Martin Luther King: el guerrero pacífico

“Yo sueño que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día en un país en el que no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad”, dijo el reverendo Martin Luther King Jr. en su discurso más famoso. Retomamos este artículo de 1988.

Revista Diners de marzo de 1988. Edición 216

El 3 de abril de 1968, la víspera de su muerte, el reverendo Martin Luther King pronunció en Memphis, Tennessee, el último discurso de su breve pero gloriosa contienda en pro de los derechos de la población negra de los Estados Unidos. “Como cualquier otra persona”, dijo King ante un auditorio de más de dos mil obreros en huelga, “desearía vivir mucho tiempo. La longevidad ocupa su lugar, pero por ahora no me preocupa… he visto la Tierra Prometida. Esta noche estoy feliz. No me preocupa nada. No le temo a ningún hombre … “.

Al día siguiente, el 4 de abril, el dirigente negro se asomó al balcón de la habitación 306 del Motel Lorraine. Eran las seis y un minuto de la tarde. La atronadora detonación de un fusil de alta potencia hizo acudir de inmediato a los lugartenientes de King, entre quienes se hallaba el actual precandidato presidencial Jesse Jackson. Lo hallaron tirado en el piso, con el cráneo destrozado por un balazo. Martin Luther King J r., de quien alguien dijo que era ” el guerrero más pacífico del siglo XX”, fue declarado muerto una hora más tarde en un hospital de la ciudad. Sólo tenía 39 años. Dos meses después, su asesino, James Earl Ray, un fanático racista sureño, fue capturado en Londres, juzgado y condenado a 99 años de prisión.

Una investigación posterior adelantada por la Cámara de Representantes concluyó que existían numerosos indicios para pensar que King había sido asesinado como consecuencia de una conspiración organizada, cuyos autores intelectuales, sin embargo, jamás se descubrieron.

Apenas se supo la noticia del deceso del líder, las comunidades negras de Estados Unidos explotaron una tras otra. Según reportes de prensa, durante esta serie de rebeliones urbanas que sacudieron el país murieron 46 personas e incluso la Casa Blanca se vio obligada a movilizar al ejército regular para controlar la situación en Chicago, Baltimore y Washington D. C. El presidente Lyndon Johnson decretó un día nado de duelo y el 9 de abril más de 200.000 personas acompañaron los despojos mortales de King por las calles de Atlanta, Gorgia, donde había nacido el 15 de enero de 1929.

La muerte de Martin Luther King, ese combatiente que ganó el Premio Nobel de la Paz en 1964 y que sufrió persecuciones, atropellos y encarcelamientos por parte de sus encarnizados adversarios, marcó un hito en la historia de la epopeya de los negros norteamericanos en procura de sus derechos y su dignidad. Sin las batallas que libraron King y los millones de negros anónimos enlJos “ghettos” de las ciudades de Estados Unidos hubieran sido imposibles las conquistas alcanzadas por este sector tradicionalmente oprimido de una sociedad que se precia de contar con la más perfecta de las democracias.

LA DERROTA DEL RACISMO

En julio de 1929, cuando Martín Luther King apenas tenía seis meses de edad, Mahatma Gandhi envió el siguiente mensaje a los negros norteamericanos:

“Que no se avergüencen los doce millones de negros por el hecho de ser nietos de esclavos. No hay deshonor en ser esclavo. Hay deshonor en ser propietario de esclavos. Porque, como han dicho los viejos sabios, la verdad siempre es, la mentira nunca fue”. Por aquella época los negros, que conformaban cerca del 10% de la población de Estados Unidos, padecían la más detestable segregación especialmente en el Sur en todos los campos: en el empleo, la educación, el transporte público, la política, la vivienda, la recreación etc. Y, como era de esperarse, durante la gran crisis, los negros eran los primeros en ser despedidos y los últimos en ser reenganchados. Para 1935, uno de cada cuatro ciudadanos de color estaba desempleado y en ciudades como Atlanta dicha proporción se duplicaba.

