Yoga: Un cambio profundo

Diners reunió tres historias de personas que encontraron en la práctica del yoga las respuestas que transformaron su vida por completo.

Francris Arata y David Larrazabal
“Los beneficios físicos del yoga son apenas la punta del iceberg”.

Es la hora en que las luces se encienden, el tráfico se atasca y vuelve el ruido de una ciudad cansada. Es la hora en la que, tras esta puerta, el mundo de afuera solo es el mundo de afuera y no hay nada que importe más que la lentitud. Los ojos que se miran. Los ojos que se cierran. El saludo al sol, aunque sea de noche

Para Francris Arata (diseñadora) y David Larrazabal (ingeniero de petróleos y surfista) este es el momento de estar a solas en compañía, de enfocarse en el breve espacio del mat de yoga y comenzar la serie de Ashtanga en la que cada uno trabaja. De cuando en cuando hay sincronías, respiraciones que se alinean. También hay tiempos de ayudar al otro o de dar un paso atrás. “Sus fortalezas son mis debilidades y sus debilidades son mis fortalezas”, dice ella. Su esposo asiente, acaricia la cabeza lanuda de Maui.

Francris Arata, diseñadora y yogui, realiza en su práctica la postura del camello (Ustrasana). Asegura que una de las cosas que más disfruta del yoga es enfocarse únicamente en el espacio del mat

En el pequeño estudio en el que practican hay varias fotografías enmarcadas de Pattabhi Jois, el profesor de yoga que desarrolló el Ashtanga y lo llevó a Occidente. Fuente de inspiración, dirían. Nada de rezos o devociones. “Muchos creen equivocadamente que el yoga es una religión”, comenta Larrazabal, “pero es una filosofía de vida”. Filosofía porque trasciende este espacio o la postura del Guerrero. Se trata de “conectarte con el otro y contigo, de tener armonía y balance con el planeta. Es un catalizador, se forma como un campo de energía alrededor tuyo y hace que lo bueno y lo malo del día logremos neutralizarlo, que reacciones mejor”.

Este descubrimiento espiritual, hay que admitirlo, no fue la motivación por la que esta pareja conoció el yoga. Es común que muchos lleguen a esta práctica por sus beneficios físicos. No hay nada de malo en esto, pero lo que viene después es lo que, para ellos, más vale la pena.

Larrazabal, que estuvo toda la vida cerca del mar, que en el surf se encontró a sí mismo siendo su versión más feliz, llegó al yoga para mejorar su práctica sobre la tabla con más flexibilidad y movilidad. Pero este “complemento” se convirtió en un hábito diario, en la manera para alcanzar la unión con “algo más grande, llámenlo Dios, Buda, el Universo, o uno mismo”. Tanto en el surf como en el yoga hay una contemplación única de lo que pasa alrededor y en las aguas más internas, “vas limpiando energías y atraes a personas maravillosas”.

En Colombia se reencontró con Francris Arata, quien como Larrazabal era de Venezuela, y luego se casaron. Él la conectó con el Ashtanga yoga y ella encontró su propio camino en el mat: “Me gusta saber cuáles son mis fortalezas y en qué tengo que trabajar, me gusta saber lo que viene”, explica Arata. Asegura que ahora se conoce más y tiene más foco y concentración, algo que le ayuda en su oficio de diseñadora. De hecho, Bali -su próxima colección que será lanzada en octubre en B Capital de Inexmoda- está inspirada en la espiritualidad, bastante en el yoga, de la gente que conoció en este lugar durante su luna de miel.

En Instagram tienen miles de seguidores (@francrisarata @4daocean) gracias a postear lo que más los apasiona. En una de las imágenes vemos a Larrazabal haciendo una parada de antebrazos, una de las posturas más exigentes. Más allá del factor asombroso que tiene, hay una equivalencia en lo cotidiano: “Ante una contorsión, como en los problemas de la vida, uno se pregunta ¿cómo está mi mente? ¿Estoy tranquilo, o angustiado? Si logro estar tranquilo en esta posición tan difícil puede que también lo haga en mi día a día”.

Angélica Soler
“El yoga es mi momento de paz”

Llegan a la pose El perro boca abajo. Es una pirámide, espalda estirada con las manos apoyadas en el suelo. Mientras Angélica Soler dirige la clase va diciendo cosas como “habitas la postura desde una consciencia meditativa”, “entrenas la mente para estar presente”, “no estás compitiendo, disfruta el camino a la meta”, o “respeta tus límites, no hay que demostrar nada”.

Angélica Soler considera que el yoga le ayudó a superar el cáncer de piel que le diagnosticaron hace seis años

Es la primera vez que algunos hacen yoga. Uno de ellos incluso lleva jeans. Pero con las palabras van fluyendo. Ríen si una asana les sale mal y vuelven a intentarlo. Al final de la clase, alguien se acerca y habla de sus dificultades del día. Soler dice que le entiende, que ojalá la hubiera visto a ella cuando comenzó hace unos diez años. Torpe, dirían. Sin fuerza, sin flexibilidad. Ella misma era un baúl lleno de enfermedades y solo tenía vida para el trabajo. En la clínica ya la llamaban por su nombre y le preguntaban por el mal que la aquejaba hace un mes y el de hace dos.

