Los “cursitos” de inglés en línea sí sirven. Entrevista a un Hiperpolíglota

Roberto Salazar Morales es investigador de literatura comparada de la Universidad de Versalles y miembro de la Ecole Normale Supérieure de París. Este bogotano, quien habla más de siete idiomas, pasó por la capital para dictar clases de árabe estándar en el Instituto Caro y Cuervo, y hablamos con él sobre el proceso de aprendizaje de varios idiomas.

Sí, hay que ser un hiperpolíglota para afirmar con seguridad que aunque “el español es una lengua mojigata, la mejor grosería del mundo se inventó en Colombia”. Y eso que Roberto Salazar le canta la tabla a cualquiera en francés, árabe o griego antiguo. Pero las malas palabras -o las malas lenguas- no fueron el único tema de esta entrevista. Si bien nunca oí su voz, este bogotano me mostró lo ‘cool’ que puede ser hablar bien en más de nueve idiomas. Me contó, por ejemplo, no ser enemigo de los “cursitos de inglés online”, confesó por qué el latín lo hace sentir como un integrante de ‘The Avengers’, y recordó el papel primordial de ‘Los Simpsons’ en su aprendizaje del inglés.

Mi primera pregunta para Roberto fue insolente. Le había advertido antes de enviarla que mi interés no sería conocer los detalles académicos de su desarrollo como hiperpolíglota. Yo quería indagar en una mente brillante como la suya a través de cuestiones que tal vez solo me hubiera atrevido a traer a colación en una fiesta, y con varios tragos encima. No se negó.

“¿Para qué sirve el latín hoy en día si no es para traducir los títulos de canciones de black metal?”, fue mi gancho inicial, y Roberto, investigador de literatura comparada de la Universidad de Versalles y miembro de la Ecole Normale Supérieure de París, respondió con una defensa impecable a la madre de todas las lenguas: “Saber latín es como tener un superpoder”.

La verdad yo solo lo aprendería para joder con mis amigos rockeros. Pero su respuesta no me dejó ninguna duda. “El latín manda y este tipo es increíble”.

Esto sucedió a través de un corto intercambio de correos electrónicos que tuvimos en agosto. Roberto había venido a Bogotá a dictar un taller de árabe y me contactó para que lo ayudara a promocionarlo. Nunca cruzamos una palabra, pero nuestro encuentro virtual fue para mí  una conversación cercana con una persona que uno admira de antemano por su carrera y por su edad (27 años), pero sobre todo por su inteligencia y buen humor. Es decir, no me mandó a comer merde cuando le pregunté “a qué idioma traduciría Pokemon Go” (a lenguas nativas colombianas, por si acaso le interesa).

Roberto, exalumno del Liceo Francés, y nacido “entre Teusaquillo y La Macarena”, habla fluido nueve lenguas en nivel avanzado: alemán, latín, griego antiguo, italiano, portugués, sueco, árabe moderno estándar, francés y, por supuesto, español. Se defiende en árabe egipcio, ruso, griego y hebreo moderno. Incluso sabe algo de persa, tahitiano, drehu, checo, catalán, inglés antiguo, sánscrito, turco y maya yucateco. Sin embargo, y por fortuna, no se toma muy en serio su habilidad, como tampoco lo hacía el filólogo colombiano del Siglo XIX, Ezequiel Uricoechea.

Este decía con ironía que nunca había logrado perder su acento colombiano ni en alemán, ni en francés, ni árabe. Me lo contó Roberto, claro. Mi interés por el lenguaje nunca será tan profundo como para conocer esa frase o tratar de entender el Tractatus de Wittgenstein. Quizá por esto este hiperpolíglota bogotano encontró en mí un interlocutor perfecto para poder “hablar paja” de la envidiable facultad de conocer tantos idiomas y saber insultar en unos cuantos más. Y sí que habló hasta por los codos.

¿Cuál es su IQ?

Ni idea. No creo mucho en esos tests.

¿Cómo llegó a ser un hiperpolíglota? ¿No pudo ser un guitarrista famoso y entonces dijo: “voy a aprender 50 idiomas para compensarlo”?

