Las señales que anunciaron la caída de la Unión Soviética

El 26 de diciembre de 1991 llegó a su final la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la potencia comunista que por años hizo frente al capitalismo estadounidense. Aquí un repaso de las señales de su caída. Archivo.

La URSS en el filo de la navaja

Balance desastroso de Gorbachov: bancarrota económica, malestar social, conflictos regionales, étnicos y políticos, y el derrumbe del imperio en el exterior. El peligro ya no proviene del poderío de la URSS sino, paradójicamente, de su creciente debilidad

Puede parecer una exageración y un despropósito, pero la suerte de la paz mundial en la presente década se está definiendo, día a día, en los más de 22 millones de kilómetros cuadrados y las 15 repúblicas que conforman la Unión Soviética, una de las superpotencias militares del globo. Pese a las expectativas que entre propios y extraños despertó Mijail Gorbachov cuando llegó a la máxima posición del Kremlin, el balance que arroja hoy su mandato es, a todas luces, desastroso: bancarrota económica, fuertes tendencias separatistas en varias regiones, conflictos étnicos irreconciliables, divisiones políticas en la cúpula, malestar social, huelgas, y, como si fuera poco, el derrumbe casi total del imperio en el exterior.

Aunque algunos de estos fenómenos venían gestándose desde antes de 1985, lo cierto es que el nuevo líder de la URSS, en su afán por reformar el darle aliento al decrépito sistema socioeconómico y político imperante en la URSS, puso en movimiento poderosas fuerzas que, si bien en un principio se creía que apoyarían los cambios, a la postre sobrepasaron los límites tolerables para la dirigencia central del país. Gorbachov descubrió, quizás demasiado tarde, que u “revolución” desde arriba había desatado una cadena de sucesos incontrolables, que han puesto en serio peligro la integridad misma de la Unión Soviética y creado una situación caótica en todos los frentes.

Luego de casi 45 años de Guerra Fría, que el mandatario soviético ayudó a enterrar, la paradoja estriba en que el peligro ya no proviene del poderío de la URSS, sino, al contrario, de su creciente debilidad.

La razón de ser de las reformas emprendidas por Gorbachov y que se compendian en la perestroika y el glasnost, fue el alarmante estado de postración en que se hallaba la economía soviética a mediados de la década pasada. Según el jefe del Kremlin, la prioridad número uno de su plan para revitalizar la sociedad en su conjunto era precisamente la introducción de medidas económicas que solucionaran las terribles fallas del aparato productivo del país. Sin embargo, seis años después el panorama es aún más sombrío. Los datos hablan por sí solos.

Fuentes oficiales calculan que la producción disminuirá este año en un 12 por ciento; el déficit presupuesta! pasó de un 3 por ciento del Producto Nacional Bruto en 1987 a más del 11 por ciento en 1990; las emisiones masivas de circulante, encaminadas a subsanar el déficit, han generado fuertes presiones inflacionarias; la escasez crónica de bienes de consumo ha obligado a la ciudadanía a guardar miles de millones de rublos a la espera de encontrar mercancías suficientes en los almacenes; el Gobierno central todavía gasta 130.000 millones de rublos anuales en subsidios de víveres y 110.000 millones en subsidios de transpone, servicios públicos y vivienda; en 1991 la producción industrial caerá en un 15 por ciento, y la agricultura en un 5 por ciento; la deuda externa de la URSS asciende a cerca de 50.000 millones de dólares, con una tasa de servicio del 25 por ciento. A lo anterior es menester añadir que varias repúblicas –e incluso regiones y ciudades- han impuesto severos límites a sus “exportaciones” al resto de la Unión con el fin de evitar problemas locales de escasez de productos de primera necesidad.

La explotación de petróleo (principal renglón de exportación del país) se vuelve cada día más costosa, y los ingresos decrecientes por este concepto se emplean básicamente para importar granos y otros alimentos. Complementan este cuadro desolador un sistema de transpone ineficiente, una infraestructura obsoleta, una banca paquidérmica, un complejo militar-industrial excesivamente grande y una burocracia enorme, corrupta y opuesta a cualquier cambio.

Sin duda, la tarea que se propuso Gorbachov fue titánica, pues modificar el gigantesco edificio de la economía soviética implicaba enfrentar una tradición de más de 70 años y encontrar modelos e instituciones alternativas, todo ello en muy poco tiempo y con una opinión pública impaciente y a la que por primera vez se le permitía expresarse de manera más o menos libre. Pero, aparte de las dificultades inherentes a la transformación de la economía de la URSS, Gorbachov ha sido víctima de sus propios errores y vacilaciones en la aplicación de las reformas.

