Hace mil años, en dos monasterios situados en el corazón de España, fueron escritas por primera vez unas palabras en el idioma de los campesinos del lugar, que es el que hoy hablamos más de 300 millones de personas.

Revista Diners de mayo de 1987. Edición número 206.

La escena tiene lugar hace más de mil años. En la oscura biblioteca del pequeño monasterio de san Millán de la Cogolla, 330 kilómetros al norte de Madrid, un monje benedictino está copiando libros en latín a la luz de un candil. Son textos que cuentan vidas de santos, recogen letanías, reproducen los sermones de San Agustín y transcriben oraciones por San Cosme y San Damián. Aunque el latín ha sido la lengua de esta región desde hace doce siglos, el monje encuentra algunas palabras cuyo significado resulta difícil de comprender.

Entonces resuelve escribir algunas notas al margen. Estas glosas traducen las palabras latinas difíciles, a la lengua derivada del latín que se habla comúnmente en los campos vecinos. Donde el texto latino dice “bellum”, el monja aclara: “pugna”; donde dice “ecce repente”, el monje aclara: “lueco”; donde dice “divisiones”, el monje glosa: “partijones”; donde dice “traque partes”, el monje señala al margen: “ambas partes”.

Sin saberlo, ese monje se está convirtiendo en el primer mortal que escribe unas palabras perdurables en el castellano, el idioma que hoy hablan más de 300 millones de personas. El castellano ha encontrado, así sea en su más primitiva forma, su primer testigo escrito. Es el año 977…

Muy poco tiempo después, a unos 70 kilómetros de allí, otro monje realiza anotaciones similares en el monasterio de Santo Domingo de Silos. Donde el texto latino dice “limpha”, él aclara al margen: “agua”; donde dice “fal sario”, él observa: “falso testimonio”; donde dice “potionem”, él escribe: “bebere”; donde dice “abunculi”, él especifica: “tío”; donde dice “tempestates”, él pone: “vientos malos”; donde dice “periurium”, él señala: “ficieret mentira”.

Hoy, 1.010 años más tarde, los historiadores de la lengua española han llegado a la conclusión de que las “Glosas Emilianenses”, que es como se llama a las de San Millán de la Cogolla, y las “Glosas Silenses”, que es como se denomina a las de Santo Domingo de Silos, constituyen el más antiguo documento supérstite del castellano escrito. Han aparecido otros con vocablos en español de los mismos finales del siglo X y de principios del XI. Son más que todo documentos notariales y comerciales. Hay quienes sostienen la existencia de otras glosas cuya mayor antigüedad está en discusión. Pero hasta el momento los historia­dores aceptan los códices de San Millán y de Santo Domingo de Silos como los primeros que contienen palabras en castellano primitivo. Así consta, además, en las placas descubiertas en esos muros hace una década.

La de San Millán de la Cogolla está empotrada en un monasterio construido siglos después a un kilómetro del original. Este, que aún se conserva y puede visitarse, ha sido designado como el monasterio de “suso” -de arriba- en contraste con el de abajo, que es el de “yuso”. Aquí se realizó la ceremonia para conmemorar el milenio de la lengua y se destapó en 1977 la placa que dice: “En recuerdo de las Glosas Emilianenses, primer testigo de la lengua española, y del anónimo copista que en este valle y monasterio de San Millán de la Cogolla bautizó nuestro idioma en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

La de Santo Domingo, más sencilla, reza así: “Caminante: hace más de mil años, en el solar de esta abadía de Santo Domingo de Silos, un monje glosó un códice latino con balbucientes palabras castellanas”. La fecha es un año posterior a la de San Millán: 1978.

