El ‘detox’ digital, un remedio para los males de nuestro tiempo

Cada vez cobra más importancia la tendencia en el mundo a “desintoxicarse” del mundo digital. La editora web de Diners lo puso a prueba y este fue el resultado.

Cuando despierto cada mañana, antes del amanecer, estiro un brazo (con la dificultad que implica salir del calorcito de la cama y enfrentar el helaje de la madrugada capitalina) y, con la naturalidad de un movimiento interiorizado hasta el punto de reflejo, reviso mi celular.

Primero miro la hora. 5:30, 5:45, 6:10. Abro Facebook. Me indigno hasta el dolor de estómago con las últimas declaraciones de Donald Trump, lucho contra el ataque de angustia porque el “reloj del fin del mundo” está un minuto más cerca de la medianoche, descubro que el niño que esperaba conmigo el bus del colegio hace veinte años está luchando contra la calvicie con unos injertos muy desafortunados y veo entre uno y cinco videos sobre jugos para perder peso, un perro que se hizo mejor amigo de una cabra, cómo preparar un pesto con langosta en cinco minutos…, ustedes se dan una idea.

Después abro Twitter. Leo los últimos comentarios de los “líderes de opinión”, de quienes se oponen a los “líderes de opinión”, y de los tuiteros que creen que son “líderes de opinión”. Ignoro la lista de tuits “por si te lo perdiste”, tampoco hay que exagerar.

Inmediatamente después paso a Instagram. Veo las historias de cuatro conocidos y tres celebridades, doy “like” a tres fotos de comida, dos de viajes y comento en la foto del hijo de mi mejor amiga que vive en Buenos Aires: “ay, ¡qué divino!”.

No ha pasado una hora desde que me desperté. Sigo en la cama, en la misma posición, pero ya he recibido más información de la que voy a necesitar durante todo el día. Antes del desayuno ya estoy agotada.

No soy la única. Según la firma consultora J. Walter Thompson, el usuario promedio de smartphone revisa su celular más de 150 veces al día, y un estudio de la compañía investigadora Dscout descubrió que un usuario promedio interactúa con su pantalla (dando clic, revisando distintas aplicaciones, o escribiendo un mensaje, por ejemplo) un promedio de 2.617 veces al día.

Claramente es un exceso. Y como lo dice Arianna Huffington, fundadora del Huffington Post y defensora del “detox” tecnológico, completamente innecesario. La gente que está conectada 24 horas al día, 7 días a la semana no es más creativa ni eficiente. “Hemos llegado al punto en que cuidamos más a nuestros teléfonos que a nosotros mismos”.

Siguiendo los consejos de Arianna, quien sufrió un colapso por agotamiento en 2007 y desde entonces se ha dedicado a promover el descanso y el buen sueño como herramientas para mejorar la productividad y el éxito de sus empleados, decidí hacer un “detox” de tecnología.

Durante tres días apagué mi celular, desconecté todos mis dispositivos móviles y desactivé el wifi de mi computador. Ese fin de semana mi vida sería como en el siglo XX: hablando por teléfono fijo, oyendo la radio, pensando qué estarían haciendo mis amigos sin tener que perseguirlos digitalmente.

Este es un punto importante en el mundo digital: el FOMO, o “fear of missing out”, que empieza a sentirse después de un rato de estar desconectados. “¿Y si algo importante está pasando?”. “¿Y si todos se están divirtiendo menos yo?”. Facebook e Instagram, por ejemplo, son claros desencadenantes del FOMO. Aunque sabemos que las publicaciones de nuestros contactos no representan correctamente sus vidas (sus miedos, sus tristezas y fracasos), es normal sentir que si fueron a un concierto, comieron en un restaurante o realizaron un viaje, están pasando mejor que nosotros. Es decir, que aunque estamos ansiosos de saber lo que hacen los demás, nos sentimos peor cuando nos enteramos de lo que están haciendo.

Según un estudio de la Universidad de Texas A&M, “el problema con el FOMO es que los individuos a los que impacta están mirando hacia afuera en vez de mirar hacia adentro. Cuando alguien está tan sintonizado con ‘el otro’, se pierde el sentido de la identidad. El miedo a perderse de algo significa que no estás participando como una persona real en tu propio mundo”.

