“Jesús, ese hombre que escribía sobre la tierra”, William Ospina

Ospina, señalado por García Márquez como el mejor escritor joven de Colombia, escribió para Diners una visión profunda, analítica y precisa de por qué seguimos recordando el nacimiento de Jesucristo.

El judío es el pueblo de la Escritura. Cris­to, sin embargo, representa al maestro que habla. Sólo una vez escribió unas palabras sobre la tierra, mientras esperaba que los hombres furiosos arrojaran sus piedras contra una mujer adúltera, pero nadie leyó esas palabras.

Lo que sabemos de él fue recogido de sus labios por sus seguidores o testimoniado por ellos. Podemos verlo, igual que a Fran­cisco de Asís, como un poeta que da a sus enseñanzas la forma de proverbios y de parábolas, aunque siempre procura explicar el significado moral que les atribuye. Pero toda parábola admite nuevas interpretaciones, y todavía seguimos preguntándonos qué mas significa la frase: “Es semejante el cielo a un grano de mostaza”. O esa otra: “Vosotros sois sepulcros blanqueados”. O “¡Guías ciegos, que coláis un mosquito y os tragáis un camello!”. O bien: “Hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos”. O una que resuena terrible: “No hay un solo cabello de tu cabeza que no esté contado”.

Con Cristo, dijo Wilde, llegó al mundo una idea del perdón que puede mágicamente modificar el pasado. Solemos pensar en él como en un hebreo, por su origen, pero de un modo creciente se tiende a verlo como un griego.

No sólo porque hablaba esa lengua y pertenecía al ámbito de esa cultura, que por entonces abarcaba la cuenca del Mediterráneo, sino porque su encarnación es inconcebible antes de la filosofía platónica, que conceptuó la existencia de dos mundos, uno espiritual y otro material, uno eterno y otro temporal, y abrió la posibilidad de celebrar alianzas y enlaces entre ellos.

Siendo Dios, Cristo habrá existido desde siempre, pero en su condición de humano nace de una madre como un niño cualquiera, está sujeto a los azares y los riesgos de la vida corporal, puede fatigarse y sufrir hambre, puede sudar sangre y padecer martirio.

Se diría que no hay episodio de su vida que no haya sido repensado y reinventado por la literatura. Su concepción, revelada por un ángel, signo de la alianza entre lo humano y lo divino, y su nacimiento en el establo, signo de su humildad.

La visita de los Reyes astrónomos de Oriente, promesa de su poder universal, y la fuga oportuna que lo salvó de ser masacrado entre los inocentes, símbolo de su predestinación. Su elocuencia infantil en el templo ante los doctores, emblema de su sabiduría, y su adolescencia recóndita de la que nada cuentan los libros sagrados, que relieva su condición misteriosa y tal vez la verosimilitud de su destino, ya que nada les habría costado a sus inventores llenar de acontecimientos también esos años.

Y las innumerables vicisitudes de sus años maduros, donde episodios milagrosos como el diálogo con el demonio en la cumbre de la montaña, la multiplicación de panes y de peces, el acto de caminar sobre las aguas o el de llamar de nuevo a la vida al hermano de sus amigas, se alternan con episodios naturales como seleccionar a sus discípulos, predicar filosóficamente, dar latigazos a los mercaderes, componer oraciones y en­se­ñarlas a sus seguidores, entrar sobre el lomo de un asno en la gran ciudad o celebrar un conmovido banquete de despedida.

Veinte siglos de su reinado sobre el sueño de la civilización occidental han visto también un esfuerzo continuo de los poetas y los narradores por hacer del personaje central de nuestra historia alguien siempre renovado y presente, que no pierde sentido y actualidad para los espíritus.

Ello es posible porque Cristo es menos un personaje histórico que una figura mítica, y sólo los destinos míticos permiten una inagotable elaboración estética. En los primeros tiempos del cristianismo debieron de abundar las variaciones literarias sobre su vida, pero el espíritu dogmático de la Iglesia sólo validó inicialmente esas cuatro biografías escritas, según es fama, por dos tardíos amanuenses que no lo conocieron, y por dos testigos cercanos, que sí tuvieron el privilegio de ver ante ellos la cara viviente de Dios.

