¿Por qué los grandes escritores escriben cartas de amor tan ridículas?

Se acerca San Valentín y en Diners nos ponemos románticos. Por eso, reproducimos este texto de Alfredo Iriarte sobre la incapacidad de algunos escritores para enviar mensajes de amor elocuentes.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 254, mayo de 1991

La señora Matilde Urrutia (q.e.p.d.), viuda del poeta Neftalí Reyes, mejor conocido como Pablo Neruda, e inspiradora de prodigios líricos tales como: “Los Versos del Capitán” y “Cien sonetos de Amor”, no era en la vida real la musa alucinante que encontramos en los poemas que le dedicó Pablo. Todo lo contrario. Después de la muerte de Neruda “peló el cobre” y empezó a mostrar una avidez hacia el dinero que hubiera dejado al compasivo Shylock en la condición de filántropo canonizable. No todo el mundo sabe que Neruda dejó inconcluso Confieso que he vivido, su bellísimo libro de memorias.

Pues bien: ocurre que el lector desprevenido pero bien informado experimenta un desconcierto indecible cuando, aproximándose a las páginas finales, encuentra que Neruda llega en sus recuerdos autobiográficos casi hasta su propia muerte, lo cual, por razones ampliamente conocidas, resulta inverosímil. Pues la verdad de lo que ocurrió fue que a doña Matilde le pareció que de pronto las memorias inconclusas podían no venderse muy bien y, sin que le temblara en lo mínimo el pulso, las terminó por su cuenta.

El experimento le resultó, el libro se vendió como pan, y entonces la viuda alegre, no contenta con ello ni con el chorro torrencial de derechos de autor que ya fluía generosamente hacia sus cuentas bancarias, comenzó a publicar hasta las tareas escolares del finado, con lo cual sus ingresos experimentaron insensible crecimiento. Y entre los textos impublicables que dio a luz está un volumen de cartas de amor de Neruda, casi todas las cuales son de una cursilería capaz de ruborizar a una estatua de piedra.

Y es entonces cuando cabe la pregunta de rigor: “¿Cómo fue posible que uno de los más grandes creadores de poesía amorosa de todos los tiempos haya producido estas esquelitas dulzarronas?”

Claro que antes de ensayar una respuesta, es menester advertir que lo mismo les ocurrió a personajes y creadores literarios de la talla de Lord Byron, John Keats, Simón Bolívar, Honorato de Blazac, James Joyce, Franz Kafka y muchos más. Yo creo que la explicación es bien sencilla y a la vez útil porque de ella se desprende un consejo de inmensa utilidad para los presentes y futuros autores de cartas amorosas.

La realidad es que quien se sienta ante la hoja de papel para escribir una epístola de amor, lo hace como si empezara a hablar con su adorada, y es ese el motivo por el cual en el instante mismo empiezan a quedar estampadas toda suerte de charreras, necedades y lugares comunes. El autor está produciendo un documento íntimo, que, según él supone, va a permanecer en la reserva absoluta, y por eso no se cuida en lo mínimo de controlar sus efusiones de retórica bobalicona, por lo cual abre sin mesura los grifos que dan paso a los humores más sobreazucarados para producir finalmente unas dosis inclementes de arequipe que sólo la amada (o el amado), y nadie más en el mundo, puede asimilar y digerir.

De ahí que, como en el caso citado al principio, muchos autores de excelsos poemas de amor, lo sean simultáneamente de cursilísimas misivas.

La clave del fenómeno es clara: cuando escriben los primeros, saben que lo están haciendo para la persona amada y a la vez para el respetable público; en cambio, cuando producen las segundas, piensan que solo el objeto de su adoración las va a leer. En otras palabras, para escribir los primeros, se visten y acicalan con la máxima elegancia, en tanto que dan curso a las segundas en pijama y pantuflas o en pelota. He ahí el secreto.

Por eso las cartas de amor tienen casi siempre el encanto de lo espontáneo y muy pocas veces el de lo literario. Y de ahí el problema de los personajes de renombre. Que por lo regular no se cuidan de exigir a los destinatarios de sus cartas amorosas que tomen todas las precauciones necesarias para que nunca sean publicadas como reliquias o curiosidades.

Hace años tuve una novia a quien amé con denuedo y con quien, debido a una ausencia de varios meses, hube de sostener una intensa correspondencia amorosa. En sus cartas me llamaba “mi cangrejo de ojos azules”, y yo a ella “mi avecilla matutina”, o algo tan ridículo como eso. Peleamos, y me imagino que instantáneamente debí de descender de crustáceo ojizarco a rata de alcantarilla, porque ella retrocedió de pájaro melodioso a cotorra insufrible. Yo tuve el acto caballeroso de destruir sus cartas. No sé si fui correspondido.

Después vino el contraste. Una novia que también me amó y que era muy expresiva en la intimidad, pero que siempre encabezaba sus cartas con un escueto Alfredo y dos puntos. Además, las misivas en su contenido más parecían informes de contabilidad o auditoría que epístolas amorosas. Un día le reproché su sequedad estropajosa y me replicó sin vacilar: “Eso es para que, si algún día nos separamos y te da por mostrar mis cartas, yo no tenga nada de qué avergonzarme”. En ese momento me encolericé y hoy admiro su sabiduría. Por supuesto, tampoco conservo esas cartas que eran totalmente insípidas, al revés de la mayoría, que tienen el sabor de la vigésima quinta cucharada de arequipe con brevas.

Como lo dije antes, a la persona amada se le puede y debe exigir que sepulte con todas las seguridades las cartas de amor que reciba. Pero como nadie sabe si tales disposiciones se cumplirán con todo rigor, lo mejor es no escribir ni en las paredes de los baños públicos nada que no pueda ser editado en veintisiete idiomas.

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