Colombia años 50: creer, un verbo en futuro imperfecto

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Una mirada generacional a 1950, la década en la cual Colombia creyó en algo: en el Zipa Forero, en el Tío Alejandro, en la Autopista Norte, en Triguero, en el voto femenino, en Glostora, en el mambo y en las perras llamadas “Laika”.

Revista Diners de febrero de 1981. Edición número 131

Hace 60 años, una generación de colombianos que hoy ronda con pavor los 65 empezaba a vivir la última década de confianza y esperanza verdaderas que atravesó en el país. Eran los años 50, los del apogeo de la radio, los del nacimiento de la televisión, los de la orquesta de Don américo y sus Caribes, los de “Caramelos Crack”, los del lanzamiento del merecumbé, los de “paga Kolcana”.

Como muchos decenios, el de los 50 no empezó exactamente en la mitad del siglo sino tal vez hacia 1953, cuando se produjo un cambio político que afectó las costumbres de los colombianos. El enfrentamiento del pueblo liberal y el pueblo conservador, la primera etapa de la violencia fue un fenómeno que surgió en los años 40 y se prolongó hasta 1953. Por eso puede pensarse que los primeros tres años de la década pertenecen en la lógica de la historia, sino en la del calendario, a los años 40.

En 1953 sube al poder Rojas Pinilla y comienza la segunda etapa de la violencia: la guerra entre el gobierno y los “bandoleros”, aquellos alzados en armas que, sin representar una ideología política coherente, quedaban como rezagos de la violencia en los campos. No puede negarse que Colombia creyó en Rojas Pinilla durante algún tiempo. Creyó en el helicóptero presidencial, creyó en los espejitos que llevaban detrás la fotografía a todo color del teniente general jefe supremo, creyó en el binomio Fuerzas Armadas-Pueblo.

Después creyó que era necesario tumbar a quien había traicionado esa confianza. Y lo tumbó, en lo que constituyó, al menos sicológicamente, otra muestra de fe del país en sí mismo. En los años 50, Colombia se dio el lujo de creer en Rojas y subirlo, dejar de creer en él y tumbarlo. En los años 50 creyó en el plebiscito, creyó en el voto de la mujer, creyó en defender los periódicos cerrados, en unir en torno a algunas ideas democráticas a los partidos que se daban puñaladas en la década anterior. Creyó en Alberto Lleras, creyó en el Batallón Colombia, creyó en Chapete. En 1963, cuando por una parte fue asesinado John F. Kennedy y, por otra, el bulto de los problemas sociales y económicos desplazó en el país al fantasma de los problemas políticos, terminó la década de los 50. Los colombianos empezamos a dejar de creer.

La radio está prendida

¿En qué creía Colombia hace 30, hace 25 años? Colombia creía, por ejemplo, en la importancia de la radio como medio de distracción. Eran los tiempos del “Miércoles en Opitilandia”: Opitilandia, la tierra bendecida, donde siempre se encuentra de almorzar, donde el juerte guarapo nos convida a gozar su pureza sin igual.

Eran los tiempos del peso Fabricato, que lo podía hacer rico a usted regalándole la fantástica suma de mil pesos. Eran los tiempos del Inspector Philips, que podía visitarlo sorpresivamente en su casa cualquier jueves por la noche y recompensar con regalos su fe en los bombillos Philips. Colombia creía entonces en la duración de los bombillos. Los domingos había que viajar por la carretera central del norte a comer obleas y almojábanas en Chía o cuchuco en Tres Casitas, y volver en interminable caravana al caer la tarde escuchando ”La hora del regreso “, donde las voces privilegiadas de Otto Greiffestein y Julio Nieto Bernal aseguraban que todo iba bien, que era agradable vivir y escuchar música suave. Por la noche la sintonía se desplazaba al Programa Simpatía, del Tocayo Ceballos, con su sección bomba de “Por algo será”.