Sin embargo, hoy se piensa que el más antiguo de esos evangelios, que es posiblemente el de Marcos, fue escrito hacia el año 64 en griego y en Roma. Pero es probable que quien lo escribió lo haya conocido. El siguiente es el de Lucas, escrito en griego para cristianos helénicos entre el 70 y el 80. El de Mateo, en Siria, hacia el 80 o el 90, escrito por judíos conversos. Y el de Juan, hacia el año 100, en Siria o Transjordania.

Ante esos datos de dudosa historiografía, la imaginación suele preferir la sencilla fábula. Así, la más prometedora de esas biografías para quien anhela hechos reales y datos patéticos sería la de Juan, dado que existe la leyenda, confirmada por el propio biógrafo, de que Cristo le amaba, y dado que la iconografía posterior muestra siempre al apóstol casi niño recostando su frente sobre el pecho del Maestro en la tarde de la cena y de los presentimientos.

El amante de la literatura busca en las páginas del último Evangelio pequeñas precisiones que le ayuden a formarse una idea de ese Cristo humano, capaz de sonreír y de fatigarse, cuyos pasos dejaban impresa una huella sobre el polvo de los caminos. Pero Juan es el más teórico de los evangelistas, y su evocación del amigo querido comienza con aquella copiosa disquisición platónica:

En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios… Nos quedan los Evangelios llamados Apócrifos, el de Pedro, el de Bernabé, el de Nico­demo, el de Jacobo, y hasta uno llamado el Evangelio según Tomás, que cuenta anécdotas infantiles maravillosas.

Los críticos feroces del cristianismo, que arreciaron desde el siglo XVIII, insisten en que una buena prueba de que Cristo no existió jamás es que no hay testimonios contemporáneos en contra suya.

“Sabemos que Sócrates existió —dicen— porque no sólo conocemos los elogios de sus amigos sino también los ataques de sus enemigos. De Cristo sólo conocemos los testimonios de sus partidarios, que bien pueden haber sido inventados para fortalecer la doctrina”. Incluso hay quien sostiene que los evangelios no son más que combinaciones fantásticas a partir de las profecías, y que es por ello por lo que Cristo cumple tan puntualmente las profecías del Antiguo Testamento. La verdad es que el pueblo que concibió esas profecías, y de cuyo seno él se desprendió, encuentra a Cristo poco satisfactorio, y todavía espera la llegada del Mesías.

Los filósofos del siglo XVIII, Voltaire entre ellos, ­creían que para demoler el cristianismo bastaba refutar la existencia histórica de Cristo. Cristo, como buen Dios, se burla de ellos, al demostrarles que los mitos sobreviven a todas las demostraciones históricas, a todas las refutaciones lógicas y a todos los argumentos racionales.

Podemos decir que un Dios, para imperar sobre el mundo, ni siquiera necesita haber existido, en el sentido biográfico del término. Por ello, si el filósofo o el historiador nos demostraran que Cristo no existió jamás, más asombroso resulta comprobar que a pesar de ello ha llenado con su presencia, con su doctrina, e incluso con su imagen, veinte siglos de abigarrada historia humana.

La vigencia literaria de Cristo es buena prueba de su vigencia histórica. Todavía a comienzos del siglo XX es posible encontrar altas elaboraciones poéticas sobre los preludios de su nacimiento, como los poemas de Rainer María Rilke a la Virgen María.

Vemos la niña que está siendo presentada en el templo, y cuya inocencia pasa a través de las cosas, a través de las columnas y el altar y el pecho empedrado del sacerdote, hacia el destino que la espera y que es más pesado que el templo; el momento sobrenatural de la Anunciación; las naturales sospechas de José en su taller; el nacimiento bajo las voces de los ángeles; o ese momento triste de las bodas de Caná, cuando es la propia madre quien insta a Cristo a hacer el milagro de cambiar el agua en vino, sin advertir que apresurando así el comienzo de su misión está apresurando también su sacrificio.

Al final ella comprende con dolor que el agua en la fuente de sus lágrimas/ se le había vuelto sangre con ese vino. También sobre María se hicieron los poemas de La reina de las siete espadas, de Gilbert Keith Chesterton.

El primero, donde la llama La bruja blanca, sustituye en el cielo a la oscura Diana de las grutas/ cuyo nombre en el infierno es Hécate, por esta mujer que también tiene consigo a la medialuna, pero no sobre su frente sino bajo sus pies.

