Recuerdos de las fiestas populares de Cartagena, por Ramón de Zubiría

¿Cómo eran los festejos de La Candelaria en La Popa y del 11 de noviembre, cuando aún no había reinas de belleza? Los recuerda, con nostalgia, un cartagenero de pura cepa: Ramón de Zubiría

Como una nostalgia recurrente, cuando llega noviembre se alborota en el alma de los cartageneros viejos el recuerdo de lo que fueron en El Corralito las fiestas populares de antaño. Y, ¿cómo eran aquellas fiestas?, me preguntan con frecuencia quienes no las vieron. Responder es asunto que exige largo espacio. Empero, intentaré dar una idea.

Si por populares -ajustándonos a la etimología de la palabra- entendemos las nacidas de la entraña del pueblo las que se cumplen con su plenaria participación, podría decirse que eran de dos tipos: las grandes fiestas religiosas tradicionales y las celebraciones conmemorativas de la Independencia de Cartagena.

Otros actos había -no propiamente fiestas- con qué quebrar la monotonía lugareña: las conmemoraciones patrióticas del 20 de Julio y el 7 de Agosto, y una que otra parada militar de la tripulación de los barcos de guerra que visitaban el puerto.

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Las fiestas religiosas venidas de España reflejaron -aunque asordinada como todo lo español en América- mucho de la pompa con que se celebraban en la Península: solemnes procesiones, con campanas al vuelo, gobierno, arzobispo, palio y Santísimo, y flores esparcidas por niñas vestidas de ángeles o, en lluvia de pétalos, arrojadas desde los balcones de las familias más prestantes, engalanados con tapices o auténticos mantones de Manila. La procesión de Corpus se hacía con “estaciones” en bellísimos altares que, en espaciadas esquinas callejeras, erigían y costeaban las familias más ricas. La Semana Santa conservó siempre su carácter sagrado y recogido: lavatorio de pies, Sermón de las Siete Palabras, etc. La única nota popular y pintoresca la ponían unos soldados romanos negros -¡afrocaribes!- que sudando petróleo montaban guardia junto a los “monumentos” del Jueves Santo.

Las devociones de la ciudad estaban repartidas por barrios: San Pedro Claver y la Virgen del Carmen, en el centro; La Candelaria, en el Pie de la Popa; la Cruz de Mayo, en Manga; la Virgen de las Mercedes, en El Cabrero.

La presencia del pueblo en las procesiones marcaba el grado de sus veneraciones. Muy concurrida fue siempre la de Cristo Rey, con mucho canto coral:” … iA Dios queremos en nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar!”, multitudinaria fue y sigue siendo– con forcejeo para cargar al santo- la de San Pedro Claver; tumultuaria, igualmente, la de la Virgen del Carmen; gozosamente plenaria y desbordada, la de La Candelaria.

La novena de esta última se hacía subiendo cada día por los caminos “tramposos” o tajaos, en romería auroral, hasta su iglesita en la cima de La Popa. Al amanecer, con las luces de los devotos que iban subiendo formaba la colina en una colmena iluminada. Arriba, para el desayuno, salpicado con tiple y anís, aguardaban las fritangas -empanadas con huevo, carimañolas, buñuelos- que sacaban del hirviente caldero las negras más alegres y gentiles del mundo, mientras, al otro lado del cerro, el Sol emergía, como un disco de fuego, de laguna de Tesca.

El primero de febrero, víspera de la fiesta, la tarde abría con corraleja de muchos toros que se prolongaba hasta entrada la noche para empalmar con toda suerte de bailes privados y gran baile “público”. El 2 -Día de la Virgen- todo el pie de La Popa se inundaba con el río de colores formado por las bellísimas cabalgaduras enjaezadas de los devotos de la Virgen que venían a rendirle homenaje desde poblaciones aledañas. Algunos venían desde el Sinú. Pululaban también los burritos “de alquiler” para pasear o subir a la cima. En la tarde, al filo de las cuatro, en vocinglera procesión, -“Viva la Virgen morena y liberal!”- la imagen de La Candelaria se bajaba de su iglesia en el cerro a la ermita en su plaza.

Por considerarlas profanas, un piadoso arzobispo prohibió las celebraciones populares en honor de la Virgen. Se quebraba así una tradición más que secular, de la cual queda un hermoso testimonio: la vívida narración que en sus Memorias histórico-políticas hace el general Joaquín Posada Gutiérrez de lo que eran aquellas fiestas por 1830.

Desde luego, las fiestas populares mayores de Cartagena fueron siempre las del 11 de Noviembre, pero las antiguas, no las del reinado de belleza, que fueron posteriores. Empezaban el 10, por la tarde, en los balcones de la Alcaldía, con la “salida del bando”, que anunciaba y autorizaba los festejos.

A partir de aquel momento, la población entera se volcaba a las calles vistiendo la más ingeniosa variedad de disfraces -desde lo grotesco hasta la pura creación artística- con predominio de diablitos, “caracoles” y capuchones, en una fiesta ininterrumpida de cuatro días, en la que se quemaban miles de buscapiés, y había carrozas “charras” y otras de preciosa factura, y corralejas, batallas de flores, concursos de comparsas y, por las noches, grandes bailes de “plazuela” o públicos, en los que “gentes de pie descalzo o mostrador, menestrales, marineros y aristócratas de pergaminos o caudales” se confundían todos en una misma desbordante alegría, ¡sin que hubiera un irrespeto, un robo o un solo herido! ¡Cómo no sentir nostalgia por aquellos tiempos arcádicos! Da grima pensar que hoy casi no queda nada de aquellas fiestas, que poco a poco hayan ido desapareciendo, como los carnavales, que también los hubo, y de los que al presente casi nadie se acuerda.

El espíritu, sin embargo, de estas fiestas continúa latente en el alma popular.

Ojalá se iniciara un movimiento que las reviviera, con su sabor, alegría y gracia tan inequívocamente cartageneros.

Publicado originalmente en Revista Diners de octubre de 1984

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