Oriol Rangel interpretaba todos los días, entre semana, Nocturnal Colombiano, con el inevitable pasillo Leonor Martínez de la Torre mantenía en vilo al país con su campaña de “Qué es la cosa”: la pregunta iba, la pregunta venía, la pregunta iba y venía y corría y corría, pero nadie sabía qué era ” la cosa”. Tannané, el hijo de Tangará, robaba el oído de los niños a las 5 p.m . y un poco más tarde, “El derecho de nacer” congregaba en torno al aparato de radio a la señora, el señor, la cocinera y la de adentro.

Colombia creía en muchas cosas. Creía que teníamos el mejor fútbol del mundo y que nadie podría transmitirlo mejor que Carlos Arturo Rueda: “La pelota en juego, y Carlos Arturo dice…” Creía en las empanadas del Tout-va-bien, y en la honorabilidad de las peleas a trompadas que armaban allí las más poderosas mangas de Bogotá. En sus bancas de cemento hubo muchos noqueados, pero ni un solo apuñaleado.

Colombia creía que podía viajar feliz con el óvalo Esso, porque en esa época la gasolina abundaba, los árabes no ponían pereque y no teníamos ni idea de que el óvalo Esso se estaba llevando, entre cuña y cuña, nuestro petróleo. Colombia creía que mejor mejoraba Mejoral, creía, qué maravilla, que con Pepsodent la sonrisa brilla. Pron-tito Alksa Seltzer divulgaba simultáneamente el mensaje de las suites de Tchaikovsky y del bicarbonato de sodio como remedio para las agrieras. Cerveza Costeña colaboraba con la sicología nacional advirtiendo sobre los peligros de acalorarse. Colombia creía que Costeña, la grande, era tan buena como Costeñita. Y que Lucky Strike era el cigarrillo que lo tenía todo, todito, tenía el tabaco y tenía el filtro y también el saborcito.

El Zipa, el cardenal, Pedernera, Joselillo y Triguero

El país creía que era el mejor del mundo en muchas cosas. A lo largo de la década no sólo pensó que tenía el mejor fútbol del universo, sino que no había belleza humana comparable a la de Luz Marina Zuluaga (¡y eso que en Colombia había sido tan sólo virreina!), que Eldorado era el aeropuerto más grande de América y que no existía quién pudiera ganarle al Zipa Forero. En 1958, cuando el Vaticano elegía al sucesor de Pío XII , muchos llegaron a pensar que el cardenal Luque iba a ser el nuevo Papa.

Era explicable. En los años 50 Colombia creía que los reinados de belleza estaban manipulados por los fabricantes de cosméticos y la única crítica contra el aeropuerto Eldorado, que lo construyó la dictadura y que lo inauguró el Frente Nacional, era la de que no necesitábamos tanto aeropuerto.

Los ciclistas eran héroes nacionales y no simples promotores de una marca comercial. O, al menos, eso creía Colombia en los años 50, época del Año Santo, de Perucca y Pontoni, de Dí Stéfano y Rossi. Colombia creía que en el estadio ganaba el mejor equipo y no el que más trucos conociera fuera de la cancha. Creía en que los toreros se morían en la plaza, así Chicuelo II y César Girón, ídolos del momento, resultaran a la postre víctimas del avión y el automóvil. Colombia creía en Joselillo de Colombia. Colombia creía en Ramón Hoyos Vallejo, el Escarabajo de la Montaña, Colombia creía en los sermones de los franciscanos.

Hace un cuarto de siglo Colombia también creía en la limpieza de las apuestas hípicas y en la elegancia del hipódromo. Todos los colombianos, incluso los que nunca jugaron al 5 y 6, relataban las hazañas increíbles de Triguero. Y todos los colombianos, incluso los que pensaban que las loterías siempre se las ganan los ricos, se apuntaban al Sorteo Extraordinario de Navidad. Colombia creía en los fotógrafos de estudio – en Bené, en Foto Estudios Valenzuela, en Sady; creía que el aparato estereofónico se dañaba si uno ponía discos monoaurales; creía en el pelo lacado, en la moda talego y la cola de caballo. Colombia creía en Glostora. En que la panela cicatrizaba aún las más hondas heridas y en que el extracto de chulo curaba el cáncer. Después, cuando
una perra rusa subió al espacio, Colombia creyó en que el mundo iba a ser mejor si conquistábamos el espacio. Y millones de gozques colombianas fueron bautizadas “Laika”.

