Gabriel García Márquez por Heriberto Fiorillo

Revista Diners presentó en exclusiva el testimonio de las mujeres y los hombres que acompañaron la novela ‘Memoria de mis putas tristes’, que sustentan la realidad de esta ficción del Premio Nobel colombiano.

“Si yo fuera un crítico diría que el ingrediente fundamental de todas mis novelas es la nostalgia”.
Gabriel García Márquez

Empezó a escribirla a principios de los años ochenta, pero entonces sintió que ni el tono ni el estilo ni el carácter de los personajes eran los adecuados. Le resultaban tan inverosímiles como la mayoría de las sesenta historias que había escrito sobre latinoamericanos en Europa y que terminaron en la caneca.

Después reescribió algunas y las publicó como Doce cuentos peregrinos, pero aquella novela sobre el anciano que recuerda amores extraviados continuó en veremos. Leyó entonces dos libros que supuso útiles.

El primero, La educación sentimental, de Gustave Flaubert, con la intención personal de eludir analogías que hubieran resultado sospechosas. Eso, de todos modos, no le resolvió el problema. El segundo, La casa de las bellas durmientes, del Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata, obra que había leído por vez primera un par de años antes y que le había golpeado el alma.

“Ésta es la única novela que me habría gustado escribir”, manifestó García Márquez emocionado, sólo que en esta nueva ocasión su lectura le sirvió poco porque él andaba buscando pistas acerca del comportamiento sexual de nuestros ancianos, y el de La casa de las bellas durmientes es sobre ancianos japoneses, tan raros como todo lo japonés, bien distintos de nuestros viejos en el Caribe. De modo que Gabito decidió consultar a su plana mayor durante una comida familiar. Rodrigo, uno de sus dos hijos, director de cine, le recomendó volver a leer Los sufrimientos del joven Werther. El escritor obedeció esperanzado, pero no logró superar la lectura de la octava carta en el libro de Goethe.

El otro, Gonzalo, acucioso y práctico, le había sugerido en aquella misma ocasión, sólo paciencia: “Espera unos años más –le dijo– y lo averiguarás por tu propia experiencia”. Veinte años después, la aplicación del consejo de Gonzalo por parte del maestro ha producido Memoria de mis putas tristes, para deleite de los millones de lectores que ha conquistado en el mundo.

“La lectora”, óleo de Alfonso Melo (2004).

“Creo que nunca, en ninguno de mis libros –ha dicho Gabo– he narrado episodios ocurridos hace menos de veinte años. Estimo que toda experiencia personal requiere un proceso de asentamiento en el escritor, un largo proceso de sedimentación, necesario para ser valorado en todo su peso poético; el peso poético que sólo el tiempo, la memoria y la nostalgia pueden dar”.

Ahora, en su cumpleaños noventa y dos, el protagonista, el personaje narrador de la nueva novela de García Marquéz, decide revivir en su memoria el más intenso y definitivo momento de su existencia, ese que ha vivido en una Barranquilla innombrable junto a Alfonso, Germán, Álvaro y Ramón, el sabio catalán, mientras escribe columnas en El Heraldo y cuentos y reportajes en Crónica y sostiene un noviazgo tan largo como prometedor con Mercedes, su cocodrilo sagrado, la hija del boticario Barcha.

Ahora, en su cumpleaños noventa y dos, el protagonista, el personaje narrador de la nueva novela de García Marquéz, decide revivir en su memoria el más intenso y definitivo momento de su existencia, ese que ha vivido en una Barranquilla innombrable junto a Alfonso, Germán, Álvaro y Ramón, el sabio catalán, mientras escribe columnas en El Heraldo y cuentos y reportajes en Crónica y sostiene un noviazgo tan largo como prometedor con Mercedes, su cocodrilo sagrado, la hija del boticario Barcha.

¿Novela o reportaje novelado?, se pregunta uno con más curiosidad que ironía frente a este nuevo libro cocinado con los sueños, las realidades y las técnicas del periodismo y de la ficción de un autor que estudia, domina, experimenta y combina géneros y formatos de toda clase, incluyendo la misma temática como preocupación narrativa de los cuatro despotricadores en el universo narrado, discusión candente entre ellos mismos mientras beben y observan en los burdeles de los barrios Abajo, Barrio Chino y La Ceiba.

