Cuando volar era para los pájaros, Knox Martin asombró a Barranquilla

Este pionero norteamericano llevó a la aviación a la costa atlántica. Sus vuelos, que asustaban a la gente, impulsaron el despegue definitivo de esta actividad en Colombia.

Revista Diners de noviembre de 1989. Edición 236

Hace noventa y ocho años años, William Knox Martin entretenía y angustiaba a los barranquilleros con las cabriolas y morisquetas que hacía en el aire. Desde su pequeño monomotor Curtiss, ensamblado en la ciudad, resolvió realizar escalofriantes maniobras que exasperaban a la multitud y exigían no solo mayor prudencia sino respeto por la comunidad. ¡Qué tal que se cayera el aparato sobre la gente que se agolpaba curiosa por el Camellón para verlo pasar! ¡Cuán desafiante era, por entre las dos tres de la iglesia de San Nicolás!

“¡Qué animal!”, gritaba la gente. No cabía otra expresión. “¿Qué necesidad tiene ese muchacho de cometer semejantes locuras, ah?” “¡Las autoridades tienen que tomar cartas en el asunto!” Abusaba ya de su intrepidez, y daba rabia, además, que se burlara de todos con su con su habitual desparpajo y aquel simple “Never mind!” con que remataba su explicación.

William Knox Martin, de 24 años, había llegado a Barranquilla a fines de 1918. Trajo cartas de recomendación de Carlos Obregón, a quien había conocido en Nueva York, durante una exhibición de aparatos aéreos en la cual Martin participaba con éxito.

William Knox Martin, a bordo de su Curtiss “Bolívar”, escribió las páginas iniciales de la aviación colombiana. Foto: Archivo Diners

Aquellas recomendaciones iban dirigidas a tres amigos suyos: Mario Santo Domingo, Arturo de Castro y Ernesto Cortissoz, tres personajes barranquilleros que ocupaban destacadas posiciones en el comercio, la banca y la industria y quienes irían a constituir poco después una Compañía Comercial de Transporte del Correo Aéreo.

Por supuesto, era todavía una propuesta insólita, aunque existían antecedentes, Víctor Dugand, otro protagonista y mecenas de esta gesta del aire, había auspiciado los primeros vuelos que realizara en 1912 el aviador canadiense John Smith.

La idea y los planes de Knox Martin despertaron cierta curiosidad. Los fracasos del piloto Smith y el poco interés que inversionistas locales pusieron al entusiasmo del señor Dugand influyeron también en los objetivos del aviador norteamericano que trataba de convencer a posibles socios para fundar una empresa semejante. William había estado en Alaska, Canadá, Centroamérica, Panamá y Venezuela, y hasta la China había volado con el mismo ímpetu con que se había consagrado a su profesión durante la Primera Guerra Mundial, con energía y valor reconocidos. Si Montgolifer, Drumond y los hermanos Wrigth eran leyenda en la tradición de la conquista del espacio, William Knox Martin no estaba muy lejos de convertirse en otro mito.

Knox Martin se instaló en la Pensión Inglesa. Realizaba constantemente vuelos sobre la ciudad, dictaba conferencias, exhibía su aparato en el foyer del Teatro Municipal o del Colombia, y viajaba a Cartagena, La Ciénaga y Santa Marta.

Inspeccionó todos aquellos lugares que encontraba fáciles y prácticos para establecer su “correo aéreo” y las líneas regulares que se podría poner a funcionar. En ese tiempo conoció a Isabel Vieco, una linda muchacha de la alta sociedad barranquillera. Asombraba a las gentes y al vecindario cuando resolvía pasar casi rozando el techo de su casa en el callejón de California, entre San Blas y San Juan, para lanzarle ramos de rosas, claveles y gardenias. A pesar de la oposición de los padres de Isabel, se casaron con todos los respetos del caso. En Barranquilla también nacieron sus dos hijos varones: William Knox Jr. y Ernest.