Música, maestros

El mundo de los discos presenciaba la batalla entre los compositores e intérpretes colombianos y la música extranjera. Cada vez que Pacho Galán o Lucho Bermúdez lograban conmover al país con “Cosita linda” o “Carmen de Bolívar”, llegaba una inundación de éxitos italianos. y viceversa. La generación que llegó a la adolescencia en los años 50 se crió bailando ”Aveva un báviro” (es posible que se escriba de manera muy diferente, pero se pronunciaba así) y tarareando “la Picolissima Serenata”. Los músicos nacionales se veían en aulagas para lanzar rápidamente la versión al español de los éxitos italianos, y fue así como algo se pudo bailar también “Esta pequeñísima serenata”, versión del trío Los Isleños.

Pacho Galán y su chiquichá; Nat King Cole y su versión de ”Adelita”; Alberto Granados y “Mi último fracaso”; Domenico Modugno y “Volare”; Lita Nelson y su ”Pepe”; Elvis Presley y su “Rock around the clock”; los mexicanos y “Pobretón”; los españoles y “Mi perrita pequinesa”; Juan Legido y “No te puedo querer”; “Doris Day y “Quéy seráh seráh”; Sarita Montiel y “Fumando espero”; Pérez Prado y su mambo, ¡uh!; ”Al di-la”, “Al compás del cha-cha-chá” “Merengue apambichao”, el Grill Colombia, el Grill Europa, el Grill La Pampa, la Casina della Rosa, discos Cuca Don América y sus Caribes, la orquesta de Lico Medina, el Miramar, “Me voy pal salto”, don Lucho Ramírez. Roberto Cantoral (que vino, cantó y se llevó una de las modelos más lindas del país) “Di” de Alfredo Sadel, “Bésame Morenita”, “La Carta”, los discos de Montecristo, el interminable Agustín Lara, los dos pegaditos… todos estos ingredientes formaban parte de la experiencia musical de los años 50. Y Colombia creía simultáneamente en el rock y en el merecumbé, en el pasodoble y el porro, en los bambucos de Álvaro Dalmar y en las canciones del Festival San Remo.

¿Usted no tiene televisor?

La llegada de la televisión dejó una marca característica en la generación que echó pelos en los años 50. Televisión significó para muchos, durante algunos años, un aparato mágico que podían ir a ver en casa del tío Eduardo, del amigo Ricardo o de cualquier otro tío o cualquier otro amigo con ingresos superiores al promedio. Pero después llegaron los televisores baratos, que se compraban a través del Banco Popular, y la experiencia se hizo común.

Colombia creyó en la televisión y en sus personajes. Creyó en Boston Blackie, amigo de los que no tienen amigos y enemigo de los que le hacen su enemigo: creyó en Paladin. alma bendita, quien ponía su revólver a la orden con voz ronqueta: creyó en Norberto Granados, en Allan Ouguet con su cavernosa carcajada y en el inspecto Darley. El tío Alejandro enseñó a decir a los niños de entonces “Hola, zapatín, con cola”, inventó un eufemismo para aliviar la vergüenza de los que se orinaban en la cama (“pasar el río”) e hizo popular las canciones de “Oh, señor Colón” y “Pobrecito el albañil”. Los niños de Colombia creían en el tío Alejandro.

Bernardo Romero Lozano montaba grandes teleteatros en el mismo estudio en que Enrique Uribe White explicaba la ascensión al Everest haciendo mala cara, como si el Everest fuera suyo, y en que Gloria Valencia de Castaño presentaba todas las semanas a los artistas que “hoy nos acompañan en El Lápiz Mágico”. El Lápiz Mágico pagaba 25 pesos de premio (depositados en una cuenta de ahorros en el Banco Popular) a los televidentes que adivinaran las preguntas propuestas por los caricaturistas. Menos generosos, “Los Postres Royal Preguntan” sólo pagaban tres al niño cuya carta lograra confundir al jurado infantil. Adivinando una de las tareas de “El Lápiz Mágico” y confundiendo al jurado de “Los Postres Royal Preguntan” con un interrogante acerca de cuántas abejas tiene un panal (“Sin-cuenta”), yo reuní 28 pesos que me permitieron comprar mi primera bicicleta. Eran los años 50 y yo también creía, como todo el mundo, en los programas de concurso y en las bicicletas de 28 pesos.

