En el año de Cervantes: Catalina de Salazar, la esposa de Miguel de Cervantes

¿Se casó Catalina con el hombre equivocado? Seguramente Cervantes no fue el mejor esposo, pero sí el escritor más grande del idioma castellano. Historia de una relación en conflicto

Revista Diners de mayo de 2005. Edición número 422

Dicen las lenguas malignas que le ponía los cuernos al marido. Tendremos que imaginar los atractivos que ella vio en ese viajero casi dieciocho años mayor y sin evidencias de solvencia económica.

Acaso la frente lisa, los ojos vivos y la barba rubia cautivaron a una veinteañera pueblerina a pesar de su maltrecha figura. Su discreción y gracia debieron de convencer a Catalina de Salazar para aceptar una unión tan solo dos meses después de haberlo conocido. Además, recién muerto el padre se necesitaba un hombre que ayudara a la familia de Salazar en el manejo de una herencia refundida en deudas y confusos registros notariales.

El luto de los Salazar demandó una boda austera. Ella sabía poco sobre su reservado marido. Traían fama de buen soldado y de administrador de asuntos oficiales, y algún reconocimiento versificador. Pero a Catalina le bastaba que tomara las riendas de la casa, y con su presencia tener contenta a su mamá para presumir en los círculos cerrados del pueblo. Cuando él cumplió con su aporte al matrimonio, la familia Salazar adelantó la dote, dieciocho meses después de la boda. La pareja hizo entonces el inventario del patrimonio conjunto: cuatrocientos ducados, unas fanegadas de tierra, un huerto, olivares, viñedos, unas docenas de gallinas y un gallo.

Sabemos que la armonía hogareña inicial se refunde en los constantes viajes del marido y en la frustrada maternidad de Catalina. Desilusionada de su matrimonio, ella se siente extraña a las aspiraciones de un hombre casi siempre ausente o que dedica las noches a distraer sus desasosiegos entre plumas y papeles. Lo ve como un inútil para conseguir el sustento de la casa y la familia, y no es de extrañar que cediera sus encantos a jóvenes mejor dispuestos.

La suegra otorga al yerno plenos poderes para administrar los bienes familiares con la pretensión de retenerlo en el domicilio familiar. Pero después de tres años de vida en común, el esposo abandona a Catalina. Para ella no es difícil comprender esta determinación. Quizás alcanza a percibir la insatisfacción de un hombre de mundo con ínfulas de poeta ahogado en las deudas de su familia política, aburrido de la vida provinciana y de la frugalidad obligada por las circunstancias. Nota en su esposo el agobio que le causa el estrecho horizonte de una pequeña sociedad anquilosada en linajes del pasado.

Al mesurado marido, casi siempre abstraído en sus invenciones, ¿qué pueden decirle las historias mezquinas de los ascendientes de los Salazar? Nada significan para él, por ejemplo, las minucias de aquel hidalgo familiar, el monje Alonso Quijada, muerto hacía más de medio siglo y a quien se recordaba como gran lector de novelas de caballería.

Catalina entiende que el retiro bucólico en Esquivias no es para un hombre que ya goza de cierto prestigio en las letras. Ella sabe que algunos ducados obtenidos por sus obras de teatro y una novela sobre pastores enamorados le habían dado la falsa ilusión de la capacidad de vivir de sus escritos. Que su marido se dedicara en sus ratos libres a la poesía, considerada un producto perecedero, era una cosa, pero que escondiera sus alientos para conseguir un empleo digno en esa terca idea de vivir del oficio de escribir, era una necedad.

Catalina intuye que ese gesto de sumisa resignación muestra que su esposo añora la libertad de las reuniones de sus círculos letrados, y su frustración de verse privado del contacto de colegas, libreros y comediantes. Así las cosas, no es una sorpresa cuando un sobrino de su marido toca a la puerta y extiende un papel enrollado y atado con una cinta Es el mandato por el cual a Catalina se le otorgan plenos poderes para el manejo del patrimonio de la pareja. Fechado el 28 de abril de 1587, lleva la firma ante el notario de Toledo: los rasgos inconfundibles de la pluma se alargan y achatan con el nombre de quien la lanza al abandono y la incertidumbre: Miguel de Cervantes.

Catalina repasa los tres años de convivencia en los que sobresalen las amarguras y frustraciones de su cónyuge. Y recuerda su gesto de derrota cuando le negaron reconocimiento y recompensa en metálico como soldado sobreviviente de Lepanto y Argel, o su desilusión cuando falló en sus aspiraciones de convertirse en un funcionario real en Madrid o Alcalá, o cuando renunció definitivamente a partir para las Indias en una carabela en misión oficial. Entonces estaban recién casados, y ya traía una huella de desaliento; era como una impronta de infortunio que marcaba la frente con arrugas.