Mientras en el “Deep South” (El Profundo Sur) todavía era práctica y relativamente común el linchamiento de negros y el tenebroso Ku Klux Klan hacía y deshacía sin talanquera alguna, Jesse Owens vencía a todos sus contrincantes blancos en los Juegos Olímpicos de Berlín ante la mirada atónita del Führer, Joe Louis tendía en la lona a James Braddock y artistas de la talla de Paul Robeson, Marian Anderson y Duke Ellington enloquecían al mundo entero con su talento.

Los violentos disturbios raciales del verano de 1943 (el “verano caliente de 1943”), que costaron la vida a decenas de personas en varias ciudades, y el manifiesto enviado en 1947 por la NAACP (Asociación Nacional por el Progreso de las Gentes de Color) a la ONU en el que se pedía al organismo internacional su intervención a favor de una minoría perseguida, les hicieron ver al mundo y la opinión estadounidense que en la gran nación del Norte existía un gravísimo problema racial. Dos hechos trascendentales marcaron el comienzo de un gigantesco e ininterrumpido movimiento de las gentes de color en defensa de sus reivindicaciones.

El primero fue la decisión de Corte Suprema, en mayo de 1955, en virtud de la cual se ordenaba la admisión de los negros en todas las escuelas públicas. El segundo tuvo lugar en Montgomery, Alabama, en diciembre del mismo año. Rosa Parks, una costurera negra que viajaba en un bus de servicio urbano, se negó a cederle su puesto a un hombre blanco, rebelándose así contra la vieja y odiosa costumbre según la cual los “no blancos” carecían del derecho a viajar sentados mientras hubiera blancos de pie. La señora Parks fue arrestada por su acto de desobediencia. Cuatro días después toda la población negra de la ciudad empezó a participar activamente en un boicot contra los buses, movimiento que fue encabezado por un joven pastor bautista y doctor en teología de la Universidad de Boston llamado Martín Luther King Jr. Desde ese momento se convertiría en el máximo líder de los negros norteamericanos. Como quiera que el boicot se extendió a todos los estados del Sur, un año después la Corte Suprema decretó la integración racial en los buses públicos.

Era la primera gran victoria de la resistencia pacífica y de lo que en adelante King preconizaría como la “acción directa no violenta”. Empero, los segregacionistas del Sur no estaban dispuestos a darse por vencidos. En septiembre de 195 7 el gobernador de Arkansas envió la guardia nacional a la población de Little Rock para impedir el ingreso de niños negros a la escuela del lugar, en abierto desafío a las órdenes de la Corte. Eisenhower se vio forzado entonces a despachar a tropas de la élite del ejército federal para que garantizaran la entrada de los estudiantes de color.

Los acontecimientos se precipitarían en cadena: entre 1960 y 1961 los negros del Sur protagonizaron innumerables actos de protesta contra la discriminación en restaurantes, hoteles y sitios de recreación; simultáneamente, activistas del Norte (llamados “jinetes de la libertad”) recorrieron el “Deep South” denunciando la segregación y enfrentando los abusos sin cuento de la policía.

En septiembre de 1962 un joven negro, James H. Meredith, quien deseaba inscribirse en la Universidad de Mississippi, fue rechazado por el gobernador Bamett. El desafío a la ley federal provocó la más grave crisis entre un estado y el gobierno nacional desde los tiempos de la Guerra Civil y el presidente Kennedy tuvo que garantizar el ingreso de Meredith con un considerable despliegue de soldados. En la primavera de 1963 el doctor King acaudilló una jornada de combate sin precedentes en Birmingham, Alabama, en la cual fueron movilizados decenas de miles de negros, incluidos cientos de niños. Los enfrentamientos callejeros fueron vistos a través de la televisión en Estados Unidos y otros países y las escenas de robustos policías con perros amaestrados atacando a los niños produjeron verdadera repugnancia en el mundo entero. Entre los incontables manifestantes arrestados figuraba King, quien desde la prisión envió una carta abierta. En este documento están contenidos sus principios de la acción no violenta.

