Las aventuras de un cerebro genial

Albert Einstein cambió para siempre la forma en que vemos el mundo, y gracias a la enorme fama que tuvo en vida, su cerebro se convirtió en un fetiche. Aquí la historia del médico que se robó su cerebro para estudiarlo.

Revista Diners de marzo de 2005. Edición número 420

Albert Einstein amó y odió con idéntica pasión a su país, Alemania, y fue un pacifista militante pero abogó por la construcción de la bomba atómica. Su teoría de la relatividad, que cumplió 100 años en 2005, cambió para siempre la forma en que vemos el mundo, y gracias a la enorme fama que tuvo en vida, su cerebro se convirtió en un fetiche. Por eso el patólogo Thomas Harvey se robó prácticamente aquel cerebro genial, sin pedir siquiera autorización de la familia, hace cincuenta años cuando realizó la autopsia de Einstein en el Hospital Universitario de Princeton, en Nueva Jersey, Estados Unidos.

Fue un vulgar robo. Pero un robo “para la ciencia”. Harvey “preservó” el cerebro de Einstein “para el bien de la humanidad” como si se tratara de la caja negra de un avión accidentado, y siempre creyó que ese cerebro se abriría algún día como la caja de Pandora para enseñarle las claves de la genialidad.

Hoy el corazón de Europa está de fiesta por todo aquello que creó en vida el cerebro de Einstein. Alemania y Suiza lo celebran con cientos de conferencias, exposiciones, conciertos y festivales a lo largo del año, Y la vieja casa de Berna donde Einstein escribió la teoría de la relatividad se ha convertido en el centro de la conmemoración. En aquella casa antigua, Albert vivió una experiencia que lo hermana con millones de colombianos: fue un desempleado, siempre angustiado por su futuro. Su padre, Hermann Einstein, escribió en 1901 una carta dolorosa a uno de sus amigos: “Mi hijo se siente profundamente infortunado con su actual situación de desempleo. Día a día crece en él la sensación de que su carrera va desencaminada”.

Sometido a constantes cambios de ciudad y país, Albert fue tan mal estudiante de colegio que uno de sus profesores llegó a asegurarle a su padre: “Su hijo nunca hará nada de provecho”. Tras concluir penosamente el bachillerato, Albert estudió física y matemática en Zurich sin destacarse mucho, y a los 22 años vivía la tragedia del desempleo. Había abandonado para siempre la ciudadanía alemana y obtenido la nacionalidad suiza, pero aquello no le servía de nada. Ahora muchos se enternecen con el anuncio que puso entonces en el diario Bemer Anzeiger donde él se ofrecía “a escolares y estudiantes” para darles “clases privadas de matemáticas física” en su propia casa de Berna (Gerechtigkitstr. 32, 1er piso), con esta nota final: “Primera hora
de prueba, gratis”.

Fue en esta época de desempleo y penuria cuando, entre los 22 y los 23 años de edad, escribió los artículos que iban a cambiar el rumbo de la ciencia. En 1902 consiguió por fin un trabajo en la Oficina de Patentes de Berna, y desde allí le escribió una carta a su amigo Conrad Habicht hablándole, de paso, de aquellos artículos. Con una humildad extraordinaria le dice, como “un puro chisme” “realmente irrelevante”, que ha escrito “cuatro trabajitos”, entre ellos “una modificación del aprendizaje sobre el espacio y el tiempo”. Pues esos “trabajitos ” dieron un impulso sin precedentes a las ciencias puras y a la tecnología y transformaron el siglo XX, desde la boba atómica hasta la cámara digital de fotografía.

Fue increíble, como un acto de magia. Einstein no poseía ningún doctorado ni tenía un solo conocido en la comunidad científicas, pero sus teorías, desde que fueron publicadas en 1905, cambiaron definitivamente la visión del tiempo, el espacio, la energía, la materia, la gravitación, la luz y la radiación. En medio de la terrible situación del desempleo eclosionó su cerebro portentoso.

Por eso el patólogo Thomas Harvey se obsesionó con el cerebro de Einstein. Quizás soñó alguna vez con desprenderse del suyo de científico mediocre y poner en su lugar el del gran genio, reviviendo las artes del doctor Frankenstein. Harvey sostuvo una larga pelea legal con la familia de Einstein, porque el gran físico siempre quiso que su cuerpo (enero) fuera incinerado; de hecho, sus cenizas fueron arrojadas en un lugar que todavía hoy es un secreto. Pero el cerebro del genio se quedó en las manos de Harvey, quien lo cortó en 240 “tajadas”, las envolvió en celoidina (un material impermeable y transparente que permite su observación en el microscopio), les tomó cientos de fotografías y envió algunos trozos a varios científicos de Estados Unidos y Canadá. La mayor parte del cerebro de Einstein permaneció por décadas en la sala de la casa de Harvey, en Wichita, Kansas. Harvey consideraba aquél órgano como su mayor tesoro y lo cuidaba como un trofeo.

Los científicos actuales aseguran que cualquiera de los “trabajitos” de Einstein merecen el Premio Nobel. Pero el Nobel no se lo dieron por la teoría de la relatividad sino por un “trabajito” llamado “Sobre un punto de vista heurístico concerniente a la emisión y transformación de la luz”. Einstein recibió el Nobel de física en 1921 cuando solo tenía 42 años. Y a partir de entonces se convirtió en una celebridad.

