“Los ojos son innecesarios para enamorarse”: historia de amor entre dos ciegos

Se conocieron, se enamoraron y se han amado en la penumbra. Esta historia cotidiana pero llena de asombros, es una suerte de ‘love story’ entre dos ciegos.

Las imágenes del universo empezaron a escapárseles cuando atravesaban la juventud, y de ellas ya no tienen sino recortes, fragmentos y nostalgias que ya no los hieren ni vulneran. Ambos fueron atacados por el glaucoma, una enfermedad virulenta que condena a sus invitados a terminar en la sombra irremediable, y cuyas consecuencias sobre el destino de los menos optimistas son, muchas veces, dramáticas. Por eso están seguros de que su historia es de las más intensas, más eróticas y más felices que puedan narrarse en la vastedad del mundo, y están cada vez más enamorados y se reconocen por el ritmo y el sonido de sus pasos, a muchos metros de distancia.

Pablo Armando Sánchez vio el mundo por última vez a los catorce años. Recuerda que todo se apagó definitivamente en un mediodía caluroso, sabe que para los otros hombres se trató de un instante más en la larga sucesión de emociones que, sumadas, constituyen la vida, pero para él fue un atardecer definitivo.

Magali entró en noche perpetua a los diez y seis años en una fecha próxima a la Navidad, y cree que lo último que captaron sus ojos fue una procesión de fieles entrando a misa de gallo en una iglesia modesta de los arrabales del sur. Dicen que se sintieron completamente solos, huérfanos de la primavera, tempranamente condenados y con unas enormes ganas de morir.

“Uno cree que con la vista desaparece el mundo . A veces tiene la sensación de que fue enterrado vivo en una tumba profunda y cerrada, bajo muchos metros de sombra, y es como si escuchara con angustia las risas, las voces, la respiración y la actividad constante de los que están arriba y gozan de su libertad”, afirma Pablo Armando Sánchez con la certeza de un hombre que estuvo durante más de seis años en el último rincón de una pequeña casa proletaria, petrificado como un gato enfermo y vagabundo al que al final del tiempo le cambian el hogar.

Magali, a su vez, pasó por los mismos embates, los mismos miedos y dudas, pero como todas las mujeres tuvo más recursos y más alegatos contra la tragedia, y aprendió a moverse en la oscuridad con agilidad y armonía y aprendió todos los oficios del hogar, tal vez para no quedarse quieta y no permitir que se le desgajara encima la derrota: tejía, cosía, barría, cocinaba y hacía camas con una precisión geométrica pocas veces vista en las mujeres ordinarias.

Ambos eran ciegos y pobres, de manera que las oportunidades de trabajo estaban reducidas a las más tristes ofertas, y las ventanillas de muchos empleadores se cerraban ante su sola presencia, y por eso, además de la profunda ansiedad que les donaba su tragedia, sentían el terror de haber nacido en un mundo que segrega cualquier diferencia. Y ambos se dijeron entonces, cada uno por su lado: ser ciego es hórrido, pero ser ciego y además pobre, es un abuso de la realidad. Creyeron que todo estaba definido, y que la felicidad era apenas un aroma remoto, una palabra extraviada en los diccionarios.

Entonces a cada uno por su lado les hablaron de la existencia de centros de rehabilitación, lugares donde los ciegos se reúnen cotidianamente para aprender el difícil arte del renacimiento. Y coincidieron en el Centro de Rehabilitación de Adultos Ciegos de Bogotá, Crec. Pablo Armando llegó del brazo de su madre, y Magali viajó desde Ibagué, su ciudad, en un bus melancólico, y ambos llegaron, con apenas semanas de distancia, al sitio donde habrían de encontrarse para siempre.

“Yo recordaba a las mujeres, su imagen no quería borrarse tan fácilmente y sus cuerpos y sus rostros seguían ahí, mientras que todo lo demás se esfumaba como la neblina. Eran lo más hermoso que había visto en mis años de vidente, y por eso cuando llegué al centro de rehabilitación andaba siempre rastreando sus voces.

Ellas iban dejando huellas que yo perseguía, presintiendo su importancia, y con la fe misteriosa de que las voces femeninas eran suficientes para amar al mundo, y no sabía cómo ni por qué escondían adentro mi salvación, el final de mi condena. Todas me fascinaban y me conmovían, y me excitaban, y eran como los faros que guían a los barcos atrevidos que luchan contra el mar en una borrasca.

Pero una tarde, mientras Pablo Armando seguía los pormenores de una clase de taquigrafía, una de aquellas voces pareció aislarse de las otras, adquirir una notoriedad casi exclusiva, imbuirse de un donaire y una belleza peculiares. Se quedó extasiado siguiendo aquella música verbal, hasta el punto de que la profesora de turno notó su extravío y lo regresó a la realidad.

Él, como todos los que han sido raptados por el llamado de la selva amorosa, soltó cualquier disculpa, pero interiormente se percató de que la aparición de esa voz tenía el linaje del milagro, y de que ya, en un abrir y cerrar de ojos, había cambiado su destino.

