Coello: el Macondo de Alvaro Mutis

Su mundo literario no está ligado de manera tan clara a este pueblo tolimense como Aracataca lo está para García Márquez. Sin embargo, cuando Alvaro Mutis intenta explicar la idea de “felicidad” el Coello de su infancia es escogido invariablemente como el sinónimo perfecto.

Revista Diners de diciembre de 1998. Edición Número 345

Coello, hermosa palabra a la que algunos ociosos “italianizan” convirtiéndola en “Coelo”, es un lugar que son dos lugares: Coello es el sitio donde se encuentran, irónicamente, una fama planetaria y un olvido nacional; es el espacio en que las palabras poéticas han demostrado su carácter, su erotismo y su condición de salvadoras, pero donde la realidad ha puesto de presente su inmisericordia cruel, disfrazada de malos gobiernos y vandálicas administraciones regionales a las que les importa un higo nuestra riqueza, nuestro talante y nuestra memoria; Coello es la tierra tolimense desde la que se dispara la obra poética de Alvaro Mutis, pero es también un caserío lleno de necesidades y urgencias primarias, prosaicas y meticulosamente reales.

Para los equipos periodísticos extranjeros que hace ya varios años viajan hasta allí, queriendo capturar con sus cámaras, sus libretas y filmadoras la huella de Maqroll el Gaviero, Flor Estévez, Abdu Bashur o las enigmáticas Larissa e Ilona, es como hacer el viaje que divide a la realidad del deseo: en este caserío nada encuentran de la estirpe apasionada que nutre las páginas de Alvaro Mutis y su trabajo se limita entonces al impasible registro de una aldea tropical liliputiense plagada de mariposas anaranjadas, habitada por aproximadamente 3.500 personas -entre el casco urbano y la porción rural- y bañada por dos vigorosos ríos, el Cocora y el Coello, que siempre están amenazando con desbordarse y exterminar lo poco que el hombre ha construido durante cerca de cien años.

Allí no resulta difícil encontrar las piedras, los rincones y los montes donde en su juventud “el joven Alvaro” pasaba, año tras año, unas vacaciones destinadas a labrarse con fuego en su memoria, y durante las cuales, sintiendo los primeros rigores de una vocación poética ineludible, aprendería a leer el alfabeto sabio, vidente, lúdico y primordial de la naturaleza.

Alvaro Mutis, a los siete años aproximadamente, en su querida finca de Coello.

Coello era entonces una hacienda esplendorosa, paso forzado para los colonizadores, comerciantes, utopistas, guerreros, fundadores, agrimensores, aduaneros, aventureros, traficantes de especias, o leyes, o ilusiones, que iban y venían de la cercana población de Armenia. Son muchas las piezas poéticas que en distintas etapas de su itinerario Alvaro Mutis escribe para exorcizar la nostalgia y el influjo de Coello, aunque a la postre termine por declarar que no existe un solo rescoldo de su obra detrás del cual no palpite y asedie aquella geografía inquietante: poemas y fragmentos novelísticos azotados por el viento tibio, las estrellas útiles y altaneras, los sonidos anteriores a todas las amarguras y pecados, la intrincada flora y fauna y, corolario estremecedor, humanas que se integran con naturalidad a ese paisaje, y las que atacan, como trincheras para engañar a la muerte y el olvido, unas esplendorosas mujeres, elementales y la vez venerables, eróticas y maternales, beatificas pero devoradoras.

La casa de Mutis, aunque blanco de todas las miradas, propulsora de mentiras y leyendas y santuario de un cada día más nutrido peregrinaje mítico-cultural, está a pedazos y la operación sencilla de caminar por su segunda planta resulta un desatinado y sui cida acto de circo. Nada hay ya de los lujos y el bienestar pretéritos en los que doña Carola de Mutis y sus dos hijos, Alvaro y Leopoldo, desarrollaban sus vacaciones, salvo las palabras apasionadas de su actual dueño, Guillermo Galindo, ibaguereño de 36 años empeñado en que alguien le pare bolas y le colabore para reconstruir, desde los casi escombros en los que hoy se encuentra, el palacio de las ensoñaciones del hombre más importante que ha pisado Coello duran su larga y adversa historia.

Pero Galindo no ha logrado, hasta la fecha, absolutamente nada, y ya hasta se acostumbró al escozor intimo que siente cada vez que, con gesto de ansiedad suprema emoción, algún “mutisiano algún erudito en literatura universal, algún reportero o extranjero venido de muy lejos, llega hasta para solicitarle que le abra las puertas y le enseñe los rincones de aquel recinto en total decadencia, paradójicamente tan cotizado como para que se le nombre en las más exigen tes universidades, y se hable de él en inglés, francés italiano, árabe, ruso, chino o alemán.