El yoga como lo entendía hasta entonces era una mera práctica física, le parecía aburrido. Por retarse y por tener una disciplina deportiva empezó a practicarlo: “Era mi momento de paz, mi escape”. Con el tiempo se fue dando como un talento natural. Amigos y conocidos, sin que ella lo buscara, le pedían practicar con ella. Terminó dando clases en el Parque El Virrey como no lo aconsejaría: empíricamente.

Seguía con su oficina de arquitectura -en el mismo lugar que hoy es su centro de yoga, Neutra Bienestar-, pero decidió certificarse en Hot Power Vinyasa con Fred Bush. El segundo día tuvo una lesión y esta dificultad física le permitió concentrarse más en el camino al ser. Fue una revelación para ella. Se podía hacer yoga sin tener que realizar una sola de sus posturas o asanas: “No hablo de la práctica en el tapete, sino el camino a la divinidad que hay en uno, la unión con el universo. Incluso estás en yoga cuando te tomas el café siempre y eres consciente de tu ser”.

Soler recoge el mat al final de la clase. Se suelta el pelo, brillante y liso. En el primer piso de Neutra Bienestar hay cerca de treinta personas meditando. El meditar es uno de sus sellos. Fue esa parte del yoga, la que ella considera que la ayudó a superar el cáncer de piel que le diagnosticaron hace seis años: “Entender el movimiento de la energía me ayudó a la práctica consciente del yoga, que el cuerpo no necesita nada, es mi mente la que necesita alimento”.

Le hicieron cuatro cirugías y ella, por su cuenta, practicaba meditación y yoga todos los días. “Los tumores que quedaban se fueron. La gente se sorprendía al ver cómo era de fuerte”. Con la práctica de respiración, asegura, las personas no dejan que la emoción les gobierne, “sigues tu corazón para tomar decisiones más acordes con lo que eres”.
Opina que el yoga no se trata de religión, ni de devoción, ni de ser vegetariano. Es la consciencia de sí mismo y todos, con sus limitaciones, fortalezas o incluso durante las peores enfermedades, pueden hacerlo.

María Isabel Ortega y Bryan Dawson
“Es un buen momento para el yoga”

Fue un año lleno de malas noticias. María Isabel Ortega había enviudado, vivía en Canadá con sus dos hijas y enfrentaba un cáncer de mama. En esa misma época conoció a Bryan Dawson y con él conoció el yoga. Las quimioterapias terminaron y aunque el cáncer ya no estaba, Ortega se sentía débil.

Aquí es donde el yoga empezó a cambiarlo todo. Iba a las clases, con el esfuerzo físico y mental que implicaba para ella, y con cada exhalación, con cada gota de sudor, sentía cómo su cuerpo se limpiaba tras un tratamiento tan agresivo. También incorporó a su rutina la meditación y una dieta con menos alimentos procesados, de origen animal y más jugos verdes.

A las pocas semanas pudo regresar a su trabajo. Se sentía fuerte de nuevo. Pero algo seguía faltando. Con el tiempo se dio cuenta de que no quería una vida dominada por el trabajo y decidió regresar a Colombia y junto con Dawson, su nueva pareja, abrieron un centro de yoga distinto a todos los que conocían: H3 Wellness Center.

Bryan Dawson, próximo a cumplir 60 años, y Maria Isabel Ortega se conocieron cuando ella estaba enfrentando un cáncer de mama. Ahora dirigen el estudio H3 Wellness Center

Empieza la clase de Halo–Hatha Hot-Yoga de la mañana. El estudio tiene paredes recubiertas con bloques de sal (“halo” significa “sal” en griego) y paneles que calientan los cuerpos, no el aire. Se respira como al estar junto al mar y el calor es más moderado que en una clase de Bikram. Dawson, quien dirige la clase, asegura que al inhalar estas pequeñas partículas de sal se reducen inflamaciones y se aumenta el paso de oxígeno en la sangre.

Los practicantes se encuentran ahora en la postura del Muerto, una de las más importantes, ya que es el momento de soltar todas las tensiones, mientras se hace consciencia del cuerpo y la respiración, “solo con estar en esta postura mientras estás respirando la sal, ya tienes beneficios para el cuerpo”, dice Ortega después de la clase.

Este estudio es el proyecto de vida de esta pareja. “Hasta duermen aquí”, dice Salomé, una de las hijas de María Isabel Ortega. Ellas también practican yoga y meditación, “a diferencia de otros niños tienen menos estrés y se enfocan mejor en sus trabajos académicos”.

Construir comunidad es quizás el objetivo más importante de H3 Wellness Center. Es esa camaradería cuando termina una clase, el interés por saber qué hay más allá de una postura y el intercambio de experiencias. “Llegamos en un buen momento, la gente es más consciente de su salud”, afirma Ortega. Incluso ofrecen clases exclusivas para adultos mayores, pues creen que “el yoga es para todos”. O como dice Bryan Dawson al dar las instrucciones para una asana: “Eventualmente vas a llegar aquí. Y cuando digo eventualmente, significa que pueden ser años de práctica”. Así que no hay prisa.

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