La compleja simbología de estos poemas parece apartarse ya de los elementos doctrinales del mito. Cuando Edmund Wilson escribe sobre Cristo y los esenios, lo hace para sugerir cosas que no caben en el orden mental de la Iglesia: Cristo sería el vocero de una secta precisa de la antigüedad hebrea, o el símbolo de toda una congregación. También desde una perspectiva no eclesiástica, Gustave Flaubert, reelaborando los hechos de Mateo 14, 3-12, escribió su célebre relato Herodías, donde el primo de Cristo, Juan el Bautista, es sacrificado por Herodes Antipas en un banquete crapuloso al que asiste, en la figura de un joven obeso y vicioso, el futuro emperador Vitelio. Allí la conjura de dos cortesanas, la madura y cruel Herodías y la casi niña y lasciva Salomé, fuerza al tetrarca a decapitar al vociferante profeta, en un cuadro que procura recrear en detalle el ambiente y la época histórica en que Cristo vivió, sin hacerlo aparecer a él físicamente.

El tema de la Encarnación podemos seguirlo en las páginas de Tomás de Aquino, que ya parecen menos filosofía o teología que ficción pura y magnífica, o también en un texto moderno como el soneto de Borges sobre el primer versículo de Juan Evangelista, donde compara a Dios, que abandona la eternidad para resignarse a la finitud y a andar con un cuerpo humano por la tierra, con el sultán Harún al Raschid, de Las Mil y una Noches, que solía disfrazarse de paisano para ir a caminar por las calles nocturnas entre sus súbditos:

Refieren las historias orientales
la de aquel rey del tiempo, que sujeto
a tedio y esplendor, sale en secreto
y solo, a recorrer los arrabales,
y a perderse en la turba de las gentes
de rudas manos y de oscuros nombres.
Hoy, como aquel Emir de los Cre­yentes,
Harún, Dios quiere andar entre los hombres.
Y nace de una madre, como nacen
los linajes que en polvo se deshacen,
y le será entregado el orbe entero:
aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,
pero después, la sangre del martirio,
el escarnio, los clavos, el madero.

La Navidad se convirtió en una de las tradiciones más ricas. Es verdad que la conmemoración del nacimiento de Cristo se superpuso a la celebración pagana del solsticio de invierno, que en el calendario juliano se celebraba el 25 de diciembre, y coincidía con la celebración gentílica del momento en que el sol renace y los días comienzan a alargarse.

Pero aunque el cristianismo instauró su fiesta sobre la vieja ceremonia solar, la Navidad fue llenándose de sentido cristiano, y se convirtió en la fiesta más emblemática de Occidente. También, sin duda, en una de las más bellas, porque proclama un doble espíritu de generosidad y de solidaridad, como, sin mostrar a Cristo, pero inspirándose en su ejemplo, la representa Dickens en su relato emblemático Un cuento de Navidad.

Paul Valery sostuvo que sólo con Cristo vino a darse en la historia la identificación del Dios único con la idea del Amor. El Dios del Antiguo Testamento era más fácilmente representación del Origen, de la Justicia y de la Ira, y no le disgustaba ser llamado “Señor de los ejércitos”.

Cristo trajo la idea del Amor, y se diría que nadie la acogió tan plenamente como Dante Alighieri, cuya Divina Comedia está regida por la idea de una danza universal gobernada por el amor divino: Amor que mueve al sol y a las estrellas.

No le resultó difícil identificar al Dios que mueve los mundos con su versión humana de ese amor, la figura sublime de Beatriz Portinari, a la que puso a presidir el cielo cristiano, en una suerte de reivindicación de lo femenino en el orden de la cristiandad.

Cristo renace en la literatura bajo la forma copiosa de relatos, novelas, poemas y dramas que reconstruyen las circunstancias de su existencia, o que lo ven aparecer por milagro en otros momentos de la historia. Hay allí tanto recreaciones ortodoxas de la Biblia, como fantasías muy alejadas de ese espíritu.

Muchos novelistas anticlericales o ateos repitieron hasta el infinito sus versiones de un Cristo que viaja a Oriente a aprender la sabiduría de los hindúes o de los chinos, de un Cristo enamorado de María Magdalena o reducido a la condición de político rebelde, de conspirador hebreo, del impostor o del vagabundo mortal cuyo cadáver es robado de la tumba para favorecer una leyenda que crecerá con los siglos.