Sí, para Catalina, el hombre con esa triste figura, con quien se había casado y acababa de abandonarla, era un amargado. Debió de notarlo durante el breve noviazgo cuando tuvo que tragarse entero la existencia de una hija con una tal Ana Franca, una mujer casada. Ahora, con el papel en la mano, podía pensar que había contraído matrimonio con el hombre equivocado, y también, por qué no, que se sentía libre.

Quizás hasta Esquivias, esa provincia lejana de La Mancha, llegan las noticias sobre la expedición naval contra Inglaterra y la orden del rey Felipe II de organizar los suministros para las galeras de la flota. No se conoce si Catalina sabe que su marido obtiene un empleo de comisario de tercios y alcabalas para recaudar trigo y aceite en Andalucía, que lo mantendrán ausente. Ella puede distraer su soledad con deslices de los que surgen habladurías. Quizás ya no piensa en su marido, ese hombre equivocado en su vida, ni se pregunta si algún día volverán a reunirse ¿Le llegarán a ella noticias de aventuras y desventuras por las que él se verá inmiscuido en excomuniones de cabildos y hasta en prisión algunas veces? ¿Persistirá su esposo en la terca obsesión por la escritura? Se sabe que su comunicación con ella es casi nula durante estos años.

El 1 de mayo de 1588, Catalina lo notifica de la muerte de su suegra. También él se entera de que sus disposiciones testamentarias ella reserva a sus propios descendientes el beneficio exclusivo de la herencia. La madre de su esposa demuestra así no haberle perdonado su precipitada salida de Esquivias. Catalina se entera de que por cuentas mal hechas, Cervantes es acusado de malversaciones ante el Tesoro Público. A ella le quedará el consuelo de saber que los notables renunciaron al proceso reconociendo que su marido obró con honradez y diligencia.

Corre el año de 1590. El marido ausente parece desentendido de su esposa y solicita de nuevo un oficio en las Indias. Esta vez quiere una plaza en Cartagena donde aspira a la contaduría del Nuevo de Granada. Pero ya no es tan joven, está medio inválido y sus referencias de la comisión no le auguran éxito en su pedido. Decepcionado, se empeña en recuperar las sumas que le adeudan desde hace dos años. Se queja de falta de dinero y de haber pedido en préstamo diez ducados para reparar el guardarropa. Una situación miserable: no quisiéramos que se sumara al inventario de lamentos que Catalina padece por él. Un año después consigue los 110.000 maravedíes que se le adeudaban. Él continúa sus funciones de recaudador para la Armada, pero acusaciones, revanchas y cárcel marcan un infortunio tras otro.

En octubre de 1593 la muerte de la madre de su esposo recrudece las viejas tristezas de Catalina. Fue ella quien luchó a brazo partido para sacarlo de las mazmorras argelinas. En el año siguiente, Catalina recibe una carta con los rasgos conocidos. SU esposo la llama. Quiere reunirse con ella en Madrid. Han pasado siete años desde que se separaron.

Nuevos sinsabores esperan a la pareja. Ella hereda de su hermano dos viñas, algunos olivos, un juego de ropa de cama y un pequeño tonel. Sin duda, parece una venganza o una burla que demuestra el temor familiar sobre los manejos que da el marido a sus bienes. Cervantes acepta una misión para recaudar una gruesa suma de dinero, y para completar la fianza exigida compromete su patrimonio y el de su esposa.

A Catalina no le hace gracia ver a su marido, ex comisario de víveres, actuar ahora como agente de dineros ajenos. La falta de una contabilidad confiable en la transacción evidencia los malabares del socio, quien ha huido con buena parte de lo recaudado por Cervantes, y como éste no puede responder, es encarcelado durante varios meses en Sevilla. Una vez más, Catalina confirma que quien tiene a su lado es el hombre equivocado, y regresa a Esquivias. Al menos se consuela sabiendo que él entretiene su encierro con esa idea sin futuro de escribir una gran novela. Pero su marido le preocupa: a los 51 años se queja de achaques de salud.