Durante las últimas semanas, viéndose en graves aprietos económicos, Guillermo optó por alquilar una buena parte de la casa a una sociedad de galleros, que han instalado en ella un pequeño escenario para que cada sábado vuelva a cumplirse ese ritual latinoamericano plumas, sangre y codicia de la pelea de gallos. No parece lo más indicado -afirma con una sonrisa Guillermo Galindo paseándose por entre las jaulas de las siempre coléricas y pendencieras aves-, pero nadie puede echarme la culpa, cuando ni los gobiernos se acuerdan de las cosas tan verracas que representa esta casa. Mire, señor, Coello, hace 50 ó 60 años, como no cesan de recitarlo los más viejos, fue la pura grande za…, no era como usted lo está viendo ahorita, sino algo tan diferente que hasta tenía otro clima: no hacía calor sofocante sino tanto frío que los gallinazos morían petrificados en las ramas de los árboles. El primer dueño de la casa se llamó Efraín Jiménez quien se vendió a Gabriel Millán, quien a su vez se la vendió doña Carola viuda de Mutis. Ella era una dama más bien europea, hermosa y simpática según cuentan, y en las vacaciones venía con sus dos hijos que eran muy inteligentes pero a la vez muy soñadores, y tan inquietos y sedientos de aventura que, como no cesan de afirmarlo las malas lenguas, quedan por estos lados algunas de sus novias furtivas.

Y después concluye Guillermo, meneando la cabeza como si no pudiera creer lo que está afirmando: eran tiempos de esplendor, la hacienda tenía 22 partieros o arrendatarios que vivían con sus familias y se dedicaban, principalmente, a partir panela y moler azúcar era un lujo ver las caravanas del comercio, su felicidad su optimismo llevando por lo menos 30 cargas diarias de panela, y carne de res, y carne de cerdo y carbón y leña y materiales finos de río. Parece fantasia ¿cierto? Ahorita isla que que le regala la civilización es el temblor de estas casas modernos, las enormes tractomulas que fatigan las distancias entre Ibagué y Armenia, o puntos más distantes de nuestra geografía. Pasan y ni nos ven no se detienen Muy pocos paran aquí, ¿sabe? Lo mismo ocurre con los gobiernos regionales: para nosotros, por ejemplo, en actualidad los préstamos son casi nulos. Por eso señor, reconstruir los elementos de la juventud de un hombre famoso como Mutis es quizá la última de las esperanzas.

Una verdad llamada Coello…

Es posible que, de continuar la negligencia oficial hacia el significado que tiene Coello para la literatura colombiana, así como la necesidad “verista” de sus pobladores de ser tenidos en cuenta, todos acaben allí por olvidar quién diablos es un señor llamado Alvaro Mutis Ya en la actualidad son muchos los hijos de esta vereda trabajados por la ignorancia o la amnesia; hombres y mujeres que, atenazados por cruentas rutinas laborales más o menos 35% de ellos deben desplazarse cotidianamente hasta Ibagué para encontrar un sustento no tienen tiempo para sutilezas líricas, y son incrédulos, retraídos, desdeñosos y en gran medida desesperanzados.

No obstante, hay un grupito vigoroso empeñado en perpetuar y fortalecer a Coello como una suerte de “Jardín pre-historico de Maqroll el Gaviero”, sabedores de que con eso, posiblemente, estarían subsanando el olvido interminable y publicitando esa región para que en ella vuelva a creerse e invertirse: es el caso de los profesores Juan Gómez y Cesáreo Atuesta, rector y coordinador del Instituto Educativo Antonio Nariño centro de enseñanza primaria y secundaria de Coello duchos conocedores de la obra poética y novelistica de Alvaro Mutis, amantes empedernidos de las imaginarias Ilona y Larissa, empeñados en contarle al mundo la urdimbre secreta, el hilo de Ariadna que une la fición de esos poemas y esas pequeñas novelas con la realidad más tosca de la población en la que les tocó en suerte nacer, vivir, amar y seguramente morir.

Juan y Cesáreo se han entrevistado con amigos de Alvaro Mutis, escritores y poetas, filósofos y filólogos, antropólogos e historiadores, alcaldes, políticos, camajanes, lagartos y burócratas, para descubrir la forma de que todos sepan que sin Coello este gran artista habría sido otro hombre, y habría amado con otro estilo y escrito ficciones del todo distintas. Hace poco, en lo que creyeron se constituiría en una primera victoria de su cruzada lírica, se asociaron con el novelista libanés Carlos Orlando Pardo con la finalidad única de poner le al colegio que comandan “Instituto Nacional Alvaro Mutis”, pero el azar les jugó una mala pasada y faltando exactamente siete horas y 26 minutos para que s consumara el hecho, una ley de la república prohibió poner el nombre de celebridades vivas a algo.