Desde entonces les tomó inusitado cariño a las rutinas del centro de rehabilitación, pero especialmente a las clases de braille –la escritura cifrada con la que se comunican los ciegos–, y por sobre todo a los viernes de recreación, sazonados con clases de baile.

La música le era favorable y sus pies calzaban la baraja de ritmos que uno tras otro entraban en escena, con una fluidez que pronto llamó la atención de los instructores y que lo llevó a ser una suerte de estrella con la que danzaban, hechizadas, todas las mujeres ciegas. Bailaba a Rodolfo Aicardi, Fruko y sus Tesos, Los Corraleros de Majagual, Los Gaiteros de San Jacinto o Nelson y sus Estrellas, y jamás trastabillaba, aunque la música fuera vertiginosa y loca.

Todas las mujeres se acostumbraron a ser su pareja por lo menos una vez en las horas de clase, y después se le sentaban muy cerca, en el curso de las rumbas y las empanadas bailables para ciegos, que se sucedían varias veces en el mes y en las que muchos olvidaban, en el interregno de la celebración dionisíaca, que ya nunca verían el mundo ni sus cosas y seres amados.

Pero Pablo Armando lo único que deseaba era encontrarse en la mitad de la pista con Magali y confesarle que ella era la voz de su vida y que la necesitaba cerca, ojalá a todas horas, en la noche y la mañana, en lo cotidiano y lo suntuoso, en el resguardo de la casa y el fragor peligroso de las calles, a las que los ciegos temen como a un sinuoso laberinto.

Magali, en cambio, al principio no soportaba a Pablo Armando, y siempre que sentía su proximidad escapaba al desgaire para no bailar ni hablar con él. Pensaba que era la voz más pedante de cuantas había escuchado en el curso de su noche cerrada.

De manera que tenían que pasar algunos calendarios para que Pablo Armando y Magali se encontraran juntos y anudados en una pista de baile. Ella no estaba dispuesta a dejarse conquistar de aquel seductor, y puso todos los reparos y diques para evitarlo, y por eso él sufrió mucho durante los primeros meses de su pasión amorosa. Ella se le había clavado en el pensamiento como una estocada, y ya no podía olvidarla ni siquiera en las noches, cuando presa del insomnio se preguntaba si jamás estaría con ella. Deseaba tocarla, deseaba su cuerpo y su voz, sus latidos, el murmullo de sus pasos…

Las cartas en braille fueron su próximo recurso. Las escribía a todas horas, echando mano de cuantas imágenes y metáforas –ridículas, sentimentales, hondas, pueriles– llegaban a su imaginación. Soterradamente, mientras sus compañeros del centro se aplicaban en el aprendizaje de otras disciplinas, él le escribía a su Magali, con la certidumbre de que podía expresarle hasta sus deseos más sordos y secretos, pues si alguien en su casa sorprendía las cartas, no podía comprender sus signos abstrusos.

Aquellas misivas todavía se encuentran reunidas en un pequeño cofre caoba que ella tiene a buen resguardo en su casa, y quien las viera no sospecharía que atestiguan un intenso amor. La letra hizo lo suyo, los mensajes cargados de ternura, de promesas ilusorias, de velado erotismo y de encarnizada obsesión entraron en la noche de Magali, empezaron a formarle la sensación de que aquel otro hombre cuyas manos cruzaban la distancia sorda y sin nombre del abismo negro para anudársele y tocarla y recorrerla y electrizarla y dulcificarla, era hermoso, joven, de movimientos arrogantes y gloriosos embates carnales, y era el hombre de su vida, el más bello, el de cuerpo más llamativo, el único, el mejor, su elegido, su pequeño Dios… aunque nunca hasta la muerte iba a verlo.

Ojos bien cerrados

Cuando se hicieron novios, la primera en oponerse fue la madre de Magali, quien desde el minuto en que los vio concertar una primera cita no se cansó de afirmarles que “dos ciegos solos se pierden, ya sea paseando por una ciudad o transitando por la vida”. Fue una ofensa para los enamorados recientes, y por eso Pablo le contestó a boca de jarro: “Mírenos bien. El amor hizo lo suyo. Ya estamos perdidos”.

“A veces los ciegos tenemos la sensación de que nos enterraron vivos, en una tumba profunda y cerrada, bajo mucho metros de sombra”, cuenta Pablo Armando. Foto: Mauricio Ángel

Un viernes salieron a pasear en el Parque de los Novios. Estuvieron respirando la hierba, y hablaron de los últimos recuerdos, las imágenes finales que cada uno tenía del mundo, pero la nostalgia había huido, dejando un espacio deleitosamente vacío que ahora se llenaba de pálpitos, de suspiros entrañables, de instantes que parecían más perfectos y absolutos que la gloria o la eternidad.

