María Inés Rodríguez, en las grandes ligas del arte

Diners conversó con la directora del Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), donde se expone actualmente una muestra del artista Óscar Murillo y prepara la primera retrospectiva europea de Beatriz González.

Es sábado, son las diez de la mañana y María Inés Rodríguez ya está lista para responder a esta entrevista, la primera del día, porque luego verá a otra periodista. Sólo le hace falta un té caliente para empezar, que sirve en una enorme taza y que a duras penas le cabe en las manos.

Se acomoda y cuenta sin reservas, pero con una sencillez que sorprende su admirable trayectoria: habla de cómo terminó siendo curadora, a pesar de que iba para artista, también de los artistas —los grandes artistas— con los que ha trabajado, de las prestigiosas instituciones en las que ha estado, de los renombrados curadores con los que ha colaborado, del museo como plataforma para el conocimiento, de su interés por el mundo de la edición, de sus proyectos sobre la mujer, el espacio público, la arquitectura y el urbanismo y de la exposición que prepara actualmente: la primera retrospectiva europea de Beatriz González, que será en el CAPC, el Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos, que dirige desde 2014.

Diners habló con esta bogotana, que se ha convertido en un referente de la curaduría y, sin duda, en una de las más influyentes y destacadas de este oficio marcadamente masculino, pues no sobra decir que es una de las poquísimas mujeres a la cabeza de un museo francés.

¿Cómo recuerda esa época en la que al tiempo que estudiaba artes en la Universidad de los Andes, simultáneamente trabajaba como guía de exposiciones en la Biblioteca Luis Ángel Arango?

¡Viejo momento! —dice entre risas—. De eso hace ya casi treinta años. Fue el inicio normal de cualquier estudiante que completa su formación en un sitio afín y fue importantísimo para mí como artista y futura curadora, porque hacía parte del grupo de la Biblioteca encargado de hacer las visitas guiadas de las exposiciones que hacían ahí y de investigar la historia de la caricatura en Colombia. Entonces aprendí sobre la historia del país y del arte, porque además había una clase semanal con Beatriz González para preparar las visitas.

¿Es decir que inicialmente quería ser artista?
Sí, estudié para ser artista. Hacía video y me fui a Ginebra a hacer un posgrado que estaba enfocado en ese sentido, hablo de principios de los años 90. Ahí ocurrió algo que es muy común hoy, pero en ese momento mucho menos: la necesidad de mostrar el trabajo que hacíamos con mis compañeros de escuela. De esa manera, absolutamente natural y por necesidad, tuvimos la idea de organizar un festival para conocer lo que estaba pasando en Latinoamérica a nivel del video. Tuvo un gran éxito y ahí empecé a darme cuenta de que si queríamos ver el trabajo de otros y mostrar el nuestro, teníamos que hacerlo nosotros.

¿Qué proyectos siguieron después de ese festival?

En Ginebra organicé otras exposiciones, pero la que más recuerdo fue una con José Alejandro Restrepo, porque el tema del video era muy importante en ese momento, así que era interesante mostrar artistas como él, que tuvieran un lenguaje desarrollado y una carrera definida.

Para Rodríguez, Beatriz González está en la misma línea de grandes artistas como Bourgeois, Messager, Merz, y Richard Long. Foto: Andrés Pardo


Luego, se va a París, ¿qué pasa entretanto?

Estando en el posgrado, me gané una beca suiza para hacer una residencia en París durante un año y asistir al taller Christian Boltanski, un artista francés que daba clases en la Escuela de Bellas Artes. Seguí un año más en su taller y decidí quedarme en París, porque fue ahí donde definí que mi deseo era mostrar el trabajo de los otros, más que seguir haciendo un trabajo artístico.

¿Qué sucedió en París para que desistiera completamente de ser artista?

En París seguía siendo artista, pero al mismo tiempo organizaba exposiciones en Europa y en Colombia: ‘Do it’, en el año 96, en la Luis Ángel Arango e invitada por José Roca. Era un proyecto de Hans-Ulrich Obrist, en el que cada artista daba una instrucción para hacer una obra de arte y el que recibía las instrucciones, la desarrollaba. También hice una exposición en La tertulia de Cali, de la obra de Paul Armand Gette. Hacía las dos cosas, pero los dos son oficios muy complejos y hay un momento en el que tienes que decidir cuál quieres hacer bien y decidí hacer el de curaduría.

¿Hay algo que define ese momento, esa decisión?
Todo en mi vida se ha dado de una manera muy fluida y voy siguiendo el flow… Tenía esa posibilidad de escuchar a los artistas y sus necesidades para hacer su proyecto, de ofrecerles los espacios. Entonces fue algo muy natural, nunca fue una decisión de sentarme a pensar: ¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Artista o curadora? Nunca fue así y no siento ninguna tristeza de no ser artista, ni ningún trauma por haber cambiado de oficio, fue totalmente lógico.