El curso errático de las mismas durante los últimos años ha agravado notablemente la situación y creado una importante oposición ciudadana a las políticas del centro. Gorbachov, al fin y al cabo producto de la nomenclatura, ha venido dando palos de ciego y tratando de conciliar con los dos extremos del espectro político del partido y el Gobierno. El resultado ha sido el empantamiento de la perestroika, así como el caos en la economía y un cierto viraje hacia las posiciones de la vieja casta burocrática ante el aumento de la insubordinación popular.

La estrategia económica de Gorbachov se ha caracterizado por la confusión: planes y leyes orientados aparentemente hacia el establecimiento de una economía de mercado, con menos intervención por parte de las autoridades nacionales, han sido coartados o simplemente anulados por decretos posteriores, hasta el punto de que el mecanismo de planificación central se halla casi intacto con todos sus defectos y sin ninguna innovación que lo haga menos inoperante.

El costo social de convertir a la URSS en un país capitalista es demasiado alto, y Gorbachov no parece inclinado a pagarlo. De ahí sus tremendas vacilaciones y la decepción que ha cundido entre quienes lo respaldaron al principio de su tarea. El líder soviético ya no goza de la popularidad de hace unos años entre sus compatriotas, la Unión está a punto de desmembrarse y han surgido agudas disensiones en el seno de la clase política. Las actuales circunstancias ya no son propicias, como tal vez lo fueron en los comienzos de la perestroika, para pedirle al pueblo los sacrificios que necesariamente conllevaría una auténtica revolución del anquilosado sistema soviético. Y ante el fracaso de las medidas económicas de Gorbachov, las fuerzas más conservadoras han logrado no sólo mantenerse en sus puestos de mando, sino también manifestar más abiertamente su rechazo a los postulados de su jefe.

“El enfermo de Eurasia”, como se ha dado en llamar a la URSS, se ha visto en la penosa situación de tener que mendigar, como cualquier país tercermundista, la ayuda financiera de las potencias de Occidente para poder sobrevivir. También, como a cualquier nación subdesarrollada, los centros de poder occidentales les exigen a los soviéticos la puesta en práctica de una serie de reformas de corte capitalista como condición para el desembolso del dinero solicitado. A su turno, Gorbachov recalca con insistencia que el colapso de su país, acarrear las graves consecuencias para la estabilidad económica y política de Europa y el mundo.

La (Des) Unión Soviética

Junto con el desbarajuste de la economía, las tendencias separatistas y los conflictos inter-étnicos constituyen los mayores peligros que afronta la URSS. La cuestión de las nacionalidades -más de cien- ha sido tradicionalmente un serio problema para los diferentes regímenes de Moscú, desde los tiempos del zarismo hasta el presente. La moderna Unión Soviética está muy lejos de ser una confederación voluntaria de pueblos unidos por una causa común; por el contrario, la mayoría de su componentes nacionales han sido incorporados y mantenidos a la fuerza dentro de lo que más apropiadamente podría denominarse el imperio ruso.

Si Gorbachov ha mostrado una escasa comprensión de lo que significa atreverse a cambiar la economía de la URSS, su ignorancia respecto a la verdadera situación de las nacionalidades ha sido aún mayor. La implantación de reformas democráticas, la denuncia oficial de prácticamente todas las administraciones anteriores y la existencia de un clima más propicio para la libertad de expresión, que Gorbachov consideraba esenciales con el objeto de conseguir el respaldo de la población a su programa, produjeron efectos inesperados y más bien dieron origen a fuerzas centrífugas que terminaron oponiéndose al Kremlin y resquebrajando la unidad de la URSS.

Lo que hace apenas unos pocos años hubiera sido inverosímil, hoy es pan de cada día. La relativa apertura democrática y el debilitamiento del centro -Gobierno y partido- como consecuencia de las políticas de Gorbachov, estimularon las tendencias separatistas que estaban latentes en todos los rincones del imperio, sin excluir la mismísima República Federativa de Rusia. Por todas partes empezaron a proliferar movimientos nacionalistas de la más diversa índole pero con un propósito idéntico: romper o al menos aflojar sus lazos con el Kremlin. Así, los tres países báltico, con Lituania a la cabeza, proclamaron unilateralmente su independencia, a tiempo que Moldavia, Georgia y Armenia anunciaban planteamientos similares. (Cabe anotar que estas seis repúblicas no solo eligieron gobiernos no comunistas, sino que también se negaron a participar en el referendo nacional convocado por Gorbachov en marzo último para ratificar la necesidad de preservar la Unión).

