El amor que Gabriel García Márquez olvidó

Vivir para contarla, fue uno de los libros más esperados del Nobel Colombia. Diners, en exclusiva, publicó la historia que se le olvidó incluir a Gabo, la de Berenice Martínez, su primera novia en Zipaquirá, donde el escritor cursó cuatro años de bachillerato.

Cincuenta y cinco años, ocho meses y cinco días después, Berenice Martínez recuerda:

“‘Ven, mi corazón te llama ¡ay¡ desesperadamente; ven, mi vida te reclama; ven que necesito verte…’, cantaba Rafael Arnedo, afuera, como dando una serenata casi diurna. Yo abría los postigos de la ventana y Rafa me decía: ‘Gabriel me invitó para que te cante y salgas a la ventana. Es que quiere hacerte una visita´. Decía eso y se despedía. Y entonces Gabriel me hacía la visita. Pasábamos las largas horas de Zipaquirá hablando con Gabito cosas agradables. Por ese tiempo yo vivía en Bogotá y esperaba ansiosa los fines de semana para encontrarme con él”.

También tuvieron que transcurrir once lustros para que Alberto Garzón, compañero de pupitre del premio Nobel en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, recordara: “Aquí muchas personas lo quisimos. Gabriel protestaba, era rebelde e izquierdista, pero también era muy romántico. Había una niña muy linda, de apellido Martínez, a quien muchos preten­dían, pero ella se la pasaba con Gabriel. Creo que fueron novios”. Ese comentario de Alberto Garzón fue la primera pista para emprender la búsqueda de la primera novia de Gabriel García Márquez.

García Márquez pasó los últimos años del bachillerato en el Liceo de Zipaquirá. De allí se escapaba para encontrarse con Berenice. Foto: Archivo particular.

Y allá lejos, en Pasadena, California, más cerca de Hollywood que de Aracataca o Zipaquirá, una mujer viuda de 75 años, la misma edad de García Márquez, lee un ejemplar en español de El amor y otros demonios, como una novia solitaria releyendo las cartas de amor que le escribieran en la lejana adolescencia: “Desde el día que empezó a escribir en los periódicos, y cada vez que aparece uno de sus libros, siempre que leo a Gabito recuerdo nuestros días en Zipaquirá”, anota Berenice, y con cierto pudor inocente aclara apresurada: “Como aún éramos casi niños, más que un noviazgo lo que tuvimos fue una profunda y bella amistad”.

Fue una amistad que arrancó el lunes 8 de marzo de 1943, el día que un joven feliz e indocumentado llamado Gabriel entró al colegio zipaquireño para cursar los últimos cuatro años de su bachillerato. A finales de 1946, cuando dejó la ciudad, dejaba atrás un fiel grupo de amigos y una novia que lo recuerdan como un muchacho muy simpático que dejaba la adolescencia en medio de poemas y cantos vallenatos.

Para García Márquez, Berenice era Bereca. Y la madre de su novia no era María Vélez de Martínez, sino María Velacha: “En la casa mi mamá y mis hermanas lo querían mucho. Y a mí me encantaba que las demás niñas me envidiaran porque andaba con él. Pero es que yo lo vi primero. Ibamos a tertulias o a melcochas bailables que organizaban en casa de Ignacita Franco y Elvira Lora. Y charlábamos mucho. Gabito era un espectáculo hablando, nunca he escuchado a nadie cosas tan bonitas como las que decía él”.

“Siento que Bereca va a venir”

La última vez que Berenice supo de García Márquez fue el 11 de septiembre de 1947, cuando murió su padre, el maestro Martínez, célebre pintor zipaquireño. El telegrama decía: ”Para el artista la muerte es una nueva vida. Comparto tu dolor”. Hoy Berenice, feliz, quiere seguir recordando sus días junto al Nobel: “Yo estudiaba comercio en la Academia Remington Camargo de Bogotá y viajaba los viernes a Zipaquirá.