El nuevo siglo comienza para Catalina con la marca de la adversidad. El hombre que toca la puerta en Esquivias tiene el gesto de la decepción en la cara. Llega con ganas de quedarse en la casa familiar para dedicarse a la composición de su obra. Si rastro se pierde durante cuatro años durante los cuales se sabe que viajó y regresó esporádicamente al lado de Catalina. Ésta, sin el soporte de su marido, vende a su pariente Gabriel Quijada un pedazo de tierra. De nuevo imagina a su cónyuge entregado casi exclusivamente a su presunto gran libro. En el 1604, y para sorpresa de ella, Cervantes logra el privilegio real para publicarlo. A partir de ese momento los esposos no vuelven a separarse sino hasta la muerte del escritor. Pero no estarán solos. En total, veinte personas, entre sus hermanas, Isabel, su hija natural y algunas primas, conviven en trece cuartos en una vieja casona de Valladolid.

Catalina es testigo de los seis meses que dedica Miguel de Cervantes a vigilar la impresión de su manuscrito. Observa a su marido amparándose de sus desdichas; le habla de las expectativas puestas en su libro. Está convencido de que su novela, a la que le ha entregado el alma entera, tendrá amplia acogida. Sin embargo, teme que su ganancia no alcanzará para las deudas, y lo que queda de la herencia de Catalina les augura austeridad.

Tres meses después de salir al mercado, en 1605, su gran libro ha batido todos los récords ele ventas. Ella tiene 40 años y el consagrado escritor 58. La vida parece mostrarles una cara compasiva. Pero el infortunio señala a su esposo, esta vez en medio de la gloria. Es encarcelado por una trifulca en la puerta ele su casa en la que resulta herido de muerte un antiguo soldado real. Es un malentendido, pero una vez más Catalina tiene un motivo para pensar que es la esposa del hombre equivocado. Tres años después, Catalina y su marido deciden afiliarse a congregaciones religiosas: ella a la Orden de San Francisco, él a la de los Esclavos del Santísimo Sacramento, devotas cofradías que imponen a sus n1iembros estrictas reglas.

En 1611 el gran libro. tiene un tiraje desmesurado para la época, de doce mil ejemplares en siete reediciones lícitas o clandestinas. Para Catalina de Salazar la imagen de su mando, siempre golpeado, ha logrado por fin reivindicarse. Atrás quedan los días inciertos, y ahora, como fiel compañera, es testigo de los cuatro años dedicados por él a los setenta y dos capítulos de la continuación de la ya famosa novela. Su éxito y la decisión de su esposo de que su personaje debía terminar con la muerte, comprometieron jornadas exhaustivas de escritura, de modo que en el verano de 1614 su trabajo está listo para ser enviado al impresor: su hija Isabel le da un golpe infame. Con la ayuda del esposo lo lleva hasta los tribunales para cobrarle una vieja deuda, de modo que gran parte de ese año y por respeto a su condición, en vez de la cárcel el escritor paga su detención en la casa del alguacil.

Ocurre una nueva adversidad brutalmente imprevista: a finales de septiembre de 1614, un desconocido, natural de Tordesillas, se ha atrevido a publicar una segunda parte de las aventuras de la gran obra de su marido, usurpando los personajes. La firma un tal licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, cuya verdadera identidad nunca se ha podido desenmascarar.

La obra apócrifa golpea el hogar de Catalina y Miguel con un sartal de calumnias y afrentas. El atrevido autor se burla de Cervantes y de condición de manco; arremete contra su edad, y como no le bastara, pone en su héroe fantoche la sospecha de infidelidad de Catalina Salazar a su esposo. Pero el dueño intelectual de la celebrada novela ataca con sus propios personajes. A ellos confía la tarea de desagraviarlo y de demostrar que la historia apócrifa es tan falsa como todo lo que se dice en ella. En 1615, después de escribir el prólogo contra el tal licenciado, y de componer los últimos capítulos de su segunda parte, quedan listas las gestiones de la publicación y de la revisión de los censores oficiales. Catalina y Miguel son testigos de la consagración inmediata de la obra, aunque paradójicamente la situación financiera de la pareja continúa siendo precaria. No puede saber que cuatrocientos años después, la entrañable historia del hidalgo ingenioso perpetuará la humilde intención con la que fue escrita en “l libro más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse”.

En abril de 1916, Cervantes pone punto final a un nuevo manuscrito al cual dedicó los últimos seis meses de su vida. Catalina vela los achaques y enfermedades de su marido, que sufre de hidropesía, diabetes y cirrosis. Él abandona la Congregación del Santísimo Sacramento y pronuncia los votos en la Orden de San Francisco, a la que pertenece Catalina. Los registros de la parroquia de San Sebastián en Madrid consignan su muerte el viernes 22 de abril, Catalina sobrevive a su esposo por cuatro años. Quizás en su lecho de muerte, cobijada por su ge religiosa, le dedica un pensamiento triste a la figura del hombre equivocado que el destino le dio por marido.

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