santodomingodesilos_800x669

Monasterio de Santo Domingo de Silos

Tierra de santos

La región de Burgos, La Rioja y Soria que fue cuna del castellano se extiende a lo largo y ancho de un triángulo de unos siete mil kilómetros cuadrados cuyas puntas más o menos coinciden con la ciudad de Santander, la de Soriá y la pequeña villa de Valbuena del Duero, siguiendo la margen de este río. Podría pensarse que quizás ha cambiado muy poco desde cuando los monjes optaron por traducir decenas de términos latinos y no pocas frases al lenguaje de los rústicos. Tractores más, yuntas menos, sigue siendo una región agrícola, fría y poco poblada, cuyos montes calvos tienen un inconfundible color terracota, como si hubieran sido moldeados por alfareros. Los sembrados cortan con rayas rectas la geometría curva de las colinas; y los caminos, estrechos y enculebrados, recorren villorrios y caseríos como quien ensarta pepas de camándula.

Es tierra de santos, de cereales y de campesinos cejijuntos. En Santo Domingo de la Calzada vivió el santo que da su nombre al pueblo; en Silos vivió su homónimo, aunque había nacido en la villa de Cañas; la villa de la Cogolla vio nacer a Santa Oria; el mentado San Millán fue un eremita de la vereda que hacia el año 500 se encuevó en lo que luego se volvió monasterio y se dedicó a vivir mal y a rezar mucho por la salvación de los hombres.

Entre esta gente, entre estos campos, fue naciendo el castellano.

Los abuelos del castellano

Muchas lenguas ha oído parlar la península ibérica desde su amanecer prehistórico. El primero fue un dialecto que, transformado a lo largo de quince milenios, se ha convertido en el caso actual, idioma erizado de erres y de kaes que resulta hermético para quien lo escucha. Tartesios, fenicios y cartagineses impusieron después su ley y su idioma. Del fenicio quedan algunas huellas en castellano: “Hispania” (España) significó en fenicio “tierra de conejos” y “ebusus” (Ibiza) “isla de pinos”. Griegos y celtas colonizaron luego el sur. Ambos dejaron huellas que más tarde recogió el castellano, La terminación iego (andariego, mujeriego, palaciego, labriego) es céltica, como lo son también palabras como berro, álamo, abedul, braga, baranda…

En el año 128 a.c. desembarcaron los romanos en la península ibérica y empiezan a extender el latín, tatarabuelo del actual castellano. Durante algún tiempo perduraron algunas lenguas de las que estaban arraigadas en las distintas regiones, pero poco a poco cedieron ante el firme avance del idioma conquistador, que llegaba empujado por el ímpetu de la rica cultura romana. España produjo varios grandes autores latinos, como Séneca, Marcial y Quintiliano. Pero cuando se desmorona el Imperio, a partir del siglo III, habrá de desmoronarse también la unidad de la lengua, que ya mostraba diferencias de léxico y pronunciación. A la postre, de ese latín original saldrán nueve lenguas-entre ellas el castellano, el catalán, el francés, el italiano y el portugués- que se conocen como lenguas románicas”.

En el año 409 las hordas de los pueblos germánicos que ya galopaban sobre Europa cruzaron los Pirineos y cayeron sobre España. Durante más de 300 años godos y visigodos dominaron a España; pero en año 711, los árabes iniciaron desde el sur un avance que no encontró resistencia importante y se tomaron en pocos meses la península. Con algunas excepciones, como la del reino de Asturias, fueron amos y señores del país durante ocho siglos. Córdoba, bajo los árabes, llegó a ser ombligo cultural de Occidente. La reconquista cristiana de España fue lenta; la frontera mora a veces tardaba cien años en retroceder cien kilómetros. Pero en 1492 cayó el último fortín árabe: Granada.

Durante el milenio largo que transcurrió desde la caída de los romanos hasta la completa reconquista de España, hubo reyes muertos y reyes puestos, culturas que florecieron y se marchitaron, palacios que se levantaron y fueron destruidos. Lo único que resistió los cambios sin abandonar el campo fue el latín. La vieja lengua de los conquistadores romanos se mantuvo y, aunque sufrió cambios importantes, fue la matriz del idioma que ahora, más de veintidós siglos después, es el oficial de España y de la mayor parte de América.