La verdad es que sí quería ser rockero famoso o basquetbolista de la NBA, pero, entre la guitarra eléctrica, el balón y los libros, la carrera la ganaron los libros. Yo crecí en un medio bilingüe, luego aprendí inglés en el colegio y un poco de alemán. Pero realmente empecé a estudiar otros idiomas hace solo seis años. Cuando ya la cosa se pone seria y uno empieza a aprender más de tres o cuatro, se vuelve un poco más fácil porque uno, en realidad, aprende a aprender. También se vuelve una obsesión o una manía, pero controlada. Como un vicio con gimnástica incluida.

¿Y de qué sirve ser políglota?, ¿acaso para levantar viejas de varios países?

Hablar varios idiomas es, más que nada, una experiencia vital muy importante que le enseña a uno a descubrir, entender y respetar otras culturas y, por ende, también a otras personas. Pero también es algo muy útil. Cuando uno viaja a otros países, poder comunicarse en el idioma local es muy ventajoso: hay lugares en que la gente está cansada de que los turistas les hablen en inglés. Y viceversa, muchos turistas jóvenes no quieren que les contesten en inglés. Los griegos lo reciben a uno con una alegría inmensa si uno trata de conversarles en su lengua. Eso sí, conozco gente políglota que usa sus conocimientos para operaciones de levante internacional, enfocados casi siempre en Rusia o Suecia. En la práctica, están las actividades clásicas: ser traductor, intérprete o trabajar en turismo o mercadeo. Incluso trabajar como diplomático. Además, internet ofrece un montón de oportunidades en el área de servicios: seguridad en línea y moderación, control de contenidos. En cualquier caso, ser políglota puede cambiar completamente la manera como a uno lo percibe el jefe o un cazatalentos.

Siendo sincero, ¿cuál es el idioma menos útil que aprendió? ¿Se arrepiente o dice alguna vez, “para qué me metí en esta vaina”?

Nunca me he arrepentido y creo que hay muy pocas lenguas inútiles. El cuento es encontrarles la utilidad. La que menos me sirve en la vida cotidiana es el drehu, una lengua hablada por 4 mil  personas en una de las islas de Nueva Caledonia. Por la misma razón, no la conozco tan bien, pero la sigo estudiando en la universidad porque me gusta.

¿Cuál es el que le costó más esfuerzo aprender?

La lengua más difícil a la que me he enfrentado es el árabe, sobre todo porque cuando empecé a estudiarla, hace seis años, no tenía tanta experiencia en el aprendizaje de idiomas.
Ahora que estoy empezando a dictar clases de árabe moderno en Bogotá, me doy cuenta de que puedo utilizar todo lo que he aprendido para que mis estudiantes no tengan que esforzarse tanto como yo. El estudio del árabe implica que uno aprenda la lengua escrita (la de los medios y la literatura) pero también alguno de sus dialectos, que son tan diferentes entre sí como el español y el francés o incluso el rumano, o hasta peor, la diferencia entre los dialectos y la lengua clásica o escrita es casi tan grande como la que separa al español del latín. La gramática del idioma es compleja y, al tratar de pronunciar algunas palabras, uno siente que le va a dar amigdalitis. Pero la verdadera dificultad es que, como la lengua escrita no se habla en las calles, es muy difícil practicarla. Cuando estuve en Egipto, solo pude aprender el dialecto del país. Ahora conozco muy bien la lengua escrita y se me ha olvidado un poco el dialecto. En estas cuestiones, todo se supera. Por eso es importante, como lo propongo en mis clases, tratar de hablar en árabe literal desde el principio.


¿Para qué sirve hablar y escribir latín en el 2016, aparte de ayudar a traducir los títulos de los discos de black metal noruego?

Saber latín es como tener un superpoder, sobre todo para los hispanohablantes. Uno termina conociendo el origen de todas las palabras, entiende cómo se construyen las estructuras de su idioma y termina siendo capaz de analizar la manera como la gente habla. Eso es muy importante, sobre todo en política, porque el aprendizaje del latín implica casi siempre un estudio de la retórica. Así que uno le pone mucho cuidado a los discursos de los políticos.
Por otra parte, si uno habla latín, el español, el francés y hasta el inglés se vuelven mucho más claros y uno llega a dominarlos con mayor facilidad. Eso sí, si se quiere llegar a esos resultados, hay que estudiarlo seriamente. Lo cual no es tan difícil en Bogotá. Hay una oferta muy buena en lenguas clásicas en la Universidad Nacional, en el Rosario o en el Instituto Caro y Cuervo. No olvidemos que el latín forma parte del español y que muchas de las expresiones que utilizamos en español son latinismos, como in flagranti o in vitro o post data.Y es importantísimo, claro está, para estar al tanto de nuestra historia tan compleja y ver la riqueza de nuestra cultura que tiene mucho latín y mucho de las lenguas nativas de Colombia. No se puede entender la historia de Colombia sin los documentos en latín que hay en nuestros archivos y bibliotecas.