Otras versiones enseñan que Cristo no murió en la cruz sino que terminó sus días viajando por tierras de Oriente, donde es posible todavía visitar su sepulcro. Muchas de esas variaciones literarias no giran sobre la existencia física de Cristo sino sobre sus huellas, sobre los milagros ulteriores de su tumba o de su sangre, o sobre el modo como las enseñanzas de Cristo o sus virtudes siguen acompañando a los hombres.

A partir del año mil, Europa empezó a vivir la fiebre de la duda, a necesitar recuperar el sepulcro de Cristo, y emprendió esas guerras demenciales, las Cruzadas, que son hoy modelos plenos de la barbarie humana, el dogmatismo y la crueldad, y que prepararon espiritual y militarmente a los europeos para la sanguinaria conquista de América.

Una vasta literatura se desprendió de ellas, pero antes había florecido también sobre el mito de Cristo una de las más bellas y complejas literaturas de Occidente: el Ciclo de Bretaña, la leyenda del rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda, cuyo centro vital es la búsqueda, por parte de los grandes paladines, del Santo Grial, el cáliz milagroso donde se conservaba viva la sangre de Cristo, que devolvería la salud al rey y al reino.

El Siglo de Oro de la literatura española vio surgir variantes diversas del tema de Cristo. O bien los versos morales de Quevedo a propósito de la entrada triunfal en Jerusalem entre los ramos, que preludia la traición del populacho:

¿Alégrate Señor, el ruido roncodeste recibimiento que miramos?
Pues mira que hoy, mi Dios, te dan los ramos
por darte el viernes más desnudo el tronco.

O bien los versos del Soneto anónimo a Cristo Crucificado que, como quería Bernard Shaw, renuncian al soborno del cielo:

No me mueve, mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

O bien el hermoso soneto de Lope de Vega donde asume la lección cristiana de que todo aquel que necesite nuestra ayuda es Cristo, y que negársela al más humilde es negársela al mismísimo Dios:

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! Qué extraño desvarío…

El propio don Quijote es un héroe que vive bajo la estrella de Cristo, aunque no se vea muy entusiasta cuando topa con la Iglesia. Prefiere decir con un buen giro retórico que la noche del nacimiento de Cristo es la noche que fue nuestro día. España había producido también todas las variaciones de los místicos, que teniendo contacto directo con la divinidad podían permitirse prescindir de los oficios de la iglesia:

Descubre tu presencia
y mátenme tu vista y hermosura:
Mira que la dolencia
de amor que no se cura
sino con la presencia y la figura.

Y a partir de entonces empiezan a multiplicarse nuevas y más perturbadoras imágenes de Cristo, desde los esplendores del Paraíso perdido, y recobrado, de Milton, pasando por la vindicación de Cristo como poeta en las obras de místicos como Swedenborg y William Blake, hasta las primeras versiones del siglo XIX.

Chateaubriand, en 1802, emprende su célebre vindicación de la religión alabando el Genio del Cristianismo: “De todas las religiones que han existido nunca, la religión cristiana es la más poética, la más humana, la más favorable a la libertad, a las artes y a las letras, pues no hay nada más divino que su moral, nada más amable y más suntuoso que sus dogmas, su doctrina y su culto”.

Emprende así la rehabilitación del estilo gótico y de la poesía de las ruinas que será uno de los hábitos del romanticismo. Alfredo de Vigny testimonia en el Monte de los Olivos la dignidad estoica de Jesucristo, y desde los románticos vuelve Cristo a cambiar de obra en obra. A veces es el Cristo histórico, a veces sólo una versión suya: el Jean Valjean, de Los miserables, de Víctor Hugo; el Naza­reno, de Pérez Galdós; el príncipe Michkine, de El idiota, de Dostoiewski, y hasta Joe Christmas, mulato de Jefferson, en Luz de agosto, de William Faulkner, que es un evidente ejemplo del cordero expiatorio, esta vez del odio entre las razas en el sur de los Estados Unidos, ese Cristo de nuevo crucificado que es también el tema de la obra tormentosa de Nikos Kazan­t­zakis.

Igual forma parte de la literatura de nuestro siglo la obra de Robert Graves, El rey Jesús, en la cual, según Alfonso Reyes, el inglés “presenta a Cristo como un pretendiente al trono de los judíos, visto por un contemporáneo interesado y poco simpático”.

La literatura moderna ha advertido muy bien que en el proceso de expansión de la figura de Cristo que caracteriza a la religión imperial, cada época e incluso cada región se ha procurado un Cristo afín a su propia fisonomía y a su propio espíritu.

