“¿Cierto que Coachella es igualito al Estéreo Picnic?”

Diners conversó con Gabriel García y Juan David Shool, dos de los socios de Páramo, la empresa detrás del Festival Estéreo Picnic y que ha convertido a Bogotá en un destino para el mundo del rock.

¿Recuerda cómo era ir a un concierto en Colombia en los años noventa? Algunos lectores se acordarán incluso del famoso Concierto de Conciertos de 1988, cuando Los Prisioneros, Compañía Ilimitada, Pasaporte y Miguel Mateos, entre otros, le dieron rock a Bogotá hasta el amanecer. Otros quizás recuerden las manifestaciones juveniles de 1994 cuando la Alcaldía ordenó cancelar el concierto de Eros Ramazzotti en el estadio El Campín. Nada que ver con la ciudad que ha visto recientemente a Paul McCartney, los Rolling Stones y Lady Gaga.

La verdad es que la capital colombiana empezó a ser un destino atractivo para los artistas hace más o menos diez años, gracias, en gran parte, al esfuerzo de Gabriel García, Juan David Shool, Philippe Siegenthaler, Sergio Pabón, Juan Camilo Silva, Julián Martínez, y Santiago Vélez, las cabezas de Páramo, antes T310/Absent Papa.

Lo que empezó como el emprendimiento de dos empresas de amigos melómanos, hoy está unido en la compañía que se encarga de organizar el Festival Estéreo Picnic, el más importante de Colombia. En su portafolio tienen también en su haber los festivales Sónar, Hermoso Ruido, Circuito Soma, Baum Festival, y muchos otros.

García y Shool sueñan con ir al Festival de Glastonbury en Inglaterra

“Yo creo que lo que nos une a todos es que somos melómanos, más que las ganas de hacer empresa. No nos unimos para hacer empresa, ser independientes, ser millonarios, sino que nos gustaba la música. Hicimos empresa porque no había nadie haciendo lo que queríamos hacer”, cuenta Gabriel García, director ejecutivo de Páramo, quien comenzó su carrera organizando conciertos de sus amigos en los años noventa bogotanos. “En esa época no había nada, las disqueras no sacaban nada nacional, no había distribuidores, no había promotores”, continúa.

El amor por la música que los llevó a viajar por el mundo persiguiendo a sus bandas favoritas, les fue dejando a todos la idea de crear un festival en su país. Por supuesto, un reto enorme.

“Las bandas en esa época no tenían tanto en cuenta al país y cuando aparecían ya era muy encima: dos, tres meses antes del show y era muy difícil cerrar patrocinios en tan poco tiempo. Si teníamos la marca podíamos tener algo que los patrocinadores estuvieran fijos más allá del talento.”

Roskilde en Dinamarca es otro de los festivales al que les falta ir

Pasar de organizar conciertos a tener un festival de tres días que convocó en 2016 a 60.000 personas y que ha tenido la presencia de Red Hot Chili Peppers, Noel Gallagher, Florence and the Machine, The Killers y New Order, por nombrar unos pocos, no es tarea sencilla. La primera edición del Estéreo Picnic, en 2010, donde el artista principal fue el rapero judío Matisyahu, dejó pérdidas por 50.000 dólares. El segundo, con una inversión de 140.000 dólares, dejó 80.000 de pérdida. Para 2012, dice García, las deudas de los organizadores llegaban a más de 380.000 dólares.

¿Por qué, entonces, mantener el formato? Primero, para consolidarse como marca. “Cuando uno se encuentra en el negocio de la música siempre está alquilando talento, no es dueño de nada. Hoy vienen con uno y mañana pueden venir con cualquier otro, pero si es un festival tienes una marca que es sólida”, afirma.

Segundo, por el amor al Picnic. Después del desastre de 2012, los socios se reunieron para tomar una decisión sobre el futuro de su “bebé”. “Unos tenían la posición de no volver a hacer el festival nunca más. Otros decían que posiblemente Bogotá no era ciudad para festivales, que pensáramos en hacerlo en otra parte. Sergio (Pabón) y yo teníamos una posición completamente distinta. Como el festival siempre ha tenido una producción muy costosa, la entrada era muy cara para el tamaño de las bandas que teníamos. El razonamiento fue: tenemos que conseguir un artista mucho más masivo que nos permita apalancar todos los costos con mucha más gente y podamos bajar el precio de la boleta para que se justifique. Deberíamos gastarnos un millón de dólares en el talento”.