Gabito visitaba a mi mamá y adivinaba que yo llegaría antes del viernes, entonces le decía: María Velacha, siento que Bereca va a venir hoy y así sucedía. El adivinaba, me presentía. ¡Qué mujer no se iba a sentir halagada con eso! De verdad, fue una época inolvidable. Salíamos a caminar con ”la Manquita” González, me hacía la visita en la sala de la casa o si no desde la ventana. Y desde esa ventana que hoy quisiera tener puesta en esta casa de Pasadena, él me dijo algo que jamás voy a olvidar:

“En esta misma ventana donde me diste tu adiós,
vi que se daban la mano las mismas sombras que antaño
se miraron tras las rejas, se contaron sus tristezas y se dijeron adiós”.

“Son muchos recuerdos”, suspira Berenice. Y de pronto saca un libro y guarda silencio. Es Platero y yo. Se pone seria. Abre el libro en la primera página y una sonrisa infantil le ilumina el rostro: “Bereca: para que se acuerde del amor cada vez que asome su alma a este detenido río de belleza”, reza la dedicatoria sobre una firma: Gabriel. Atropellada por un remolino de recuerdos que hacía más de cinco décadas no removía, Berenice sigue: “Y cuando Gabito se graduó… Yo fui de madrina a recibir el cartón de bachiller, acompañando a una señora que no sé si era familiar de él”.

Y empieza entonces a desgranarse esa galería de amigos de los cuatro años zipaquireños del Nobel. El médico Alvaro Ruiz, gran amigo del colegio, hoy esperando, como si de un personaje del realismo mágico se tratara, que la muerte le gane la partida, recuerda: “Esa señora de la que habla la novia de Gabo se llama Luisa María Torres de Ruiz. Era mi mamá. Un día Gabriel me dijo: ‘Alvaro Ruiz, ¿será un abuso pedirle a tu mamá que reciba mi diploma?’. Y yo le dije: ‘Es un honor’. Y al día siguiente del grado nos abrazamos y se fue. Era un hasta pronto que ya casi cumple 56 años. Mi sueño antes de morir es volver a ver a Gabo”.

El mismo anhelo lo tuvo “la Manca” González, pero ella no pudo esperar tanto tiempo. Cecilia González Pizano, la formidable manca que se burlaba de su prótesis y la vida con la misma genialidad, no fue sólo la cómplice del noviazgo de García Márquez y Berenice, fue una gran intelectual que de Zipaquirá llegó a los exigentes tertuliaderos de Bogotá para hablar con los Zalamea y los de Greiff, y fue también una suerte de hada madrina que protegió al Nobel en la época más difícil de su vida. Su amiga Elvira Aráoz, quien vive en Tunja, cuenta: “Era encantadora, cariñosa, de excelente humor, franca, independiente, moderna y tradicionalista a la vez, tenía una personalidad cautivadora.

Ella relacionó a Gabo con algunos intelectuales de Bogotá”. El ingeniero Jaime Bravo, otro de los compañeros cercanos de García Márquez en el Liceo, anota: “Tenía cuatro años más que Gabriel, había estudiado Bellas Artes en la Universidad Nacional, era pintora, poeta, escribía, recitaba, tocaba piano y bordaba”. El doctor Alvaro Ruiz también la evoca: “En el Liceo la queríamos mucho, iba y hacíamos debates y recitábamos. Asistía a las clases del profesor Calderón y se sentaba en el mismo pupitre con Gabriel, o conmigo. Daba clases de piano y de pintura. Hacía unas tertulias famosas en su casa con intelectuales de Bogotá. Se codeaba con ellos”.

Era “la Manca”, la protectora de un García Márquez adolescente e inexperto. Adelita González, su prima, la recuerda: “‘la Manquita’ le ayudó a García Márquez hasta en su amistad con Berenice. A ella la persiguió el uno: Vino al mundo el 31 de mayo de 1923, fue la única mujer y nació con una sola mano. Cecilia se mofaba de su defecto físico cuando se quitaba la prótesis y el guante que la cubría”. Caminando por la Quinta Avenida de Nueva York, donde vivía, “la Manca” González murió de un ataque al corazón.

