Los hechos que desembocaron en la llegada de Hitler al poder

Por estos días se hacen muchos paralelos entre Adolf Hitler y algunos líderes de la política internacional, especialmente Donald Trump. Vale la pena, entonces, revisar cuáles fueron los hechos en Alemania que desembocaron en la llegada del Führer al poder.

” … si no fuera por nosotros, hoy la burguesía no estaría viva en
Alemania… “. Adolfo Hitler. Discurso pronunciado en el Club de Industriales de Düsseldorf, enero 27 de 1932.

Uno de los periodos más complejos y a la vez, apasionantes de la historia del presente siglo es el que va de la Primera a la Segunda Guerra Mundial, particularmente en lo relacionado con la política europea y sus consecuencias para la paz internacional. La Revolución de Octubre; el Tratado de Versalles y el surgimiento de nuevas fronteras; el Pacto de Locarno; la gran depresión; el triunfo del fascismo en Italia y Alemania; las provocaciones de las potencias del Eje y la actitud conciliadora de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos; la guerra civil española, y el pacto de no agresión entre Berlín y Moscú son algunos de los hechos que, encadenados, llevaron a la humanidad a la conflagración más cruenta de la historia.

El ascenso del nazismo al poder, hace siete décadas, constituye tal vez el acontecimiento decisivo de este proceso. ¿Qué factores posibilitaron la caída de la República de Weimar, cuya constitución era considerada como la más perfecta de Occidente, y la implantación del régimen más vandálico que se pueda concebir? O mejor, ¿qué fue lo que permitió que un hombre como Hitler y un partido como el nacionalsocialista pudieran pasar del anonimato de sórdidas tabernas de Munich al dominio absoluto del Estado germano?

Lea también: Las lecciones de la Segunda Guerra Mundial

Detrás de la feroz oratoria del Führer y de los hampones de las SS, se movieron poderosos intereses que, combinados con circunstancias excepcionalmente propicias, dieron un impulso incontenible a la carrera de los nazis hacia la conquista del aparato gubernamental.

Alemania, derrotada y humillada

Además de obligarlos a reconocerse como culpables de la guerra del 14, los vencedores impusieron a los alemanes, en 1919 en Versalles, un tratado de paz que, entre otras cosas, estipulaba: Alemania perdía la totalidad de sus posesiones coloniales, así como unos 65.000 kilómetros cuadrados de su propio territorio, cedidos a Bélgica, Francia, Polonia, Lituania y Dinamarca; en adelante nunca podrían estacionarse tropas germanas en la zona del Rin, la cual, sin embargo, estuvo ocupada por los Aliados hasta 1930; se prohibió que Alemania mantuviera un ejército superior a 100.000 efectivos y que organizara una aviación de combate; de igual modo quedaron proscritos los submarinos los navíos pesados y las divisiones blindadas.

Para vigilar el cumplimiento del desarme alemán e impedir el rearme, la Entente creó la Comisión de control que tenia el derecho de inspección sobre el ejército y la gran Industria. Como si lo anterior fuera poco, se decidió, en 1920, que Alemania deberla pagarles a sus rivales unas reparaciones, cuya cuantía se fijó inicialmente en la astronómica suma de 269.000 millones de marcos.

Estas y otras condiciones fueron rubricadas por los gobiernos social demócratas que por entonces daban comienzo a la corta existencia de la República de Weimar.

De otra parte, durante el Invierno de 1918-19 una marejada de Insurrección revolucionaria sacudió a Alemania, y en las grandes ciudades como Berlín, Múnich,
Dresden, Essen, Düsseldorf, Frankfurt, Bremen, Colonia, etc., se constituyeron consejos de soldados y obreros que buscaban la instauración de un régimen soviético. El movimiento fue de tal magnitud que se llegó a pensar que la Rusia bolchevique tendría en Alemania un aliado con el mismo ordenamiento político. No obstante, “el peligro comunista” fue combatido a sangre y fuego por parte del gobierno socialdemócrata y la oficialidad del ejército. La amenaza de una revolución continuarla latente hasta 1933.

Lea también: ¿Dónde estaban los líderes de la Segunda Guerra Mundial cuando estalló la primera?

La conjunción de dos factores, uno externo-la postración a que se sometió a Alemania- y otro interno- el avance comunista y las graves crisis económicas- hizo que por todo el país pulularan libremente infinidad de organizaciones nacionalistas y ultraderechistas, entre las que figuraba el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, acaudillado por el cabo Adolfo Hitler. La restitución de la grandeza germana, vale decir del lugar perdido en el concierto de imperios mundiales, y la guerra al bolchevismo (que casi todos los nacionalistas asociaban al judaísmo) eran las banderas agitadas por ese grupúsculo que las gentes conocerían con el nombre de nazismo, pero que en 1920 tenía menos de mil afiliados. En lo interno, pugnaba por implantar una dictadura terrorista que conculcara todos los derechos democráticos del pueblo; en lo externo, por la más desenfrenada expansión de los intereses alemanes, sobre la base de acabar con la humillación de Versalles. Fascismo e imperialismo; aquello de “socialismo” era para embaucar a las masas obreras.

