“Jesús va al cine”, por Guillermo Cabrera Infante

El escritor y crítico cubano escribió para Diners un repaso minucioso sobre las películas que se hicieron sobre Jesús y su crítica afilada de ellas.

Cita Erasmo en su Elogio de la locura unas versiones de Jesús que le desternillan de risa. Habla de un teólogo octogenario, que no llama por su nombre, metafísico que estaba (no podía decir como Rocinante “es que no como” porque los funcionarios de la Iglesia comían “todos” opíparamente o como decía Goya en sus Caprichos que retrataba a un cura defecando y explicaba al pie: “Come demasiado”) y esta alta figura del catolicismo imperante se proponía “explicar el misterio del nombre de Jesús” según Eras­mo, que algunos a veces escriben Era­mos, “Probaba con notable sutileza que todo lo que se podía decir (de Jesús) estaba escondido entre las letras de su nombre.

Dado el hecho de que se podía declinar en tres casos diferentes queda clara la naturaleza simbólica de lo divino. Así en el primer caso (Jesús) termina en S, en el segundo (Jesum) en M, en el tercero (Jesu) que termina en U y aquí reside el inapresable misterio: porque las letras indican que es él la suma, el medio y lo último”.

No tengo ninguna duda de que si este teólogo hubiera vivido en nuestro siglo habría tratado de mostrar ese espeso misterio en el cine.

Desde el principio del cine se hicieron películas sobre Jesús de Nazaret, pero la primera gran película que se hizo sobre la vida, pasión y muerte de Jesús se hizo en Hollywood.

La dirigió Cecil B. De Mille en 1927 y se titulaba Rey de reyes. En ella hacía de Jesús un actor llamado H. B. Warner, que ustedes podrían recordar como el jugador de bridge junto a Buster Keaton en Sunset Boulevard, dirigida por el irreverente Billy Wilder. Warner, sin parentesco con los hermanos Warner, para poder encarnar a Jesús decidió no acostarse con su mujer durante el tiempo que duró la filmación.

No ayunó pero debió de comer carne (sólo pan y pescado) cuando era más que un actor un crucificado del cine. Rey de reyes fue un éxito de público y de crítica. Dijo el crítico más mordiente de la época, Mordaunt Hall: “La más impresionante de todas las películas”. Pero prefiero citar su más apetitoso bocadillo en boca de un príncipe pagano: “Pón­gale las bridas a mi cebra que es un regalo del rey de los nubios”.

Ese mismo De Mille llamó a Dios “Ese Gran Productor que está en los cielos”. Como si dijéramos, “Dios es el cielo y De Mille en la tierra”. Paz a los paganos de buena voluntad.

En 1961 el celebrado (por los críticos que seguían la llamada “política de los autores” según Francois Truffaut) Nicholas Ray rehízo Rey de reyes. Con ayuda del fotógrafo de origen húngaro Franz Planer, Ray tuvo en Jeff Hunter (llamado en realidad Henry Herman McKinnies junior) un Jesús, si no mejor al menos el mejor parecido. Hunter que fue memorable en The Searchers (Centauros del desierto) en el rol del improbable mestizo despreciado por un racista John Wayne (sólo en esta película: todas sus tres esposas, según la biblia del cine Katz, fueron “de extracción latina”), de quien dijo John Ford, que lo elevó al estrellato en La diligencia:

“No sabía que ese hijo de puta podía actuar”. Volviendo a nuestro bello Cristo, Jeff Hunter murió no crucificado sino en un accidente doméstico: se golpeó al bajar las oscuras escaleras de su casa a medianoche y el Sumo Hacedor lo llamó a su vera al fracturarse el cráneo y fallecer en la mesa de operaciones dos días después. Sic transit otro Jesús del cine.

Volviendo a De Mille (que tuvo una madre judía y era por esa de herencia religiosa judío), este primer divinador de Jesús en el cine, muestra una curiosa tendencia fílmica: todos los productores (Louis B. Mayer, Harry Cohn, Adolph Zukor y los Warner) fueron ju­díos pero alabaron en sus películas al Jesús de los cristianos. Es que el Señor rueda películas por caminos torcidos para que se exhiban derecho. No a través de espejo oscuro, sino, Dios mediante, en la pantalla de plata — y en muchos casos de oro.