El latín resistió el embate de otras lenguas germánicas y arábigas y se enriqueció de ellas. Lo que no aguantó fue su propia división interna entre el latín culto o literario y el latín vulgar que hablaba el pueblo.

Ese latín vulgar o romance andaba por los campos desde varios siglos antes de las “Glosas Emilianeses”, pero no tenía quién lo escribiera. Vino a encontrar sus primeros autores en los monjes benedictinos de San Milán y de los Silos, lugares de inmensa actividad cultural. Como la imprenta aún no existía-y tararía en inventarse casi quinientos años más- la única fotocopiadora efectiva eran los monjes. Estos obtenían en préstamo libros manuscritos que llevaban los peregrinos o los doctos, los copiaban y de esta manera enriquecían las bibliotecas de los conventos. Copiando y calcando mamotretos latinos les dio un día aquellos monjes de San Millán y Silos por tender el puente entre el texto erudito en latín y la parla popular del romance. De esa manera plasmaron en el pergamino las primeras palabras del castellano antiguo.

Munio, Florencia y compañía

Cuando autoridades y especialistas descubrieron las placas del milenio, en 1977 y 1978, aún se desconocían los nombres de los escribientes que habían glosado los escritos latinos, quizás con la ayuda de un diccionario, que desapareció. Por eso se habla en una placa del “anónimo copista”. Pero investigaciones realizadas en los últimos años han permitido saber que el monje de San Millán de Suso se llamaba Munio y el de Santo Domingo firmaba como Smaragdo. Ya don Ramón Menéndez Pudal había indicado en 1923, que uno de los primeros glosistas de Santo Domingo de Silos seguramente tenía por nombre el de Florencio. Las pistas parecen indicar que este Florencio trabajó de manera anónima en San Millán de Suso y fue trasladado luego como copista al monasterio de San Pedro de Verlangas, donde empezó a colocar su firma al pie de las páginas. La similitud en la caligrafía de ciertos códices de uno y otro monasterio permite pensar que Florencio, del cual nada más se sabe, fue uno de esos primeros notarios de nuestra lengua.

Lo cierto es que el monasterio de Suso fue centro de impulso del castellano escrito. El historiador Rafael Lapesa señala que “el foco irradiador (del romance escrito) parece haber sido el cenobio de San Millán de la Cogolla”.

En estas tierras se afincó el castellano escrito, padre del castellano actual, hijo del romance, nieto del latín vulgar y bisnieto del latín. Y en esas tierras nació, dos siglos después, el primer poeta en español cuyo nombre se conoce:

Gonsalvo fue so nomme, que fizo este
tractado,
En Sant Millan de Suso fue de ninnez
criado,
natural de Berceo, ond Sant Millan fue
nado.
Dios guarde la su alma del poder del
pecado.

Telenovelas medievales

Berceo es un pueblito de no más de dos mil almas, ubicado a escasos cuatro kilómetros de San Millán. Gonzalo nació allí a fines del siglo XII. Algunos dicen que en 1198; pero una valla apostada a la entrada de la villa afirma que fue en 1180. Clérigo secular desde joven, permaneció sin embargo adscrito al monasterio de San Milán hasta su muerte en 1246. Muchas veces debió instalarse Gonzalo a es­cribir en la misma biblioteca que vio a Munio y a Florencio transcribir tímida­mente las primeras palabras en el romance de la lengua rústica. También allí leyó numerosos libros sobre vidas de santos.