Empieza el ascenso

El 11 de enero de 1923, ante la imposibilidad por parte de Alemania de cumplir con los pagos de las reparaciones, Francia y Bélgica se tomaron el Ruhr, la región más industrializada del país, con el propósito de cobrarse las deudas directamente y en especie. El gobierno germano llamó a la población de la zona a practicar una “resistencia pasiva”. Desde ese momento el marco emprendió una caída vertical frente al dólar y la inflación alcanzó niveles grotescos. Si en enero de 1923 1923 un dólar costaba 18.000 marcos, en noviembre llegó a valer 4.200.000.000.000. Las estampillas de correo urbano de un millón de marcos eran las más comunes y los precios de los víveres aumentaban varias veces en un mismo día.

Como consecuencia de esta coyuntura, las huelgas se multiplicaron y el Partido Comunista creció rápidamente, en especial en distritos de importancia económica como el Ruhr, Sajonia, Turingia, etc. Empero, los nazis también avanzaron y en el otoño de 1923 contaban con cerca de 200.000 seguidores. Una vez más el temor al bolchevismo y los sentimientos nacionales heridos fueron capitalizados por Hitler, quien despertó simpatías en la golpeada clase media y en algunos círculos militares y de la plutocracia.

Entonces fue cuando la comandancia nazi pensó que habla llegado la oportunidad de asaltar el poder y el 9 de noviembre de 1923 lanzó el fracasado “putsch de Munich”. En su breve cautiverio, Hitler no sólo escribió “Mi Lucha”, sino que concluyó que era posible y más conveniente arribar a la Cancillería a través de métodos legales. Un movimiento que diera la Impresión de ser una banda de aventureros golpistas no contarla con el respaldo del gran capital ni de la alta oficialidad. Así, en las elecciones parlamentarias de mayo de 1924 el nazismo obtuvo 32 diputados con 3.3 millones de votos; los comunistas alcanzaron 62 curules con seis millones de sufragios- Se iniciaba de esta manera el intrincado ascenso del nacionalsocialismo al poder, valiéndose de los canales de la democracia representativa. Poderosos intereses nativos y foráneos contribuirían decididamente al éxito del Herr Hitler.

Auxilios del exterior

La impresionante recuperación de la economía germana entre 1924 y 1930 se debió en gran medida -y esta es una paradoja sin par- a la cooperación de los autores del Tratado de Versalles. Gracias al Plan Dawes (1924), Alemania redujo las cuotas de las reparaciones, pagó unos 11.000 millones de marcos y recibió prestados más de 25.000 millones, que fueron a parar a manos del Estado y de los magnates. En 1929, el Plan Young disminuyó a la mitad las reparaciones y eliminó la supervisión aliada sobre la economía alemana. En estos años la industria y la minería alcanzaron niveles que sobrepasaron los de Inglaterra y Francia. La resurrección de Alemania era considerada vital para la buena marcha de los negocios de las potencias europeas y los Estados Unidos, que nunca imaginaron que su proceder actuaría en forma de bumerang. Al fin y al cabo, razonaban, Alemania sería una presa menos fácil para el comunismo si se aliviaban sus padecimientos.

Por otra parte, ya desde 1922 el régimen de Weimar, el ejército y los industriales habían acordado el rearme clandestino de la Wehrmacht, en las narices de la ineficaz Comisión de Control, organismo que dejó de funcionar en enero de 1927. El presupuesto militar pasó de 490 millones de marcos en 1924 a 827 millones en 1928, año en que empezó en gran escala el rearme germano, sin que Francia o Gran Bretaña dieran siquiera muestras de preocupación.

Pero no sólo el gobierno, el capital y el ejército alemanes, se beneficiaron de la actitud de sus antiguos adversarios; también el nazismo reclutó generosos e influyentes simpatizantes en los más encumbrados sectores de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, etc., los cuales, como lo diría luego el general De Gaulle, “pretendían ver al enemigo más bien en Stalin que en Hitler”. De ahí que los primeros contribuyentes de los nazis salieran de la aristocracia rusa emigrada a raíz de la revolución de 1917, la cual confiaba en que Hitler sería el medio para recuperar su Santa Rusia.

El antisemitismo y el anticomunismo del señor Henry Ford le convirtieron no sólo en un admirador del nazismo, sino también en su colaborador, hasta el punto de que en julio de 1938 fue condecorado con la Cruz de la Orden Suprema del Águila Alemana. Según Upton Sinclair, en su libro sobre Ford, Hitler recibió de aquel más de 300.000 dólares; una de las herederas de la familia Wagner confesó hace poco a un investigador norteamericano que “Ford me dijo que ayudó a financiar a Hitler con dinero de sus ventas de autos y camiones a Alemania”, y el embajador estadounidense en Berlín, William Dodd, afirmó que “ciertos industriales americanos tienen mucho que ver con la instauración de regímenes fascistas en Alemania e Italia”. Esto para mencionar apenas tres testimonios de los muchos que existen en el mismo sentido.