No obstante, el caso de Rusia es el más significativo, dada la importancia de esta entidad territorial: posee el 76 por ciento del área de la URSS, el 51 por ciento de la población, el 53 por ciento de la producción de grano y el 58 por ciento de la industria siderúrgica. Allí, el máximo rival de Gorbachov, Boris Yeltsin, obtuvo lo que su oponente no ha logrado, o sea, legitimidad y un amplio mandato para el cambio al ser elegido por voto popular a la Presidencia Rusia. Yeltsin, quien fuera expulsado por el Politburó por sus posiciones favorables a una transformación radicalmente capitalista y luego renunciara al partido, encarna la expresión más auténtica de las fuerzas centrífugas liberadas por Gorbachov.

El problema radica en que el nuevo líder ruso ha prometido aplicar para su república, además de todas aquellas reformas que la perestroika gorbachevista fue incapaz de llevar a cabo en forma nítida, un amplio grado de autonomía frente al Kremlin. Como si fuera poco, ya Rusia notificó que reducirá sus aportes al presupuesto de la Unión en un 83 por ciento, lo cual agravará todavía más la penuria física del centro. Con los acontecimientos de Rusia, el Kremlin podría quedar reducido, en Moscú, a una especia de Vaticano Soviético.

Los enfrentamientos entre diferentes conglomerados étnicos también se desataron por toda la URSS a raíz de los cambios operados a partir de 1985. El más antiguo y encarnizado, el que protagonizan armenios y azerbaijanos, ya ha costado la vida a cientos de personas y en los choques se han visto envueltas tropas regulares enviadas por el Kremlin para apoyar la causa de Azerbaiján, una de las pocas repúblicas totalmente fieles a Gorbachov. En la vecina Georgia luchan a muerte georgianos y osetios, mientras que en Kirguizia se presentan enfrentamientos entre la mayoría étnica de la república y la minoría uzbequistana.

En Uzbequistán se ha desarrollado un agudo conflicto entre uzbecos y turcos. Finalmente, para dar un ejemplo más del problema, en Moldavia hay confrontaciones entre moldavos, por una parte, y rusos y gagauzos, por otra. En Rusia se han despertado sentimientos ultranacionalistas pan-rusos que propugnan la hegemonía de esta república y la rusificación plena de la URSS.

La respuesta de Gorbachov, por cierto bastante tardía, a los procesos independentistas y a los conflictos étnicos, resultó ser el punto de viraje de la política de reforma y democratización. El Presidente soviético proclamó que no toleraría por ningún motivo la desintegración de la URSS y procedió a reprimir con puño de hierro los intentos separatista en las repúblicas bálticas y regia, tal como lo venían exigiendo los elementos conservadores res del Gobierno, el partido y el ejército. Con estas medidas de fuerza la perestroika y el glasnot, si no recibieron su partida de defunción, por lo menos sufrieron un duro golpe, del cual tardarán mucho en reponerse. El centro ganó un “round” con enemigos pequeños y débiles; pero aún quedan muchos asaltos por librar en esta pelea de las nacionalidades.

La URSS pierde un imperio

Pocos casos se han visto en la historia como el del hundimiento repentino del imperio de proporciones mundiales que había logrado crear Moscú luego de una rápida ofensiva político-militar estratégica en los años setentas y ochentas. De tener bajo su control casi la mitad de Europa, así como numerosos países y movimientos armados del Tercer Mundo, la Unión Soviética, pese a que conserva un gigantesco arsenal bélico, es en la actualidad un coloso en retirada que carece de los recursos productivos para mantener su anterior omnipresencia internacional.

En efecto, uno de los primeros anuncios de Gorbachov al suceder a Chernenko en 1985 consistió en que a partir de ese momento la URSS cambiaría su política exterior y contribuiría activamente a eliminar los focos de tensión que mantenían viva la Guerra Fría. No se debe olvidar, sin embargo, que aparte de su penuria económica, el Kremlin se vio forzado a desmantelar el imperio debido a factores externos. La vigorosa contraofensiva lanzada por Reagan desde 1981 para contener el avance de su rival llevó la acidad expansionista de la URRS a límites insostenibles por parte de la
sociedad y la economía sviética.

