Cuatro estrategias para ‘aquietar’ la mente

En un mundo en el que la cantidad y la velocidad de la información abruman hasta a la persona más tranquila, actividades como unir puntos, tejer, escribir a mano y la jardinería toman fuerza y ganan cada día más adeptos.

Pasar más de diez horas sentados frente a un computador; llegar a casa y revisar el celular cada cinco minutos para ver qué acontece en el ciberespacio. Intentar dormir. La cabeza sigue dando vueltas y vueltas. El pensamiento no se detiene. Es difícil desconectarse. Volver a revisar la pantalla, encender el televisor, hacer zapping. Y así, día tras día.

A muchas personas les suele pasar esto. Por esta razón, y por muchos otros motivos, como buscar un contacto real con gente que comparta los mismos intereses, las actividades manuales, sencillas, simples, que requieren concentración y exigen estar presente en el aquí y el ahora, han ido ganando un espacio importante entre los adultos, que cansados de estar tras una pantalla buscan alternativas de entretenimiento. Adicionalmente, varios estudios científicos han comenzado a demostrar sus múltiples beneficios, tanto físicos como mentales.

La neuróloga Catherine Carey Levisay afirmó en una entrevista a CNN que cuando se realizan manualidades, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que genera alegría y placer. Además, también puede mejorar la memoria, la atención, el procesamiento visual-espacial, el lado creativo, la autoeficacia y la habilidad para resolver problemas.

Luisa Fernanda González, sicóloga y directora de la fundación Red Salto, explica que “las personas están muy interesadas en realizar diferentes tipos de actividades que les ayudan a desconectarse de sus tareas y rutinas del día a día y así alcanzar estados meditativos para relajarse y reducir el estrés”.

González asegura que realizar una sola tarea y concentrarse en ella permite que se detenga el diálogo interno que la mente sostiene continuamente. “Esto sucede porque al centrar la atención en una acción específica y en las sensaciones del cuerpo, los circuitos cerebrales que hacen posible este diálogo se sosiegan. Como consecuencia, las personas alcanzan un estado de serenidad acompañado de emociones positivas como alegría, gratitud o amor hacia algo que los apasiona”. De igual forma, se reduce la fatiga mental, “porque dirigen toda la atención a una tarea sencilla, repetitiva y relajante que ahorra energía al impedir que el cerebro asuma los retos de una tarea compleja y se esfuerce continuamente por evadir distracciones o el deseo de parar”. Otra de las ventajas consiste en que la mente comienza a andar a la deriva y una serie de pensamientos empieza a aparecer. “Esto aumenta las posibilidades de que la intuición se despierte y que surjan ideas creativas para problemas pendientes”, asegura.

Unir puntos, tejer, escribir a mano y la jardinería son cuatro de dichas actividades manuales que ayudan al cerebro a desconectarse y que han tenido un pequeño boom en el mundo con talleres, cursos y un mayor número de personas que las practican con frecuencia. Además, el placer de crear algo propio y único no tiene precio. Anímese a intentarlo, su mente se lo agradecerá.

¡Más que números!

Pocas cosas pueden conectar más a una persona con su infancia que sentarse en una mesa, tomar un lápiz y unir puntos para formar un dibujo. Un ejercicio simple y divertido que llamó la atención del diseñador neozelandés Thomas Pavitte, quien se vio abrumado por los libros de colorear –otra de las actividades manuales que se convirtieron en un fenómeno mundial–. En 2010, como un proyecto paralelo a su carrera, comenzó a crear imágenes complejas con puntos, sin saber que se iba a convertir en todo un éxito global. Sus dibujos develan rostros de personajes famosos como Salvador Dalí o Elvis Presley o de lugares como la Alhambra, en España. Por lo general, tienen 1.000 puntos y requieren un buen tiempo para completarlos.

La arquitecta Juana Rodríguez, de 39 años, encontró justamente hace un año uno de los libros de este autor y desde entonces, cada vez que puede, se sienta a trazar líneas con la misma emoción por descubrir la figura que aparecerá al final. “Soy una persona muy activa e intensa y necesito algo que ocupe mi mente y esto, sin duda, me ayuda a desconectarme de las cosas. Para mí es una forma distinta y terapéutica de descanso. Me tardo más o menos dos horas en completar cada dibujo”, explica. Rodríguez considera, además, que este tipo de actividades las están practicando más personas de su generación, independientes, y que, como ella, no planean tener hijos. “Quizás es como una forma de infancia extendida, no lo sé, pero también armo Legos y coloreo libros”.

Punto cadeneta

Tejer es una actividad ancestral practicada por múltiples culturas y con distintas metáforas acerca de la vida. Aunque socialmente suele asociarse con las mujeres, un grupo de once hombres de distintas profesiones resolvió romper ese estereotipo y creó, a mediados de 2016, Hombres Tejedores, un colectivo en Chile que mensualmente se reúne a tejer y que con paciencia ha logrado aprender todo tipo de técnicas.

Pero tejer no solo sirve para generar empatía y comunidad, sino también para elevar el estado de ánimo. Según una encuesta realizada a 3.500 tejedores y publicada en The British Journal of Occupational Therapy, el 81 % respondió que se sentía más feliz después de realizar esta actividad.

