarse con dignidad. Vivimos en una burbuja, y no nos detenemos a pensar en la dimensión del problema. Personas que llegan a hacerse un tratamiento de fuera de la ciudad y no tienen una chaqueta que ponerse, dónde hospedarse, con qué tomarse un refrigerio o cómo comprar crema de dientes y champú”, explica Adriana, quien se unió a la iniciativa “Moda y cáncer” creada por la empresaria Karen Moreinis, junto con Catalina Casas, una de sus fundadoras, inspiradas en la idea de dar y recibir. “De esta manera, las personas compran algo de moda, pero a la vez apoyan una buena causa. Realizamos diferentes eventos en el año”, explica Moreinis, quien la invitó a diseñar una camiseta.

“Inicialmente querían que se hiciera referencia al lazo rosado que se ha convertido en símbolo de la lucha contra el cáncer de seno. Sin embargo, propusimos algo más sutil, una camiseta que pudiera usarse todos los días y para diferentes ocasiones. Queríamos que fuera más artística”, explica Adriana, quien con su socia, la diseñadora Johanna Ortiz, y Manuela Álvarez, jefe de diseño de Pink Filosofy –la marca de ropa que fundaron hace siete años–, propusieron la Pink T-shirt, una camiseta de algodón gris o marfil, que en su costado insinúa el lazo en un tono palo de rosa.
Aprovecharon los miles de seguidores que tienen las embajadoras de la fundación –entre ellas la presentadora Andrea Serna y la modelo Toya Montoya– para viralizar el tema. Y así nació el hashtag #ConLaCamisetaPuesta. “Y es que cuando te sorprende la vida con noticias inesperadas, tienes dos opciones: o te pones la camiseta y aceptas el reto de afrontarla y superarla, o te vas por el otro camino y no tomas las riendas de lo que está sucediendo”.

Adriana asumió su diagnóstico de manera proactiva y con entereza. Incluso, le planteó a su futuro esposo que aplazaran la boda hasta que supieran con certeza el pronóstico de su enfermedad. Él le respondió con una negativa enfática y rotunda y le aseguró que juntos lo superarían. “Unos días después me hicieron una biopsia y determinaron que no era un cáncer agresivo, y que no había afectado los ganglios. Cuando llegué de mi luna de miel, me operaron y me extrajeron la tiroides. Luego me sometí a un tratamiento de radiación”, recuerda y reconoce que contó con el cuidado de algunos de los mejores especialistas.

Sus hijas son su prioridad y ha organizado su tiempo para estar con ellas todas las tardes

“Son muchas las personas que no tienen las herramientas ni el sistema de apoyo para afrontar esta enfermedad”, comenta la diseñadora caleña visiblemente conmovida al terminar el recorrido planteado por la fundación. Allí por unos minutos interactuó con un grupo de personas que recibían una conferencia en el Centro de Educación de Pacientes, donde una médica les explicaba los efectos adversos de los diferentes tratamientos que iban a recibir –en la pantalla del salón estaba proyectada una diapositiva que detallaba cómo algunas de las drogas del tratamiento hacen perder el gusto–, pasó por la sala de quimioterapia pediátrica, y se detuvo en la sala de paz, un lugar especialmente adecuado para que los familiares de un paciente que fallece puedan esperar con tranquilidad los trámites que requiere este doloroso proceso.

OTRA PERSPECTIVA
Ya es medio día y afuera cae un aguacero torrencial. Es difícil descifrar el ánimo del grupo, una buena aproximación sería una mezcla entre reflexión y esperanza. La toma de conciencia de que hay mucho por hacer, pero también de todo lo que se ha logrado –a la fecha la fundación ha impactado a más de 58.000 pacientes–. “Hay que ponerse la camiseta por Colombia y ayudar en esta magnífica labor que inició gracias a Ellen Riegner de Casas, una mujer que tuvo la lucidez y generosidad de pensar en los demás cuando ella perdía la batalla contra su enfermedad. Pensó que si para ella que tenía todo había sido difícil, cómo sería para quienes no tenían recursos. Es un legado muy lindo, maravilloso, digno de emular”.

Haber sufrido esta enfermedad la sensibilizó hacia este tipo de causas, y desde entonces ha apoyado varias iniciativas como esta. Su diagnóstico también le cambió la forma de ver y afrontar la vida. “Entiendes qué es importante y qué no. Ves las cosas desde una nueva perspectiva”, dice mientras termina de comer un poke (ensalada con pescado crudo y arroz de sushi) de atún y verduras, sentada en el piso de una oficina en el norte de la capital, antes de comenzar la sesión de fotos para Diners. Ya son las tres de la tarde.

Entendió también que varios factores pueden influir en los índices de supervivencia del cáncer. “Afortunadamente he tenido una vida espiritual fuerte y me sostuve de ahí. En ese momento asumí muchos cambios. Consulté con los mejores médicos, bioenergéticos y nutricionistas. Después de la radiación hice una desintoxicación fuerte. Me volví más consciente de lo que comía, y por un tiempo fui totalmente vegetariana. Hoy en día como pescado, pero trato de no consumir químicos que puedan ser nocivos. Trato de cuidarme”. Esto es evidente en su semblante, la calidad de su piel y el brillo de sus ojos color miel.

