Bolívar de carne y hueso

Una figura íntima del Padre de la Patria. Sus días y noches de meditación, angustia, charla, juegos de naipes, hamacas y mantequilla.

Publicado originalmente en Revista Diners de noviembre de 1980. Edición número 128

El Libertador Simón Bolívar, que siempre fue hombre de un buen humor, se burló más de una vez de la carta que le escribió él mismo, cuando era el joven Simoncito, a los dieciséis años de edad, a su tío Pedro Palacios, carta que por su ortografía y su sintaxis no incita a vislumbrar en su autor la genialidad. Más bien se diría que refleja a un muchacho pasmaroote, de pocas letras y poco porvenir. He aquí algunos apartes de esa joyita, elaborada en el puerto mexicano de Veracruz:

“Mi llegada a este puerto ha sido felismente, gracias a Dios: pero nos hemos detenido aqui con el motibo de haber estado bloqueado la Abana, y ser preciso el pasar por alli; de sinco nabios y onse fragatas inglecas. Despues de haber gastado catorse dias en la nabegasión entramos en dicho puerto el día dos de febrero con toda felicidad. Hoy me han susedido tres cosas que me an complasido mucho: la primera es el aber sabido que salia un barco para Maracaibo y que por este conducto podia escribir a Vd. mi situasion, y participarle mi biaje que ise a México en la inteligencia que usted con el Obispo lo habian tratado, pues me allé haqui una carta…”

El joven “mantuano”-es decir, “oligarca” de Caracas tenía, sin embargo, algo en la mollera. Se lo había dejado don Simón Rodríguez, su profesor particular, un pedagogo excéntrico que logró interesarlo en la libertad, con lecturas de Rousseau, y apasionarlo con la naturaleza: el campo, el aire libre, los caballos, la natación, las caminatas, y así llenó de fuerza física y espiritual al niño debilucho, resistente por el momento a la ortografía y la gramática. Bolivar consideró a Rodriguez “el Sócrates de Caracas”, “el hombre más extraordinario del mundo”, que “formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso!

Siguió su viaje el adolescente atolondrado hacia Europa, en busca de placeres; pero también de ideas nuevas. El ánimo primordial era de jarana, pero al mismo tiempo su alma era receptiva, como de esponja, para los fenómenos del tiempo napoleónico, para las crepitantes tensiones entre el cesarismo y la anarquía. Allá se enamoró, a los dieciocho años, de la “marquesita del Toro”, se casó con ella y la llevó a vivir a Caracas. ¡A vivir no! A morir… Antes del primer aniversario matrimonial era viudo, enormemente triste, más reflexivo que antes, y también más pleno de fervor vital.

Volvió a Europa con dinero, con ínfulas, con avidez del mundo. Penetró, gracias a su parienta y novia eterna Fanny du Villars, en círculos refinados y revolucionarios de Paris. Se le prendió la chispa interior. En Roma se encontró con don Simón Rodríguez, y contagiado de su demencia se puso a gritar en el Monte Sacro: “Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos: juro por mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

Tenia veintidós años y volvió a cruzar, de regreso, el Atlántico para cumplir el juramento. ¿Convencido de que lo lograría? Tal vez no totalmente. En el barco debió colocar a veces unas onzas de ponderación sobre el delirio romano. Habría habido que ponerle camisa de fuerza a quien sospechara que él iba a hacer la guerra en cinco colonias de España y a ganarla, y a fundar cinco repúblicas. De todo eso tan solemne e impresionante, que hace de Bolivar producto supremo de la humanidad, no estamos hablando en esta nota.

El autor de la caótica y poco promisoria carta de Veracruz al tío Pedro se convirtió también en el más visionario pensador político de América y en el escritor más conciso y directo. Era un hipomaniaco, según buena descripción del psiquiatra Mauro Torres. ¿Y eso qué es? “Es el ser que vibra. Es el hombre del movimiento dionisíaco en su vida total, orgánica y psicológica.