“Yo aún tengo un pie en un lado y otro en el otro, literatura y periodismo –ha escrito García Márquez– pero esas diferencias, esos conceptos, todas esas cosas que tanto me han servido en la vida y que se discuten tanto en las universidades, entre críticos, en los artículos de prensa, nunca los aprendí en la universidad ni en la escuela, sino en las conversaciones que tuve en Barranquilla, en las borracheras y en las parrandas, en los burdeles, en la casa de La Negra Eufemia…”.

Estos episodios están, de distinta manera, en Cien años de soledad, en El Amor en los tiempos del cólera, en Vivir para contarla y en Memoria de mis putas tristes. Son novelas y reportajes novelados. Ambas cosas en sus memorias y en su Memoria forman parte del desorden literario que él buscaba y halló en los burdeles de la Barranquilla innombrable, descubriendo con Álvaro que la literatura, la escritura, era el mejor juguete para burlarse de la gente. “La arbitrariedad –ha dicho Gabo– también tiene sus leyes, y uno debe conocerlas para respetarlas”.

Al final de Cien años sabemos que el epígrafe de los pergaminos es lo único ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres. El resto de los hechos, un siglo de episodios cotidianos, los concentró Melquíades, de tal modo que todos coexistieran en un instante. Lo mismo que ha hecho Gabriel García Márquez con sus demás historias de novela o de periodismo literario.

La ciudad de esta nueva novela es Barranquilla pero no se llama así porque –como le dijo Ramón Vinyes a Gabito– se trata de un nombre tan condicionado por la realidad que le dejaría al lector muy poco espacio para soñar. Pero el lector notará el regreso a las últimas páginas de Cien años de soledad, a sus mejores colegas, a la misma conversación trascendental con el sabio catalán, al momento cumbre en que recibe el gran empujón como escritor, ese que le durará toda la vida.

“Las putas”, óleo de Alfonso Melo (2004).

Año 1950, tiempo de tertulia en casa de la poeta Meira Delmar, de los paseos de Gabito con el Mono Guerra, de sus conversaciones con María Encarnación, Catalina La Grande y demás hetairas de la pensión que habitó al otro lado de las notarías, en la Calle Obando o del Crimen, las del burdel zoológico de La Negra Eufemia y Pilar Ternera en el Barrio Chino, íntimas de Aureliano y José Félix, colegas todas de Nigromanta, asomada en varios libros del autor, esas del Bar Rosita, donde reinó Orlando Figurita Rivera mientras acarició sus curvas y pintó sus murales.

Putas tristes. Tristes por viejas. Por solitarias. Putas sentadas, esperando dormidas junto a la victrola. Mujeres de alquiler, bostezando de tedio en los abandonados salones de baile, bajo los ventiladores de aspas atornillados en el cielo raso. Putas tristes, muchachitas que se acuestan por hambre, como Eréndira, la niña escuálida que dio su virginidad a cambio de un plátano maduro y fue luego prostituida por su abuela. Putas luego alegres como la misma Eréndira, acaballada sobre Ulises. Putas también de las peores, las otras, como dicen las mismas putas acerca de las mujeres que se casan por interés o que engañan al marido: putas putas.

La tristeza es, en García Márquez, hermana de la soledad. Y ahora, de la vejez. El sentido trágico de la vida concluye poco a poco en la muerte. “Soy –ha dicho él– uno de los seres más solitarios que conozco, y de los más tristes, aunque resulte increíble. La gente del Caribe es muy así aunque tenga fama de todo lo contrario, de gregarios, de pachangueros, de fiesteros, pero tú los ves en plena fiesta y están con unos ojos de melancolía…”.

El amor durmiente

Los burdeles en García Márquez son eso, burdeles del Caribe, patios de baile con guirnaldas de colores en los almendros, con alcaravanes o gallinas impávidas y mulatas bellas sin desbravar que se prostituyen más por la fiesta que por la plata y que a veces incurren en la descomunal inocencia de suicidarse por amor.