Y escribió poemas largos en homenaje a los milagros de la Virgen, y relató la historia de cuatro santos, tres de ellos paisanos suyos de vereda. nos suyos de vereda. Estos poemas, cuya autoría aparece indicada en las propias estrofas del “tractado”, son recreaciones de lo que Gonzalo leía y constituyen los primeros de nuestra literatura atribuibles a un autor identificado. Otros, anteriores o de la misma época, como los de El Cid Campeador y los Siete Infantes de Lara, son de pluma desconocida, pertenecientes al oficio anónimo de los juglares (“Mester de juglaría”).
Berceo escribió sus poemas para que fuesen leídos ante auditorio, según lo atestiguan frecuentes expresiones del tenor de “aún otro milagro os querría contar” y “amigos y señores, oído otro milagro, hermoso de verdad”. Y es que in illo tempore había pocos medios de difusión y muchos analfabetos, lo que obligaba a los conventos a ser simultáneamente lugares de oración y asambleas de divulgación cuya misión era parecida a la de la prensa, la radio, la televisión y el cine de hoy. Los labriegos llegaban hasta allí a fin de escuchar las narraciones que los monjes leían.
Gonzalo optó por contar en el lenguaje corriente, en el lenguaje en el cual “suele el pueblo fablar a su vecino”, las historias que tanto le fascinaba leer en los textos latinos. Pero, para agregar interés al asunto, y también para hacer un aporte creativo, escribió los libretos rimados. Son versos del llamado “Mester de clerecía” -oficio de clérigos-, que aspiraba ser más cultivado que el de los juglares; en ellos emplea un formato conocido como “Cuaderna Vía”: cada estrofa de cuatro versos, cada verso rima con sus tres compañeros, cada compañero tiene catorce sílabas.

Antonio Machado, que encabeza con Gonzalo de Berceo la lista de sus poetas preferidos, dice que son versos “dulces y graves”, como “monótonas hileras de chopos invernales en donde nada brilla”.

Y agrega:

El nos cuenta el repaire del romero
cansado;
leyendo en santorales y libros de oración,
copiando historias viejas, nos dice su
dictado,
mientras le sale afuera la luz del corazón

Muy populares debieron ser los poemas del buen fraile; algo así como las telenovelas de entonces. El tema de la Virgen tenía por esas épocas enorme demanda, o lo que hoy llamaríamos “alta sintonía”. Si no hubiera sido elevado el “rating” de las obras de Berceo, no se entendería que hubiera escrito nueve poemas que son por longitud, nueve libros. Entre sus admiradores no solo figura Machado. También Federico García Lorca, quien releía en su escondite de Granada los poemas del “natural de Berceo” cuando fue por él la Guardia Civil para llevarlo a la muerte, hace ya cincuenta años.

En el vestíbulo exterior del pequeño ayuntamiento de Berceo puede verse un busto en bronce del poeta. La casa de la alcaldía es de fines del siglo pasado, pero sus columnas de piedra sirvieron antes de apoyo a otras construcciones. De una de ellas, a tres metros de la escultura del primer poeta de nuestro idioma, cuelga un insólito tablero de baloncesto para enanos.

En el mes de abril. Desde la colina de Berceo se divisan los tejados de otro pueblo, los barbechos terracota, los sembrados verdes, los pinos negros y los parches blancos de la nueve que ha vuelto a caer en primavera. Y al fondo, sobre uno de los montes yertos, el callado y vacío monasterio de San Millán de Suso.

Es un lugar poco visitado por el turismo, cuyo ambiente pobre, polvoriento y campesino le produce a uno la impresión de que allí no ha corrido el tiempo. El caminante percibe una palpitación milenaria en la atmósfera. Presiente que, en cualquier instante, podrían aparecer por el camino unos monjes que hablan el román paladino: ¿Munio? ¿Florencio? ¿Gonsalvo?

Estamos en la entraña materna del idioma castellano. Y no sabemos si este ligero temblor que está flotando es cosa de la emoción o de los vientos fríos que corren por los campos riojanos en esta época del año.

Articulos Relacionados

  • Una artista coreana fabrica cámaras vintage con papel
  • El artista que convierte los dibujos de sus hijos en obras de arte
  • Playlist para recibir el eclipse solar
  • Galería: así fue la restauración del Museo Colonial de Bogotá