“El Jesús del Nuevo Mundo”, por Germán Arciniegas

Uno de los intelectuales más importantes de Colombia, autor de Biografía del Caribe, El estudiante de la mesa redonda y América mágica, escribió para Diners un relato sobre cómo llegó el mensaje de Jesús a América.

Lo que fueron los viejos monasterios, lo mismo en Italia que en Francia, aún se ve. Más allá de los claustros estaban los huertos, los campos de trabajo, los viñedos. La despensa era aún más rica que la biblioteca. Se hacían en el coro y en las aulas los ejercicios espirituales, y los corporales en el campo. Los maestros trabajaban en Santo Tomás, y los legos cuidaban de los repollos, las gallinas, el ganado. El fundador del colegio del Rosario en Bogotá, llevando esta idea a la colonia, decía: “Lo primero es la hacienda”. Y creó la hacienda.

El convento en América, sin embargo, fue otra cosa. El convento del XVI es entre nosotros la aventura. Es algo que no tiene antecedentes en Europa, porque en América había que inventar cosas, moverse en comarcas vírgenes y mágicas. Aunque vino una orden de los reyes para que se enseñara latín a los indios de Santo Domingo, los frailes comprendieron que era más fácil para ellos aprender las lenguas de los aborígenes, que esperar a que ellos se expresaran en latín o en español.

Al principio los frailes predicaban por señas, pero acabaron haciéndolo en náhuatl, en aymara, en quechua… En ciertas regiones de México, el cura hacía en la misa el sermón cuatro veces: en cuatro lenguas distintas. Hubo un tiempo en que las confesiones tenían que oírse con intérprete. Esto quitaba al sacramento el carácter confidencial e íntimo que tiene dentro de la religión católica.

Hubo que poner rápidamente a cada fraile en condiciones de oír al indio en su lengua, y responderle en la misma forma. Así, un convento vino a ser un laboratorio de lenguas, un ins­tituto universitario donde se reunieron los vocabularios de muchos idiomas, se formaron gramáticas, se estudiaron la historia y las costumbres de los indios.

Algunos de los libros donde se recogieron estas últimas noticias, fueron escritos por los frailes en lengua de los indios. Era un método más científico para retener la esencia de los relatos. Por eso es tan admirable la obra de Sahagún. Comparado esto con el simple ejercicio de los monjes europeos que lo reducían todo al latín, salta a la vista la inesperada amplitud que adquiere en América una institución europea.

El concepto mismo del diablo se transforma, adquiere nuevas dimensiones. El diablo europeo es el hijo natural del miedo que en un mundo de noches muy oscuras hace brotar la imagen del príncipe de los infiernos de los ecos que dejan los sermones sobre el pecado.

El diablo es un personaje que nace en casa, que está agazapado en los rincones de la propia conciencia. El diablo que se les aparece a los frailes en América es de otra manera: está regado por los montes y los campos a donde no ha llegado la palabra de Cristo. Se ha adueñado de naciones más numerosas que las europeas. Está trabajando con una magia universal que actúa en la conducta de los indios.

Acercarse a esas naciones para desalojarlo es rozarse directamente con el enemigo malo. Se necesita coraje para vencer el susto que da caminar por entre una floresta infernal. Los primeros frailes bautizaban en masa a millones de indios, y quemaban ídolos y destruían templos a millares. Era una ilusoria empresa que dejaba vivo el espíritu viejo. En todo caso, aun mágicamente, los conjuros europeos no bastaban. Y el ingenio de los catequizadores tuvo que recurrir a muchas invenciones originales para afrontar un problema tan nuevo.

Donde el convento se convierte en una escuela caminante, de exploradores y conquistadores, es en las misiones. De misiones puede hablarse en la iglesia primitiva cuando fueron a predicar el evangelio los primeros cristianos a los pueblos de la cuenca del Mediterráneo, o en la Europa que iba colocándose bajo la bandera de Cristo, apagando las candelas de los bárbaros.

Pero aun aquellos remotos ejemplos son nada comparados con lo que fue la conquista sin lanzas, ni pólvora ni perros de los franciscanos o los dominicos o los agustinos, y luego de los jesuitas, subiendo a California, bajando a Guatemala, internándose en el mundo guaraní, o en los llanos de Colombia y Venezuela. Qué libros de aventuras los que tienen entonces que escribir los frailes, para espanto de sus colegas que en España o en Italia habían perdido la memoria de estos riesgos.

Cuando Felipe II se opuso a la primera tentativa de Roma de la Propaganda Fide, debió pensar en que la empresa en América debería ser simplemente española. Pero ya bajo el papa Gre­gorio, se impuso de tal suerte el hecho de las empresas misioneras que tomó forma definitiva el proyecto, y la Iglesia se volvió otra vez militante bajo una presión que le venía de los bosques de América.

Como en toda aventura, la historia de estos movimientos tiene grandeza y miserias, surgen apóstoles y figuras de poca virtud, pero se impone algo que impresiona a quien estudia las cosas de América: la diferencia que sufren las instituciones al cruzar el mar. Cambian a veces al revés de como cambian los vinos, porque en vez de marearse, el espíritu se agiliza y afina provocado por circunstancias imprevistas.

Archivo Revista Diners Edición 357 de diciembre de 1999.

Sobre el Autor

Germán Arciniegas fue uno de los intelectuales más importantes de Latinoamérica; durante más de setenta años, Arciniegas personificó en una mezcla fascinante, hasta sus noventa y nueve años, la sapiencia y la erudición del anciano y el asombro del niño. En todo el mundo no existió un hombre con más autoridad para hablar de América. Arciniegas no fue sólo un escritor lúcido, fue un protagonista de la historia, constructor y testigo del siglo XX. Su producción bibliográfica es tan deslumbrante como extensa: más de 60 libros y 15.000 artículos de prensa. Revistas como Universidad, Revista de Las Indias, Revista de América, Cuadernos y Correo de los Andes; y libros como El estudiante de la mesa redonda, Biografía del Caribe, América mágica y El continente de los siete colores, son parte fundamental de la memoria americana.

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