Enrique Scopell, fotógrafo, y Juancho Jinete, administrador, antiguos miembros de la cofradía artística y putañera local y asiduos de La Cueva, aceptan participar en este ensayo periodístico, que tiene de todo menos de novela. Dominan el tema. Son del grupo. Fueron con Gabo a los burdeles. Al final de la charla quedará claro que por más creativos y experimentadores que hubiesen sido, los amigos del grupo ejercieron todos, o casi todos, hace cincuenta años, como monógamos secuenciales, nada de uno con tres ni ensambles colectivos de cualquier índole.

El plena época de La Cueva, cuando Barranquilla era una fiesta, de izquierda a derecha Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfredo Delgado, Rafael Escalona y Alfonso Fuenmayor. Foto: Archivo particular.

El burdel donde quedaba el cuarto de Gabito, llamado por Alfonso El Rascacielos, se llamaba la Pensión Vargas, precisa Scopell. Y las mujeres de ese burdel y de las demás cantinas de la Calle del Crimen caminaban por el Paseo Colón en busca de clientes, y con el mismo fin entraban en el Colonial Cabaret, donde tocaba Pacho Galán y en ocasiones, junto a La Ronca, cantaba también Nelson Pinedo y bailaba Figurita Rivera, pintor del grupo, que vivía en burdeles y manicomios, donde pintaba sus murales de infierno.

La nueva novela de Gabito transcurre pues en esa misma mansión de antiguos navieros, con columnas enchapadas de alabastro y frisos de oropeles, alrededor de un patio interior cubierto por un vitral. Gabo describe el lugar como un edificio muy antiguo pero bien mantenido a costa de las putitas de solemnidad que merodeaban por el Paseo Colón desde el crepúsculo.

En sus memorias, el escritor cambió el nombre del portero, que siempre fue Dámaso (como el que se roba las bolas de billar en En este pueblo no hay ladrones) por el de Lácides, aunque mantiene de él lo sustancial: es quien le aceptaba el mamotreto de su novela como garantía de que esa misma noche o al otro día le pagaría el arriendo del cubículo, subsidiado a veces por su carnal Germán Vargas.

En la novela de Kawabata, la esencia del placer consiste en observar la belleza de las durmientes. No se las puede despertar ni tocar. En el universo de García Márquez lo que cuenta son las historias. A eso van los despotricadores que visitan bares y prostíbulos en los años cincuenta. Todos, incluyendo a Figurita y Obregón. A conversar, a que les echen más historias que polvos. Historias como las que referirán después.

Historias en las que el amor no es casi nunca el amor sino un desenfreno, una confrontación violenta y desaforada, hechos turbulentos en los que hombres con hálito de amoníaco en las axilas, o mujeres rejugadas en el placer, cazan su presa de turno en la oscuridad, la desnudan por asalto y la despojan de su virginidad en un santiamén.

“Nos gustaba quedarnos hasta tarde –recuerda Scopell– hasta cuando cerraba el lugar, para esperar a que las niñas se acercaran a la fritanga de enfrente y nos contaran sobre sus clientes”.

“Pero la mayoría –dice Jinete– tenía una ética envidiable. No revelaban nada de lo que ocurría en su cuarto o cubículo, en cambio sí todo lo que lograsen captar del vecindario”.

“La primera pregunta que formulábamos –explica Scopell– era la más común: ¿Y qué hace una niña como tú en un sitio como éste? Pero eso bastaba para echar a andar la historia o la fábula. Entre los relatos más repetidos por parte de las muchachas, figuran la de haber sido violada por su padre o su padrastro; o la de haber sido preñada por su novio y rechazada tanto por él como por su propia familia.

A veces, casi como en la novela de Kawabata, los personajes de García Márquez, sus amigos y él mismo, prefieren quedarse con estas mujeres de consuelo, dicen, no tanto por vagabundería ni por las historias, como por la dicha de sentirlas respirar dormidas. En la pensión-burdel, los desayunos con ellas, cerveza y huevos, parecen siempre más alegres y tiernos que los de la propia casa, y la verdadera fiesta empieza a las once de la mañana, bajo los almendros apagados.