¿Es decir que sus conocimientos como artista le han aportado a su trabajo como curadora?

Claro, porque la manera como trabajo con los artistas es también muy fluida, de conversación, de intercambio de las ideas, de ver de qué manera puedes ayudarle al artista a lograr su objetivo y a terminar su obra o su exposición.

Hablemos de ‘Bogotham City’, un proyecto que hizo en París y que en el título hace una referencia a Ciudad Gótica (Gotham City), de Batman.

Era un proyecto que la Embajada de Colombia en Francia. Querían buscar un espacio para hacer algo con artistas colombianos y yo les propuse que, en vez de gastar dinero alquilando un espacio, yo hacía una selección de artistas y esos artistas se los proponía a mis colegas que trabajaban en museos en París, para que cada uno de ellos integrara en su programación a esos artistas y todo se materializara en una revista que se llamó ‘Bogotham City’.

Entonces fue como un año Francia-Colombia, pero precursor o adelantado a su época. Ahí participaron Gabriel Sierra, Ana María Millan, Andrés Sandoval, Juan Manuel Echavarría, Jorge Franco, Armando Silva, entre otros. Y la revista estaba distribuida en todos los sitios importantes de arte y con ella, la gente tenía una visión diferente de lo que era Colombia.

¿Por qué decidió hacerlo así y no en una muestra conjunta?
Porque no quería hacer algo muy ghetto: todos los artistas colombianos juntos, sino que más bien quise relacionarlos con otros artistas de cualquier parte del mundo que tuvieran una sinergia y un diálogo en su trabajo, sin limitarlos a su geografía o al lugar donde nacieron. Y claro es muy importante el lugar donde nacemos porque todos venimos de alguna parte, como dice la canción, pero el venir de un lugar específico no tiene que condenarnos a ser solamente identificados como la persona que nació en ese lugar en particular, además no todos vivimos en donde nacimos, entonces hay que tener la oportunidad de poder ser alguien más que el o la colombiana de turno. Creo que hay que lograr trascender eso.

En ese sentido, ¿alguna vez ha sentido como un imperativo el trabajar con artistas colombianos por el hecho de ser colombiana?
Creo que un artista es un testigo de su tiempo y me parece muy importante poder comprender, pues vivimos en un mundo en el que lo real es muy complejo y hay artistas que nos hablan con una clarividencia sorprendente sobre los puntos frágiles de nuestra sociedad. Así que me parece muy importante poder trabajar con artistas así y con los que comparto ideas. Ahora que dirijo un museo, creo más que nunca que un museo es una plataforma para el conocimiento y para las ideas; en ese sentido me desligo mucho de la referencia geográfica porque creo que hoy en día nuestros conflictos son muy universales, cuando ves desplazamientos de gente, no es algo que solamente ataña al pueblo colombiano, también a Siria, a Kosovo, hay gentes que se mueven por el mundo muy a pesar de ellas y hay artistas que están hablando de eso.

A propósito, hoy se destaca mucho la presencia de artistas colombianos en instituciones extranjeras, pero alguna vez la oí decir: “es importante estar en museos internacionales, pero es más importante que nuestros artistas estén en nuestros museos”, hablemos de esa afirmación.
Cuando dije esa frase me refería a un contexto muy particular: a la necesidad de que las colecciones de nuestros museos en Latinoamérica y podría decir de nuestros museos en Colombia puedan ser el reflejo de la creación contemporánea colombiana. Es esencial que sepamos quiénes son los artistas que están trabajando, que las instituciones se den cuenta de la importancia de coleccionar la obra de los artistas; es decir, de pagar por esto.

Desde hace varios años las grandes instituciones internacionales, como la Tate, el Guggenheim, el Metropolitan y el MoMA han creado sus departamentos de arte latinoamericano, con un curador dedicado y con fondos; entonces si existe el interés en estas instituciones por la creación latinoamericana, es muy triste pensar que nuestros museos locales no tienen esa conciencia y no asumen lo que implica esa responsabilidad, porque un museo es ante todo una colección.

¿Cómo fue la experiencia de ser curadora independiente: de encontrar los lugares donde trabajar, de crear un nombre, de consolidarse?
En París hice mi carrera de curadora independiente. Es un oficio que ya estaba muy definido en la época, a pesar de que había pocas escuelas de curaduría. Yo pertenezco a una generación que no estuvo en esas escuelas, sino que estudiamos otras cosas y llegamos al oficio por las circunstancias de la vida, para luego profesionalizarnos nosotros mismos. El trabajo del curador independiente es un trabajo que implica una gran precariedad y muchísimo esfuerzo: tienes que preparar y proponer tus proyectos, tener una gran movilidad y capacidad de adaptabilidad, y pasa que a veces desarrollas varios proyectos al mismo tiempo.

