Breve historia de la difícil relación entre México y Estados Unidos

Las difíciles relaciones de dos países, que comparten más de 3.000 kilómetros de frontera y no obstante se hallan separados por diferencias de tipo histórico, político, económico y cultural.

Publicado Originalmente en Revista Diners de julio de 1988. Edición Número 220

Quizás en ninguna otra parte del globo se da un caso como el de México y Estados Unidos, dos países que comparten una frontera de más de 3.000 kilómetros y no obstante se hallan separados por abismales diferencias de tipo histórico, político, económico y cultural. A lo largo de los últimos 150 años los mexicanos han tenido que pagar un precio elevado por el hecho de ser uno de los dos únicos países del mundo que comparten límites terrestres con el Tío Sam (el otro es Canadá): en el siglo XIX tuvieron que entregarle la mitad de su territorio al vecino del Norte y en la centuria actual viven en medio de una fuerte dependencia económica de Estados Unidos, el cual tiene tres veces más población que México, un producto nacional bruto 15 veces mayor, una abrumadora superioridad militar y, como si fuera poco, el mercado para el 70% de todos los productos de exportación de los mexicanos y sus principales fuentes de crédito externo.

Sin embargo, aunque los grandes beneficiarios de esta relación desigual son los norteamericanos, éstos también dependen de sus vecinos pobres en aspectos nada despreciables, el más importante de los cuales ha sido y seguirá siendo la ubicación estratégica de Mexico, que en más de una ocasión ha influenciado la política exterior de Washington en momentos decisivos. Por otra parte, la riqueza petrolera y la abultada deuda externa de México, sumadas a las cuantiosas inversiones de capital privado estadounidense, contribuyen a incrementar los intereses de Norteamérica en la nación azteca.

Aparte de las intervenciones armadas y no armadas de Estados Unidos, aún vivas en la memoria colectiva de los mexicanos, las relaciones entre los dos países se han visto marcadas en los tiempos recientes por factores tales como la migración masiva de ciudadanos de México a los Estados Unidos, el narcotráfico, el comercio bilateral, la deuda externa y la diplomacia. En éstos y otros puntos se han puesto en evidencia no pocas contradicciones, malentendidos e incluso resentimientos, resultado no sólo de profundas diferencias entre las dos naciones, sino también de acontecimientos del pasado.

Una de las primeras consecuencias que para México significó vivir al lado de un país mucho más rico y poderoso en pleno proceso de expansión económica y territorial, fue la pérdida de cerca del 50% de su área. El gran sacrificado con la “conquista del Oeste” fue México, que en la primera mitad del siglo XIX no disponía de los recursos adecuados para proteger efectivamente las vastas zonas semidespobladas del Norte que desde principios del siglo eran objeto de una agresiva colonización por parte de agricultores, ganaderos, comerciantes y aventureros norteamericanos. En la mira de éstos aparecía en primer lugar Texas, un enorme y rico territorio equivalente a más de la mitad de la superficie de Colombia.

Ya en 1829 el presidente Jackson proponía al gobierno mexicano la compra de Texas con los siguientes argumentos: “El valor comparativamente pequeño para México del territorio en cuestión; su remota y desconectada situación; la desarreglada condición de sus negocios; el reprimido y languideciente estado de sus finanzas… todo coadyuva a señalar y recomendar a México el que se desprenda de una porción de su territorio que le es de muy limitado y problemático beneficio…”.

Las reiteradas negativas de las autoridades mexicanas a las ofertas yanquis y el flujo creciente de colonos estadounidenses, pronto llevaron a una situación cada vez más conflictiva en Texas.

Luego de varios años de choques con las tropas del régimen de Santa Anna, los residentes norteamericanos proclamaron la independencia de Texas en marzo de 1836. El posterior ingreso de Texas a la Unión Americana (julio de 1845) y los numerosos incidentes fronterizos entre fuerzas mexicanas y estadounidenses, hicieron inevitable la guerra abierta entre las dos naciones, que se prolongaría entre 1846 y 1848.

Como era de esperarse, México llevó la peor parte desde un comienzo. El ejército norteamericano invadió a su vecino meridional y en poco tiempo llegó hasta la misma Ciudad de México, obligando así a los vencidos a firmar el Tratado de Guadalupe Hidalgo, en 1848, en virtud del cual México cedía formalmente a los Estados Unidos lo que hoy son California, Nuevo México, Arizona, partes de Utah, Colorado y Nevada y, por supuesto, Texas. En otras palabras, la mitad del territorio de México perdido en aras del “Destino Manifiesto” y la consolidación del desarrollo capitalista norteamericano.

Pero ahí no se detendría la política intervencionista de Washington. Durante la Revolución Mexicana la Casa Blanca volvería a hacer sentir su mano fuerte. Veamos sucintamente los casos más sobresalientes:

En marzo de 1911, en medio de la revuelta de Madero contra Porfirio Díaz, el presidente Taft envió a la frontera una fuerza de 20.000 soldados con la misión de intervenir “en la eventualidad de que el presente gobierno mexicano caiga y no sea sustituido por un régimen responsable”. El ascenso de Madero al poder evitó una decisión en tal sentido, pero la inestabilidad que siguió a su triunfo inquietó sobremanera al gobierno norteamericano que veía amenazados los grandes intereses de sus súbditos en México. El embajador Henry Lane Wilson, convencido de que a su país le convenía un régimen fuerte que pusiera orden en la caótica situación política de México, apoyó abiertamente la conspiración cuartelaria encabezada por el general Victoriano Huerta contra Madero.