Por cierto, se dijo que dijo Jeff Hunter, “Fui un Jesús adolescente”. Otro chiste judío cuenta que un buen hombre va a ver al Buen Jesús, “¿Qué pue­do hacer para ganar la vida eterna?”. Y Jesús le responde: “No matarás”. Pero añade:

“Ven­de todo lo que puedas y vete a Hollywood”. Eso hicieron Mayer, vendedor de chatarra para fundar Metro Goldwyn Ma­yer, Sa­muel Gold­win (llamado antes Gold­fish), Harry Cohn (apodado King Cohn) y los Warner, aquellos que en su estudio “todos los hermanos eran ca­lientes”.

Por su parte en el arte del autobombo, John Lennon, el ex Beatle, actor de cine y cantante finalmente afónico, produjo una de sus frases más célebres pero menos celebradas: “Soy más famoso que Cristo”— y no se refería al escultor de las sábanas sucias que cubren monumentos, rocas, montes, sino a ¡Jesucristo!
El Nuevo Testamento, que es de donde son tomados todos los Cristos que en el cine han sido, aparece en la Biblia, que quiere decir libros en griego antes de considerarse el Libro.

La Biblia fue originalmente escrita en hebreo, pero Jesús hablaba arameo, y testamento en hebreo y en griego tiene un significado de pacto, en inglés covenant. The Ark of the Covenant, es decir el Arca del Pacto, es el más sagrado de los símbolos de la presencia de Dios para los hebreos, guardado en el sancta sanctorum del Templo de Jerusalén. Pero en nuestro tiempo ha venido a significar el Convenio con Dios según Steven Spielberg. Y lo buscaban desesperadamente los nazis y esperadamente Indiana Jones. Como siempre el Bien triunfa sobre el Mal —poco antes de que aparezca la frase The End: fin del film.

Además de los inmortales guionistas de Hollywood, los Libros Sagrados fueron originalmente escritos por el Espíritu Santo, además del Padre y del Hijo. Según Borges la creación del Espíritu Santo es una invención tan fantástica como el Ave Fénix. Aunque el Cantar de los Cantares lo escribió Salomón para solaz y esparcimiento de la reina de Saba. Dicho más modernamente, Yul Brynner que le canta a la Lollobrigida. Sin menospreciar a El cáliz de plata en que la memorable (físicamente) Virginia Mayo está en sus treinta abriles.

Pero sin olvidar al Santo Grial que según el diccionario de la Real es “Vaso o plato místico… que se supone haber servido para… el sacramento eucarístico”. Sirvió también para que el cornudo rey Arturo que en su mesa redonda intentó la cuadratura del círculo. (Favor de no confundir la saga arturiana con la sopa asturiana.)

En cuanto a los primeros guionistas del Nuevo Testamento, luego hecho sucesivos y repetidos remakes, fueron por orden de aparecidos, San Mateo, originalmente un cobrador de im­puestos (como quien dice un taxman), que fue el screen writer original, San Marcos, que escribió su versión en Roma (en uno de cuyos barrios se construyó la Cine­cittá de Mussolini) según la idea original de San Pedro, quien lo aprobó pero no lo rescribió, aunque fue su primer productor. Dice la introducción de la Biblia por Amat, que “refería las mismas cosas”, aunque en griego antiguo. San Lucas (que era, como Michael Crich­ton, médico, en Antioquía) añadió, Dios mediante, a lo que habían escrito San Mateo y San Marcos.

Por último San Juan, “cerca del mar de Tiberiades… fue llamado al apostolado cuando componía con su padre las redes en la barca propiedad de la familia”. Según San Agustín “suple muchas cosas en los tres (anteriores) evangelios”. San Juan sufrió una prueba digna del mejor stuntman (cascadeur en francés, especialista en español) cuando fue llevado a Roma por orden del emperador (big boss) Domiciano y “echado en una caldera de aceite hirviendo de donde salió más remozado y vigoroso”.

Recuérdese que en Terminator Two, Arnold Schwarzenegger, vaya nombre, fue metido en una caldera de hierro hirviente—pero no se salvó: se derritió cual vil metal”. Es obvio que Arny no era aquí un apóstol sino un hombre de metal venido de otro mundo —es decir, del futuro imperfecto.

El Nuevo Testamento (en negritas para los no racistas) no es una secuela sino una secuencia, que en términos musicales es “la repetición de una frase en un tono más alto o más bajo que el original”. (Favor de oír a Chaikovsky). Secuencias son los escritos de los evangelistas. Las películas no son más que una consecuencia.