¿Qué relación ha encontrado con las culturas que originaron las lenguas que ha aprendido?

Yo siempre digo que al aprender realmente bien un idioma uno se vuelve como un camaleón. Para mí no basta con estudiar gramática y aprender a pedir un café en otro idioma. Intento siempre transformarme en otro individuo, parecido a mí pero salido de otra cultura. Muchos hiperpolíglotas, como Richard Simcott o Luca Lampariello, que hablan más de diez lenguas cada uno, lo dicen: entrar en otro idioma, es cambiar de personalidad porque se adoptan otras costumbres, otras prácticas culturales. Yo procuro siempre conocer la historia de los países en donde se hablan las lenguas que estudio, aprender expresiones idiomáticas para no hablar como un libro acartonado, ver televisión y películas (yo aprendí inglés con Los Simpsons, y alemán con Stromberg y Loriot, portugués con Porta dos Fundos, árabe con cine egipcio). Por eso, para mí el acento es muy importante. En varias de las lenguas que hablo no tengo acento, o tengo muy poco, y muchas veces he podido pasar por italiano, alemán o gringo. Como mi área de investigación es la literatura, también leo novelas, ensayos y poesías en las lenguas que me interesan y sobre temas que me interesan. Por eso ahorita ando con ese libro sobre la historia de la inmigración sueca en Colombia, porque habla de la familia del poeta León de Greiff. Lo que sí evito es tener una relación esnobista con mis idiomas: incluso en latín y griego, me gusta leer traducciones de Harry Potter o producciones de la cultura popular. Uno no aprende un idioma bien si no vive, de algún modo, como sus coetáneos de otros países, porque uno siempre aprende mejor con la gente de su edad. A mí me gusta mucho la literatura clásica, de Homero y Virgilio hasta Cervantes y más allá, pero también me encantan Dragonball Z, Breaking Bad, Spiderman y Daredevil

¿Sirven para algo esos “cursitos de inglés online” que se han vuelto tan famosos en los últimos años?

Todo sirve, si se utiliza bien. Yo nunca he usado eso cursos porque obtengo mejores resultados estudiando en mi casa, con un manual de la colección Assimil o Teach Yourself, que son fáciles de usar y que puedo manejar como mejor me parece y luego ir a practicar con hablantes nativos en internet o en la calle o con otras personas que estén aprendiendo. Tener un profesor es algo muy útil, pero encontrar buenos maestros es una tarea difícil. Un profesor solo puede ser un guía: el esfuerzo de verdad se hace en casa. Algunos de los hiperpolíglotas (gente que maneja más de seis idiomas de corrido) que conozco dicen que las lenguas no se enseñan sino que se aprenden, pero muchos otros han estudiado lenguas en la universidad con muy buenos resultados. Hay que tener en mente que un buen profesor es un apoyo muy importante, pero un mal profesor es el peor obstáculo que se puede tener. Desafortunadamente, mucha gente cree que basta con ser nativo para enseñar el propio idioma. Nada más falso. Muchas veces, los profesores que no son nativos y a los que les ha tocado muy duro para estudiar un idioma extranjero resultan siendo mejores que los nativos porque conocen los retos que representa cada idioma. Hoy existen herramientas como iTalki, Memrise, Readlang y muchísimos blogs de políglotas y páginas como Duolingo que ayudan a quienes aprenden a no desmotivarse.

¿En qué idioma se dicen las mejores groserías?

