Derek Walcott, por Cobo Borda

El poeta santaluciano falleció recientemente a los 87 años tras una penosa enfermedad. Nuestro columnista le rinde un homenaje póstumo.

DEREK WALCOTT (1930-2017)

Muchas razas, muchos continentes confluyen en los versos de Derek Walcott (1930-2017), Premio Nobel de Literatura en 1992. Nieto de esclavos africanos (golfo de Benin, costa de Guinea). Su padre era un pintor británico y él nació en Santa Lucía, una isla de las Pequeñas Antillas, cuya capital es Claistres.

Pintor, dramaturgo, ensayista y, ante todo, poeta, su libro Omeros, traducido por el poeta mexicano José Luis Rivas, fue publicado en español por Anagrama en 1994, en edición bilingüe de 445 páginas. Guillermo Cabrera Infante dijo: “Omeros es su obra maestra, por la que se le consideró uno de los más grandes poetas del idioma inglés”. Y es verdad. Trata, en versos ondulantes y perfumados, no solo del mar Caribe y sus pescadores, sino de sus piraguas, playas y festividades, emigrantes asentados en sus rocosas laderas luego de haber peleado contra Rommel en África, bajo las órdenes de Montgomery, pero todo ello se ve transpuesto a una dimensión mítica, donde Aquiles y Héctor se pelean por una Helena nativa que también fascina y obsesiona al propio Walcott, viajero por el mundo, de Holanda a Portugal, de las praderas norteamericanas de los siux al retorno a su paraíso natal ahora degradado por turistas insolentes, hoteles, casinos y chillona música de mal gusto.

Pero él tiene el arma de la poesía para redimir ese naufragio a partir de la cotidianeidad de una taberna, una huerta, unas golondrinas y una sibila que predica destinos. Todo lo rige Helena y sus “oblicuos ojos almendrados /de su belleza de ébano”. Preñada sin saber de quién, su inocente naturalidad enloquece a todos los hombres, incluido el mayor Plunkett, epítome del inglés por antonomasia.

La historia y el arte, los combates navales donde ingleses, franceses y holandeses se disputan el reguero de las miles de islas del Caribe ciñen estas estrofas, donde la figura de Filóctetes cojo, con su llaga en la pierna, hace las veces de conciencia trastabillante de esta pequeña y a la vez gran Odisea que Walcott trabajó durante por lo menos tres años, donde el patuá, los arhuacos, los poetas amados, de Shakespeare a Celan y Max Jacob, se unen a chamanes, ensalmos y brebajes para hacer del trabajo un rezo y de la luz, un consuelo bienhechor. Con la muerte de Walcott el mundo se hace más pobre y oscuro.

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