Puch Village ¿El “Gun” de los millennials?

Algunos de los empresarios jóvenes más influyentes de Colombia convergen en una casa en Teusaquillo. ¿Qué hacen allí y qué futuro imaginan para el país desde el sector creativo del emprendimiento?

Hay que estar delirando para pensar que el jacuzzi de un club bogotano de la setenta y pico, donde los negocios se hacen reivindicando la hombría entre toallas, whiskys y chistes fuertes, es un espacio atractivo para el emprendimiento. Esa imagen, tan real como anacrónica –y de Los Sopranos al mismo tiempo–, nada tiene que ver con la onda actual de emprendedores que le apuestan a una idea de desarrollo integral e innovador.

Tanto en los ámbitos culturales y tecnológicos, pasando por los sociales, académicos, o los que impactan en temas de paz, una nueva generación de creativos, mujeres y hombres, se destaca en un contexto también poderoso e influyente, pero con un enfoque distinto.

“Somos una generación que está cuestionando todo (…) es un fenómeno global”, dice Juan Diego Ortiz, fundador de la Ola Naranja, una iniciativa que promueve el desarrollo de la industria creativa y cultural en Colombia, Latinoamérica y el Caribe. Figuras como él; Clemencia Vargas, de Vive Bailando; Matilde de los Milagros, de El Malpensante; y Daniela Tobón, de Procolombia, hacen parte de esta tendencia.

Algunos emprendedores le dicen a la casa de reuniones “el Gun Club de los millennials”. Foto: Camilo Constaín

Mientras unos deciden en un baño turco si invitan a alguien a la danza privada de los millones, ellos creen que es mejor organizar “fiestas de cerebros” para compartir conocimiento, atraer y gestar ideas innovadoras, e influir en los ámbitos de gobernanza del ecosistema emprendedor.

Para llevar esa filosofía a la realidad, Daniel Posada pasó del mundo de la publicidad y el cine a crear Puch Village (Plataforma Universal de Creación y Hechos), un espacio articulador y de empoderamiento en Bogotá donde esos emprendedores y otros jugadores activos (los llama doers) se conectan con personas afines y generan comunidad –en contraste con nichos atomizados y el ostracismo de algunos de sus integrantes–.

A través de su proyecto, Vive Bailando, Clemencia Vargas ha llegado a más de cinco mil jóvenes de poblaciones vulnerables. Foto: David Rugeles.

“Es un espacio eficiente con gran infraestructura, donde ocurren grandes sinergias de grupos comprometidos que trabajan juntos desde el emprendimiento o quieren impactar en los sistemas económicos y democráticos incluso”, explica Juan Diego Ortiz, uno de sus usuarios.

Todo esto sucede desde enero de este año en una casona de los años cuarenta en Teusaquillo. Remodelada al estilo startup hace tres años, desde el lobby y la terraza (donde sirven platos de cocina francesa), en medio de muros decorados con vinilos de rock, cajas de películas, hasta el minicine y las salas de juntas y oficinas, tienen un aire vintage mezclado con funcionalidad avanzada y un espíritu que grita productividad con diversión. Por eso, algunos le dicen “el Gun Club de los millennials”.

A Daniel, que trabajó en el desarrollo de un espacio similar a este en Miami, el Soho House, no le suena mucho ese apelativo de “club”, que parecería aludir a una casa en Silicon Valley llena de geeks “echando” código, en medio de una fiesta salvaje en la piscina.

Aunque la entrada es por recomendación, Matilde de los Milagros resume su filosofía de comunidad: “Aquí se defiende la pluralidad, la libertad de expresión (…) es un espacio supremamente desinteresado, donde importa que la gente converja y no sacar provecho desproporcionado”, asegura esta literata. Ahora, conecta a personas del ámbito artístico con los puchers (usuarios), que suman unos 230 en total.

Daniel refuerza esa idea: “Todos los que estamos listos para ayudar al país tenemos a Puch como punto de encuentro”, afirma, sentado en un sofá del tercer piso de la casa, donde funciona el bar y hay un espacio para socializar ambientado con jazz, blues y electrónica. Para él, más allá del diseño del sitio y el área de más de 500 metros cuadrados con salas de juntas y espacios de coworking, lo que importa son las dinámicas que allí ocurren.

Juan Diego Ortiz promueve el desarrollo de la industria creativa a través de su iniciativa denominada la Ola Naranja. Foto: Andrés Espinosa.

Desde un empresario que puede apoyar a un “primíparo” que está solo a planear los ingresos y gastos de su emprendimiento, pasando por el análisis de redes digitales en una charla sobre música y sociometría, hasta los eventos de aprendizaje de buenas prácticas y motivación a partir de los errores de otros (con la filosofía Fail Forward como inspiración para el “reciclaje de conocimiento”), son algunas de ellas.

Por ejemplo, Pablo Restrepo, de Paloma y Angostura, empresa de moda sostenible que emplea a víctimas del conflicto armado, conoció en una de esas actividades a Juan Diego Ortiz, que lo invitó al pasado Festival Naranja a contar su historia sobre responsabilidad social, inclusión y sostenibilidad.

“Aquí se están articulando nichos creativos dentro de la economía naranja con emprendedores jóvenes que hasta ahora están arrancando, asesorías en buenas prácticas y, por supuesto, alianzas sociales”, explica Clemencia Vargas, usuaria de los espacios de coworking, y quien con Vive Bailando ha impactado más de 5.000 jóvenes vulnerables por medio de la formación artística.

