La historia del ladrón más culto del mundo

Stephen Blumberg alcanzó a tener una “colección” de libros robados que estaba avaluada en 40 millones de dólares. Desarrolló singulares estrategias para hurtar los libros y quería que se erigiera una estatua en su honor. Esta es su historia.

Revista Diners de octubre de 1998. Edición 343

En junio de 1992 se resolvió uno de los casos judiciales más insólitos de que se tenga memoria en los tribunales norteamericanos. Se trataba de la condena a setenta y un meses de cárcel para Stephen Blumberg, autor del más grande robo continuado de libros en la historia de Estados Unidos.

El fascinante e increíble ladrón había sustraído y almacenado, hasta el momento de su captura, diecinueve toneladas de libros, varias pinturas originales del siglo XIX y otros objetos de valor artístico.

Pagó su condena en la prisión federal de mínima seguridad de Yankton, en el estado de Minnesota. Nunca se casó. De su familia se sabe apenas que su padre es un doctor que sufre depresiones frecuentes. Su madre y otros familiares enloquecieron por diversas razones, y él, desde muy joven, a pesar de una manifiesta inteligencia, tuvo problemas de adaptación y pasó de psiquiatra en psiquiatra, mientras desarrolló una particular manía por la conservación de lo antiguo.

Su casa, en la cual fue capturado por la policía en marzo de 1990, es una amplísima construcción de estilo victoriano que se yergue frente al río Des Moines, en Ottumwa, pequeño pueblo del al sur del estado de Iowa. Ahora está en ruinas y solo la habita, en el sótano, un anciano de 80 años, Jimmy Hall, a quien el gobierno designó como celador, el cual oficia de guía para los pocos curiosos que la visitan. Estos encuentran en los tres pisos de la edificación, estantes fabricados con madera de pino que cubren desde el suelo hasta el techo todas las paredes, incluidas las de los baños y los sobredinteles de las puertas.

A Blumberg se le comprobaron robos realizados en 327 bibliotecas y museos de Canadá y Estados Unidos. De la universidad de Harvard sustrajo 670 ejemplares y 780 de Claremont College. Se especializó hasta el punto que, siendo escasamente bachiller, logró pasar por profesor de altos estudios. Por ello, cuando sus abogados trataron de defenderlo por supuesta locura, la fiscal, Linda de la R. Reade, mencionó el hecho de que ya las bibliotecas del países hablasen de la “Colección Blumberg” (la cual, durante el juicio, llegó a ser avaluada en 40 millones de dólares)

J. Stephen Huntsberry, rutinario sargento del FBI fue comisionado para indagar acerca de la misteriosa desaparición de preciosos manuscritos de origen azteca que databan del año 1493 y que reposaban en la biblioteca de la Washington State University.

El agente constató que muchos bibliotecarios vivían momentos difíciles, incluso depresivos, Y que se hallaban en estado de sospecha, y casi de coma, por culpa de los desfalcos realizados a los anaqueles y colecciones encomendados a ellos. Pero eran geográficamente tan distantes y temporalmente tan consecutivos los delitos que, según su lógica, se trataba de actos comunes y diversos.

Muy pronto desechó, razonablemente, la hipótesis de un delincuente único. Con todo, ocurrieron nuevos robos que repetían esquemas ya conocidos. Nombres, falsos documentos de identificación, complejos procedimientos, tipos de libros, se reiteraban. Hasta que un día, el ladrón de libros repitió alguno de sus trucos; un guardia lo detectó y avisó a los “federales”. Blumberg alcanzó a darse cuenta de que era seguido; empacó sus tesoros en camiones hacia una bodega, y anduvo por varias ciudades durante algún tiempo, hasta que se sintió seguro, regresó y fue capturado.

Un periodista, Peter Weiss, por su parte, se dedicó a perseguir al ladrón con interés biográfico y periodístico. Tras muchos intentos logró una cita personal con Blumberg en la cárcel pero con la condición de que antes debía conocer la casa del detenido en Ottumwa, y averiguar allí por su vida. Comenzó entonces el recorrido de las entrevistas sobre el personaje, y comprobó que el extraño ladrón se interesaba por la historia. Los temas de su biblioteca comprendían las primitivas culturas indígenas de Norteamérica, la construcción de los ferrocarriles, la historia regional de cada uno de los estados. En la parte del frente de la casa había organizado los textos sobre California, y en el fondo los de Nueva Inglaterra, Y así se paseaba por Minnesota, Illinois, etcétera. En los baños tenía lecturas “para hojear en el inodoro”, y en otros lugares “las cumbres de la literatura”.

Comprobó también que Blumberg podía hablar de ciertos temas históricos con la propiedad de un erudito, y que pensaba que las bibliotecas eran una especie de cárcel de documentos cuyo valor sólo él era capaz de apreciar; que los bibliotecarios eran carceleros, seres represivos y egoístas que escondían las “joyas”, y que desde cuando uno es niño se dedican a callarlo.

Así mismo, Weiss descubrió que había llegado a trucos de alta creatividad. Por ejemplo, para robar de ciertos anaqueles de Bastan pasó una noche oculto, tomó pruebas de cera de las cerraduras de alta seguridad de algunas salas, viajó a Canadá fingiéndose casero de condominios “problemáticos”, regresó y robó.

Blumberg nunca quiso hablar de robos. Prefería referirse a sistemas para la “construcción de colección” bibliográfica y documental. Y que no sólo coleccionaba, leía y valoraba lo más importante, y opinaba en los márgenes, haciendo anotaciones sobre los distintos temas.

Parece interminable la enumeración de trucos para los robos de este cleptobibliomaniático. Pero se trata de un convencido: Weiss logró conocer una carta dirigida al bibliotecario del pueblo que fuera sede de sus felonías. En ella, Blumberg recordaba cómo se había confeccionado una singular gabardina, con bolsillos y cremalleras especialmente diseñados para el robo de libros. La carta proponía que se construyese una estatua suya, al frente de la biblioteca, vestido con el abrigo aludido, para que perdurara la memoria del más grande ladrón de libros conocido.

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