O sea, es ser freelance. La palabra independiente es muy linda, pero es bastante difícil, a veces te contratan para manejar proyectos que ya están planificados y eso no es nada fácil. Aunque reconozco que tuve suerte de poder desarrollar siempre los proyectos que proponía sin que fueran modificados por las instituciones que los recibían, siempre logré hacer respetar la integridad de mis proyectos.

Después de París se va al Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, en España, ¿cómo fue esa experiencia?

Viví 14 años en París, no es que vaya saltando de aquí para allá como una pulga —se ríe mientras lo dice—. Agustín Pérez Rubio me propuso ser la curadora jefe del MUSAC y vi ahí la gran oportunidad de concretizar ciertas ideas y desarrollarlas a largo plazo. Con él desarrollamos una gran complicidad de trabajo y fueron tres años increíbles de desarrollar un programa coherente a nivel de exposiciones, de educación y de programas públicos.

Hablemos de “CGEM: Apuntes sobre la emancipación”, un proyecto que tenía esta frase como faro de ruta: ¿para dónde voy, cómo voy y con quién quiero seguir?
El laboratorio 987 era el espacio de jóvenes artistas del MUSAC y decidí continuar allí con un proyecto de investigación acerca de la emancipación, a raíz del libro Le spectateur émancipé, de Jacques Rancière. Invité a un grupo de artistas que no sólo se dedican a las artes plásticas, sino que se han comprometido socialmente de alguna manera con la educación o con el debate de las ideas y que podían responder a qué es la emancipación.

Entonces ahí estuvieron Andrea Echeverri, Carla Fernández, Carolina Caycedo, Adriana Lara, Isabel Carvalho, Julieta Aranda y Judi Werthein, y logramos una exposición que fue una especie de exposición manifiesto, en la que mostramos que el feminismo es una forma de emancipación a todo nivel y que no concierne sólo a las mujeres, sino a los hombres también. Además, el catálogo era un cuaderno diseñado por Isabel, que tenía una parte dedicada a las artistas que estaban en la exposición y unas hojas en blanco para que el que tuviera ese cuaderno tomara sus propios apuntes sobre lo que es la emancipación.

Y luego llega a México a trabajar en el Muac (Museo Universitario de Arte Contemporáneo), ¿cómo fue ese cambio de Europa a Latinoamérica?
El Muac es el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), para ese momento era un museo joven, que sólo tenía seis años y fue un reto importante el poder trabajar en Latinoamérica, porque además este museo pertenece a una de las universidades más grandes del mundo. Fue una experiencia muy enriquecedora, en la que comprendí principalmente que el museo en la educación tiene un rol muy importante. Por otro lado, fue un proyecto clave que se dio en un momento definitivo en mi vida para formalizar mejor cuáles son mis intereses del trabajo en el museo.

Alguna vez la oí citando esta frase de Hans-Ulrich Obrist: “es muy importante marcar tu momento en una institución”, ¿por qué es tan importante esto para usted?

Cuando estás en un lugar y tienes la oportunidad de crear un programa coherente, es importante que tu impronta quede ahí, porque eres tú quien define por dónde va a ir el museo y su colección. Así que creo que en la medida en que logres hacer un programa sólido y coherente, vas a dejar allí tu pensamiento.

La exposición Estructuras Resonantes, del artista colombiano Óscar Murillo hace parte del programa Satélite, coproducido por el Museo Jeu de Paume, París. Foto: Fréderic Deval

¿Qué proyectos recuerda particularmente del MUAC?
Una exposición con Yona Friedman, un arquitecto húngaro que tiene un poco más de 90 años y en colaboración con la Facultad de arquitectura desarrollamos un proyecto acerca de su obra y su pensamiento. También un proyecto importante con el artista colombiano Nicolás París sobre educación, otro de escultura sobre la problemática de Ciudad Juárez, con Teresa Margolles, que es una artista mexicana, una de las mejores en este momento y una gran retrospectiva de Carlos Cruz Diez, curada por Maricarmen Ramírez, una pensadora fundamental para Latinoamérica, de la que he aprendido muchísimo y le rindo homenaje cada vez que puedo.

¿Fue en ese momento cuando hizo ‘Tropical Papers’?
No, fue mucho antes. ‘Tropical Papers’ surge en 2002 con la idea de crear mi propia Editorial, porque siempre me ha interesado trabajar el libro de artista y las ediciones. Desde el comienzo de mi carrera hice muchas exposiciones con revistas, que pueden circular por todas partes. Tengo una colección importante de fanzines, de revistas, de ediciones de artista y el primer proyecto fue una serie de postales de artistas de diferentes países y después hubo una pequeña revista que se llamó ‘Tropical paper’, que fue el número cero y el único que existió. Luego, en 2013 ‘Tropical Papers’ se volvió el nombre de mi sitio web.

