¿Qué se bailaba en año nuevo antes de Pastor López y Los Hispanos?

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No en todas las fiestas de fin de años se brindó por el ausente o se interrogó por qué se casó Adonay. Así era la música de fin de año en Colombia antes del chucu-chucu tradicional de las últimas décadas.

Gracias a la sobreexposición en la que nos envuelve la música decembrina -que suena desde noviembre-, se hace difícil pensar en las fiestas de fin de año sin una conversación y o reunión mediados por “lloró mi corazón, de pena y de dolor, yo no sé la razón, por no encontrar su amor”, o sin entonar con gracia la súplica de los enamorados “Nunca, pero nunca, me abandones, cariñito”. Aun así existió un mundo sin Pastor López, Los Hispanos y otros músicos que comparten la esencia musical de fin de año.

Antes de la década de 1960, cuando el chucu-chucu se estableció involuntariamente como la música de fin de año, los géneros populares de las regiones se apoderaban de las tornamesas. Esta música tuvo un arranque difícil, pues su principal característica era que venía de las zonas rurales del país, eso incomodó a parte de la alta sociedad acostumbrada a ritmos europeos, que veían cómo la música que sonaba en las emisoras, comenzaba a cambiar.

¡Cámbieme unos valses de Strauss por música bailable!

El 16 de enero de 1936 el profesor Emirto de Lima llegó al Congreso Nacional de Música, celebrado en Ibagué, para alertar sobre los sucesos ocurridos en Barranquilla y parte de la costa caribe durante los últimos años. La mazurka caribe y el vals, géneros musicales bien vistos en el territorio, estaban siendo reemplazados por nuevos ritmos, mucho más bailables y populares. “Por desgracia se ha infiltrado en las costumbres del pueblo de la costa la adopción de ciertos bailes de afuera que, debo confesarlo, no son los más apropiados para la modalidad sana de los conglomerados del Atlántico”, explicó en el Congreso.

La preocupación del profesor de Lima no era para menos, años después la revista Micro (1940-1941), puso en el escenario que el mismo fenómeno ocurría en Medellín. “A dónde irá a parar una emisora que mirara en poco que una señora le advirtió telefónicamente la necesidad de cambiar unos valses de Strauss por “música bailable”, pues que tenía una fiesta en su casa. Ahora son comunes esas llamadas que con voz semejante, piden grabaciones alegres como Tú ya no soplas (Antonio Aguilar) o La borrachera”.

Juan David Arias Calle, para su tesis de maestría en Historia de la Universidad Nacional de Colombia, se dio a la tarea de explorar la industria musical en Medellín entre 1940 y 1960. En su trabajo destaca un apartado de la misma publicación de la revista Micro, que narra cuando “un día telefoneó alguien con una espléndida voz femenina rogó que pusieran Sebastián o Francisco del otro lado”, Arias anota que “aunque no se encontraron noticias precisas de los temas alegres o calientes a los que se refiere el crítico, lo más seguro es que por Sebastián se refiera a Sebastián rompete el cuero, del compositor cartagenero Daniel Lemaitre”.

Entonces aparecen algunos de los nombres que se iban popularizando en los pasos de baile de los años 40, Antonio Aguilar y Daniel Lemaitre (este último era compositor, y sus letras se inmortalizaron en las tonadas de, por ejemplo, Lucho Bermúdez y su orquesta)

En Bogotá el aprecio por la música clásica era importante, pero tampoco dejaba de serlo la popular. Cuando a principios del siglo XX la ciudad vivía un importante proceso de urbanización, la música tomó un lugar primordial en cafés, clubes y teatros. Julio Aldemar Gómez Castañeda, doctor en música estudió cómo fue la música en la capital entre 1900 y 1940, y explica que “algunas eran de origen campesino, como los llamados ‘ aires’ de bambuco, torbellino o guabina; otros habían hecho parte del repertorio de salón del siglo XIX, como los pasillos o danzas.

A estas músicas no sólo se les denominaba ‘nacionales’, sino que en ocasiones se les presentaba como ‘auténticas’, ‘criollas’ o ‘típicas’”, explica, y añade que “esta música hizo parte del universo simbólico de un buen número de bogotanos, ya que no solamente fue notoria en cafés, sino que también habitó, con significativa presencia, en la banda, teatros, discos, prensa y radio. La figura más visible de esta música y de los discursos que la connotaban fue el otro ‘Apóstol’ de Bogotá, el ‘incansable’ Emilio Murillo”. (Vea más aquí)

El cantor de los diciembre era José A. Bedoya

Meses antes de que se lanzara Diez años de plazo (1954), José A. Bedoya estaba desconsolado. En 1953 grabó Vivo en la montaña y Doña Clara, pero ninguna de las canciones resultó siendo un éxito, “sobre todo porque fueron lanzadas en pleno diciembre”, sin embargo, puso la frustración de lado, y “a mitad del año siguiente se lanzaron Diez años de plazo y Primer amor, y estos sí fueron éxitos que se oían en cuanto rincón había; ahí sí me ilusioné mucho porque pensé: si esto es en tiempo frío, ¿cómo será en tiempo caliente?

Los empresarios de Lyra (empresa discográfica de Sonolux), se pusieron muy contentos y al próximo diciembre grabé Vuela paloma, que fue otro éxito grandioso; después aparecieron El mecedor, El perrito, en fin, y el pueblo me consagró como El cantor de los diciembres”, narra el mismo José A. Bedoya en el libro La música parrandera paisa, de Alberto Burgos Herrera.

El coleccionista del pre chucu-chucu

Fabio Nelson Ortiz es coleccionista “de música vieja” desde los 12 años. Tiene un blog que se titula “Colección de música parrandera paisa, picante y maliciosa. Listado para escuchar (1000 éxitos)”, y aunque su página no reúna las mil canciones prometidas, este estudiante de ingeniería industrial de la Universidad de Antioquia, formó un inventario de 816 grabaciones de música parrandera paisa entre 1930 y 2007.

“Es música que los medios tienen en el olvido, las casas disqueras no tienen esas músicas en su catálogos, en el mercado discográfico ya no se consigue. Está en manos de los coleccionistas y la mayoría son egoístas y no les interesa compartir la música. Hay valores musicales muy bonitos en Antioquia y en toda Colombia que no han sido vistos por nadie. Llevo 7 años promocionando esta música en las redes sociales”, cuenta Ortiz.

Este coleccionista destaca la importancia del llamado Cantor de diciembre, pero también menciona a otros grupos y cantantes. “En la ciudad se oían principalmente las orquestas: Lucho Bermúdez, Pacho Galán; y en el campo Antonio Posada y Leonel Ospina. También se escuchaba muchísimo Guillermo Buitrago. Para el final de la década de 1940 y 1950, cuando empezaron a formarse las casas disqueras en Medellín, comenzó a grabarse la música parrandera. Aparecen artistas como Antonio Posada con temas como El Grillo; Carlos Muñoz, con El hijo de Rosenda; el ‘mono’ González, con Satanás y Los trovadores del recuerdo, con El Aguardientero”.

Antonio Aguilar, Daniel Lemaitre, Emilio Murillo, José A. Bedoya, Antonio Posada, Lucho Bermúdez y Pacho Galán son algunos de los nombres que terminan construyendo el espectro musical de las fiestas de fin de año. Son el playlist al que recurrían en los años 40 y 50 nuestros abuelos y bisabuelos, antes de que Los Hispanos, Pastor López, Billos Caracas Boys, Nelson Henríquez y demás artistas se firmaran un lugar hasta ahora irremplazable durante el fin de año.

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