“Jesús, María y María Magdalena”, por Nélida Piñón

La escritora, ganadora del Premio Cultural en la Gala de Premios Brasil 2017 por su contribución a la literatura, dio a Diners su visión de cómo Jesús aprendió la verdadera función de ser un hombre con María y Magdalena.

Jesús amó a las mujeres. Gracias a María, logró acercarse a esa naturaleza arcaica, presente en el mundo desde su fundación. Se esforzó en verlas a través del filtro de la justicia y de la bondad.

Las trató con una deferencia superior a la prevista por las leyes mosaicas, ásperas y severas. Y, contrariando a aquel Dios que en el Antiguo Testa­men­to rehusaba aceptarlas como interlocutoras, les habla, oye sus lamentos. Pero, aunque se esforzara en restaurarles su presencia en la historia, y permitiera que algunas, en la etapa final de su vida, lo siguieran, nunca les encomendó que predicaran su palabra. Rodeado de hombres que él mismo convocó, como los hermanos Simón Pedro y Andrés, y además Juan y Jaime, hijos de Zebedeo, Jesús confirma el ostracismo histórico de las mujeres.

Sumiso a los preceptos de la época, les niega la oportunidad de abandonar el prolongado cautiverio social al que estaban relegadas. Y permite que sus seguidores las consideren incapaces de ejercer el sacerdocio, de participar en el debate doctrinario y en la moral de los siglos venideros, de influenciar, en fin, los rumbos de su futura Iglesia.

Una Iglesia que, encabezada por Pablo de Tarso, a cuyo genio debe el cristianismo su universalidad, nace bajo el signo de la misoginia. Mostrando una firme inapetencia por la mujer, que en el siglo IV San Agus­tín, con su raro brillo, ayuda por cierto a reforzar. No obstante haber sido prácticamente el primer teólogo que esboza la noción del purgatorio, como único medio de contemplar a su madre, Santa Mónica, quien, a pesar de su indiscutible santidad, no podría forzosamente entrar en el cielo, a causa de su condición femenina.

Jesús, sin embargo, acogió a las mujeres en su espíritu. Le conmovieron las adúlteras, las pecadoras, las piadosas, las enfermas. Curó sus almas, sanó sus cuerpos, esparció gracias indiscriminadamente. Enterne­cido ante mujeres que, con gestos amplios y generosos, le ofrecían fragancias, óleos y perfumes a lo largo de su peregrinación.

Una única vez se impacientó con María. Cuando la madre, afligida, le pide que sacie la sed general, multiplicando el vino, ya escaso, para beneficio de los convidados a la boda en Caná.

Jesús, entonces, reaccionó con firmeza. ¿En qué le incumbía aquel problema? ¿No comprendía la mujer que no había llegado aún su hora de hacer milagros? ¿De asumir frente al mundo su otra naturaleza, todavía resguardada, de hijo de Dios?

El tratamiento que le dispensa, llamándola de mujer, sorprende y hiere el corazón de María. Pero luego él cede, la complace, le brinda abundantes provisiones. Pues en verdad esa madre, quien desde su nacimiento reconoció su divinidad, fue siempre el centro de sus atenciones hasta exhalar el último suspiro.

En el Gólgota, preso a la cruz, sujeto al escarnio de los que se regocijaban con su martirio, le inquieta el sufrimiento de María, a punto de perder al hijo amado. Olvidándose de sí mismo, Jesús la confía a su discípulo Juan, quien deberá responder por el destino terreno de su madre.

Tales cuidados, en ese momento de la despedida, consa­gran a María ante los ojos de la religión que pronto ha­brá de formarse, tras su muerte y resurrección. Tal vez, con tantos gestos consagrados a la mujer, quiso Je­sús pasar por alto aquellos conceptos, oriundos del Gé­ne­sis, que atribuyen a la mujer la responsabilidad del pe­cado original.

Y aunque no lo haga en forma explícita, insta a sus seguidores a incorporar a María, y con ella a todas las mujeres, a la teología de la nueva fe. Un empeño que pronto se frustra, pues los nuevos cristianos no deponen sus prejuicios hacia las mujeres. Acosados por su propia lujuria, a lo largo de los siglos seguirán señalando a la mujer como única responsable de la pasión carnal.

El mismo Cristo, de estar vivo, se hubiera sorprendido de que el mito mariano, en su plenitud, tardase tanto en llegar a Europa. Pues, de hecho, sólo en el siglo XII cumple su travesía mediterránea, para ser acogido triunfalmente en el imaginario europeo.

Hecho que se debe, casi exclusivamente, al cisterciense Bernard de Clairvaux, cuya persistencia y fortaleza espiritual sitúan a María, madre de Cristo, en el centro epifánico y poético del Cantar de los Cantares. Con lo cual se da inicio en Europa a la incondicional devoción a la Virgen.

