Alicia Kossick, la empresaria que exporta moda indígena a Estados Unidos

Alicia Kossick, creadora de la firma norteamericana Polished Coconut, impulsa el trabajo de artesanos indígenas colombianos en Estados Unidos –cada año importa 20.000 piezas wayús– y, además, ha cautivado al diseñador Valentino con las chaquiras de los emberás chamí.

Traspasar la puerta del almacén Polished Coconut en Coconut Grove, al sur de Miami, es hallarse, literalmente, en otro mundo que, como las muñecas rusas, encierra otros mundos. Es un espacio donde el color se revela desconocido ante las múltiples tonalidades que tiñen de rosa el naranja, contagian los violetas a los verdes, trepan los amarillos por las paredes y se posa una infinita gama de rojos bermellones sobre las mesas. Caminar aquí es fácil, perderse geográficamente también. Madagascar, Perú, Ecuador, Venezuela, Francia, Colombia, México, Cuba, Estados Unidos, España y Haití quiebran los mapas conocidos para formar un lugar sin fronteras.

Este es el ambiente creado por Alicia Kossick (New Jersey, 1971), una hija de inmigrantes –es de padre ruso y madre de ascendencia mexicana–, que heredó una belleza especial. Lleva un vestido amplio de procedencia mexicana, collares emberás sobre el cuello; la piel muy pálida, el pelo rubio recogido casi siempre hacia atrás con llamativos lazos que se inclinan caprichosos hacia su oreja izquierda. Sus ojos son de un azul liviano y su voz tan suave como firme. Es una mujer de negocios que actúa como tal, pero se expresa con emoción, como una artesana describiendo una pieza recién tallada.

“Trabajé cinco años con la banquera Violy McCausland en Nueva York. Por fortuna me encargó su galería de arte y allí comencé a interesarme por las artesanías”, relata esta mujer especializada en estudios y desarrollo económico en países latinoamericanos. Sin embargo, fue cuando decidió mudarse a México que su vínculo con las tradiciones del continente comenzó a determinar su camino. “Abrí una compañía de preservación de casas coloniales. Tomé cursos en la UNAM e inauguré mi primer negocio comprando y vendiendo arte popular. Enseguida me di cuenta del interés que despertaba la moda en la gente”, explica.

Sus investigaciones, el olfato comercial y un sentido estético muy definido la llevaron a encontrar tres piezas con las que inició su nueva etapa: cinturones de la cultura charra del rancho, mochilas wayús de Colombia y faldas charras (las que identifican a las “adelitas”, las revolucionarias mexicanas). Así nació su compromiso con las piezas artesanales, con las comunidades indígenas y con la creación de una plataforma empresarial basada en el comercio directo. “Prefiero hablar de comercio directo, pues significa que tú vas directamente a la comunidad y les pagas a los artesanos los precios pactados con ellos”, insiste en precisar.

A Polished Coconut entran clientes que miran, tocan, admiran y preguntan. Alicia aclara que “son productos hechos a mano por artesanos, piezas únicas”. Se balancean perezosos los chinchorros; aguardan los almohadones apilados en perfecta sincronía sobre bancas de madera; cuelgan faldas y vestidos de fantásticas telas bordadas a mano. “Mi marca refleja la mezcla entre esos contrastes: lo indígena y lo urbano. Mira estos candiles Baccarat e individuales artesanos de Chimichagua, Colombia”, dice.


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AMISTADES INVALUABLES
También es una coleccionista, pero no solo de objetos, sino además de experiencias profundas y de amistades que ligan su existencia cotidiana. Una de las amistades que más preserva es la que sostiene con Fanny Iguarán, una de sus grandes amigas wayú y con quien logra producir en Colombia e importar a Estados Unidos la cifra de 20.000 unidades de piezas, entre mochilas, mantas, chinchorros y pompones. Cada año, seis comunidades se benefician de esta relación y aseguran su trabajo.

