Rodrigo Silva: Cuando calla el cantor

Rodrigo Silva, integrante del dueto Silva y Villalba, falleció el 8 de enero en la clínica Medicadiz en la ciudad de Ibagué. Diners le hace un homenaje al tolimense, inspiración la música colombiana.

Publicado originalmente en Revista Diners edición 415 de octubre de 2004

Antes de morir, un amigo de Rodrigo Silva le prometió que de alguna manera le contaría si en realidad existía el más allá. “Porque si existe la otra vida, no le tengo miedo a la muerte, pues allá están Pedro Infante, Jorge Negrete, Carlos Gardel, y tantos otros maravillosos cantantes, hasta los mejores de la música tolimense, como Garzón y Collazos, y entonces para mí seguirá la fiesta”, le dijo Silva a su amigo.

Cuenta Rodrigo Silva que la otra noche, este lunes en la madrugada, escuchó la voz de su amigo que con dulzura de ultratumba le decía desde el más allá: “Le tengo dos noticias. La primera, que sí existe la otra vida y aquí están todos, desde Gardel hasta Pedro Infante y Garzón y Collazos. Y la segunda: Usted tiene concierto con ellos este sábado”.

Rodrigo Silva, 59 años, nacido en el Huila y aquerenciado desde siempre en el Tolima, integrante del dueto Silva y Villalba, canta, enamora y bebe desde los quince años, y la peor noticia que ha conocido en su vida la escuchó hace apenas dos meses: cáncer en la boca.

En esa tarde se quedó mirando fijamente al famoso médico oncólogo José Antonio Hakim y le dijo: “Doctor, es imposible. Acepto que me hubiera dado cáncer en cualquier parte, así fuera en el culo, pero no en la boca, porque mi vida es el canto…”.

Pero así es la vida, y en esta semana o la otra, un grupo de doce médicos, encabezados por el doctor Hakim, trabajarán durante veinte horas sobre la boca del cantante, le arrancarán todos los dientes y el paladar y con trasplantes de la propia piel y carne de los huesos de las piernas del mismo Rodrigo Silva tratarán de reconstruirle la boca…

Rodrigo sabe perfectamente, y lo acepta, que durante esas veinte horas de cirugía y durante el largo proceso postoperatorio son muchas las posibilidades de partir para ese fabuloso concierto en el más allá con Pedro Infante y Carlos Gardel y Garzón y Collazos. Y entiende también que aun si logra aplazar por ahora ese concierto en la otra vida, en esta vida, la que va de pueblo en pueblo por la Colombia andina, de ventana en ventana, en bohemias de 36 horas bajo las grandes noches del Tolima, su oficio de cantante ya concluyó para siempre.

Rodrigo Silva: hombre y guitarra llorando, bajo la luz de as estrellas… Foto: Mauricio Ánjel.

Porque calla el cantor, y como cantó Mercedes Sosa, calla la vida. Y él no quiere que se le acabe la vida, y dice que va a dar la pelea por su vida misma y por su mujer Carolina y por su último hijo, Juan David, de ocho meses de nacido…

Durante 38 años en el dueto, pero también como solista, Rodrigo Silva ha grabado más de cuarenta discos entre los memorables longplays y los actuales cd. Y se sabe de memora más de quinientas canciones que grabó Pedro Infante y todas las canciones importantes y populares de Colombia y América Latina. “Canción que yo no me sepa, la están componiendo en este momento”, dice con cierta autosuficiencia.

Rodrigo Silva y Álvaro Villalba se conocieron en una noche de viernes y de parranda de 1967, en El Espinal, Tolima. Silva venía de Garzón, Huila, y quería hacerse famoso como cantante de rancheras después de haber ganado un concurso nacional cuando estudiaba en Facatativá, con un conjunto vallenato. Villalba venía de Suárez, Tolima, y era rico porque había heredado tierras.