De un modo diferente, también María Magdalena ilumina la vida de Cristo. Al conocerla, Jesús no manifiesta temor alguno ante la evidencia de su carne poderosa. Confrontado a aquella mujer, se ubica de nuevo bajo el signo de la creencia en la redención humana. Permite que, con gesto profano y en medio de sollozos, Magdalena roce su piel, explore las extremidades de su cuerpo.

No se hace falsas ilusiones frente a la impureza humana. Este frágil corazón conducido por el deseo y por la nostalgia de Dios. Identifica en la Magdalena trazas de la antigua lujuria, pero brinda la piedad que ella, entre ansiosa y arrepentida, le implora.

Postrada a sus pies, ella quiere confiarle sus pecados. Testimoniar su fe en la causa de aquel viajero, que ya ha comenzado a vivir su intenso misterio.
Cristo, no obstante, con una secuencia de gestos, evita pormenores, confesiones. Repudia la humillación que proviene de una retractación pública. El alma era el lugar propicio para revelar secretos, para la intransigencia y el perdón al mismo tiempo. Donde se apagan las ofensas contra Dios y los hombres. No debía ella subir al Calvario. Ese sufrimiento le estaba reservado, para vivirlo había venido a la Tierra a salvar a los hombres.

El llanto sofoca a Magdalena. Al impulso de su dolor se arroja al suelo, se agarra convulsa a los tobillos de Jesús. Vierte lágrimas, inunda sus pies largos y delgados con el agua de esta fuente natural. Con manos expertas los acomoda en el piso rústico, para que se recuperen. Los besa, no se cansa de acariciarlos. Sus gestos liberan una sensación amenazadora en las plantas de los pies.

Jesús entiende el lenguaje de la carne, los sobresaltos que acometen a las criaturas. Se cuida, sin embargo, de los peligros sin perder su genuina compasión. En aquellos días, consciente del ya próximo desenlace de su destino, temía otra clase de naufragio. No podía flaquear a la hora de elegir entre el sacrificio en la cruz, para dar inicio a una nueva religión, y el oprobio que se seguiría ante una alianza firmada con romanos y fariseos, adversarios de su doctrina. En ese caso, para convencerlos, bastaría probarles la insensatez que sería sacrificarlo. ¿Acaso no comprendían que su muerte violenta causaría en el futuro, entre otras razones acumuladas, el desmoronamiento del Imperio romano?

Pero Cristo intuye el estado febril de la mujer, su carencia amorosa, vertidos en desespero. Pronto a instaurar un nuevo orden en el mundo, la observa bajo el peso de la existencia humana.

Magdalena se ruboriza, lee su pensamiento, que se reparte entre deberes y angustias. ¿A qué parte de la humanidad atendería él en aquel instante? Ella presiente que le quedan pocos días entre los hombres, que muy pronto ha de despedirse. Pero ya no puede alejarse de él, quiere seguirlo hasta el fin.

Lentamente, María Magdalena deshace sus trenzas. Los cabellos negros, que le llegan a la cintura, sirven de manto para secar los pies de Jesús, empapados de sus lágrimas. Después de enjugarlos, bajo el dominio de los enigmas que emanan de su cuerpo, esparce por ellos el perfume contenido en el vaso de alabastro.

Aquel acto, de trascendencia radical, expresa la turbulencia apasionada de María Magdalena y la rendición futura de una humanidad seducida por las enseñanzas de Cristo. Intensifica igualmente los detalles de una cena que aún hoy, 2.000 años después, enriquece la iconografía cristiana, prodigaliza el repertorio del imaginario humano.

En esa Judea rústica, Cristo exime de culpa a la mujer que había osado amar en exceso. María Magdalena renace, consumida en el fuego de una imagen perturbadora, de secretos designios.

A la sombra de María y de María Magdalena, tan opuestas entre sí, Jesús aprende la función de ser hombre. Define mejor su intensa y fugaz humanidad en el regazo de aquellos sentimientos. Junto a ellas, se apiada ante la tragedia de la carne. Su incandescente verbo les asegura amor, cuando se despide en Jerusalén para sumergirse en la eternidad de su Padre.

Sobre el Autor

El término vanguardia adquiere todo su sentido cuando se lee a Nélida Piñón, la escritora brasileña, nacida en 1938, que le regaló a la lengua portuguesa un nuevo lenguaje, que permanecía inexplorado, con su fuerza informal y novedosa. El encanto admirable de Nélida Piñón por la cultura hispanoamericana se vio recompensado en un premio Juan Rulfo de doble valor: por primera vez se otorgó este reconocimiento a un escritor portugués y también fue la primera vez para una mujer. Entre las obras indispensables para acercarse al mundo mágico de esta gran escritora brasileña están Fundador, Sala de armas, La fuerza del destino, La República de los sueños y El pan de cada día. Puede llegar a ser el primer Premio Nobel del Brasil.

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