Otro del grupo, el pintor Alfonso Melo, que vive en Miami, nos cuenta que entre los burdeles de ínfima categoría en Barranquilla figuraba El Molino Rojo, sitio preferido de Alejandro Obregón, García Márquez y Alfonso Fuenmayor. “Yo los acompañé algunas veces. Las mujeres de este lugar habían trabajado en las mejores casas de la ciudad y habían venido bajando de categoría hasta llegar ahí. Todos bebíamos ron blanco a palo seco y bailábamos cachete a cachete con la pareja”.

Melo cuenta que una noche, un borracho llevó al Molino un perfume de mujer barato, lo abrió y lo esparció sobre todos los presentes. Después se resbaló y terminó lanzándolo contra la pared, donde se reventó. “Ese día –agrega– tuvimos todos que llegar a nuestras casas con olor a perfume de puta. Si de estas aventuras no salimos con enfermedades de por vida, fue por milagro de Dios”.

Scopell y Jinete recuerdan haber ido con el grupo a El Botecito, un burdel de Carlota Medina en la Calle Caldas, y frecuentar el bar Normandie, que ella misma tenía en el centro. “Cuando estábamos muchachos –dice Scopell– y como Carlota era comadre de Rafael Bornacelli, padrastro de Álvaro, ella no lo dejaba entrar. Entonces yo entraba de primero y esperaba a que Carlota se moviera de la entrada para abrirle a Álvaro”.

Los dos mosqueteros mencionan el grill Las Mellas, en Las Flores, donde dos hermanas igualitas atendían de cuerpo entero a su esmerada clientela. En el centro estaba ubicado también Los Arrayanes, un amanecedero de pescadores donde Alejandro Obregón quiso pintar la pesca de un flamenco, y uno de los pescadores le quitó de pronto el lápiz, “para dibujarlo yo, señor, porque usted no sabe de eso”. Muchos años atrás, Alfonso Fuenmayor acompañó a García Márquez al Barrio Chino de Barranquilla con el ánimo de encontrar y entrevistar a unas famosas prostitutas francesas.

Interior del cabaret-burdel El Carnaval, en los años cincuenta. Foto: Archivo particular.

El libro de Adlai Stevenson, Polvos y arena, explica que las llamadas putas francesas, oriundas de distintos puntos de Europa, habían entrado a finales de los años treinta por Puerto Colombia, causando conmoción entre la población masculina, hasta que decidieron trasladarse al Barrio Chino de la capital del Atlántico.

“Quedaba una –contó Alfonso Fuenmayor en una crónica–. Creo que era octogenaria, pero todavía ejercía su profesión. Entonces nos acercamos y Gabito empezó a hablar con ella. El francés se le había olvidado ya a aquella anciana no nacida en Francia sino en Hungría. Su memoria era tan débil y sus respuestas tan esquemáticas, que Gabito decidió irse casi enseguida. Me acuerdo que dijo al salir: “No cuenta nada. Yo a esta mejor me le invento toda la historia’”.

Isabel Vergara Porto, de Sincé, por treinta años matrona de La Casa Verde en el Barrio Chino, conoció a las francesas, pero no fue su amiga. “Gabrielle me trataba pero no éramos amigas porque a ella le gustaba el trago y yo no tomaba. Ella me insultaba entonces, me decía: `Crematica, creída´ y otras cosas. Las otras también eran igual. Bebían mucho”.

Isabel y María Pretelt, quien fuera su ayudante de cocina a principios de los años sesenta, recuerda que aquellas prostitutas extranjeras eran rubias, hermosas, de ojos verdes y azules. “No tan jóvenes pero hablaban español y cada una vivía en su casa, donde había en la puerta un bombillo rojo y otro blanco”.

“Las francesas –rememora Enrique Scopell– sacaban una ponchera con permanganato de sodio para lavar el pipí de sus clientes y evitar una gonorrea. Figúrate que una de ellas, en una de esas limpiezas manuales me sobó tanto que me vine rapidito, y entre carcajadas la francesa tuvo el coraje de cobrarme, de todos modos, toda la plata”.