¿De dónde viene este interés por las ediciones y las revistas?
De la posibilidad que da un fanzine o una hoja de papel de estar en todas partes, de cómo una exposición puede estar en una hoja de papel y cómo esa hoja de papel puede ir… Es la imagen, la metáfora de esa hoja de papel que va y vuela por todas partes y que permite que el trabajo del artista no se vea limitado sólo a un lugar físico de exposición.

Y luego llega al CAPC – Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos. ¿Cómo es que llega esta invitación de Alain Juppé, alcalde de Burdeos, para dirigirlo?

No fue una invitación, fue un concurso internacional, con personas que se presentaron de diferentes partes, cada uno presentó un proyecto, un jurado de 15 personas, entre los que estaban la directora de los Museos de Francia, del Ministerio de Cultura, de la Drac, que es la dirección regional, tres directores de museos, la dirección de asuntos culturales de Burdeos y Alain Juppé, que presidía el jurado. Hubo entrevistas y aceptaron el proyecto que presenté.

¿En qué consistía el proyecto con el que ganó ese cargo?
Es un proyecto de cómo hacer que el Museo sea una plataforma para el conocimiento, con un interés por la educación y que transmite unos saberes, gracias al trabajo de los artistas. También planteaba que en vista de que el Museo está en Burdeos, en el Atlántico, entonces vamos a mirar el mundo desde donde estamos, desde este puerto hacia fuera. Sin olvidar que para esta ciudad el intercambio comercial siempre ha sido importante y que además el edificio mismo del CAPC es un testimonio de eso porque era un depósito de las mercancías que llegaban de las colonias. Entonces era un proyecto para que nuestro programa refleje lo que es el mundo hoy.

Desde que lleva las riendas del CAPC, han pasado por allí las obras Franz Erhard Walther, Alejandro Jodorowski, Judy Chicago, Leonor Antunes, Rosa Barba, entre otros, y recientemente se presenta allí una exposición de Óscar Murillo y en noviembre se verá una gran retrospectiva de Beatriz González, cómo surgieron estas dos exposiciones?
Son dos proyectos que se inscriben en el año Francia-Colombia. La exposición de Óscar hace parte del programa ‘Satélite’, que coproducimos con el Jeu de Paume, en París, con un curador invitado cada año, que esta vez es Osei Bonsu y fue él quien propuso a Óscar. Es una instalación que está muy relacionada con el trabajo, con el mercado del trabajo y con la dificultad del trabajo para los inmigrantes. Y con respecto a Beatriz, desde el momento en que llegó la invitación para que participáramos en el año Francia – Colombia, para mí fue una evidencia pensar en proponer una retrospectiva de ella, que es una de las artistas vivas más importantes de Colombia. Entonces después de Burdeos, la muestra irá al Museo Reina Sofía, en Madrid, y después irá al Kunst-Werke, en Berlín, donde terminará la itinerancia.

Usted será la curadora de esta exposición, ¿qué significa trabajar con Beatriz?
Es su primera retrospectiva en Europa, así que es un trabajo importante de conocer mejor al artista, de intercambiar ideas sobre cómo se va a enfocar la exposición y cómo se van a mostrar las obras para que el trabajo sea entendido y el público se dé cuenta de la universalidad de su pensamiento.

Es decir que hace unos años fue su maestra y ahora usted será la curadora de su primera retrospectiva en Europa…

Ella siempre ha contribuido mucho a la historia del arte en Colombia y de las ideas, creo que independientemente de que yo haya sido alumna de ella en esos talleres de la Luis Ángel Arango, esta es una exposición que de todos modos habría hecho en algún momento por lo que representa como artista y por todo lo que le ha dado a generaciones y generaciones de artistas, de educadores, de museógrafos y de historiadores. Sobre todo porque la nave central del CAPC es un lugar que ha visto pasar por allí artistas realmente fundamentales en la historia del arte, como Louise Bourgeois, Annette Messager, Mario Merz, Richard Long, y me parece que Beatriz es una artista que lógicamente entra en esa línea de artistas.

María Inés, para terminar: ¿qué es un curador?

Un curador es un catalizador de información, de energía, de ideas, que crea el contexto necesario para que un artista pueda desarrollar sus ideas y concretizar sus proyectos a través de una obra, de una exposición, de un libro, de un gesto, de un performance.

Hay algo que no puedo dejar de preguntarle: ¿A qué horas vive María Inés?
Me hago la pregunta y cuando tenga la respuesta, se la contesto.

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