El colegio de García Márquez

El lunes 8 de marzo de 1943, la noticia nacional fue la declinación del doctor Eduardo Santos a su postulación como candidato a la Cámara de Representantes, hecha por la Dirección Nacional Liberal. En lo internacional, la segunda guerra mundial: en el frente asiático, las tropas japonesas que avanzaban hacia Nanpangho sufrieron más de 2.000 bajas.

A unos 14.380 kilómetros de allí, ese mismo día, en una casona colonial de grandes balcones cargados de geranios, que ocupa media manzana, a dos cuadras del parque principal, en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá donde convivían estudiantes acomodados y jóvenes pobres de provincia, se vivía otro cuento.

La noticia del día era la matrícula de un interno para tercero de bachillerato un mes después de iniciado el año escolar. “Ese hecho se salía de lo normal. Nosotros vivíamos desconectados, no sabíamos de la gran guerra o de las elecciones. Lo único que podíamos leer era un periódico literario que salía a veces”, recuerda Orlando Pión, uno de los sorprendidos con la llegada de un muchacho costeño a su clase.

El 9 de diciembre de 1946 se graduó la promoción de bachilleres en la que García Márquez se destacó. La foto para la historia. Foto: Archivo particular.

Al recién llegado, un muchacho delgado y de abundante cabellera, como a todos en Zipaquirá, le pusieron apodo sin demora: ”Peluca”. Tenía 16 años y dos días. Le asignaron una cama libre del “dormitorio grande” para 60 internos, al final de un corredor de tablas que crujían al caminar en la noche.

Uno de sus compañeros, hoy médico, “el Negro” Humberto Guillén, vecino de cama, le ayudó a subir el colchón y el baúl con que llegó, tal vez acompañado de Eliécer Torres Araújo, quien figuró en la matrícula de García Márquez como acudiente y no, como dicen algunos historiadores, “de la mano de su abuela materna Tranquilina Iguarán”, quien seguía en Aracataca esperando una ceguera que avanzaba en la oscuridad. La dirección de Torres, en Bogotá, coincide con la de la pensión que habitó el joven García Márquez cuando llegó a la capital. Torres era o el dueño de la pensión o uno de sus huéspedes.

Torres firmó la matrícula de José Gabriel García Márquez para tercero de bachillerato, sentada ese 8 de marzo. Fue la matrícula No. 182, aunque se afirma que él llegó a Zipaquirá en 1940 e hizo todo su bachillerato allí. No es cierto. Cursó sólo de tercero a sexto entre 1943 y 1946. Hizo primero y segundo en el Colegio San José de Barranquilla, según los añejos archivos del Liceo de Zipaquirá.
La matrícula 168, del 15 de febrero de 1944, consigna:

“Becado por Resolución 309, para cuarto de bachillerato. Edad del estudiante, comprobada conforme a la ley, 17 años”, lo que aclara la confusión de algunos biógrafos sobre el año de nacimiento de García Márquez, que es 1927 y no 1928. En este registro se percibe un cambio sobre el del año anterior: no figura como acudiente Eliécer Torres, sino Sara Lora, jefe de telégrafos de Zipaquirá. Es lógico deducir que el famoso telegrafista de Aracataca, Gabriel Eligio García, logró el favor de su colega para fungir como acudiente de su hijo.

García Márquez recibió su primera clase en un salón de gruesas paredes pintadas de blanco y con ventanas verde oscuro, desde las que se veían otras construcciones de estilo español, con vistosos zócalos, y al frente, la casa de “la Manca” González. “Por esas ventanas nos volábamos con Gabriel, descendiendo por un larguero de sábanas amarradas a manera de cuerda, que recogía un amigo. Volvíamos a la madrugada y subíamos por la ventana que daba a la pieza de `Riveritos´, el portero que nos alcahueteaba”, cuenta el ingeniero Jaime Bravo.

Estudiando con Gabo

“Al terminar su primera clase, lo esperé a la salida del salón. Tenía puesta una camisa blanca y un pantalón delgado”, cuenta el doctor Alvaro Ruiz Torres, quien no sólo lo acompañaba a las tertulias con “la Manca” González, sino que se convirtió en el confidente del Nobel y lo ayudaba a planear estrategias para conquistar a Berenice. “Fui el primero en ofrecerle mi amistad. Me presenté, le di la bienvenida y le expliqué algunas cosas sobre el colegio. Estaba decaído porque el frío le maltrataba”.

