Entrevista con Gloria Susana Esquivel, autora de Animales del Fin del Mundo

Animales del fin del mundo, un texto reflexivo y duro sobre Inés, una niña de seis años que trata de crecer en los años ochenta bogotanos, fue la excusa perfecta para conversar con esta joven escritora colombiana.

Gloria Esquivel es literata de la Universidad de Los Andes y tiene una maestría en Escritura Creativa en NYU. Dos importantes credenciales para alguien que se estrena con una novela de la mano de un sello tan importante como Alfaguara. No es para menos, pues Esquivel pasó cuatro años trabajando en Animales del Fin del Mundo, su primera novela, y el lector se siente involucrado rápidamente en la lectura meticulosa de la historia.

Ines, la protagonista, es una niña de seis años que vive con su mamá y sus abuelos en una casa bogotana durante los años ochenta colombianos. Entre la difícil situación de orden público y las difíciles relaciones familiares, Inés se refugia en un mundo imaginario lleno de animales que la acompañan, o mejor, la protegen, de esa realidad difícil y peligrosa que es la infancia.

La autora conversó con Diners sobre las ideas detrás de la novela y el oficio de escribir.

Empecemos por el proceso creativo de un escritor. ¿En qué momento uno dice “este sería un buen personaje para una novela”, por ejemplo?

Yo siempre he escrito poesía, ese ha sido mi acercamiento con la escritura literaria, pero cuando me fui a estudiar tuve la oportunidad de tomar un taller de narrativa.

Comencé y entré a ese taller pero no tenía ni idea de nada, ni de qué iba a narrar. Tenía unas imágenes de niñas jugando, como ahí, pero no sabía muy bien a dónde iban, y comencé a escribir una especie de estampas sobre mi infancia. Eso lo presentaba y me decían “Esto no cuenta nada”, “¿Por qué estoy leyendo esto, cuál es el propósito?”

Fue un proceso muy largo, de cuatro años, que también es lo que hablabas de que hay muchos escritores jóvenes que tienen mucho afán por publicar y como que quieren publicar lo que sea, no importa la calidad, y eso no era lo que yo quería. Quería que fuera algo en lo que yo creyera, de calidad buena, y sabía que eso era un trabajo largo, tenía que aprender a escribir una novela antes de sacarla.

Y en esos cuatro años después del taller fue más el proceso de tomar distancia de los personajes, de ensayar mucho, en esa época yo conocí a una chica que era madre soltera y entonces ella fue una gran inspiración porque era ver la relación de la maternidad, mamá-hijo que es tan compleja, y más en una persona joven que está en medio de una situación pero no quería estarlo del todo… ahí me pareció que había algo más sobre lo que podía escribir.

Yo nunca he intentado hacer cuentos, me parece algo muy difícil y tiene también otra lógica que hay que aprender. Y entonces se dio forma a la novela pero fue un proceso muy largo, tuve que contar con ayuda de amigos que me explicaban el “abc”: inicio, nudo, desenlace, aquí falta una cosa, aquí sobra otra… mucho trabajo de estructura. Creo que en la parte creativa lo más difícil fue eso: entender la lógica del lector y que el lector estaba buscando que pasara algo, y qué era eso que yo quería contar en el fondo. Creo que eso también se da con los años de trabajo y de experiencia con ese material.

Animales del Fin del Mundo es su primera incursión en la novela. ¿Qué más escribía además de poesía cuando estudiaba en Nueva York?
Yo siempre he escrito poesía, además del periodismo que es mi trabajo diario. Yo sentía que no era capaz de escribir algo narrativo que fuera ficción: no era capaz de inventarme las cosas. Si yo voy, hago entrevistas, hago reportería, puedo escribir algo. No me imaginaba inventándome todo desde cero, me parecía algo muy extraño. Y ese ha sido el trabajo y el proceso.

Es un salto muy difícil y además es una ambición que tienen muchos periodistas…

Yo siempre he admirado a los periodistas de verdad, que son los que son capaces de metérsele a cualquier tema. He estado en el ámbito cultural o de la salud, que son las cosas que me interesan, pero nunca he sido capaz de intentar pensar en historias sobre Nación o sobre Política porque no es mi tema, lo desconozco, y no tengo esa pasión que tienen los periodistas “de verdad”.

Sin embargo yo siento que escribir un libro, y uno que tiene una carga emocional tan importante como Animales del fin del mundo, sí es un ejercicio de vulnerabilidad muy fuerte

Sí, es muy raro. La escritora Emma Cline (Las Chicas) contaba en una conversación algo que daba mucho en el clavo: cuando uno está escribiendo está en un ejercicio muy solitario, se necesitan las condiciones de soledad para poder escribir, y uno no sabe qué pasa después, porque publicar sí es un ejercicio muy público. Conozco escritores que son escritores para ese ejercicio público, pero yo no soy esa persona, no me gusta y sí he sentido que esta segunda parte es más difícil.