Ahora vamos, como dice el hitman negro de Pulp Fiction, a “entrar en carácter”, para poder poner en desorden los muchos Cristos que en el cine han sido.
En La historia más grande que nunca se ha contado (1965) donde el otrora grande George Stevens cuenta un cuento en celuloide que está tan lleno de cameos que debiera llamarse La vuelta a Cristo en ochenta personajes.

Las apariciones y desapariciones son tan súbitas unas como las otras que dan vértigo al más cristiano. Uno de esos camafeos (que no tienen que ver con la cama ni con los feos) es ¡John Wayne! Aquí, en el monte Calvario hecho de tramoya y trampantojos, Wayne supervisa la crucifixión de Jesús.

Es como se puede ver, el que vea la película, una combinación de mucha cruz y poca ficción. El Crucificado es en esta ocasión Max von Sydow, el héroe metafísico de Ingmar Bergman: Jesús, judío entre tantos oscuros semitas, tiene ¡los ojos azules! ¡Ave María Purísima!

Por el cine han pasado Ingmar Bergman, quien con el mismo Von Sydow creó en El séptimo sello una alegoría metafísica en que el protagonista, una suerte de Jesús que se hace el sueco, y busca a Dios como Jesús —y como Cristo encuentra la Muerte.

Fue ensayando precisamente La danza de la muerte en un teatro de Estocolmo que fue arrestado por dos sicarios no de Midas sino del gobierno sueco, anotado en una estación de policía (fotos de frente y de perfil, huellas dactilares, nada de cinturón ni cordones de zapatos) como un “criminal común” y acusado de ¡fraude fiscal! por no pagar impuestos. O de la estafa considerada como una de las bellas artes —el séptimo arte para ser precisos.

Martín Scorsese a su vez produjo y dirigió La última tentación de Cristo, según Nikos Kazantzakis, con Willem Defoe haciendo de Cristo qué duda cabe. Sí, el mismo Defoe que fue Bobby Peru, el enviado del diablo en Wild at Heart (Corazón salvaje), un asesino sin alma visible —donde David Lynch lo lincha.

La última tentación de Cristo en que Scorsese no pudo resistir la tentación de su catolicismo juvenil en un proyecto “que acariciaba a lo largo de cinco años”. Si los proyectos se acariciaran como Scorsese acaricia a sus múltiples novias en sus últimas tentaciones de la carne, su Jesús no sería en un final tan banal (perdón por la rima involuntaria) en su vida cotidiana.

Hay otros Jesús —o como dice el gitano Jesuses. Jesús (1979) fue narrada por Alexander Scourby, que siempre fue un villano, como en The Big Heat, donde según la publicidad “había un policía duro y una mujer mala suave”. Ahora Scourby no es un mafioso sino un evangelista que habla con su voz en off de amor y paz, pero no se le ve porque es el narrador.

En El evangelio según San Mateo según Pier Paoli Paso­lini, Jesús se parece demasiado al Che Guevara que fue un Anticristo. Pasolini murió no como Cristo en la cruz sino empalado por su auto que manejaba un pederasta alquilado.

Jesús de Montreal (1989) es donde el director canadiense Denys Arcand como si fuera la última reencarnación de Erasmo en una puesta en escena la vida, pasión y muerte de Jesús en que Jesús ataca el comercialismo, la hipocresía y otros males cristianos que ya atacaba Jonathan Swift hace casi trescientos años.

The Jesus Trip (1977) es un viaje de Jesús sobre ruedas.

Jesus Christ Superstar (1973) en que Andrew Lloy Webber, el cantor de Eva Perón, le canta a Jesús que va del disco a Broadway y al cine de manos de un director canadiense, Norman Jewison en Hollywood, donde aparece, ultima ratio, en el coro Paul Thomas, estrella del porno más duro.

Y ahora algo diferente; Jesús en una lista de películas, cintas o filmes que apasionara a los amantes de las listas —como yo, GCI.

Pero la aparición de Cristo que es una desaparición no ocurre en el cine, sino en la literatura francesa: En “El procurador de Judea”, de Anatole France, famoso iconoclasta. En este cuento Poncio Pilatos ha regresado a Roma —después de haberse lavado las manos con una suerte de jabón histórico.

En un party romano, lleno de decadencia, de bellas ninfas; y graciosos efebos, además de senadores y otros notables de la Roma de los césares, uno de los contertulios le pregunta a Pilatos por Jesús de Nazaret. Pilatos se hace repetir el nombre para decir: —¿Jesús de Nazaret? No recuerdo haber oído nunca a nadie con ese nombre.

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