Desconectarse, entonces, significa estar presente ciento por ciento en el mundo de carne y hueso. “Ah, es un ejercicio de mindfulness”, pensé. Y quise buscar mind-fulness en Google, pero, claro, estaba desconectada y no lo pude hacer. Inmediatamente pensé que podría quejarme en Twitter de no poder usar Google. De nuevo mi mente adicta a internet me estaba jugando una mala pasada. Opté por hacer una lista de todas las cosas que publicaría y buscaría una vez terminara mi exilio autoimpuesto del mundo digital.

A medida que pasaba el día fui encontrando que, si bien yo estaba libre del rectángulo negro que cargo en el bolsillo, la gente a mi alrededor no podía estar sin él. En la fila del supermercado, en el restaurante donde almorcé, en el parque paseando los perros, la mayoría de las personas estaba inmersa en el mundo virtual: habitando a medias en el presente. Como dijo el filósofo Zygmunt Bauman en una entrevista que dio al diario El País, de España, poco antes de su muerte: “En las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable”. Pasamos tanto tiempo online que es más fácil chatear que tener una conversación.

Y cómo no, si conversar significa mirarse a los ojos, exponer vulnerabilidades. Ese escudo de estar tras una pantalla permite, además, la existencia de “trolls”: gente que escribe comentarios negativos y hasta dañinos, que en la vida real no sería capaz de decir.

“PUEDES DISFRUTAR UN ATARDECER SIN POSTEARLO EN INSTAGRAM”
Hoy, cuando hasta los aviones tienen wifi, parece que la única forma de escapar a “la red” es internándose en la selva amazónica donde no existe la menor posibilidad de tener señal de celular. Sin embargo, hay varios hoteles, spas de lujo y hasta cruceros que utilizan la tecnología para, paradójicamente, hacernos olvidar de la tecnología. Camp Grounded, en Mendocino (California), ofrece retiros al mejor estilo de un campamento de verano para adultos donde está completamente prohibida la tecnología digital y ni hablar de redes sociales, pantallas o teléfonos. Los asistentes practican arco y flecha, yoga, cantan alrededor de una fogata y, en general, olvidan por un momento que tienen responsabilidades, fechas de entrega y metas laborales.

Para los que prefieren una experiencia menos agreste, en la ciudad alemana de Baden-Baden se encuentra el spa de lujo Villa Stéphanie, donde las paredes están recubiertas con una pintura que bloquea el 96 % de todas las señales de celular. Olvídese entonces de chatear mientras recibe un masaje con piedras calientes.

Estos son apenas dos ejemplos de una industria que crece de la mano con la tecnología: a medida que estamos más conectados, también buscamos más formas de escapar a esta conexión. Y, como dice Huffington, “se puede disfrutar un atardecer sin postearlo en Instagram”.

Al final de mi primer día de “detox”, me debatía entre hacer trampa (“quizás solo revisar WhatsApp”, me dije) y mantenerme aislada un día entero más. Opté por la segunda opción y me acosté a dormir temprano para evitar la tentación.

Al segundo día ya no tenía ansias de buscar mi celular. Aunque un par de veces, por la costumbre, lo levanté para ver la hora, pasé una mañana tranquila. Terminé de leer la novela que llevaba arrastrando un mes y medio y empecé una nueva. Fui a cine y no tuve que luchar contra la urgencia de buscar en Wikipedia el desenlace de la trama. Simplemente estuve presente.

La compañía Kovert Designs, una empresa de joyería con alta tecnología (wearable tech) hizo el experimento de invitar a 35 directores ejecutivos, influenciadores y empresarios a un retiro completamente desconectado a Marruecos. En el grupo iban, de incógnito, cinco neurocientíficos. Los investigadores encontraron que a los pocos días la postura de los viajeros había mejorado, “sus espaldas estaban más rectas y parecían mucho más accesibles”. Al no tener el apoyo de Google, se vieron obligados a preguntarse y conversar entre ellos. Su calidad del sueño mejoró y algunos incluso decidieron hacer cambios importantes en su estilo de vida.

Así me sentí al final de mi “detox”: podía respirar más profundamente, salí a caminar con la frente en alto. Claro, me perdí de varias noticias y no supe qué comió mi compañero de jardín infantil que vive en Austria. Pero no me dolió.

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