James Rhodes, del manicomio a una sala de conciertos

Por amor a la música y para ayudar a quienes han sido víctimas de abuso, el pianista británico escribió una cruda autobiografía.

Sin censura, revela que fue violado a los cinco años, las nefastas consecuencias emocionales y físicas que esto le dejó y cómo una pieza de Bach le salvó la vida. Al respecto habló con Diners en Bogotá.

“Fue difícil. Me sentía muy joven para escribir mis memorias –tenía 38 años–, pero después de darle muchas vueltas, pensé que sería una buena oportunidad para hablar de música clásica, una industria que está en crisis y necesita mucha ayuda. También lo vi como un espacio para tratar temas importantes y difíciles, como abuso, enfermedades mentales, suicidio… y que podría hacerlo en mis propias palabras, basado en mi experiencia”, explica James Rhodes en un tono de voz suave mientras toma una taza de té de coca para contrarrestar los efectos del viaje. Es delgado y está vestido con jeans negros, buzo gris y tenis –tal como lo hace en sus conciertos–. Su pelo ondulado y desordenado por momentos cubre sus ojos, y mientras habla, es posible percibir algunos de los tics que le quedaron después del trauma que sufrió. Su mirada es intensa, y tiene un dejo melancólico, casi infantil, que puede confundirse con timidez.

En el libro, titulado Instrumental: Memorias de música, medicina y locura, Rhodes se sumerge una y otra vez en lo más profundo del infierno que es su locura, y cuando uno está convencido de que no hay salvación, milagrosamente –casi siempre frente a un piano Steinway & Sons– encuentra impulso para salir adelante. Y aunque es una lectura emocionalmente exigente, que tiene apartes intensos y oscuros, como cuando recurre a hacerse incisiones en el antebrazo con una cuchilla para aliviar su angustia y dolor, el tono y la franqueza con que lo cuenta, hace que uno forme un vínculo con él y sienta profunda simpatía y compasión por su situación. Incluso, por más dramáticas que sean las circunstancias, hay momentos donde sale a relucir el típico humor negro británico –es el caso de la detallada descripción de uno de sus intentos de suicidio en un hospital psiquiátrico–.

“Fue difícil”, reitera, y cuenta que escribió la mayor parte entre las 12 de la noche y las 6 de la mañana. “Escribía, escribía y escribía, y trataba de no pensar tanto”, recuerda el pianista de 42 años, quien asegura que este ejercicio no lo ayudó ni tuvo que ver con su proceso de sanación. “Muchos piensan que fue beneficioso. Creo todo lo contrario, aunque es positivo recibir mensajes de tantas personas a quienes el libro ha ayudado. Eso hace que valga la pena haberme expuesto a compartir mi historia, a sentirme un poco avergonzado todavía y haber revivido las cosas que me sucedieron”. Se refiere a los cinco años –desde los cinco hasta los diez– en los que fue repetidamente violado por su profesor de boxeo –35 años mayor que él– y las consecuencias emocionales, psicológicas y físicas que resultaron de esta traumática experiencia que por poco acaban con su vida.

Como lo cuenta en el libro: “De un día para otro, literalmente pasé de ser un niño lleno de vida que bailaba, que daba vueltas, que reía, que disfrutaba de la seguridad y las aventuras que le brindaban un colegio nuevo, a ser un autómata aislado, de pies de cemento, apagado. Aquello fue una conmoción inmediata, como ir caminando tranquilamente por un camino soleado y que de pronto se abra una trampilla y caigas a un lago helado”.

Conceptos como vergüenza, rabia y culpabilidad son recurrentes a través de los veinte capítulos de la obra –cada uno dedicado a un compositor–. Sin embargo, el odio no es tan frecuente, y llama la atención que solo lo usa cuando se refiere a sí mismo y no a su victimario. “Ese es el legado del abuso. Por eso es tan importante ponerlo en palabras, porque mi caso no es único. Es muy común en quienes han pasado por situaciones similares, que termines odiándote a ti mismo”. Su consejo para quienes viven o han vivido algo así, es que tienen que hablar de lo que está sucediendo. “A veces lo peor es hacerlo con la familia, o en el colegio…, pero hay instituciones y organizaciones maravillosas, que tienen líneas especiales para llamar y hablar confidencialmente. Sé que es difícil, y puede tomar muchos años encontrar el valor para hacerlo”.

“Cuando son las cuatro de la mañana y te quieres matar, tienes un piano para canalizar ese dolor, esa angustia. Cuando tratas de huir de la realidad, tienes la música para dejar eso atrás y enfocar tu energía en otra cosa”.