Fue entonces cuando en 2013, Estéreo Picnic se convirtió en el gigante que es hoy. Ese año el cartel incluyó a The Killers, New Order y Café Tacvba. El resultado fue impresionante. Finalmente, Bogotá tenía un gran festival.

“Nos pegamos a los Lolla”

Este año Estéreo Picnic tendrá a The Strokes

Para construir cada festival, los socios trabajan en conjunto con los organizadores del festival Lollapalooza en América Latina (Chile, Brasil y Argentina).
“Para sostener eso que nos habíamos inventado teníamos que pegarnos a los Lolla de Suramérica. Realmente es una labor que nunca se detiene y que se intensifica entre mayo y agosto.

Todas las semanas Sergio tiene una o dos llamadas semanales en conjunto. Está el de Lolla Brasil, Chile, Argentina, Sergio, y una persona de la oficina central de Lolla, que queda en Austin, y cada uno va diciendo qué artistas se les ocurren, cuál están dispuestos a pagar, los que gustan, etc. Cuando se ponen de acuerdo empiezan a hacer ofertas, empiezan a caerse los artistas, algunos no salen, etc. Pegarnos a ellos significa que trabajamos con ellos”, sostiene García.

The Weeknd

Para los socios, hay varios artistas que se han convertido en una especie de Moby Dick: eternamente perseguidos y esquivos. “Todos los años intentamos traer a Radiohead y a Arcade Fire”, cuentan. “Yo por el que me muero y no toca en festivales, y así podamos traerlo al Jorge Eliécer Gaitán o al Teatro Colón, es Tom Waits. No lo he visto y pagaría lo que me cobraran”, añade García, mientras Shool, gerente comercial del Festival, opina que le encantaría ver a The National en un atardecer bogotano.

De festival en festival

Arcade Fire es la banda que Shool ha perseguido como a Moby Dick

Como es de esperarse, los socios de Páramo viajan de festival en festival, buscando talento para sus propios eventos. Shool recomienda especialmente Coachella, el festival que se realiza en medio del desierto californiano cada abril desde 1993, y que fue, además, el primer festival que conoció.

“Es una mezcla entre la música y un lugar paradisíaco. Es a dos horas y media de Los Ángeles, en la mitad de un desierto, en un oasis que son como ocho canchas de polo rodeadas de palmeras, con el atardecer lleno de colores espectaculares, pero, además, con cinco tarimas de música increíble. Se le va a uno la cabeza en el lugar. Más allá del mar de gente, uno no puede creer que de verdad exista un lugar tan bonito como este, en el que les ponen atención a todos los detalles. Hasta el baño es lindo. Y eso es lo que al final del día hace que un festival sea bonito”.

El ambiente de Coachella es clara influencia para los socios de Páramo: “Estaba mi novia haciendo cola para entrar al baño con una amiga y se encontraron con dos colombianas. Les dijeron ‘¿no les parece igualito Coachella a Estéreo Picnic?’. No lo podíamos creer. Evidentemente estamos a años luz, pero la comparación fue muy emocionante”, cuenta Shool.

Coachella es el festival que ambos recomiendan

García coincide, aunque su primera experiencia, Rock in Rio 2001, fue algo alucinante, pues viajó solo: “No había camping en el festival, me quedaba a dormir en un hotel en Copacabana y me iba en el bus de Rock in Rio hacia la Ciudad del Rock, donde se hacía el festival. Ir solo a un festival fue bien, he ido solo a otros conciertos. Escogí este porque no tenía visa gringa ni europea. Ese año tocaron REM, los Foo Fighters, Neil Young, Dave Matthews Band…, un montón de gente que uno ni soñaba ver acá”.

A ambos les falta ir a Glastonbury, el festival más grande del mundo que se realiza anualmente en Inglaterra, y mientras Shool asegura que algún día debe ir al Festival Roskilde de Dinamarca, García se inclina más por un festival con “destino”, como Fuji Rock en Japón.

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