Ha sido imposible que la gente no piense que es un libro autobiográfico, que es muy parecido a mi vida… me han preguntado cosas muy personales y no sé cómo escabullirme de ellas. Esa parte ha sido muy extraña.

¿Asumir que la persona que está narrando inmediatamente es el autor es una contradicción de la capacidad creativa del escritor?

Sí. Yo siento que estoy en el libro en el sentido de que yo escogí la portada, que para mí era muy importante que el libro fuera un objeto bello… hay cosas que no hubiera podido hacer, pero sí a mucha gente se le pasa de vista que la voz narrativa no es la de una niña sino la de un adulto. Hay muchísimos artificios en ese libro, las metáforas todo el tiempo están pasando, la edad del narrador no se sabe cuál es, va y viene… es un artificio muy grande y eso se pierde de vista por pensar que mis papás están divorciados.

Es raro que le digan “Estas historias son tuyas, esa es tu vida”, cuando no es fácil tener esos recuerdos tan exactos de la infancia
Sí, eso también estuvo en el fondo de la historia, del proceso de creación, era que yo genuinamente no tengo muchos recuerdos de mi infancia. Entonces quería crear esos recuerdos, y esta historia también nace de ese impulso, de querer inventar una infancia tan vívida. Quería meterme y entrar en esas sensaciones.

Otra cosa que me ha pasado es que como toca el tema de la infancia, apela mucho a la nostalgia, a los ochentas, etc. A la gente le ha llamado mucho la atención pero cuando lo leen no se espera que sea un libro tan duro emocionalmente, y muchos también empiezan a pensar en su infancia.

Se siente en el libro que la infancia es muy solitaria…
Sí, es que ser hijo único es raro. Y es una infancia muy solitaria, marca mucho cómo se relaciona con el mundo. En mi caso yo era la única niña dentro de muchos adultos y eso me costaba mucho. Esa sensación era la que yo quería transmitir. Más que una vivencia exacta autobiográfica, es más la memoria sensorial de esa época, que era lo que a mi me interesaba.

Un reto para los escritores es que sea un libro entretenido a pesar de los artificios, o mejor dicho, que no se noten porque el lector está inmerso en la historia. Es importante que sea un libro entretenido…

Sí, para mí eso era muy importante y creo que por eso me demoré mucho en la edición y hasta la última versión todo cambió porque yo quería que el lector se lo acabara rápido; quería que lo atrapara. Cuando se lo mostraba a otras personas había lugares en los que quedaban quietos, que no podían salir, o cerraban el libro, y eso me atormentaba mucho. Al principio, la primera parte de la novela trata de crear una atmósfera y luego comienzan a pasar cosas. Hay gente que no tiene la paciencia para eso, pero para mí era muy importante esa seducción. Trabajé mucho en eso, en cómo ser más ágil. Por eso había muchas cosas que yo quería tener en el libro que no salieron.

¿Algo para una novela futura?

Sí lo he pensado, pero para textos más cortos. Yo misma siento que ahora no escribo así, que hace parte de otro momento de mi vida y estoy interesada en contar cosas más actuales. No necesariamente menos poético, porque me gusta jugar con el lenguaje, pero sí jugar a todo lo contrario. Ahora van a ser referentes concretos, quizás los personajes sean adultos… no sé.

Usted tiene mucho amor por el libro como objeto pero además por la vida literaria…
Sí, ese es mi campo de saber. El campo del lenguaje, de las palabras, y es un campo del que uno nunca deja de aprender. Pero sí noto mucho esa idea del escritor que quiere “ser escritor” pero no le gusta escribir. Eso me genera incomodidad, porque también he trabajado en edición y ahí uno se da cuenta de cuándo a los escritores les da pereza escribir, cosa muy extraña porque se supone que eso es lo que hacen. Eso me inquieta. Yo quería hacer un libro que respondiera a mis propias inquietudes estéticas que son de las palabras. Si tuviera otro ámbito dónde moverme quizás sería un libro mucho más de crónica.

Finalmente uno puede contar la historia por sencilla que sea, si está tejiendo bien las palabras se vuelve apasionante
Siento que hay un ‘boom’ del ‘storytelling’, y eso está muy bien porque es un impulso humano, pero hay una falta de reflexión y de pensar la escritura, o mejor, pensar la historia que se está contando: ¿Para qué la estoy contando? ¿A quién? Eso se salta mucho solo con el impulso de publicar algo en Facebook o en Instagram. Es tan rápida y tan inmediata que se acaba la reflexión.

Articulos Relacionados

  • Detrás de la portada: septiembre y nuestro gran especial de yoga
  • Galería: ¿Quiere convertirse en un personaje de Pixar?
  • El regreso, el dolor y la melancolía representados en desnudos artísticos
  • 2036: Nexus Dawn, una ‘intercuela’ de Blade Runner