EL PODER DE LA MÚSICA
Entretejidas con sus depresiones, ataques de ansiedad, descenso en el alcoholismo y la desesperación, están las historias de algunos de los compositores más brillantes de la historia –Bach, Schubert, Beethoven, Liszt o Rajmáninov–, quienes tuvieron vidas trágicas, miserables, complicadas, y llenas de inseguridades y enfermedad. Muchos creen que existe una relación directa entre sufrimiento y un talento excepcional, sin embargo, Rhodes opina que esto es una gran equivocación. “No creo que exista un vínculo entre locura o trauma y creatividad, creo que ellos lograron hacer lo que hicieron a pesar de las limitaciones y dificultades que enfrentaron en sus vidas personales. Cuando son las cuatro de la mañana y te quieres matar, tienes un piano y puedes hacer algo para canalizar ese dolor, esa angustia. Cuando tratas de huir de la realidad, tienes la música para dejar eso atrás y enfocar tu energía en otra cosa”, reflexiona el británico, que desde una temprana edad encontró en la música un momento de introspección.

Tiene claramente identificada la pieza que le salvó la vida, y aún hoy en día, cuando está mal, la escucha y surte el mismo efecto sobre él. Se trata de la versión de la Chacona, de Bach, para violín solista en Re menor, que transcribió para piano Busoni. “Es como la primera vez que te enamoras, nunca lo olvidas. Eso me sucedió con esta pieza. Me hizo ver el mundo como un lugar más seguro, más feliz. Y lo necesitaba en ese momento, era solo un niño y atravesaba una situación muy difícil. Esa música me dio una razón para pensar que el mundo no era ciento por ciento malo”. Y en sus peores momentos, durante la adolescencia, encontró sosiego en el teclado de ébano y marfil, donde cada nota se convertía en un bálsamo para apaciguar su tormento.

Pasó un periodo en el que estuvo casi diez años sin tocar, mientras desesperado buscaba el sentido y significado de su vida. Pero finalmente, después de pasar por varias instituciones mentales, incontables sesiones de terapia, y gracias a su indiscutible talento y obsesión por la música clásica, encontró el camino a las más prestigiosas salas de conciertos por todo el mundo. Como dice un aparte de su libro: “La mía iba a ser una existencia dedicada a la música y al piano. Lo supe sin cuestionármelo, feliz, sin el dudoso lujo de poder elegir”.

Con su estilo descomplicado y cercano, ha cautivado a audiencias más jóvenes y diversas. “La música clásica se toma muy en serio y hay todas estas reglas, pero nada de eso es importante. Lo único que importa es la música. Me gusta la idea de hablarle al público, tener las luces apagadas y que la gente puede cerrar los ojos y desaparecer por una hora y media. Escuchar la música sin leer un programa o preocuparse si está bien vestido o cuándo pueden aplaudir. Pueden desconectarse y relajarse…”. Aunque admite que solo puede aspirar a que cada una de sus presentaciones sea “lo suficientemente buena”. Eso para él es lo más cercano a la perfección. “Salir del escenario y pensar que si estuvieran en el público Beethoven o Chopin, hubieran sentido que no lo hice tan mal, que les hice justicia a sus piezas. Tengo que conformarme con eso”, añade con una sonrisa de resignación.

Rhodes estuvo en Colombia –Cartagena, Medellín y Bogotá– en el marco del Hay Festival. Fue su primera visita a Suramérica, y quedó encantado con el país y su gente. Prometió que regresará pronto. La suya es una historia de supervivencia, un ejemplo de cómo el espíritu humano logra sobreponerse a la adversidad. En el camino ha encontrado ángeles guardianes que lo han rescatado y creído en él, aun en los momentos más difíciles, como su mánager, su mejor amigo y su segunda esposa –de quien ya está divorciado–. “Creo que hay muchos ángeles en nuestras vidas y si mantenemos los ojos abiertos los podremos ver. También creo que es importante pedir ayuda, aunque sea difícil hacerlo… Pero soy muy consciente de lo afortunado que soy”.

PUNTO DE PARTIDA
Para quienes están interesados en tener un acercamiento con la música clásica, y no saben por dónde empezar, Rhodes recomienda estos tres discos:

La Sinfonía No. 3 y la Sinfonía No. 7 de Beethoven (interpretadas por la Orquesta Sinfónica de Londres).
Las Variaciones de Goldberg, de Bach (interpretadas al piano por Glenn Gould).
Los Conciertos para piano 2 y 3, de Rajmáninov (con Andrei Gavrilov al piano).

Explica que en esos tres álbumes está todo el espectro de la música clásica, “desde Bach hasta Rachmáninov, con Beethoven en la mitad. Tres de los compositores más importantes, y pasa por todas las emociones, romance, tristeza, desespero… Y tanta belleza”.

Recomienda también la lista de Spotify que aparece en su libro, de Rey Naranjo Editores. “Tiene entre 20 y 25 piezas de música, con los mejores músicos tocándolas y las puedes escuchar gratis. Es maravilloso, porque puede que odies a Bach o a Chopin, pero escuchas una pieza de Beethoven o Liszt y puede que te encante, y luego descubres otros compositores, o algunos similares. Es una gran oportunidad de descubrir algo que de pronto puede cambiar tu vida, y hacerla mejor”.

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