Originariamente, hipomanía quiere decir estado de frenesí, dentro de los términos inciertos de la normalidad. Es un límite inestable entre la vida normal y la locura maniaca. Puede ser el comienzo de esta enfermedad mental o un estado permanente que se sostiene. con variantes que lo acercan o lo alejan de la psicosis, a todo lo largo de la existencia… El hipomaníaco vive un ritmo acelerado en la amplia gama de sus funciones mentales y psíquicas y a nivel de sus expresiones físicas. Vibra todo él. No está en la locura pero tampoco puede afirmarse que se encuentre en la normalidad, sino que es vecino de los dos mundos, participando del uno como del otro. Como si la totalidad de sus células tuviera un dinamismo diferente, más rápido y vigoroso…”.

El roce de la carne y la fiesta del corazón en el contacto con las mujeres continuaron siendo una constante de su vida. ¿Las amaba de veras? ¿O jugaba con ellas? ¿Lo amaron como hombre o solo se arrimaban, coquetas y utilitarias, a la sombra del héroe? Es tema para cien volúmenes. Hay dudas. Los datos, indicios y testimonios son contradictorios. Lo cierto es que -faltando informaciones de numerosos municipios- a “la marquesita”, María Teresa Rodríguez del Toro, a Fanny, a una anterior María Ignacia -“la güera”, Rodriguez de Velasco, y a Josefina Núñez, Manuelita Madroño, Bernardina Ibáñez, Luisa Crober, Isabel Soublette, Janette Hart, Anita Lenoit, la gran Manuelita Sáenz, a todas ellas tenemos que venerarlas como autoras de la independencia.

Llegó un precursor del periodismo moderno a la Nueva Granada, e hizo aquel reportaje indispensable que se conoce como “Diario de Bucaramanga”. Era el aventurero francés Luis Perú de Lacroix, sin cuyo aporte tendríamos muy borrosa la figura íntima del Padre de la Patria. Los días y las noches de Bucaramanga fueron de meditación, angustia, charla, juego de naipes, mientras se aguardaban las noticias de la Convención de Ocaña. Bolívar, el de carne y hueso, se describe y describe a sí mismo al hablar de sus predilecciones. Una de ellas fue la de las hamacas, para el reposo, el pensamiento y, claro, el amor. El baile lo refocilaba y alborozaba.

Es, le gustaba decir, “la poesía del movimiento”. Entre danza y danza escribía hilvanaba estrategias, ideaba constituciones.

“Vean ustedes lo que es el juego: he perdido batallas, he perdido mucho dinero, me han traicionado, me han engañado abusando de mi confianza, y nada de esto me ha conmovido como lo hace la pérdida de una mesa de ropilla: es cosa singular que una acción tan frívola para mí como lo es el juego, por la cual no tengo pasión ninguna, me irrite, me ponga indiscreto y en desorden cuando la suerte me es contraria. ¡Qué desgraciados deben ser los que tienen el vicio o el furor del juego! Sin embargo mañana empezaremos de nuevo, y si pierdo les prometo que estaré más paciente que esta noche…”.

Narra el cronista que durante una comida hizo el Libertador “el elogio del vino, diciendo que es una de las producciones de la naturaleza más útiles para el hombre; que tomado con moderación fortifica el estómago y toda la máquina; que es un néctar sabroso y su más preciosa virtud es la de alegrar al hombre, aliviar sus pesares y aumentar su valor. Luego Su Excelencia, como por casualidad, pasó a hablar de la mantequilla y dijoque era un manjar apetecible para muchos; que a él le gustaba bastante, pero que es muy biliosa, muy dañina, que se necesita muy robusto estomago para digerirla y que produce flemas y bilis. Pero cosa notable, Su Excelencia estaba comiento en aquel momento mucha mantequilla, o para probar que lo que decían de ella era falso o para demostrar que él tenía un buen estómago, y en cambio tomamaba muy poco vino”:

Murió en el abandono, y al tercer día resucitó para la gloria.

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