Angela Merkel: la “madre” de Alemania

Es, indiscutiblemente, la mujer más poderosa del mundo. Aunque para muchos es la cara misma del aburrimiento, para su país es la madre que le brinda seguridad ante un futuro incierto.

“La reina de Alemania”, “La hija de Hitler”, “La líder más valiosa de Europa”, “La líder más peligrosa de Europa”, “La chica de hierro”, “Merkelator”, son solo algunos de los sobrenombres de la canciller alemana Angela Merkel. Desde su llegada al poder en el 2005 Merkel se ha convertido en la política más famosa –respetada y detestada– del planeta y, para bien o para mal, en un personaje indispensable en Alemania y en Europa. Esta mujer impasible y algo insípida, cuya infancia transcurrió en una ciudad insignificante de la desaparecida Alemania Oriental, quien diez años tras la caída del muro de Berlín en 1989 había alcanzado la cima de la CDU, la Unión Demócrata Cristiana de Alemania –el gran partido de centro-derecha del país, dirigido hasta entonces por una camarilla de hombres soberbios de Alemania Occidental–, y quien ha sido ratificada como canciller tres veces por los alemanes, no solo es considerada la mujer más importante del mundo, sino además una figura sobre la que individuos y naciones enteras proyectan sus deseos y sus frustraciones.

Desde que la importancia de Merkel se hiciera evidente hace años, los medios internacionales se preguntan obsesivamente: ¿Cómo piensa Merkel? ¿Cómo se ve el interior de quien muchos (haciendo honor a prejuicios típicos sobre las mujeres poderosas) han acusado de ser insensible y calculadora? ¿Quién es realmente esta mujer?

Sobre Angela Merkel sabemos todo y no sabemos nada. Sabemos que nació en Hamburgo, en la República Federal de Alemania, en 1954 bajo el apellido Kasner, que su padre era pastor evangélico y su madre profesora de latín e inglés. En el año de su nacimiento la familia se estableció en la República Democrática Alemana (RDA), en Templin, una pequeña ciudad cerca de Berlín Oriental. De 1973 a 1978 la futura política estudió Física en Leipzig. En 1977 se casó con Ulrich Merkel (de quién se divorció en 1981), y de 1978 a 1989 trabajó en la Academia de las Ciencias de la RDA, donde conoció a su segundo y actual esposo, el químico Joachim Sauer –que se ha hecho famoso por hacer como si no existiera– y escribió una tesis doctoral sobre “El mecanismo de reacciones de descomposición con escisión simple y cálculo de sus constantes de velocidad”. Hasta 1989, pues, Angela Merkel llevaba la vida de una científica altamente especializada y no pertenecía al partido socialista oficial ni a ninguno otro.

Todo cambió ese año. Poco después de la caída del muro, Merkel empezó a colaborar con el movimiento de oposición “Despertar Democrático” y en 1990, el año de la Reunificación Alemana, ingresó a la CDU, lo cual dio inicio a una especie de cuento de hadas para burócratas: de objeto de burlas de los machos de la CDU (por ser una mujer de la antigua Alemania Oriental de apariencia poco apetecible) pasó a líder absoluta. Entre 1991 y 1998 trabajó en el gabinete del canciller Helmut Kohl como ministra para la Mujer y la Juventud, después ministra del Medio Ambiente, luego fue secretaria general, jefe del partido, y del 2002 al 2005 líder de la oposición durante el gobierno del socialdemócrata Gerhard Schröder. En el año 2005 llegó por fin su gran hora, cuando fue elegida canciller de los alemanes: la primera mujer, la primera persona proveniente de RDA y la primera científica en el poder. La hazaña se repitió en el 2009 y por tercera vez a finales de septiembre pasado.

A pesar de que los momentos estelares de su vida han sido descritos hasta el cansancio, la canciller sigue siendo una personalidad nebulosa y sus convicciones, pasiones y antipatías no solo difíciles de catalogar, sino ya de entrever. Es famoso su aprecio por los Estados Unidos, por Rusia y, hasta que la política de los asentamientos tomó proporciones atrevidas, por Israel. Se sabe de sus conflictos con China, motivados por el temor de que Alemania pierda su posición de campeón exportador. Su dureza frente a los países más golpeados por la crisis europea, Grecia, España, Portugal e Italia, es bien conocida. Pero Merkel misma no deja de ser un par de lugares comunes. Como escribió la periodista Julia Encke, “lo que sabemos se reduce a un limitado repertorio de historias que divulga a través de sus voceros… Son historias entretenidas, pero siempre las mismas, controladas en detalle”. Ante todo son historias vacías, como la de que teme a los perros desde que uno la mordiera en 1995 o que le gusta cocinar sopa de papa para su marido.