Poco después de los aberrantes sucesos de Birmingham, Kennedy lanzó su vigorosa campaña por los derechos civiles de los negros: “Predicamos la libertad en todo el mundo … ¿pero tenemos que decirle al mundo … que este es el país de los hombres libres, excepto los negros; que no tenemos ciudadanos de segunda clase, excepto los negros; que no tenemos un sistema de castas, ni ghettos, ni raza superior, excepto en relación con los negros?”. Días más tarde, en agosto de 1963, 250.000 personas marcharon sobre Washington para exigir el fin de la segregación, en lo que constituyó la mayor manifestación de la historia de la capital federal.

Allí pronunció el reverendo King su oración más célebre: “I have a dream” (Tengo un sueño). En uno de los apartes más vibrantes de esta obra maestra de la oratoria política y social dijo: “Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, habrán de sentarse unidos en la mesa de la hermandad. Sueño que un día, incluso el estado de Mississippi, un estado que se sofoca con el sudor de la injusticia, que se ahoga con el sudor de la opresión habrá de convertirse en un oasis de libertad y de justicia. Yo sueño que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día en un país en el que no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad”.

Como resultado de éstas y muchas otras batallas, el Congreso aprobó en 1964 la Ley de Derechos Civiles, por medio de la cual se prohibía la discriminación en casi todos los sitios públicos, y en 1965 la Ley del Voto, que otorgaba el derecho al sufragio a la población de color.

Sin embargo, pese a estas medidas y a la prédica de King contra la violencia, diversos sectores del movimiento negro y, en general, las masas marginadas de los ghettos, impacientes por la lentitud con que procedía el desmonte de la segregación, se lanzaron a una auténtica guerra entre 1965 y 1968. Los motines del barrio de Watts, en Los Angeles, y los graves disturbios en ciudades como Detroit, Chicago, Cleveland, Dayton, Omaha, Atlanta, Jacksonville, Brooklyn, Philadelphia, Newark y muchas otras dejaron un saldo de millares de personas muertas y áreas urbanas enteras destruidas. El “Poder Negro” estaba tomando la iniciativa de la lucha e incluso criticaba los métodos de King. Y fue precisamente en medio de este auge de la violencia cuando cayó asesinado el defensor de la no violencia. Su sueño se haría realidad en buena parte, especialmente en lo relativo a la brutal discriminación que le tocara padecer y combatir en su corta vida.

AVANCES SÍ, PERO …

Indudablemente la situación de los negros estadounidenses mejoró bastante a partir de los años sesentas, en terrenos como ingreso familiar, educación, vivienda y posibilidades de empleo y de participación en la vida nacional. Desde entonces se ha creado una importante clase media de color, muchos de cuyos representantes han descollado en cargos públicos, en la cultura, la ciencia y la política. No obstante, existe una amplia porción de norteamericanos negros que aún se hallan en los niveles más bajos de la pirámide socioeconómica y, como lo reconociera hace poco el mismo presidente Reagan “los vestigios de la intolerancia todavía agobian a los Estados Unidos”.

Si bien ya no hay linchamientos, ni segregación en las entidades públicas, ni avisos que prohíben la entrada de “negros y perros”, las personas de raza negra sufren más que ninguna otra minoría los efectos del desempleo y la inflación. Los drásticos recortes en los programas de bienestar público efectuados por la administración Reagan afectaron en primera instancia a las masas negras de bajos ingresos. Los “ghettos” aún prevalecen en muchas ciudades del Norte y el Sur, con toda su secuela de pobreza, delincuencia e insalubridad. Los violentos disturbios raciales que estallaron en Miami y otras urbes en el verano de 1980 son una muestra palpable de que el problema continúa latente. (Ese año uno de cada ocho negros estaba cesante en el país). Los 27 millones de negros norteamericanos -el 12% de la población total- han ganado varias y muy importantes batallas, mas todavía les falta por recorrer un buen trecho del camino hacia el logro de la emancipación plena.

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