“Mutis es el arma que tenemos contra la negligencia de nuestros gobernantes -dicen al unísono Gómez y Atuesta-, podría ser la fuerza propulsora para que se nos brinde una ayuda que hace décadas estamos necesitando. Por eso nosotros, en cada clase, cada sesión solemne o cada acto de alguna importancia, les recordamos a nuestros alumnos su historia, su obra, sus fantasmas y obsesiones…, ellos deben tener siempre presente que aquello representa la riqueza de un territorio al que fuerzas extrañas pretenden condenar a pobreza”

Sí: aunque este Coello dista mucho del que aparece en las ficciones de Alvaro Mutis, no deja de poseer cierta latencia y belleza que recuerdan a quien lo visita su recóndito linaje, como les pasa a las mujeres hermosas, cuando, en el otoño de su vida, a pesar de la devastación de los años, conservan en ciertos rasgos y en el brillo de los ojos la seña indeleble del encanto. Tiene un hospedaje sofocante de siete habitaciones tres ventiladores, dos escuelas y veredas de nombres sugestivos como San Simón, Llanitos, Morochusco, San Francisco, Parte Baja, Charcorrico, Cañadas, La Loma, La Huerta y El Espectro; tiene seis tiendas dos restaurantes -el Tolimense y Monterrey- y una inspección de policía de las pocas en Colombia donde siete agentes y un suboficial pueden soñar con morir de viejos; posee siete playas para bañistas dichosos y un montallantas y una cueva famosa por sus aparecidos duendes, y un puesto de salud casi sin enfermos, y una cárcel sin presos, y una oficina de Telecom desde la cual no falta el soñador que intenta comunicarse, cada emana, con el palacio presidencial o con algún ministerio, para quejarse o pedir que alguien se acuerde de Coello; cuenta con inmensos sembrados de yuca, cafe y plátano, y docenas de carretillas en las que los trabajadores de río extraen la piedra, la gravilla y la arena con las que embaucan la pobreza y la carencia de mejores empleos, tiene una barroca población de cedros y cauchos y cambulos y guamos y aguacates y carboneros, una iglesia evangélica poderosa, cuya visible influencia se nota en la cabeza de una gran cantidad de mujeres y niñas que han decidido amarrarse para siempre una pañoleta blanca no tiene ganado ni industrias ni supermercados.

Además, existen todavía en Coello algunas pocas personas, como Leopoldina Zapata y Eva de Rodriguez, que conocieron se extraviara en la distante nación de la fama, y lo recuerdan como se recuerda él mismo en sus ficciones: vigoroso, sensual, inquieto, abierto a los más ardientes enigmas de la condición humana, con base en las experiencias vitales que Coello le deparaba cuando llegaba a pasar vacaciones, venido desde ciudades, obviamente más perfectas, pero menos sensuales y mágicas.

Leopoldina, por ejemplo, tiene 77 años, pero todavía está esperando noticias del gran intelectual al principio quería verlo pero ahora, dice, se conformaría con que le hiciera llegar un buen fajo de “verdes”, pues cree que “está tan millonario que no le va a alcanzar la vida para gastarse sus dólares Leopoldina fue la cocinera de la casa principal de la hacienda, y se casó con el mayordomo de entonces, en un matrimonio sólido que todavía existe. Una tarde de hace cincuenta años o más, Alvaro vino hasta ella para despedirse, y le prometió que volvería en seis meses. Ella aún lo está esperando, y no entiende, como no entendía el poeta griego Cavafis, que seis meses puedan durar toda la vida. Son pocos, en realidad, los pobladores actuales de Coello que conocieron a Mutis: unos se fueron, otros murieron, la mayoría nunca tuvo la oportunidad de saber su exacta dimensión, de darle un abrazo o felicitarlo.

Pero se sabe que Mutis volverá irremediablemente, y que una tarde cualquiera los enjambres de mariposas anaranjadas de Coello seguirán su cortejo fúnebre, cuando, según la orden perentoria que el maestro le dio a su hijo Santiago, sus cenizas sean arrojadas, como ocurrió con las de su hermano, al rio Coello para concluir así un ritual de ficción y realidad que durará mucho más que sus protagonistas obstinados…

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