Knox Martin también llevó su “máquina del demonio” a las llanuras del Tolima. Su Raid aéreo sobre el Espinal y Girardot causó sensación. Foto: Archivo Diners

En l918 acababa de ser delimitado el parque “Once de Noviembre” para que fuese en un futuro próximo el Gran Parque Municipal de Barranquilla. Aquel vasto playón del futuro parque fue escogido por William Knox Martin como aeropuerto. Desde allí decolaba. Hacía las piruetas que ya no le dejaban realizar sobre muchedumbres atónitas. Una de tales piruetas, el “looping the loop”, causaba infartos. Y, en medio de una sonora carcajada, Knox Martin, casi a ras, elevaba de nuevo el avioncito y seguía tan campante cabalgando sobre las nubes, por entre las cuales se perdía como cualquier prestidigitador del aire. Era como un relámpago de buena voluntad y camaradería. “¡O.K!, ¡OK.K! ¡Never mind! Repetía mientras le sacaba gambetas al peligro y s embriagaba con el éter de las alturas.

La gesta

Un domingo de junio de 1919 resolvió hacer la excursión que. Había programado con antelación con sus buenos amigos para llevar el correo a Puerto Colombia. Por tren, Puerto Colombia distaba 20 kilómetros desde la Estación Montoya hasta el propio balneario. Dentro de aquel saco iban unas cuantas cartas porteadas. Don Ezequiel A. Rosado, muy amigo también de Knox, gerente a la sazón de la Casa Mogollón, ordenó el sello que habría de ponérsele a las estampillas para justificar el despacho.

El sello fue impreso sobre una serie en circulación con la efigie del general Nariño, por valor de do centavos cada una. Se portearon en ceremonia oficial en la propia Casa Mogollón, y desde allí Mario Santo Domingo, cuyas oficinas de importación y exportación quedaban en la misma Calle del Comercio, llevó hasta el aeropuerto las cartas y postales, que iban dirigidas a respetables porteños y a personajes barranquilleros que pasaba sus vacaciones y veraneaban por esos días en el balneario.

En vuelos de reconocimiento que había hecho Knox Martín, llegando tan sólo hasta Bocas de Ceniza, Arturo de Castro y Ernesto Cortissoz se habían aventurado a acompañarle. Y regresaban no solamente sordos sino destrozados. El vértigo de aquellas alturas, el golpe del aire y oscilaciones del aparato, más las chanzas pesadas de aviador en pleno vuelo, les quitaba el resuello y se apretaban de verdad los pantalones.

¡Eso era-decía guasonamente Arturo de Castro- como Ir volando, agarrado al rabo de una cometa! “¡El cielo es pa´los gallinazos!”. “¿Quién me acompaña?”, preguntó Knox Martin, ya embarcándose hacia las diez de la mañana en su flamante Curtiss. “¡Tú Mario!”. Señaló el piloto a su joven amigo que aún tenía en sus manos la talega. Y sin, saber ni cómo, ni por qué, ni en qué momento, éste subió al aparato. Cuando vino a ver, como él comentaba en un reportaje a quien esta crónica escribe, estaba envainado dentro de aquel aparato de lona.

Dondequiera que llegaba Knox Martin era el centro de atención. Alrededor de su máquina voladora siempre se congregaban las multitudes. Foto: Archivo Diners

En el corto pero largo viaje para Mario, mientras sobrevolaban por la pintoresca Ciénaga de Mallorquín, las Bocas de Ceniza, el Campamento de las flores, La Playa, Salgar, La vuelta al diablo, Knox Martin le iba indicando a su resignado amigo que lo único que veía próximas eran las puertas del Purgatorio, en todos aquellos sitios de incomparable belleza. Inclusive, para que los viera mejor, descendía el avión, lo que le causaba pavor a su pasajero, que se sentía pagando todos sus pecados capitales.

El objetivo

“Puerto Colombia”. ¡Wonderful!”. Abajo los bañistas, saludaban con sus toallas al aviador, quien antes de sobrevolar la plaza donde habría de lanzar la talega con las cartas dio más vueltas todavía por las playas de Miramar y sobre el muelle, donde varios paquebotes y transatlánticos fondeados en la bahía de Cupino celebraron también el acontecimiento.