Puch no es un acelerador ni un equipo de asesores que afinan ideas de negocio o aplicaciones. Se trata de un espacio único que facilita las conexiones espontáneas de emprendedores, free lance, financieros y más, que pueden compartir ideas, apoyar a los demás e inventar el negocio del siglo por su cuenta si quieren.

Daniela Tobón, de Procolombia, hace parte de Puch desde su inicio. Foto: Andrés Espinosa.

Estos, a su vez, recomiendan a otros a ser parte de la red y de eventos en los que los invitados aprenden y enseñan. Lo que importa es que todos estén haciendo cosas y proponiendo, como el próximo “Uber de transporte de carga”, que también aprovechan las oficinas de la casona de Teusaquillo.

“No se trata de reinventar la rueda”, afirma Daniel. De hecho, el emprendimiento en Colombia pasa por un buen momento que justifica la existencia de este lugar, así como del movimiento de negocios inspirados en sectores creativos.

Por ejemplo, la Ley de Cine como precursora y la reciente Ley Naranja que apoyó Juan Diego, Daniel las señala como ejemplos de la influencia que tienen los emprendedores sobre la política pública cuando trabajan juntos. Colombia, además, cuenta con una Política Nacional de Emprendimiento con antecedentes desde hace más de una década.

Sin embargo, en términos prácticos, los impuestos a las pequeñas empresas siguen siendo altos, lo que desestimula la creación de nuevos negocios. Las inversiones, además, mantienen un interés tradicional. “La gente busca menos riesgo (…), en vez de meterle 50.000 o 60.000 dólares a una startup con toda la promesa del mundo, esperan a tener 200.000 y compran una casa. Hay que educar a los inversionistas. Para ayudar, hacemos los Digitalks, eventos de tertulias abiertas liderados por José Castillo, de Tribal Trends”, explica Daniel.

Daniel Posada es el fundador de Puch Village. Foto: Andrés Espinosa.

Una generación que se juega su futuro

Para enfrentarse a ese mundo en el que “los emprendedores están solos, combatiendo”, uno de los esfuerzos adicionales que hacen es incidir en un marco legal más favorable con las pymes. Personas con experiencia en altos cargos del gobierno, la institucionalidad y del ecosistema emprendedor están participando en este proceso.

“El punto es generar una masa crítica lo suficientemente influyente y sostenible de conocimiento que trabaje con el gobierno, para desarrollar incentivos y podamos aportar al desarrollo del país”, asegura.

Para Clemencia Vargas, por su parte, “en este momento hay que empezar a crear diferentes incentivos, como se hizo con el cine, o con la creación de las ‘SAS’. Hacer empresa en Colombia es muy difícil, hay barreras burocráticas y legales. Cuando uno ya se lanza al ruedo, encuentra muchas dificultades”.

Pero los retos que se deben superar también parten de la base de la pirámide. Desde la formación y la cultura del emprendedor colombiano, “este resuelve como sea, por necesidad”, cuenta el director de Puch, pero ignora métodos y técnicas que son necesarios para poder competir. Así mismo, el aislamiento y la fragmentación del ecosistema emprendedor en nichos e iniciativas atomizadas no permiten el desarrollo integral.

Mucho más que un club

“En Puch se están articulando nichos creativos dentro de la economía naranja con emprendedores jóvenes que hasta ahora están arrancando, asesorías en buenas prácticas y, por supuesto, alianzas sociales. Ilustración: Manuela de Bedout/ Cortesía Puch Village.

Como es evidente, los retos para los emprendedores colombianos son innumerables. Si a los del “club” un escenario conservador quizá les convenga, para Puch y sus aliados planear un futuro distinto resulta posible desde una casa en Teusaquillo. Allí, actúan como una red de apoyo para una generación que cuenta con el conocimiento, la mentalidad y las ganas de trabajar por una visión que otros también podrán cuestionar. Es que crear una empresa exitosa no se trata de un golpe de suerte o el resultado de un listado de “10 cosas que debes hacer”. El emprendimiento es práctica y disciplina, dice Peter Tucker.

Mucho más difícil es articular todo un ecosistema, a la larga la función de este emprendimiento en sí mismo, a la cual habría que agregarle un componente adicional: la diversión. Tal vez la mejor explicación es de Daniela Tobón, colaboradora de Puch desde el inicio: “Un barrio inexplotado en Bogotá, una casa que desde su fachada se siente uno entrando a otra dimensión; espacios innovadores con un toque cool, coctelería de primera y una carta que sorprende tus sentidos, se les suman a esas experiencias creativas que unen a un grupo de desconocidos forjando nuevos vínculos y nuevas amistades”.

¿Qué se debe hacer para ser un pucher?

Para ser parte del club la primera condición es ser referido por algún otro afiliado. Además, debe tener vocación de emprendedor, donde actitudes como liderazgo, creatividad, y apuestas que promuevan la diversidad, resultan fundamentales para ser aceptado. Hay tres tipos de pase a los que se puede acceder. Una tiquetera con diez pases cuesta $400.000; una mensual, tiene un valor de $300.000; y una anual $3’000.000. Con cada pase se adquieren beneficios distintos para el asociado.

Articulos Relacionados

  • Vea las nuevas camisetas mundialistas con diseños ‘vintage’
  • Estas son las ciudades más amigables del mundo
  • Vea el tráiler de Phantom Thread, la película final de Daniel Day-Lewis
  • El arte está en todas partes: hasta en las fotos de paparazzi