También creía en los marineros. La hazaña del marino Luis Alejandro Velasco hizo soñar a muchos niños colombianos con un futuro de buques y de velas. Colombia creyó en el marino Velasco y en el heroísmo de la Armada, porque no era cosa de pensar que el ARC Caldas llevara electrodomésticos de contrabando. El teniente de navío Luis Fonseca Truque se encargaba de alimentar esos sueños en su programa ” Mares y marinos de Colombia”, cuya música de fondo constituye tal vez el único himno marcial que recuerde la generación de los 50: “Viva Colombia, soy marinero, con mi bandera noche de paz… “. (Después supe que esas palabras que sonaban en el televisor como “noche de paz” eran algo mucho más complicado, como “noble heredad” o algo por el estilo).

La programación de planta empezaba con una imagen de perfil del teniente general jefe supremo. y luego seguía “Efemérides”. Los viernes. Alvaro Monroy Guzmán animaba toda clase de concursos y certámenes en ”Gánele al reloj con Philips”, y los domingos Fausto Cabrera y Alejandro Michel Talento protagonizaban “Domingo y Rodolfo en Casa”. Andrés Holguin establecía su prestigio de sabio más allá de las aulas contestando preguntas sobre tortugas en “Trece mil pesos por su respuesta”. lrma Roy y Eduardo Cuitiño importaba de la Argentina una comedia familiar, y el talento colombiano trataba de hacer lo mismo con “Pichoncito de mi vida”. Sólo “Yo y tú” , el más popular y el más extrañado programa que haya tenido nunca nuestra televisión, logró salir adelante. entre todos los que se crearon en la modalidad de comedia familiar. Todavía a Luz Helena la persigue la fama de niñita antipática y a Alicita la de señora aparentadora y medio inculta, pero adornada, mija, qué le vamos a hacer.

Creer, un verbo con futuro imperfecto

Colombia creía en todos ellos. En los “muy buenos pesos colombianos” que entregaba a los concursantes Alberto Granados, en las noticias que leía Luis Eduardo Pinzón y en la justicia que imponía Cisco Kid a las 6 de la tarde·. Colombia creía en el Señor Fiscal. así lo fuera a ver pocos años después convertido en el detective asesor de Perry Masan.

Eran los años 50. El país pensaba que Carlos Julio Ramírez iba a ser el nuevo Rodolfo Valentino en Hollywood, que la autopista a Chía era una autopista y que, había héroes estudiantiles. El Henry J. era el caballero de las calles. El Hotel Tequendama convocaba la admiración de los bogotanos. que no podían concebir tan monumental obra de arquitectura. El rascacielos de 17 pisos comprometió a los colombianos a creer en el desarrollo del país, con la misma firmeza con que se creía que en la lucha libre ganaban siempre los limpios. como el Tigre Colombiano y Huracán Ramírez. sobre los sucios, como el Médico Asesino y el Caníbal. Tal vez por eso, a cuadra y media del Hotel Tequendama, todos los miércoles y los sábados había dos espectáculos de lucha que se disputaban el favor del público.

¿A qué horas se esfumó la capacidad del país para creer en cosas, en el Zipa Forero, en el reinado de Cartagena, en que los grandes días están por venir? ¿En qué momento se descarriló ese tren cargado de esperanzas que salió de la estación en los años 50? ¿Qué día de qué año se perdió la confianza en el policía de la esquina, en la crema embellecedora S de Ponds, en Carlos Julio Ramírez como estrella de Hollywood? Estas preguntas sin respuestas son las que acompañan a la generación que adquirió el uso de razón en los años 50, a la que hace 25, o 30 años. tuvo una ilusión, como le pasó a Cuco Sánchez.

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