“En la vida sucede que comienzas a desarrollar una relación con amigas, como con Fanny, y empiezas a entender mejor todo. Sentí que la mujer tenía que ayudar a la mujer. Ellas me ayudan como yo a ellas. Es una relación de muchos beneficios en ambos sentidos”, explica Alicia, quien viaja seguido a La Guajira, pasa vacaciones y celebra su cumpleaños con las artesanas.
Con más de mil clientes en su portafolio (entre retail y compradores individuales), esta norteamericana visita cuarenta ferias al año para ofrecer las piezas que adquiere en un mercado cada vez más abierto a valorar las piezas únicas que revelan oficios milenarios. La clave de este negocio consiste en generar compras de gran volumen a las comunidades indígenas y exigir calidad de primer nivel, tanto en diseño como en confección.

“Trabajo en cocreación con las artesanas. Planeamos un organigrama de diseño y de producción que corresponde a necesidades de color, medidas de las piezas, patrones que requiero para comercializar según las necesidades del mercado y de la tendencia”, explica la empresaria que no les pierde paso a las tendencias del mercado globalizado de la moda. “Elegimos, por ejemplo, para una colección, el color gris claro, amarillo y azul para replicar en sombreros (pompones), mochilas, hamacas y otros textiles. Quizá suene aburrido para algunas personas, pero organizar todo esto es complicado”.

El futuro de esta intensa relación con Fanny Iguarán y las mujeres wayús forma parte de la relación tejida entre las dos. “Hemos designado a dos personas secundarias que saben cómo trabajamos para evitar que, si algo nos pasa, se quiebre el negocio sostenible. Además, no queremos tener todos los huevos en una sola canasta. Por eso, tenemos que pensar más allá de las mochilas. Mi intención es preservar estas culturas en el tiempo y diversificar los productos”, resalta.

Esta emprendedora es consciente de la dura realidad que afrontan en su vida cotidiana estas comunidades: “No puedo creer cómo logran las mujeres wayús realizar sus piezas. He podido grabar sus procesos creativos y artesanales y es asombroso constatar su capacidad. En la calle la comida es escasa, hace mucho calor y, sin embargo, tejer parece convertirse en su refugio. Pero no siempre su cabeza está dispuesta a hacerlo porque tienen muchas preocupaciones. Cuando esto sucede, sé como empresaria que no se puede presionar la producción. La vida de los wayús es la vida misma y no la del que presiona desde el capitalismo neoyorquino”, dice. Por eso, una de mis intenciones es capacitarlas. “Si las indígenas no saben cómo exportar sus productos al extranjero, deben conocerlo y ser educadas para ello. Estoy dispuesta a enseñarles cómo hacerlo, estoy interesada en transmitir este conocimiento a través de talleres coordinados con Artesanías de Colombia”, asegura.

LAS RAÍCES

“Hago todo esto por mi abuela Alicia Carrow, mexicana y nieta de un gobernador de Tamaulipas. Era una señora indígena muy bonita, que en los años cincuenta migró con su familia a Houston, pues su padre era un ingeniero norteamericano. A los 35 años poseía una belleza muy mexicana, divorciada y ya con hijos. ¿Te imaginas? Salía del molde de cualquier mujer de su época. Por casualidad, conoció a Neimann Marcus y aceptó la invitación que le hizo el gran empresario para modelar en sus grandes almacenes. Luego la llamaron desde Europa e incluso en la década de 1970 continuó desfilando para marcas italianas como Valentino”, cuenta.

Curiosamente, en una de las ferias a las que asiste Alicia, le presentó los collares de la comunidad emberás chamí a la marca Valentino. “Le vendo a una señora que trabaja para la marca, pero ellos todavía no han revelado si van a utilizar las piezas como inspiración o como piezas terminadas. Es la calidad de impacto que podemos tener con la industria de la moda. Cada vez hay más personas relevantes en el mundo que exhiben mediáticamente estas piezas artesanales. Por ejemplo, acaba de salir uno de los sombreros de Sandoná, Nariño, que vendo en la revista Elle, de Australia”, dice.

Su próximo gran reto es hacer una pop-up store de mochilas y vestidos artesanales para la tienda Anthropologie, en Londres. “Llevaré faldas de indios americanos, faldas guambianas de Colombia y tehuanas de México. Son productos originales que contienen intervenciones de diseño o confección correctas para que funcionen bien en el mercado. Hay que tener mucho cuidado en no desviar el valor de la pieza artesanal. Si yo tengo que eliminar cinco o siete pliegues en una falda tradicional o variar el tamaño y reducir el número de compartimentos dentro de los carrieles, se vuelven productos más funcionales, adaptados para la vida urbana”, concluye.

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