En la película “Matrix Reloaded”, el Merovingio dice que el francés es un idioma maravilloso para insultar y profiere una lista abundante de groserías y palabrotas. A mí me encantan las groserías porque el español es muy mojigato. Me gusta romper esas expectativas que tiene la gente cuando lo ven a uno bien vestido y uno prorrumpe en madrazos. La gente se fija más en la decencia del lenguaje que en la del comportamiento. Por eso quizás vivimos rodeados por lobos con piel de oveja. En latín, a una persona tonta se le dice: “frutex”, o sea tronco de árbol, por lo impenetrable y lo estólido. A alguien vulgar o tosco se le dice “hircus” o sea macho cabrío. Y en griego antiguo, que es un lenguaje vulgarísimo y popular, para mandar a alguien al carajo se le dice que se vaja a los cuervos: “err’ es kórakas!”. Hay otras del dramaturgo Aristófanes que es terrible y que no traduciré por dármelas de mojigato: “chalkóproktos” e “hippópornos”, que más o menos se pueden entender en español si se sabe algo de etimologías. Esas son metáforas naturales. Para los árabes, tratar a alguien de perro (“kalb!”) es un insulto gravísimo pero peor es tratar a un árabe de suela de zapato, porque son sucias y todo el mundo les pasa por encima. La maravilla del colombiano fue hacer que palabras científicas, de origen griego, sonaran sucias. Creo que la mejor (o la peor) grosería del mundo es “gonorrea”. “Vad för fan!” como dicen los suecos, o sea “¡¿qué carajos?!”

¿Los nativos de qué idioma son los que peor pronuncian el español?

Todo depende. Como en música, los gustos cambian mucho. Hay gente que piensa que el hecho de que un extranjero no se esfuerce por mejorar su pronunciación muestra la poca estima que tiene por el idioma. Puede ser cierto y eso les pasa a muchos estadounidenses y franceses. Pero, en otros casos, son cosas que, a pesar del esfuerzo, no se quitan. El acento extranjero es algo normal y completamente aceptable. El gran filólogo colombiano Ezequiel Uricoechea decía que nunca había logrado perder su acento colombiano, ni en alemán, ni en francés, ni árabe. Uno puede amar o detestar su acento, pero mientras trate a los demás hablantes con respeto, no hay ningún problema.

¿Cuáles son las mejores interpretaciones de “colombiano”en otros idiomas? No sé si sabía, pero a La Colombiana le dicen “champagne beverage” en Estados Unidos y a las arepas “corn cakes”.

Se me ocurre el error que cometen muchos franceses cuando confunden a los abogados con los aguacates, porque ambas cosas se dicen igual en francés: “avocat”. Una vez le estaba hablando a una amiga del vallenato “La diosa coronada” y, como la pronunciación de la erre en francés se parece a la de la jota, ella confundió “corona” con “cojones” y me dijo, alarmada: “Quoi? Le dieu couillon?” (“¿Qué? ¿El dios cojonudo/huevón?”). En Francia, que es donde vivo, nos toca más bien explicar: una arepa es “une tortilla de maïs”, un ajiaco “une soupe aux patates”. Lo difícil es describir un tamal santafereño o una lechona. O traducirlos. Entre inmigrantes colombianos también se hacen traducciones de términos así por molestar.

Mucha gente no tiene las posibilidades de ser políglota. ¿Qué cosas prácticas podría hacer una persona en su día a día para, por lo menos, practicar el idioma que habla?

Cualquier persona que se lo proponga puede aprender varios idiomas. Oír radio y ver televisión en el idioma que están aprendiendo es muy bueno, pero es una actividad pasiva. Es importante que, cuando lo hagan, estén pendientes y tomando nota. Lo más importante, es decir, la clave para aprender un idioma, es tener o adquirir un ritmo tranquilo y constante, aunque sea en un principio. La regularidad le permite a uno avanzar, incluso poco. Dedíquenle al menos 15 minutos diarios a la lengua. No busquen abarcar demasiado. Media hora diaria, todos los días. Eso les dará buenos resultados al cabo de dos o tres meses pero solo si el trabajo es constante.

¿Cuáles son los libros sobre el lenguaje que hay que leerse para entender su importancia?

Jean-Pierre Minaudier, profesor de historia francés y, además, especialista de historia colombiana, publicó hace un par de años un libro titulado Poésie du gérondif donde habla de su pasión por coleccionar gramáticas de cientos de idiomas. Desafortunadamente, no ha sido traducido al español. Otros títulos son The Language Instinct, de Steven Pinker, y The Language Myth, de Vyvyan Evans y After Babel de George Steiner, todos traducidos, creo. Las reflexiones de Agustín (hay quien le dice San Agustín) y de Wittgenstein sobre el tema son esenciales. Les recomiendo también, sobre los hiperpolíglotas y el aprendizaje masivo de idiomas el libro Babel No More, de Michel Erard.

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