Es común que a esas francesas de Barranquilla se les atribuya el origen de la palabra mondá para llamar al miembro viril, porque se cuenta que una noche se presentó un moreno fornido al burdel donde ellas atendían y expuso su miembro viril a la limpieza de rutina, provocando un halagador ¡Mon Dieu! (¡Dios mío!) de las asombradas extranjeras.

Artistas en la noche

En sus memorias, García Márquez habla del bar Gato Negro, donde trabajó en sus comienzos La Negra Eufemia y donde Álvaro Cepeda Samudio y Enrique Scopell levantaron a pura muñeca, por el simple hecho de divertirse, a una docena de marinos noruegos.

Los tiempos de El Gato Negro son también los del Place Pigalle, La Gardenia Azul y El Palo de Oro, para sólo mencionar tres bastiones de la rumba nochesca en esta ciudad. Eran los tiempos de la Sonora Matancera, y Emma Blanco se dio el lujo de contratar a Daniel Santos, Celio González, Alberto Beltrán y Bienvenido Granda para presentarlos en su Gardenia Azul, inspirada en El Tropicana, de La Habana.

Emma Blanco. Foto: Archivo particular.

Emma Blanco era la regente del Colonial Cabaret, el prestigioso lugar de la Calle de Jesús en Barranquilla, entre Veinte de Julio y Progreso, donde ocurrió el episodio que dio origen al cuento La mujer que llegaba a las seis, de García Márquez.

El lugar, frecuentado por las muchachas que, como Gabito, se hospedaban en la Pensión Vargas y otros hoteluchos de la Calle del Crimen, se abarrotaba de gente.

“Recuerdo al pintor Obregón y a Cepeda Samudio –dice Emma–, pero entre tanta oscuridad y tantos rostros hay muchos que podría confundir con García Márquez. Lo más probable es que él hubiese ido al Colonial. Y La Gardenia Azul era el sitio in, adonde iba todo el mundo”.

El Carnaval, de Gumersindo Ibáñez, también brillaba con luz propia en los amaneceres de la Barranquilla de esos tiempos. Su propósito: vivir en carnaval, todas las noches del año. Por eso Gumersindo decoró con cadenetas de papel de colores todos los rincones del establecimiento, y con máscaras de toritos y congos todas las paredes, mientras que los meseros atendían de monocuco y de rumberos cubanos.

Otro amanecedero, El Tetero, exhibía un aviso de neón en el que un gigantesco tetero derramaba gotas de leche azul resplandeciente sobre la calle arenosa. Su decoración interior era un ejemplo clásico de la estética popular, con arcos y objetos varios que caían como lluvia del techo y paredes pintoreteadas de máscaras extrañas.

En una de las pocas fotos que subsisten de La Ceiba tomadas por Nereo, aparece Alejandro Obregón acompañado por el poeta Vidal Echeverría, Alfonso Fuenmayor, Gunter Lachman, Álvaro Cepeda y Jorge Child. Una fecha especial, porque esa noche de 1957 el grupo ha recibido de Juan Antonio Roda el retrato magnífico Los amigos de La Cueva, que él había pintado tiempo atrás.

Esa noche es de rumba y El Tetero es apenas una escala en la ruta del estremecimiento colectivo. También en el Barrio Chino, Emma Blanco ha abierto La Máxima o El Maxi, donde el cantante cienaguero Guillermo Buitrago ameniza con su voz y su guitarra las noches del popular Ron de Vinola. No hay duda alguna: los burdeles parecen ser, como decía Ramón Vinyes, el destino natural de la literatura.

En aquellos gloriosos años cincuenta, cuando Emma Blanco, la mandamás del Colonial Cabaret, buscó un lugar fuera del Barrio Chino para abrir su Gardenia Azul, ¿saben dónde lo encontró? En La Ceiba de Rondón, un terreno amplísimo, un monte largo y coposo atravesado por la carretera rumbo a Cartagena, propiedad de Jorge Rondón, el padre de los dos hermanos dueños de la Librería Mundo, donde Gabriel, Alfonso, Álvaro y Germán empezaban sus discusiones de literatura por la mañana y daban origen, junto a José Félix Fuenmayor y el sabio catalán, al tan mentado Grupo de Barranquilla.

Revista Diners octubre de 2004 Edición 415

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