Como en el corrido de José Alfredo Jiménez, allí en la cantina los dos cantaron primero por separado, corridos y joropos que se desgranaban como en un duelo, y “se sentía el ambiente muy cerquita del infierno”. Entonces llegó la policía y un subteniente llamado Luis Ernesto Gilibert medió en la disputa y les propuso que mejor cantaran una canción los dos. Los músicos no salieron corriendo ni se oyeron los balazos, y fue tanto el impacto que causó la suma de las dos voces, que en esa noche nació el dueto de Silva y Villalba.

Que no se diga que han sido grandes amigos. Simplemente amigos y socios para cantar. No son compadres y son completamente distintos en sus personalidades, y llevan una relación profesional que se reduce a ensayar una hora antes de cada concierto o presentación.

Silva es uno de esos típicos hombres de antes en ese vasto atardecer del llano caliente del Tolima Grande. Tiene la espléndida semblanza de la belleza masculina mora, mestiza, de bigote negrísimo, de cejas altas y espesas y peinado antiguo, como si fuera un genuino charro cantor. Toca quince instrumentos, desde acordeón hasta piano, y su voz individual, más allá del dueto, le permitió ser un enamorado incorregible. Tuvo siete mujeres de asiento, apenas cinco hijos, pero faltan datos de muchos municipios porque allá en los pueblos de Colombia todavía las muchachas en flor no se resisten ante un hombre que cante tan bonito y que acaricie de esa forma la guitarra.

Hace quince años conquistó a su última mujer, Carolina, para quien quiere ahora sobrevivir. La conoció cuando ella llegó con una compañera y un amigo mutuo. “La que me gusta es esa”, dijo Rodrigo, pero el amigo le respondió: “Ella es mi novia”. “Que ella escoja”, dijo Rodrigo y tomó la guitarra y empezó a cantar La del reboso blanco. La canción fluyó con la frescura y el calor con que brota la sangre de una herida. Ella escogió, y quince años después aún está a su lado, con la paciencia y la sabiduría infinitas para sobrevivir en la vida de un músico bohemio.

Así como ganó y perdió mujeres y ha sido borracho y jugador, también tuvo y perdió fortuna. Muy joven fue hasta boxeador, y de músico montó desde estudios de grabación profesional hasta sevicherías y licoreras. Al borde del quirófano, donde aunque se gane la vida está condenado a perder para siempre la voz, no tiene inconveniente en afirmar que está arruinado y acepta sin disculpas que esa música colombiana de su estilo ya no se vende y que está muy viejo para volver a cantar vallenatos.

Esto es cierto, pero también es cierto que trabajó duro en la vida. Miles de horas en estudios de grabación, agotadoras jornadas en pueblos de los Santanderes y del Tolima y por toda la nación paisa de Colombia. Y también estaba trabajando en aquella noche en que contrataron el dueto para una serenata larga en una casa muy grande de Bogotá. Entre canción y canción no resistió charlar en forma coqueta con la muchacha más bonita de la noche. Le pegaron dos codazos en el estómago pero él no entendió el mensaje y siguió coqueteando.

Entonces un hombre armado le dijo que si se quería morir, que la fiesta era para ella porque era la novia de turno del dueño de la fiesta, el narcotraficante Gustavo Rodríguez Gacha, El Mexicano. Rodrigo tomó el toro por los cuernos y se dirigió a El Mexicano para darle una explicación. “Aquí lo contratamos para que cante y no para que hable, gran hijueputa”, le dijo El Mexicano. O ese otro sábado, allá en Leticia, cuando permanecieron Silva y Villalba cantando durante 24 horas una misma canción, El Barcino, por cuenta de dos capos callados que jugaban de a millón de pesos a cara y sello en una gallera abandonada, a orillas del río Amazonas.

Pero también una noche, en una serenata bajo la luna de octubre, contratados por un inofensivo empleadillo oficial que se gastaba todos sus ahorros en ese último esfuerzo de conquista, vieron cómo la muchacha enamorada caía muerta desde una ventana de un segundo piso, y nunca se supo si fue un suicidio por amor o un síncope cardiaco. Porque así es la vida de los músicos en Colombia: entre el amor y la muerte. La vida de un músico, tan apacible y peligrosa, como la de Rodrigo Silva.