El mejor modo de acercarse a Merkel es observando su significado para Europa y Alemania, así como su estilo de gobierno, que le ha otorgado simultáneamente un aprecio y un desprecio masivos. Stefan Kornelius, autor de Angela Merkel. La canciller y su mundo (2013), sostiene que la crisis europea ha sido el mayor reto y la mayor oportunidad de la canciller de afirmarse en Europa y de practicar uno de sus talentos: examinar con fría racionalidad todas las opciones frente a un dilema –la salida de Grecia de la UE, la emisión de eurobonos, etc.– y decidirse por la que considera la mejor, aceptando críticas feroces o a sabiendas de que sus decisiones le costarán el trabajo a miles. La crisis le ha permitido a esta mujer terca y ambiciosa encontrar una misión histórica –mantener a Europa “viva”, cueste lo que cueste–, cuyo desenlace solo se conocerá en años. Si bien la exigencia de brutales recortes estatales a los países en crisis a cambio de apoyo económico le ha ganado odio, también la ha convertido en una líder poderosa, a quien cualquier decisión sobre el futuro europeo debe tener en cuenta.

Por lo demás, Merkel se ha convertido para millones de personas en el rostro más representativo de la Alemania actual. Y mientras que los países en crisis tienen una imagen desastrosa de ella, parecería que a sus compatriotas la canciller les da aquello que el alemán promedio anhela con vehemencia infinita: seguridad. Por eso, desde hace algún tiempo a los alemanes les ha dado por llamar a Merkel, en una mezcla de sorna y cariño, “Mutti”: “mamá”, pues nadie como ella ha sabido darles la impresión de que su mundo se encuentra en orden y, por encima de todo, que seguirá estándolo, que las cosas no tienen por qué cambiar.

Para lograr esto, Merkel ha empleado estrategias que dan fe de su carácter. Por una parte, como un barómetro que percibe los mínimos cambios en la sensibilidad política y social de los alemanes, se ha apropiado en el momento adecuado de las causas de los otros partidos –la lucha por el matrimonio homosexual, el rechazo de la energía nuclear o del aumento de impuestos, etc.–, neutralizando genialmente a sus oponentes. Por otra parte, Merkel ha llevado a la perfección el arte de la ambigüedad, de no atarse a una ideología (Kornelius la llama una “política pospolítica”), de mantenerse flexible, inaprensible, de ser un poquito de cada cosa: conservadora, liberal, protectora del medio ambiente. Esto se observa bien en su retórica: es prácticamente imposible saber qué piensa Merkel en verdad sobre el futuro de Grecia, sobre el control de información privada por parte del gobierno estadounidense, sobre una posible intervención en Siria. Cada uno de sus discursos es una colección de conceptos abstractos: “confianza fundamental”, “responsabilidad”, “esfuerzos conjuntos”.

El filósofo Habermas llamó al estilo de Merkel “tranquilista”, un darle-vueltas-a las cosas. Y el líder socialdemócrata Franz Münterfering dijo alguna vez: “Jamás conocí a un político que haya llegado tan lejos sin tener un programa político”. Y sin embargo, o justamente por todo ello, Angela Merkel fascina a sus compatriotas. Su política fiscal estricta y su adopción de las reformas laborales de su antecesor socialdemócrata han dado a Alemania una fuerza económica envidiable. Y como muestran los resultados de las últimas elecciones, que la establecen una vez más como líder inamovible, gran cantidad de alemanes, en vez de considerar irritante o riesgosa la falta de claridad de su discurso, reaccionan más bien como el analista radial quien hace poco llamaba a la nebulosidad de Merkel una “calma fenomenal”… Los medios alemanes describen a Merkel una y otra vez como una persona modesta, de voluntad fuerte, racional, un poco tosca, prudente, ecuánime, que detesta el escándalo y ser el centro de atención. Según un antiguo colega la canciller es “disciplinada como una abeja, posee altas capacidades analíticas y es capaz de construir estructuras dentro del caos”. Viéndolo bien, todos estos apelativos parecerían referirse, más que a la mujer real Angela Merkel, a la forma en que los alemanes conciben la virtud y quisieran imaginarse a sí mismos.

Cuánto tiempo más durará la fascinación que la personalidad maternal y ambigua de Merkel provoca en los alemanes, y en qué medida su política de austeridad tendrá efectos beneficiosos de largo plazo para Europa, es incierto. Una cosa resulta indudable: Angela Merkel, alemana y quizá también europea ejemplar, se ha ganado ya un lugar notable en la historia contemporánea de su país y de toda Europa.

Sobre el Autor

Doctor en filosofía de la Universidad Humboldt de Berlín, escribe desde Alemania para medios colombianos y alemanes como Diners, Arcadia y la Frankfurter Allgemeine Zeitung.

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