Porque el cambio en la vida de Gabo no era como pasar de Aracataca a Barranquilla. Pasó de 30 grados de temperatura a 13 en el día, y a veces 2 ó 3 en la madrugada. Dejó su familia a 913 kilómetros de distancia, al nivel del mar, y subió a 2.652 metros de altura. Cambió el sancocho de bocachico por el ajiaco; su mundo de vegetación exótica por un paisaje de tardes grises; su comunidad descomplicada por una de gente seria y grave; canjeó una regadera cálida por un baño de baldosas yertas que a las seis de la mañana surtía agua exclusivamente helada.

Cambió vallenatos y porros por pasillos y por los conciertos dominicales de música clásica en la plaza principal, dirigidos por el famoso maestro Guillermo Quevedo Z, a los que los zipaquireños iban luciendo sus mejores galas. Gustavo Pedraza Rodríguez, compañero de tragos y tareas del bachillerato, cuenta: “Un día Gabriel estaba extasiado viendo cómo dirigía el maestro Quevedo su banda sinfónica y `lo desperté´ al hablarle en voz alta. Con razón me dio una reprimenda. Ga­briel lo admiraba mucho”.

“Casi todos los internos eran costeños y muy unidos”, sigue Pedraza. “Había como una se­pa­­­ración marcada con los externos. Los mejores amigos de Gabo en Zipaquirá fueron Cecilia González, Alfredo García Romero, los her­­manos Ricardo y Carlos González Ripol, `el Loco’ Rubio y José Palencia”. Este último, coterrá­neo suyo, tenía dinero y se convirtió en su mecenas. Se daba el lujo de pagar una buena habitación, donde a veces se quedaba García Márquez y donde sus amigos solían ir a tomarse unos tragos”.

Las notas de García Márquez. Foto: Archivo particular.

El profesor Calderón Hermida

Alvaro Ruiz, “la Manca” González, Berenice, José Palencia y todos los compañeros de adolescencia de García Márquez lo fueron empujando de alguna manera hacia la literatura. Pero un hombre fue definitivo para que el premio Nobel, que por esa época sólo era “Peluca”, tomara la decisión: su profesor de castellano, literatura, historia de la literatura colombiana y española, Carlos Julio Calderón Hermida, un huilense elegante y con corbatín. Héctor, el hijo del profesor Calderón, cuenta: “A él lo querían mucho porque más que un profesor era como un papá. Yo iba a Zipaquirá a acompañarlo y recuerdo que Gabo me llevaba de la mano a casa de ‘la Manca’ González”.

Hasta el día de su muerte, en 1992, el profesor Calderón se sintió orgulloso de su alumno más exitoso, e incluso recordaba las palabras del discurso que pronunció García Márquez en cuarto de bachillerato para despedir a los de sexto. Jorge Fajardo, quien se graduó ese año, aún conserva ese discurso: “Declaro a este grupo de jóvenes con las palabras de Cicerón: ‘Miembros de número de la academia del deber y ciudadanos de la inteligencia’. Honorable auditorio: ha terminado el proceso”.

A García Márquez lo escogían para cada discurso en cada sesión solemne y en las menos solemnes de parranda y trago. Las palabras le fluían sin prepararlas. “Gabriel no tenía libros, no los necesitaba. `Forerito, présteme el libro´, decía. Lo leía una vez y sacaba las mejores notas”, recuerda el médico Hernando Forero, otro de sus compañeros de estudios. Y esas notas aún se encuentran en los archivos del Liceo. En sexto: Literatura 5; Inglés 5; Religión 5; Filosofía 5; Historia 4.9; Física 4.9; Química 4.8, Francés 4.7 y Educación Física 4.

