Las dificultades de volver a decir “sí acepto” después de un divorcio

Las altas tasas de divorcio demuestran que la sabiduría convencional está equivocada. Expertos analizan porqué no aprendemos de nuestros errores y cómo podemos enmendarlos.

Revista Diners de enero de 2002. Edición número 382

Somos seres optimistas, especialmente en nuestra aproximación al matrimonio. Pero uno de cada dos casamientos resulta en divorcio. Las encuestas muestran que el matrimonio es el estado más deseado, algo que consideramos necesario para obtener la realización personal.

Si nuestro optimismo nos encauza hacia el matrimonio, aquel es mayor cuando se trata de un segundo matrimonio. A pesar del dolor, la desilusión y el desengaño de un divorcio, la mayoría opta por volver a casarse. El 75% de los acongojados contraen nupcias de nuevo. Si contamos entre los casados en segundas nupcias a aquellos que viven en unión libre, la tasa resulta todavía más alta. Aun así, 6O% de los segundos matrimonios fallan y el fracaso se presenta más rápido.

El divorcio y los segundos casamientos prueban que la sabiduría convencional está equivocada. La experiencia no sirve cuando se trata de volverse a casar. Un matrimonio anterior disminuye las posibilidades de que el segundo funcione. Parecería obvio que los años y la experiencia, sumados a la enseñanza de los errores cometidos en un matrimonio fracasado ayuden a triunfar en un segundo intento. Pero eso es como decir que si se pierde un partido de fútbol, se ganará el siguiente. Se puede ganar, pero sólo si se aprenden nuevas jugadas antes de lanzarse una vez más a la cancha. Un segundo matrimonio puede parecerse a cualquier otro matrimonio: lo contraen dos personas con mucha esperanza, gran cantidad de amor y sexo y el deseo de construir una vida juntos.

Hasta el olor de la cocina se asemeja al de cualquier matrimonio común y corriente. No es imposible que un segundo matrimonio funcione, pero se necesita un esfuerzo combinado.

 

Por qué la experiencia no cuenta

Cuando se trata de relaciones las personas no aprenden automáticamente de la experiencia. Hay algo especial en las relaciones que evita que se reconozcan los fracasos. Una mirada cuidadosa a los matrimonios sugiera para esto:

El amor nos despista

El afán de romance nos induce a creer que la nueva relación es única,, sobresaliente e intensa, y que desafía las leyes de la gravedad y nos llena el firmamento. Pensamos que los problemas son para la gente común y que nuestra relación ciertamente no es común.

El matrimonio nos desvía

El matrimonio contiene una escapatoria psicológica estructural: por ser un evento entre dos, nos permite la conveniencia de pensar que cualquier problema reside en la pareja.

Simplemente escogimos a la persona equivocada la vez pasada. O a pesar de nuestros mejores esfuerzos, la otra persona desarrolló algún defecto crítico de carácter o cierta locura. Nos concentramos equivocadamente en las características de nuestra pareja en vez de analizar la dinámica de la relación.

Pensamos: “Algún día conoceré a una persona admirable y todo será perfecto”. Consentimos la ilusión de que con la pareja correcta los problemas serán mínimos. Las parejas no reflexionan sobre su papel. Dicen: “Yo no voy a volver a cometer los mismos errores”. Pero los vuelven a cometer, a menos que se adentren en lo que ocasionó el divorcio y su papel en el fracaso. Somos criaturas profundamente sociales, y hasta retumbos distantes de una amenaza a nuestro lazo social íntimo son intolerables.

Los conflictos nos confunden

Nuestra habilidad de aprender sobre las relaciones se obnubila precisamente cuando el matrimonio empieza a ponerse difícil, y todos se ponen difíciles. Los conflictos son parte inevitable de una relación, pero muchas personas no tienen idea de cómo resolverlos. Los consideran como una señal de que algo anda mal en la relación y en la pareja, tienen baja expectativa sobre su habilidad para solucionar conflictos y entran
en una especie de alarma. Esto distorsiona la comunicación de pareja aun más y evita aprender de la experiencia.