La Iniciativa de Defensa Estratégica (“Guerra de las galaxias”), el emplazamiento de los misiles de alcance intermedio en países europeos miembros de la OTAN y el decidido apoyo a todos aquellos países y movimientos del Tercer Mundo opuestos a Moscú (“Doctrina Reagan”) hicieron comprender a los dirigentes del Kremlin que habían extendido su influencia más allá de lo que su desarrollo económico y tecnológico les permitía.

La retirada de Afganistán, cuya invasión calificó Shevardnadze, el ex ministro de Relaciones Exteriores, como “contraria a la humanidad y a los valores humanos universales”, fue sólo el comienzo. Numerosos satélites empezaron a ver notables disminuciones en los suministros provenientes de la URSS, tanto de armas como de ayuda económica. Países como Siria, Irak, Libia, Angola, Mozambique, Etiopía, Vietnam, Nicaragua y hasta la misma Cuba, dejaron de ser considerados como posesiones vitales por los estrategas de Moscú. De hecho, varios de aquellos fueron abandonados a su propia suerte.

El puno culminante de la retirada soviética se presentó en el continente europeo. De un momento a otro lo que parecía el antemural del imperio, el bloque integrado por las naciones del Pacto de Varsovia, se vino abajo como un castillo de naipes. Todos los regímenes amigos del Kremlin fueron sustituidos por gobiernos más o menos anticomunistas o simpatizantes del Occidente y, con la caída del muro de Berlín, Alemania Oriental se unió a la República Federal y a la OTAN.

El siguiente acto del drama fue la disolución del Pacto de Varsovia y del Consejo de ayuda Mutua Económica, CAME. El mundo presenció, atónito, el retorno, con ligeras diferencias, a las fronteras anteriores a la Segunda Guerra Mundial… y el melancólico epílogo de un imperio efímero que nunca pudo conciliar el desequilibrio entre su impresionante poderío militar y su endeble base económica.

Sin quererlo, Gorbachov ha llevado a la URSS al filo de la navaja. La Unión se encuentra sometida a terribles presiones desde todos los flancos y encara ni más ni menos que la posibilidad de una contienda civil, como el mandatario del Kremlin lo ha dicho en varias ocasiones. Las poderosas fuerzas desatadas por la perestroika y el fracaso de las reformas prometidas por Gorbachov arrastraron el país a una situación de conflicto irreversible.

Los intereses particulares de cada república o grupo étnico y las necesidades del centro; la vieja guardia brezhnevista y la nueva generación de reformadores liberales; las tendencias hacia la implantación de una economía de mercado y las que procuran conservar el antiguo sistema centralista; las mayores libertades democráticas y los padecimientos económicos de la población, en fin, la lucha entre lo tradicional y lo nuevo, constituyen las parejas de contrarios que componen la explosiva realidad de la Unión Soviética.

Con una autoridad central menguada por todos los factores señalados, muchos hablan de una solución de fuerza que asegure el orden y prevenga la anarquía, una dictadura, según las palabras de Eduard Shevardnadze. Y en la mitad de este torbellino se halla Mijail Gorbachov, con detractores en todos los bandos. Los conservadores no le perdonan que hubiera puesto en peligro la existencia misma del Estado soviético, mientras que los reformadores se sienten traicionados por su actitud reciente; los nacionalistas ven en él una amenaza para sus objetivos, en tanto que los imperialistas lo acusan de ser demasiado tolerante con quienes pugnan por separarse de la URSS.

Hasta ahora Gorbachov se las ha arreglado para mantenerse en el centro como el fiel de la balanza, ya que ninguno de los contendientes ha logrado oponerle un rival digno de su categoría. Sin embargo, el padre de la perestroika no parece tener al alcance de la mano una salida fácil. Si opta por permitir que la revolución generada por él siga su curso, el desenlace más probable es el de una confrontación violenta a escala nacional; si decide aliarse del todo con la llamada “derecha”, tendrá que presidir el aplastamiento del proceso iniciado en 1985. De su capacidad de maniobra y compromiso dependerá en buena medida que la URSS no se consuma en las llamas de una guerra fratricida, que tendría el agravante de librarse en un país armado hasta los dientes con bombas nucleares.

Revista Diners de agosto de 1991

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