Como si fuera en picada, Knox señaló a Mario Santo Domingo el objetivo, y dando una ligera voltereta, bajando también la avionetica, se permitió lanzar el correo a la muchedumbre. Se estaba dando en esos momentos un paso gigantesco que nadie apreció en su momento, pero que, poco a poco y conforme la seriedad de los acontecimientos fueron concretando los fundamentos de la aviación, los resultados dieron la razón al visionario que, lamentablemente, no vio nunca el final feliz de sus increíbles y tenaces hazañas.

Paradojas

El 5 de diciembre de 1919, pocos meses después de esta hazaña, se protocolizaba en Barranquilla la Sociedad Colombo-Alemana de Transportess Aéreos (SCADTA). Unos meses antes, en septiembre, en Medellín, otra iniciativa similar establecía la Compañía Antioqueña de Aviación, que habría de llevar más tarde oficialmente, el correo aéreo con todas las de las de la ley. William Knox Martin viajó a Nueva York a incorporarse a los asuntos relacionados con su profesión. Y, en el ejercicio de sus notables empresas, murió a los 33 años de edad.

Pero, paradójicamente, aquel que le había jugado al destino todas las cartas que le proporcionara su ambiciosa carrera profesional falleció el 26 de junio de 1927, víctima de un accidente automovilístico, en una carretera entre su Salem natal y Watertown (estado de Virginia).

Joven aún, emprendedor, visionario y tan barranquillero, pues en verdad, como lo manifestara siempre, ninguna otra ciudad de las tantas que conoció, ni cielo alguno de cuantos oteó en sus increíbles conquistas, le fueron tan afines a sus ternuras como esta Barranquilla de los cielos abiertos, como solía decir él cuando hablaba de la vieja “Arenosa” , donde si bien no realizó el ambicioso proyecto del correo aéreo que anhelaba establecer, se llevó consigo una carta, la más romántica y excepcional de su vida, cual fue su novia Isabel.

Mario Santodomingo y Knox Martin posan después de haber celebrado el histórico vuelo entre Barranquilla y Puerto Colombia. Ambos fueron protagonistas de la historia de la aviación en Colombia. Foto: Archivo Diners

William Knox Martín llevó a cabo una proeza que ciertamente no ha sido evaluada en su verdadera dimensión: la de transmontar los Andes colombianos, llegar a Bogotá y volar sobre la Sabana. También sobrevoló el Campo de Boyacá el 7 de agosto de 1919, justamente la tarde en que se realizaban las ceremonias oficiales conmemorativas de la batalla de nuestra independencia. Mientras los soldados cumplían el ritual correspondiente, Knox Martin, a escasos metros sobre el “puente”, lanzaba desde los aires una corona de laurel.

Cincuenta años después

Al celebrarse en 1969 el cincuentenario de esta aventura, el autor de estas líneas propuso repetir el viaje para rendir homenaje a quienes habían sido protagonistas de la gesta. Knox Martin había muerto. Pero, su hijo William Knox Martin jr., aviador también, vivía en Salem, donde fue localizado e invitado a representar a su padre en esta ceremonia conmemorativa.

Don Mario Santo Domingo, emocionado con la idea, se sumó al homenaje que se rendía al héroe de la aviación, al precursor del correo aéreo, al visionario y tenaz aviador norteamericano con quien había compartido sueños de juventud y alternado en estas ocurrentes maniobras. Aceptó el reto de volver a montar en una avioneta y realizar, manejando el aparato el propio Knox Martin jr., el simpático gesto de repetir el lanzamiento desde el aire de la talega sobre la plaza del balneario de Puerto Colombia, con sellos conmemorativos, representantes oficiales del Ministerio Comunicaciones, Adpostal, autoridades y comitiva oficial, que compartieron el suceso con una copa de champaña y otras celebraciones dignas de la epopeya. Puerto Colombia se vistió de gala. Sólo el muelle abandonado intentaba disimular en la bahía sepultada por arena el triste destino al cual había confinado el progreso.

Un jet de Avianca cruzó el cielo y se perdió velozmente en el laberinto de aquellas nubes que una vez, como cortinas de gasas azules, William Knox Martin fue apartando para solazarse románticamente con el paisaje que le diera a sus fundados caprichos una razón de sobra para diseñar sus metas.

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