El Departamento de Estado, que estaba al corriente de las actividades del señor Wilson, no hizo nada por detenerlo. A principios de 1913 Madero fue depuesto y luego asesinado. El general Huerta asumió el poder e instauró un sistema despótico y represivo que pronto sería duramente criticado por la nueva administración estadounidense de Woodrow Wilson.

En su afán por derrocar a Huerta e imponer la democracia en México, el presidente Wilson llegó al extremo de ordenar la ocupación, en abril de 1914 del puerto de Veracruz, una acción en la cual murieron más de cien mexicanos. “¡Yo les voy a enseñar a las repúblicas latinoamericanas a elegir buenos gobernantes!”, había proclamado por esos días Wilson. El gobierno estadounidense optó por respaldar la facción que comandaba Venustiano Carranza como única alternativa viable para Washington frente a los movimientos de Pancho Villa y Emiliano Zapata. Luego del retiro de las tropas de ocupación de Verazcruz -permanecieron en total siete meses-, vendría la última intervención militar de Estados Unidos en México: la “expedición punitiva” del general Pershing contra las huestes de Villa, que en marzo de 1916 habían atacado la población de Columbus, Nuevo México, dando muerte a quince ciudadanos norteamericanos.

Al mando de 4.000 hombres, Pershing permaneció once meses en suelo mexicano tratando infructuosamente de dar caza al célebre revolucionario. La incursión de tropas yanquis llegó a su fin en febrero de 1917, dos días después de que Washington rompiera relaciones con Alemania. Wilson temía-y no le faltaban razones-que el Kaiser aprovechara la presencia militar estadounidense en México para inducir a este país a una alianza contra Norteamérica en momentos en que ésta se aprestaba a entrar a la contienda que se libraba en el Viejo Mundo. En efecto, en enero de 1917 el gobierno germano envió a su homólogo mexicano una propuesta en el sentido de que si los Estados Unidos decidían entrar en guerra contra Alemania, ésta le brindaría todo el apoyo necesario a México para que recuperase los territorios perdidos en el siglo XIX.

Carranza finalmente no accedió a las ofertas alemanas, pero sin duda éstas contribuyeron de manera decisiva a moderar la conducta estadounidense en relación con los asuntos internos de México y la política nacionalista que este país empezó a aplicar a partir de la promulgación de la Constitución de 1917.

La crucial importancia estratégica de México volvería a quedar patente años más tarde, cuando Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo, en marzo de 1938. Nunca antes ningún país latinoamericano se había atrevido a desafiar tan abiertamente los intereses públicos y privados de los Estados Unidos. La reacción de Washington y sus aliados ingleses y franceses fue enérgica: el boicot a las compras de crudo mexicano, con lo cual el gobierno de Cárdenas no tuvo más remedio que ofrecer el petróleo a las potencias del Eje.

Pero en aquellos días que precedieron la Segunda Guerra Mundial, Washington no se podía dar el lujo de permitir que México se convirtiera en el principal proveedor de petróleo de sus potenciales adversarios. Fue entonces como, en noviembre de 1941, un mes antes del ataque nipón a Pearl Harbor, la administración Roosevelt suscribió con el gobierno mexicano un “arreglo global” de las cuestiones en disputa entre los dos países“. Había transcurrido un siglo desde cuando se iniciara el conflicto de Texas.

A partir de la segunda postguerra las relaciones entre los dos países se han caracterizado por una política exterior mexicana bastante autónoma frente a Washington-a veces incluso en contravía de los objetivos norteamericanos, pero sin llegar nunca a una confrontación irreconciliable y una creciente dependencia económica de México respecto de los Estados Unidos.

La independencia, por lo demás digna de encomio, que en los asuntos externos han aplicado los diferentes gobiernos mexicanos (aun en épocas en que la diplomacia de la mayoría de las naciones latinoamericanas estaba fuertemente influenciada por Estados Unidos), se explica en gran parte por la marca que en el pueblo mexicano dejó un siglo de intervencionismo estadounidense y por el legado nacionalista de la Revolución. Es así como la actitud a menudo erguida y díscola ante el Tío Sam ha sido un importante elemento de legitimidad del PRI ante propios y extraños, una constante que se repite cada sexenio y que parece una reafirmación indispensable de la nacionalidad mexicana.

Pero, al mismo tiempo, la innegable cautela que ha mostrado México en el manejo de sus divergencias con Estados Unidos en la política internacional y en los contactos bilaterales, tiene que ver no solamente con el hecho de estar aquél en el flanco meridional de una superpotencia, sino también con la crónica dependencia económica de los mexicanos en relación con sus poderosos vecinos.

Esta dualidad contribuye a explicar muchas de las inconsistencias y vacilaciones de más de un gobierno mexicano en su posición frente a la diplomacia norteamericana en las últimas décadas, lo mismo que el radicalismo de las administraciones Echeverría y López Portillo durante los años de la bonanza petrolera, y la moderación de Miguel de la Madrid, quien tuvo que afrontar la caída de los precios del crudo y el peso de una deuda externa gigante.

Asimismo, la política de los gobiernos norteamericanos hacia México, tanto republicanos como demócratas, en general se ha distinguido por la circunspección. Por las experiencias de la presente centuria, Washington ha aprendido a calibrar la importancia estratégica y económica de su vecino del Sur y la progresiva interdependencia de los dos países en todos los campos.

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