Los políticos y toda suerte de personajes lo buscaron para sacarse fotos con él. Marilyn Monroe lo calificó como “muy sexy”. Andy Warhol lo definió como “ícono de pop”, y todo el mundo empezó a respetarlo y hacerle reverencias sin apenas comprender una sola palabra de su famosa teoría de la relatividad. Hoy sigue siendo el prototipo del científico loco y bonachón, y su imagen es usada (o abusada) para vender miles de productos, desde computadoras hasta juegos de mesa y helados para niños, y el grueso de la humanidad que lo adora continúa sin entender, cien años después, la teoría de la relatividad, cuya comprensión y desaroollo sigue en manos de una minoría: los físicos.

Harvey, al parecer, también se tomó la foto de rigor con Einstein en la Universidad Princeton, pero su “investigación” sobre aquel cerebro que atesoraba habría desatado seguramente las carcajadas del propio Einstein. Con bombos y platillos, Harvey publicó sus “grandes hallazgos” en 1985, y muchos se preguntaron con ironía entonces: “¿Treinta años guardándose el cerebro de Einstein solo para esto?”. Harvey descubrió, oh sorpresa, que la masa encefálica de Albert pesaba casi lo mismo que cualquier cerebro normal (incluso un poco menos 1.230 gramos); que en el lóbulo frontal (área de las funciones abstractas) tenía igual número de neuronas que cualquier otro mortal; y que poseía un mayor número de células de la glía cerebral (que acompañan a las neuronas). Con este último dato y otros más, concluyó que el cerebro genial consumía más energía que el prometió humano y que a esta energía adicional se debía su fantástica capacidad.

Einstein, que se residenció en Estados Unidos desde 1933 luego de huir de los nazis, se casó dos veces, tuvo dos hijos de su primer matrimonio, adoptó los dos hijos de su prima Elsa (su mujer), trajo al mundo una hija natural a la cual abandonó, y vivió numerosas aventuras extraconyugales. Harvey, obsesionado, siguió hasta donde pudo los rastros genéticos de Einstein e incluso se acercó a sus descendientes directos para ver si aquel talento excepcional había sido heredado. Se entrevistó con el hijo de Einstein, Hans, profesor de ingeniería hidráulica, y con una neta antropóloga, y aunque los encontró muy inteligentes, no consiguió descubrir ninguna prueba de genialidad en ellos.

Durante más de cuarenta años Harvey desoyó los reclamos de infinidad de científicos y entidades para que cediera el cerebro de Einstein a una institución, y su reticencia por poco le cuesta su puesto de trabajo. Al final, agotado porque el cerebro genial continuaba siéndole hermético, y acosado por sus superiores, entregó en 1998 su tesoro a la Universidad de Princeton, que ahora lo preserva como patrimonio de la humanidad. En los últimos diecisiete años los científicos han realizado al menos cinco estudios sobre el cerebro de Einstein, con resultados poco menos que decepcionantes. El último “avance” ocurrió a comienzos del presente año para conmemorar el primer centenario de la teoría de la relatividad y los cincuenta años de la muerte de Einstein. Un grupo de expertos de la University College de Londres anunció que había creado una versión digital tridimensional del cerebro portentoso, para que los científicos puedan seguir estudiándolo y lleguen algún día a desentrañar las claves de su genialidad.

En Alemania y Suiza el debate actual se centra en esta pregunta: ¿Por qué no tenemos ahora más cerebros como el de Einstein? Los gobiernos, los educadores, los científicos, los filósofos, los sociólogos e incluso los ecologistas, han entrado en la discusión con argumentos para todos los gustos. “Einstein vivió en una época de grandes sueños y grandes miedos que debieron moldear su mente, y además encarnó la esencia del siglo veinte: la revolución científica y la bomba atómica, la paranoia de los nazis y la huida de los judíos de Europa, una mezcla increíble de conflictos y esperanzas.

Tal vez no tenemos más genios como él en Alemania y Europa porque a pesar de todo nuestro desarrollo no somos realmente libres para pensar, ya que el sistema educativo y la sociedad nos meten en cintura desde niños”, dijo para la Revista Diners el profesor de física de la Universidad de Mainz (Alemania), Ulrich Volkmann.

Diversos estudios sobre las mentes extraordinarias aseguran que la genialidad, en las ciencias básicas, se manifiesta temprano, antes de los 25 años. Los gigantes de la física Isaac Newton y Albert Einstein crearon más teorías entre los 22 y los 23 años. Pero en nuestro tiempo los planes de estudio son más amplios en años, las personas obtienen su título profesional alrededor de los 24 años, y la comunidad científica no le otorga credibilidad a quien no tenga un doctorado, el cual se obtiene, como mínimo, entre los 28 y los 35 años. En conclusión, parece que el sistema educativo que nos rige estuviera diseñado para reprimir la genialidad.

Durante toda su vida, Albert Einstein se sintió perseguido. Primero por su condición de judío pobre, la que obligó a su familia a buscar un mejor futuro en Italia y Suiza, luego por el acoso de los nazis que lo forzaron a emigrar a Estados Unidos, y el resto de su vida por el sentimiento de culpa de haber contribuido, directa o indirectamente, a construir la bomba atómica. La suya fue una mente atormentada por todos los problemas humanos y sociales. Y su cerebro, al contrario de lo que siempre ha soñado Harvey, quizás jamás revele los secretos que muchos esperan de él.

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