La periodista Odette Chahín lo vivió en carne propia, pues confiesa que el punto cruz le ayudó a superar una depresión que sufrió hace cuatro años. “Solo me daban ganas de llorar y pensaba en cosas horribles. Entonces, mi mejor amiga me regaló un libro llamado Subversive Cross Stitch y fue así como empecé a bordar. Eran diseños fáciles y tenían mensajes chistosos (…) Mi psiquiatra, además, me dijo que esto me ayudaría mucho porque te lleva a un estado de conciencia plena, de presencia mental, es decir, que te hace pensar en el aquí y el ahora y te abstrae de todo el resto de las cosas que estén pasando. Uno se tiene que concentrar para no equivocarse con las puntadas. Bordar, sin duda, se convirtió en una gran terapia para mí”, asegura.

Letras con estilo propio

La tecnología ha traído muchos cambios favorables en la vida actual, pero también ha generado otros no tan positivos, como que la gente escriba cada vez menos a mano. Para muchos, es un terrible error. Los psicólogos Pam Muller y Daniel Oppenheimer, por ejemplo, realizaron una investigación en las universidades de Princeton y California que demostró que los estudiantes que escriben a mano aprenden más. Al preguntarles por los detalles, la comprensión de lectura y su habilidad para sintetizar la información, tuvieron un mejor resultado frente a quienes tomaron apuntes en sus computadores. Su explicación es que escribir a mano se trata de un proceso más lento y al no alcanzar a anotar las palabras completas, el cerebro tiene que procesar y reinterpretar toda la información para resumirla de un modo adecuado.

Pero además de las consecuencias que puede tener en el aprendizaje, la caligrafía como tal, que de acuerdo con el Diccionario de la lengua española, es el arte de escribir con letra bella y correctamente formada, según diferentes estilos, ha vuelto a renacer. Para el diseñador gráfico TECK 24, un joven de treinta años que dicta talleres de caligrafía, que en promedio duran treinta horas y cuestan $800.000, es una cuestión de generaciones. “La nuestra y las anteriores tenían el computador como una novedad, pero para esta no lo es y se ha dado cuenta de que la mente y la creatividad son mucho más que una máquina”, explica. También asegura que “cuando haces algo a mano sientes que realmente es tuyo y le agregas valor sentimental, y, además, es más fácil llegar a crear algo realmente original”.

Sin embargo, si no le llama la atención repetir una y otra vez las letras para que le queden perfectas, la calígrafa María Thomas y el diseñador Rick Roberts patentaron el método zentangle (que viene de zen y tangle, garabato en inglés) y que consiste, básicamente, en el trazo de líneas que van formando nuevas formas y diseños y fomentan la calma y la meditación.

Mi propio jardín

Conectarse con la naturaleza, respirar aire puro y hacer ejercicio son algunos de los beneficios de practicar a menudo jardinería. En países como Chile y Argentina existen hasta asociaciones que ofrecen la terapia de horticultura, con excelentes resultados en personas que sufren depresión y ansiedad. “El uso de materiales vivos que necesitan de cuidado y atención crea una responsabilidad en el alumno y lo hacen sentir importante y útil. Por otro lado, el ejercicio físico unido al constante contacto con sabores, aromas, texturas y sonidos estimula la producción de endorfinas, hormonas relacionadas con la sensación de bienestar general y un ánimo positivo”, afirmó en una entrevista Mitchel Hewson, director del programa de Terapia Hortícola del Homewood Health Center en Canadá.

La colombiana Adriana Santiago, de 35 años, quien desde hace seis años vive en Canadá, cuenta que luego de probar unas fresas silvestres, decidió comprar unas semillas y sembrarlas. Con la primera cosecha comenzó su gusto por la jardinería y la horticultura. “Ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. Me gusta porque es una combinación de muchas actividades: por un lado hay que leer, investigar y planificar. También se necesita creatividad, especialmente cuando se trata de espantar plagas. Y, por supuesto, mucho trabajo manual y ejercicio al aire libre. Pero ante todo, creo que la huerta ha sido mi mejor lección de humildad. Ahí fue donde me di cuenta de que los seres humanos no tenemos nada de superiores”, explica.

En su caso particular, considera, además, que muchos de los que han decidido “meterle la ficha” a estos hobbies lo hacen en el fondo por un interés personal. “Me atrevería a decir incluso que narcisista, para buscar una historia que contar en las redes sociales. Esto nos da la excusa para tener un canal de YouTube, una cuenta de Instagram o un blog. Me atrevo a decirlo porque, en parte, ese es mi caso. Pero, desde un punto de vista más positivo, creo que muchos de mi generación sentimos un inmenso hastío por las oficinas y los horarios (…). En cambio, cuando se tiene un hobby como tejer, pintar o cultivar, uno es el encargado de todo el proceso y, al final, además del producto terminado, queda la satisfacción de haberlo hecho con nuestras propias manos, nos hace sentir orgullosos y le da un empujoncito a la autoestima, que es lo primero que se pierde en un mal día de oficina”.

Articulos Relacionados

  • Mercedes Salazar lanza una colección de brazaletes inspirados en la Mujer Maravilla
  • Detrás de la portada: Adriana Arboleda
  • El playlist de Juan Felipe Samper
  • Así se ve la Tierra desde el espacio en 2017