Ya se sabían enamorados, y descansando en una banca, bajo la mirada petrificada de una estatua, se besaron y acariciaron como nunca. Aquella fue una plenitud. Pero una vez terminaron se quedaron en silencio, abrumados por la carga de su porvenir. Después pasaron muchas horas escuchando el atardecer, sus efluvios, los gorjeos de los pájaros, la música de las hojas de los árboles, el murmullo del agua, los sonidos multiformes de la ciudad distante. Y ella dijo: “Será muy difícil”. Luego se tomaron de las manos y regresaron a sus casas. Eran ciegos, desheredados y felices y hasta empezaban a sospechar que los ojos son, para los enamorados, un ornamento y un recurso innecesario, y que con mucha frecuencia son ellos los que no dejan ver.

Sabían que el mundo no está preparado para asistir al romance de dos ciegos, y que a partir de su ligazón amorosa se enfrentarían al veto, la segregación y el desamparo. Por eso cuando caminaban juntos durante los primeros paseos, y como un gesto de afirmación frente a los otros, acostumbraban quitarse los anteojos negros, mirar al horizonte como si vieran la luz, y dibujar una sonrisa tenue, indefinible y enigmática, que para los más convencionales tenía los ribetes del anatema y el escándalo.

No faltaban, por supuesto, aquellos infelices videntes que sentían como una afrenta y una crítica mordaz el hecho contundente de que dos “enfermos” hubieran inventado un paraíso personal, y fueran más plenos y más reales que ellos. Pero querían gritarle al universo que eran completamente dichosos, y que la ceguera ya no les preocupaba porque, como lo afirmó Antoine de Saint-Exupèry en El principito: “Sólo se ve bien con los ojos del corazón”.

Ambos creen recordar la noche en que engendraron a Diana Magali, su primogénita, y todavía sienten el temblor de la piel, la consumación del fuego, el acto sagrado y carnal que propició esa nueva vida. Era el principio de una familia que todavía dura en la actualidad, después de 24 años, y que contra todo pronóstico ha desarrollado perfectamente los rituales y el folclor tibio de lo doméstico, hasta el punto de que han sido pocas sus crisis y pocas las posibilidades de quebrarse.

El embarazo produjo pánico en la parentela, que siempre los vio como dos seres inútiles que nunca podrían generar una vida propia y autónoma y estaban condenados a una supervisión perpetua. Pero Pablo y Magali ya estaban unidos por el mismo abrigo invisible, y entonces empezaron a trabajar en horarios extenuantes, primero haciendo escobas, luego empacando sal y cargando bultos de harina, y más tarde vendiendo, de puerta en puerta, los dromedarios y camellos y osos y lechuzas de un zoológico de cristal que algunos consideraban buen ornamento para embellecer sus casas.

Pablo Armando estuvo, al principio, en puestos especiales para ciegos, pero fue tanta su convicción y tanto su ahínco, que terminó por entrar a fungir en puestos para hombres del común, y salió más rápido, efectivo y astuto que la mayoría de ellos, así que le fueron dando cargos de cierta notoriedad, y terminó siendo el jefe de más de veinte empleados cuyos rostros no conoce pero cuyas almas sospecha por los tonos, los grises y los matices de la voz o la intensidad de su caminar.

“Querían gritarle al universo que eran completamente dichosos, y que la ceguera ya no les preocupaba porque, como lo afirmó Antoine de Saint-Exupèry en El principito: “Sólo se ve bien con los ojos del corazón”. Foto: Mauricio Ánjel.

Magali sintió la necesidad y la vocación del arte e ingresó a un coro en el que se mezclan en dosis sutiles los cánticos de Bach con el pasillo, el pasodoble, los bambucos y, sobre todo, lo que más ama ella, el nostálgico bolero, muy popular entre los ciegos por ser un desgarramiento elegante, una amargura digna y leve. Ella, dice Pablo Armando, tiene la voz más bella de la Tierra, hasta el punto de que no han faltado otros invidentes que la rastrean como un imán, lo que produjo en varias ocasiones graves accesos de celos, incluido uno en el que perdió los estribos y hasta habló de separación marital.

Los dos hijos de Pablo Armando y Magali, de dieciocho y nueve años, nacieron completamente sanos, pero ya entregados a sus estudios olvidan con mucha frecuencia dónde dejan las cosas, y se tropiezan, se pinchan los dedos y se resbalan mucho más que sus padres.

En las noches, cuando la familia se reúne alrededor del fuego de una pequeña chimenea, los hijos les describen a sus padres, colores, rostros, formas, paisajes, y para solaz de los viejos, se describen minuciosamente y describen el rostro de Pablo Armando y de Magali.

De manera que en alguna medida ellos tienen razón al creer en el encanto indescifrable y mágico de love story de la oscuridad. Nunca se cambiarían por otra pareja, y creen que la ceguera fue bella porque era el camino de encontrar el amor.

Por eso no se cansan de decir que mutilar algo es hacerlo renacer en otra parte, y en ocasiones sonríen y sienten lástima de los ojos que deben ver la muerte, los accidentes, las partidas, los ocasos, el genocidio, los incendios, y están condenados a observar, impotentes, el envejecimiento y el final del rostro del amado.

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