Los conflictos nos vuelven rígidos

El reproche y la defensa permanentes destruyen todo en su camino y separan aun más a las parejas manteniendo a cada uno concentrado en el otro. Invariablemente los expertos matrimoniales insisten en que, sea el primero o el cuarto matrimonio, las parejas tienden a cometer los mismos errores. En la lista de errores las expectativas irreales ocupan el primer lugar. Resulta normal una disminución de la intensidad en la relación, más eso no constituye señal para el desánimo. Podrá sentirse desilusionado, pero eso abre un potencial para que la relación evolucione hacia algo maravilloso, una jornada de desarrollo hacia un crecimiento adulto. Sólo en relaciones sustentadoras podemos dominar nuestros propios demonios y desilusiones de la vida. Logramos la tranquilidad de saber que nuestra pareja estará siempre ahí, pase lo que pasare, que velará nuestra lucha personal una y otra vez y que nos apoyará. La promesa de una relación duradera se halla en compartir nuestro ser secreto.

Cuando este conocimiento se encuentra ausente, las parejas tienden a empezar el camino del divorcio tan pronto disminuye la intensidad. La felicidad consiste en la proporción entre lo que uno espera y lo que uno consigue. En algunas relaciones resulta indispensable sufrir el choque entre la fantasía y la realidad, si esto no se logra en la primera relación, no será fácil en las siguientes.


Para volver a casarse

¿Por qué resulta tan difícil un segundo matrimonio? La respuesta corta es porque viene después de un divorcio. Las personas divorciadas se encuentran en un estado muy vulnerable. Ellas saben lo que es tener una dosis estable de amor y que las cargas de la vida son más fáciles de llevar cuando se comparten. Pero salieron de eso y están hambrientas, y cuando hay hambre se come cualquier cosa. Los deseos de comodidad y de intimidad profunda los impulsa a casarse nuevamente. Las personas desean volver a entrar en el estado de donde salieron. Las parejas en perspectiva de volverse a casar necesitan construir una relación lentamente. Deben conocerse a sí mismas en conjunto, y por separado, tener tiempo para crear un vínculo como pareja, porque la relación está bajo el estrés de los lazos de cada uno con el pasado. El ejemplo más tangible es el de los hijos de matrimonios pasados.

También necesitan tiempo para llevar a cabo la reorganización cognoscitiva y emocional. Hay que remplazar la imagen en nuestra cabeza de cómo es un hombre o una mujer basado en nuestro ex. Esto ocurre como con los rompecabezas, pieza por pieza, y no como en los computadores, oprimiendo una tecla.


Aprenda a amar la complejidad

Hay más oportunidades de conflicto y desilusión en un segundo matrimonio porque los retos son mayores. Siempre existen cuatro personas en la cama: él, ella y los dos ex esposos. Y eso sin mencionar a los hijos. La influencia de los ex está lejos de terminarse con el nuevo matrimonio. Los ex esposos y ex esposas viven de las memorias, reales o imaginarias, de llevar a recoger a los hijos, de ejercer las necesidades paternales que se tienen que acomodar a los nuevos horarios, especialmente durante las vacaciones y fines de semana. La familia ex, abuelos de los hijos, tíos y primos, continúa en el panorama también.

Reduzca la furia, desfogue la aflicción

Nada mantiene el pasado más firmemente arraigado en la mente ele un divorciado que la ira. Podemos minimizar esa furia encontrando formas de disminuir el impacto de los fantasmas del tiempo pretérito.

A menos que las personas hagan duelo por la pérdida de la relación anterior y la terminación del matrimonio, corren el riesgo de permanecer apegadas disimuladamente a la ex pareja. Aquí se señalan algunas de las fuentes de pérdida que merecen reconocimiento:
La pérdida de una figura por quien sentíamos afecto. No importa cómo nos trataba, perdimos a alguien que era valioso para nosotros. La pérdida de la familia intacta. Todos abrigamos la idea de la familia perfecta; las emociones y la biología nos
acercan a los mismos estrechos meridianos.