Nadie más en Colombia, ni tal vez en América, cante tan parecido a Pedro Infante y sepa de memoria las quinientas y tantas canciones que grabó el charro mexicano. Pero además de tantas canciones, Silva es un humorista extraordinario, con el talento y la inteligencia suficientes para burlarse sobre todo de sí mismo. Ante la gravedad de su inminente operación dice que él sabe perfectamente que después de ella jamás podrá volver a cantar, y que si lo hace será cantando “Al chur, al chur, al chur, del cherro del Pañandé”, imitando a un boquinche que interpretara Al sur, la canción de Jorge Villamil que hizo célebre a Silva y Villalba.

Es un humor que le alcanza para permanecer, y lo hemos visto, durante más de 24 horas en un patio y bajo los soles y las grandes noches del Tolima, empajando un aguardiente, una canción, un chiste, un aguardiente, una canción… sin comer, sin tregua, como un bohemio de otra generación, de otro país, hermoso y perdido.

Pero todo jardín se marchita y todo goce se paga. Cuando el médico vio esas manchas negras en el paladar, le dijo sin titubeos que era un melanoma, tal vez la forma más agresiva del cáncer. Empezó en ese día el calvario en la alegre vida de Rodrigo Silva. Noches y noches sin dormir, con la mente fija en la muerte y en Carolina y Juan David de ocho meses. Tal vez en este Silva músico y compositor de tantas canciones, el humor no sea un mecanismo para asimilar la muerte sino una forma para burlarse de ella. “A mis amigos les digo que no es que ya me vaya a morir, porque simplemente me salto unos puestos en la fila, que solamente me les adelanto, que allá los espero…”, dice.

Rodrigo con Carolina y Juan David. Foto: Mauricio Ánjel/ Archivo Revista Diners.

Con sus entrañables amigos el periodista Silverio Gómez y el escritor Carlos Orlando Pardo, y quien esto escribe, llevamos varias semanas despidiéndolo, en veladas hasta el amanecer, sin querer queriendo escucharle la última canción. Este viernes, a las tres de la mañana, empezó a cantar “Deja que salga la luna, deja que se oculte el sol, deja que llegue la noche, pa’ que empiece nuestro amor”.

Sentimos un frío en el alma porque pensamos que era la última vez que le escuchábamos cantar esa hermosa canción que cantó Pedro Infante con la misma voz de murmullo sereno de agua que heredó Rodrigo Silva. Pero en ese mismo lunes nos llamó y nos dijo que la operación se aplazaba porque no podía reunir los cien millones de pesos que vale la intervención en la Clínica Santa Fe.

Con este imprevisible final de Rodrigo Silva, calla uno de los más grandes cantores de la música colombiana. Tiene 59 años y también cree con nosotros que el más grande compositor en lengua castellana es José Alfredo Jiménez, que murió a los 49, y que el más grande verso de la canción popular latinoamericana es aquel que dice “Cuando te tengo entre mis brazos, siempre me pregunto yo, cuánto me debía el destino, que contigo me pagó”.

Al terminar de cantar este verso, acaricia la guitarra y dice: “Le tengo pánico a esta operación no porque no pueda volver a cantar en conciertos o a grabar discos, sino porque no podré volver a estar en estas veladas, con mis amigos, como aquí esta noche, bajo las estrellas del Tolima…”. Pero el destino nos trajo en el viento la voz de Rodrigo Silva, y ahora el viento del destino se la llevó.

Suena el teléfono. Contesta Marta, la esposa de Silverio Gómez. “¿Qué van a hacer en este fin de semana?”, pregunta desde el otro lado de la línea la voz bohemia de Rodrigo Silva. Pero nosotros, los bohemios metafísicos, ya no lo queremos escuchar más hasta el amanecer, porque nos hiere su voz, porque alguien siempre mata en cada hombre aquello que más ama, y porque para nosotros ya calló el cantor y su último verso fue “Deja que salga la luna…”.

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