Una de sus metas es internacionalizar Pink Filosofy, la marca que fundó hace siete años junto a su socia Johanna Ortiz

También en su actitud. Es una mujer tranquila, centrada, entrañable. A pesar de haber llevado una vida pública, como modelo y presentadora, se ha mantenido al margen de la controversia y los escándalos. Prefiere el bajo perfil, es profesional y apasionada por lo que hace, especialmente por la marca Pink Filosofy. Como su nombre lo indica, la propuesta se basó en su filosofía de vida. “Diseñamos para una mujer práctica y relajada, a la que le gusta estar bien vestida, sin sacrificar comodidad. Una mujer empoderada, para la cual la ropa es un complemento, mas no lo que la define”.

NUEVA ETAPA
Los últimos dos años la empresa ha tenido un crecimiento importante, y los diseños que comenzaron siendo básicos y depurados, han evolucionado a prendas con un concepto más elaborado y novedoso. “Estamos en una etapa de madurez interesante, queremos internacionalizar la marca, como sucedió con Johanna Ortiz. Estamos preparándonos y asesorándonos para hacerlo bien”, asegura Adriana, quien ha sobresalido en su faceta como empresaria. “Aunque me involucro mucho en el diseño, estoy concentrada en la parte de mercadeo. Me encanta”.

Está convencida de que en el mundo se ha cambiado la manera en que se consume. Con esto en mente, llevan la marca hacia el uso de materiales naturales, donde predominan algodón, denim y tenzel –hecho con fibra de corteza de árbol–. También se halla involucrada con la firma de su socia, donde además del mercadeo se encuentra al frente del branding e imagen. “Ayudo con las sesiones fotográficas, el concepto de styling, toda la parte creativa”. Con más de 25 años de experiencia en la industria de la moda y estudios en diseño de joyas, siempre ha tenido sensibilidad por la estética, “he trabajado con tantos fotógrafos y he estado tan cercana a este mundo, que ya es algo natural”.

Sin embargo, alcanzar este punto y proyectarse hacia donde quiere llegar, ha requerido una gran inversión de energía y dedicación, lo que en un inicio pensó podría reducir el tiempo que pasa con sus hijas, Eugenia y Elena, de 5 y 3 años, su prioridad. Por eso diseñó su horario laboral en función de su familia. Todas las mañanas desayunan juntos y arregla a las niñas para el colegio. Después de hacer su rutina de ejercicio parte para su oficina, donde tiene la costumbre de almorzar para adelantar el trabajo y salir temprano.

“Cuando llego a la casa, me les dedico. Vamos al parque, hacemos pícnic, pintamos, estamos juntas”. Admite que en un principio le costó acostumbrarse a no sentirse culpable, pero con el tiempo ha comprobado que “cantidad no reemplaza calidad. Además, considero importante que tengan el ejemplo de una mamá trabajadora, que se levanta todos los días a luchar por sus sueños”. En esto también cuenta con la complicidad de su esposo, quien la ha apoyado incondicionalmente en todo lo que ha querido hacer, y de sus padres, que se mudaron a vivir a Cali, para estar pendientes de las pequeñas cuando ella viaja.

Para celebrar sus cuarenta años, viajará a Japón con su esposo. “Es un viaje con el que he soñado toda la vida”

La sesión de fotos fluye sin contratiempo. Posó con la Pink T-shirt y lució algunas de las prendas de Castaway, la más reciente colección de Pink Filosofy, inspirada en los desgastes, los flecos y diferentes formas de intervenir el denim. “Es la primera vez que usamos estampado de rayas. La propuesta tiene algo de inspiración de los años treinta, con pantalones de tiro alto y pierna ancha. Es muy versátil”.

Su próxima aventura la llevará a Oriente. No solo porque están trabajando en una colección inspirada en el arte del origami, sino porque dentro de unos meses viajará con su esposo a Japón para celebrar sus cuarenta años. “He soñado con eso toda mi vida. Es una cultura increíble, con una tradición milenaria y una estética maravillosa”, dice emocionada, y cuenta que llevan meses preparando el recorrido, no en vano su mesa de noche está llena de guías del País del Sol Naciente y de libros sobre kimonos.

Son las siete de la noche, debe tomar un vuelo para regresar a Cali, su casa. El tráfico de Bogotá está en su peor momento, pero ella no pierde la calma. Nunca. Esta es tal vez una de sus cualidades más atractivas, además de su dulzura y accesibilidad. Tal vez es fruto de cómo ha afrontado las pruebas que le ha puesto el destino. Siempre con una visión optimista y positiva ante todo. “Estos últimos años han sido muy divertidos, una etapa deliciosa de la vida”, concluye con una sonrisa antes de subirse a la camioneta que la llevará al aeropuerto.

* Las camisetas están disponibles en Onstyle, calle 79A n.o 7a-24, en las boutiques de Pink Filosofy o llamando al (312) 489 6147.

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