Un sentido de fracaso. Un elemento poderoso que contribuye a la vulnerabilidad de un segundo matrimonio es el sentimiento de pena y vergüenza que surge de un fracaso matrimonial, no obstante la negación de cualquier culpa en la terminación del matrimonio. Esto inhibe el sometimiento a la nueva relación y distorsiona la comunicación entre la pareja.

Un sentido de dolor. El dolor es mayor para aquellos que fueron dejados por su primer esposo o esposa. No puede hacerse duelo y acostumbrarse a una nueva relación a la vez. Se debe esperar por lo menos uno a dos años después de un divorcio para volverse a casar.

Cavando en el pasado

Para que un segundo matrimonio sea exitoso, la pareja debe considerar su previa relación y entender su historia. ¿Por que se casó la primera vez? ¿Cuáles eran sus expectativas, sueños y esperanzas?

Deben hacerlo en pareja para desligarse de la relación anterior sentar un precedente para la fundación de la nueva. Esta exploración en conjunto debe incluir una mirada al papel de cada uno en el fracaso anterior.

Este análisis casi nunca sucede. A las parejas les da susto que esta conversación encienda viejas llamas, cuando lo que hace es extinguirlas. También temen que no habrá matrimonio si enfrentamos estos temas.

Una vez que la pareja se ha extrovertido y explorado su pasado, debe involucrar a los hijos en la discusión. Los niños, muchas veces, no entienden por qué la relación anterior fracasó. Se debe hablar con ellos sobre el porqué del anterior fracaso, cómo seguirá el contacto con el padre biológico y sobre los sueños y esperanzas de la pareja para el futuro.

Aclarar las costumbres. En cualquier matrimonio, cada uno, de cierta manera, representa una cultura diferente con tradiciones distintas. Estas tradiciones bastante estructuradas, no son sólo emocionalmente resonantes. Ellas conllevan la fuerza de un mandamiento. El más sutil desprendimiento de ellas puede conducir a la persona a considerarse como una extraña en su propia casa. Una o ambas personas están sujetas a sentirse mal cuando su familia actual hace una celebración equivocada. Es importante que una futura pareja discuta y se ponga de acuerdo sobre qué estilo de rituales va a prevalecer. Aun en los detalles domésticos. ¿Se sirve postre después de la comida? ¿Se permite picar entre comidas? Por supuesto, debe ha hablarse sobre las grandes celebraciones. Negociar fuerzas externas. Las personas que vivían independientes antes del matrimonio generalmente tienen trabajos, amigos, hobbies, que les proporcionan grandes gratificaciones y a los que es difícil renunciar. Las parejas deben resolver cómo se va a manejar esto.

Arreglárselas con los hijos. El 65% de las parejas que vuelven a casarse tienen hijos de matrimonio anteriores. Es el mayor reto y factor de fracaso matrimonial en los dos primeros años.

Todo lo que se necesita es un conspirador activo. No es poco común que la ex esposa o ex esposo jueguen con la ambivalencia y hostilidad que los hijos tienen hacia el segundo matrimonio de sus padres, especialmente al principio.

Los niños se encuentran siempre en un estado de duelo por la familia completa que han perdido. No importa con qué padre se encuentren, siempre falta el otro. Esto los lleva a la depresión, enfado y resentimiento hacia el nuevo matrimonio. Este resentimiento tiene como causa, entre otras, que no cuentan con la misma perspectiva de las razones para que el matrimonio se terminara.

Las personas deben desarrollar una comprensión de los distintos mundos emocionales que ocupan los padres y los nuevos conyugues. El papel del padre no es biológico es crucial, pero debe ser minucioso. En segundos matrimonios exitosos, el nuevo miembro de la pareja se convierte en algo así como un amigo y un padre.

El éxito de un segundo matrimonio está en dejar a un lado el egoísmo. Hay un pasado imposible de borrarse. Por eso, no debe cederse a los celos cortando el contacto en los hijos.

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