Basta ver la inagotable iconografía cristiana para percibir esa curiosa universalidad que engendra miles de rostros humanos de una misma esencia divina: el pescador de los tiempos del Imperio romano, con el símbolo casto del pez, se transforma gracias al triunfo de la religión en Roma en un emperador mitrado; Cristo asume luego la forma de un patriarca bizantino, la de un asceta medieval, la de un monje, y vuelve a ser un vagabundo y casi un mendigo a partir de la exaltación del poverello Fran­cisco de Asís.

De príncipe italiano y de emperador alemán son las imágenes de Cristo en el Renacimiento, y ya ha pasado por las influencias de muchas regiones, por el contacto con los ritos de Oriente y por la vecindad del Islam. También es Alfonso Reyes quien nos recuerda que al comienzo “la Siria de Cristo no había sufrido el nuevo influjo oriental a que luego la someterían los musulmanes en la Edad Media o los dominadores otomanos. El Jesús de las catacumbas es un Orfeo Eleusíaco, así como el Cristo del Vinci será ya un soñador platónico”.

En figura imperial se nos aparece Cristo triunfante en el espléndido Poema heroico a Cristo resucitado, de Francisco de Quevedo, donde Cristo entra lleno de su esplendor ante los palacios del infierno, y el demonio convoca a los ejércitos de la sombra para una nueva guerra contra el cielo, aunque sabe que no la ganará:

La posesión alego por derecho —dice—
conténtate, Señor, con tus altares;
¡truena sobre las puertas de tu Cielo
y déjame en el llanto sin consuelo!
Dijo, y buscando noche en qué envolverse,
y viendo que aún la noche le faltaba,
dentro en sí mismo procuró esconderse,
y, aún así, en sí propio no se hallaba.
Con las dos manos quiso defenderse
de la luz, que sus ojos castigaba,
cuando la voz del Rey Omni­potente
le derribó las manos de la frente.

Con todo, se diría que el ejercicio más valioso de crea­ción literaria con respecto al tema de Cristo que se haya visto en los últimos siglos en Occidente es el que aparece en los himnos de Hölderlin. Este poeta, el mayor de los románticos alemanes, procuró no re­crear, como tantos, sino reinterpretar el mito de Cristo, no a la luz de las iglesias sino a la luz de la historia de la civilización.

Sintió que el mito de Cristo para nuestra historia no es, como lo pretenden las iglesias, el mito de la redención, sino el mito de la ausencia, y afirmó que con Cristo lo divino se retiró de la tierra hacia el cielo espiritual, dejando a los hombres solos con la historia.

Solo así podría entenderse la creciente desacralización del mundo que es la característica de nuestra época. A la vez piadoso y esperanzado, Hölderlin sostiene que esa ausencia de lo divino, de acuerdo con el propio mensaje de Cristo, no es un abandono sino una prueba, y que después de que el hombre haya paladeado peligrosamente sus propios límites, volverá la reconciliación entre lo humano y lo divino, entre la cultura y la naturaleza, e incluso, tal vez, entre un monoteísmo de la razón y del corazón y un politeísmo de la imaginación y del arte.

Podría decirse que esa interpretación es la única promesa novedosa que el cristianismo de Occidente le haya hecho a la civilización en los últimos siglos.

Todo, desde el reencantamiento del mundo, hasta los sueños de la ecología, cabe en ella, y no es incompatible con la escatología cristiana. Así, la vigencia de Cristo sigue siendo no sólo una realidad de la religión sino también un hecho filosófico, y una parte asombrosa de nuestra sensibilidad y de la poesía de nuestra vida cotidiana, en los umbrales del tercer milenio, de la figura más inquietante de la mitología occidental.

Archivo Revista Diners edición 357 de diciembre de 1999

Sobre el Autor

William Ospina es uno de los escritores colombianos con mayor proyección en el mundo. Un humanista integral para el siglo XXI: poeta, filósofo, historiador y analista político y social. Ospina, nacido en Padua, Tolima, en 1954, es un poeta de visión profunda y un ensayista analítico y preciso. En toda su obra es notable el esfuerzo por buscar y recuperar la memoria y las tradiciones de un pueblo que avanza ciego, desconociendo su identidad. Ha publicado cuatro libros de poemas y siete de ensayos. En 1982 obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura.

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