En cuatro años sólo perdió una materia, álgebra, en tercero. En dibujo sacaba 5: ”Pintaba muy bien, hizo un mosaico alterno al de grado, con caricaturas estupendas de alumnos y profesores. Si hubiera seguido dibujando, hoy también sería un famoso caricaturista”, asegura Jaime Bravo. Y dice: ”Subíamos a las salinas con Gabriel, `el Loco´ Ru­bio, Alfredo `Memuerdo’ García y otros amigos, a jugar montándonos irresponsablemente en las góndolas donde transportaban las rocas de sal, afrontando serios peligros. Recuerdo también que Gabriel a veces nos salvaba, porque nos ayudaba a hacer las tareas”.

Según Forero Caballero, “recién llegado García Márquez tuvo pesadillas y gritaba. Entonces lo pasaron a un dormitorio pequeño. Una noche el profesor Ocampo, que dormía ahí, llegó tarde y tomado. Gabriel se levantó y `lo encuelló´, quién sabe soñando qué. Hasta que prendieron la luz y se despertó. El internado para él fue cruel, lejos de su familia con costumbres tan distintas y en semejante frío. Imagínese que nos levantábamos a las cinco y media, tendíamos la cama, a las seis nos duchábamos con agua helada y después estudiábamos.

Tuvimos dos rectores, Carlos Martín, poeta de Piedra y Cielo, y Alejandro Ramos, quien era muy estricto y nos revisaba las uñas, las manos y el calzado. Después seguía el desayuno, y clases de 8 a 12 y de 2 a 6. Martín influyó mucho en Gabriel”. A propósito de influencias, se dice que había varios profesores comunistas en Zipaquirá. Uno de los dos que aún viven, Héctor Figueroa, quien le dictó inglés, reconoce: “Sí, varios teníamos ideas de avanzada y Gabo fue un alumno aventajado en teorías marxistas”.

Años después de que terminara bachillerato, el mosaico de grado de la promoción de García Márquez se perdió. Dos compañeros de Gabo aseguran que cuando llegaron los Hermanos de La Salle al Liceo lo hicieron quemar porque en él figuraban muchos comunistas. Otros dicen que lo que pasó fue que en la remodelación del colegio se cayó y se volvió pedazos.

El médico Alvaro Ruiz, quien sale a la derecha de García Márquez en el mosaico, y aún espera una visita de su antiguo amigo, no deja de recordar anécdotas, pero calla otras “que nunca sabrá nadie porque le pertenecen a Gabriel. Le hice la promesa de guardar sus secretos de estudiante y me los llevaré a la tumba”. Y cuenta: ”Un día fuimos a Talauta, cerca de Pacho, con Gabo y José Palencia.

Bajamos naranjas de un árbol y nos pescó un vigilante que me apuntó con su revólver, Gabriel, del susto, se hizo detrás de mí, pero no pasó nada. En dos hechos percibí toda su sensibilidad. En 1943 perdió el año nuestro compañero Hernando Bulla y él lo sintió como si hubiera sido su propio drama. Y sufrió mucho con la muerte del ‘pastusito’ Henríquez quien, cuando regresaba con otros amigos de nadar en el río Susaguá, se tiró de pronto al pasto, cerca de la carrilera y murió de una afección cardiaca”.

Una condecoración lo espera

Todo esto fue hace 55 años, sin premio Nobel, sin tantos años de soledad en Zipaquirá y en el mundo, sin tantas memorias que escribir. Fueron los años de la amistad adolescente, de su primera novia y sus primeros versos. “Días de literatura, justicia social y poesía con Gabriel, cuando caminábamos en el patio, o en el comedor. Gabo firmaba con el seudónimo de `Javier Garcés´ y leía sus versos. Me repetía varias veces: “Alvaro Ruiz, ¿por qué no escribimos un libro y nos volvemos famosos, como Cervantes?”.

Y después de tantos años, una condecoración espera a Gabo en el cajón de un mueble del Palacio Municipal de Zipaquirá, ciudad a la que no ha vuelto, pero que vive orgullosa de haber compensado el frío que tanto lo hizo sufrir, con la calidez de quienes acogieron al inmortal Gabo: su primera novia, el profesor que lo impulsó a la literatura, la artista que respaldó su energía intelectual, los amigos que le abrieron el alma y el Liceo donde forjó sus sueños de gloria.

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