Montagu Norman, director del Banco de Inglaterra, quien creía que el caos económico alemán perjudicaba a su país, fue pieza clave en la asistencia financiera externa que recibió Hitler tan pronto como subió al poder, aunque hay serios indicios que permiten sospechar que presionó para que los nazis recibieran dineros británicos antes de 1933. Tampoco son un misterio las abiertas simpatías que por Hitler y su política profesaban el vizconde Rothermere dueño del “Daily Mail”, uno de los diarios más conocidos de Gran Bretaña; sir Henry Detering, amo de la Royal Dutch-Shell, y hasta Eduardo VIII, más tarde Duque de Windsor.

El casco y el cubilete proclaman a Hitler

Entre las figuras alemanas de peso que dieron dinero al nazismo en los años veinte se destacan Frau Winlfred Wagner, nuera del compositor; Fritz Thyssen, potentado del Ruhr y presidente del trust del acero más grande de Alemania; Ernst Borslg, afamado fabricante de locomotoras y Emil Klrdorff, director del Sindicato Carbonífero Renania-Westfalia. En cuanto a los militares, aparecen en primera Instancia el prestigioso general Erich Ludendorff, el capitán Ernst Roehm (futuro líder de las S.A.) y nada menos que el comandante en jefe de las fuerzas armadas hasta 1926, general Hans von Seeckt, el cual declaró en 1930: “No sólo estimo deseable la inclusión de Hitler en el gobierno; pienso que es una necesidad”. las altas esferas castrenses apreciaron con creciente Interés las tesis del Führer acerca del resurgimiento de Alemania como una potencia bélica de primer orden. Por ello toleraron siempre los desmanes de la militancia nazi y no movieron un dedo para detener a las hordas paramilitares de las S.A., que en 1932 llegaron a sumar más de 400.000 hombres (¡cuatro veces más que el propio ejército!) y que sembraban el terror por doquier.

Refiriéndose a la urgencia que tenia Alemania de extender sus intereses más allá de sus fronteras, Hitler Indicó en un panfleto secreto destinado a los empresarios, en 1927: ” …los factores decisivos del conflicto económico mundial nunca han sido la capacidad ni los conocimientos de los diversos competidores, sino más bien el poder de la espada que empuñen para mejorar sus negocios…”. Cinco años después, ante un selecto grupo de industriales en Düsseldorf, concluía: ” … no puede existir una vida económica floreciente si no se tiene delante de si y tras de si un Estado poderoso que la proteja”. Según el Führer, para que Alemania saliera de la crisis y retomara su liderazgo era imperativo buscar mercados; con el fin de lograr esta meta se precisaba un Estado fuerte y armado hasta los dientes; la fabricación de las armas servirla, a su vez, a la gran Industria, que entregarla los cañones al ejército para la conquista de pueblos Y territorios. De esta manera Hitler consiguió ganarse el apoyo de la casta militar Y de la burguesía germanas, ambas imbuidas de sentimientos revanchistas.

Si a lo anterior se agregan la depresión de los treintas, cuyos efectos se sintieron con singular rudeza en Alemania, fustigando a las clases media y obrera, así como el considerable repunte del Partido Comunista en los comicios de noviembre de 1932, no es de extrañar que los acaudalados apuntalaran el nacionalsocialismo con la esperanza de solucionar todos sus dolores de cabeza. Entre quienes favorecieron a los nazis poco antes de su triunfo, podemos mencionar a los Krupp, legendarios fabricantes de armamento pesado; Alfred Hugenberg, zar de las comunicaciones y dueño de los estudios de cine UFA; Alfred Voegler, empresario del acero; Hjalmar Schacht, expresidente del Reichsbank; Rudolf Bingel, de Siemens & Halske; el duque de Mecklenburgo; el príncipe Augusto Guillermo, hijo del Kaiser; el gran duque de Hesse, y ejecutivos de I.G. Farben, de numerosos bancos y de empresas navieras.

La profunda división que enfrentaba a comunistas y socialdemócratas (entre los dos partidos sumaban 221 diputados a fines de 1932, mientras que los nazis contaban con 196) facilitó mucho las maniobras políticas que el 30 de enero de 1933 culminarían con el nombramiento de Adolfo Hitler como Canciller de la República, en representación del grupo mayoritario del Parlamento. Año y medio después, los nazis implantaran la dictadura y emprenderían la senda de la guerra y el exterminio de naciones.

Revista Diners de febrero de 1983. Edición número 155

Articulos Relacionados

  • Así se ve la Bella y la Bestia sin efectos digitales
  • Mercedes Salazar lanza una colección de brazaletes inspirados en la Mujer Maravilla
  • Detrás de la portada: Adriana Arboleda
  • El playlist de Juan Felipe Samper