Las lecciones de la Segunda Guerra Mundial

Los estadistas de hoy enfrentan el desafío de construir un orden mundial estable sin olvidar las enseñanzas de hace 50 años.

Publicado originalmente en Revista Diners de octubre de 1989. Edición número 235

Hace 77 años, el 1ero de septiembre de 1939, el buque escuela alemán “Scheswig Holstein” bombardeó posiciones polacas acerca de Gdansk. Fue el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
La sabiduría convencional sostiene que la política de apaciguamiento-esa persistente equivocación destinada a contener a Hitler- hizo inevitable la guerra. Esto es cierto y, a la vez, superficial. Hitler fue quien empezó la contienda, pero el orden internacional se encontró a merced de un líder maniaco debido a una ausencia de dirección política que se extendió a lo largo de dos decenios a partir del acuerdo de Versalles de 1919.

Para tener estabilidad, un sistema internacional debe poseer dos componentes: un equilibrio de poder y un principio generalmente aceptado de legitimidad. Un equilibrio de poder hace que la destrucción del orden internacional sea físicamente difícil, lo cual disuade cualquier amenaza antes que ésta ocurra. Un principio de legitimidad con una base amplia desanima cualquier asalto contra el orden internacional. Una paz estable es el reflejo de una combinación de restricciones físicas y morales.

Estos dos principios fueron ignorados por los tratados de Versalles y Saint Germain, que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial. Antes de 1914, la política europea estaba dirigida por cinco grandes potencias: Gran Bretaña, Francia, Alemania y los imperios Austro-Húngaro y ruso. Las naciones del continente eran vecinas y estaban relacionadas entre sí por complicadas alianzas. Pero el Tratado de Saint Germain disolvió uno de los países más importantes, el Imperio Austro-Húngaro, en sus diversas nacionalidades, creando una plétora de pequeños estados en Europa Oriental y los Balcanes. El Tratado de Versalles humilló a Alemania y le negó cualquier participación en el orden internacional, a tiempo que el Imperio Ruso era sacudido, primero por la revolución, y luego condenado al ostracismo por el desenlace de aquella.

Así, después que los Estados Unidos se retiraron en 1920, el equilibrio de poder europeo quedó de hecho integrado por dos países: Francia y Gran Bretaña. Sin embargo, Gran Bretaña pocas veces se había comprometido de manera continua en el continente, casi nunca del lado de la nación más poderosa, que al menos sobre el papel parecía ser Francia. Esta, de otra parte, había sufrido las mayores bajas en relación con la población de cualquier combatiente.

Carecía de los medios y de la voluntad para ser el árbitro de Europa. Consciente de que sin la ayuda de Gran Bretaña, Rusia y los Estados Unidos, se hubiera perdido la guerra, Francia no podía afrontar la perspectiva de mantener por sí sola el equilibrio de poder consistía en debilitar a su temido vecino. Alemania tuvo que entregar a Alsacia y Lorena a Francia y algunos territorios en el Este a Polonia; Renania fue desmilitarizada y el ejército alemán severamente limitado en tamaño y equipo. Finalmente se impusieron a Alemania cuantiosas y, en últimas, impagables reparaciones.

Alemania no era el único país irredentista: La Unión Soviética, excluida de la diplomacia europea, siempre estaba preparada para hacer que los capitalistas lucharan entre sí. En los años veintes facilitó entrenamiento secreto al ejército alemán en su territorio, en violación del Tratado de Versalles. En la década siguiente, Stalin trató de hacer aperturas hacia Hitler; cuando fue rechazado, estableció una alianza con Francia, para regresar a su primera opción en el pacto germano-soviético de 1939.

En retrospectiva, es extraño que ningún estadista de la época hubiera abordado la cuestión de si era posible mantener un acuerdo que exluía a los dos países más populosos del continente: Rusia y Alemania. Es probable que Gran Bretaña hubiese preferido reconciliarse con Alemania, pero para ello no pudo conseguir el apoyo de Francia. Esta deseaba mantener a Alemania en la impotenia pero tampoco tampoco logró obtener el respaldo de Gran Bretaña- El resultado fue la indecisión y la evasión, una política muy pequeña y muy tardía.

En cuanto a los Estados Unidos, estos habían liderado el principio de autodeterminación y tratado de superar las imperfecciones de su aplicación proponiendo el concepto de seguridad colectiva.

La comunidad mundial, reunida en la Liga de las Naciones, se encargaría de encarar las amenazas a la paz y modificar por consenso aquellos arreglos que fueran imperfectos. Esta doctrina asumía que las amenazas contra la paz siempre eran inequívocas y que todas las naciones tenían un idéntico interés en oponérseles o rectificarlas acordando medidas apropiadas. La historia, sin embargo, no respalda ninguna de tales proposiciones. En fin de cuentas, los Estados Unidos decidieron unirse a la creación de la Liga. Sucedió que la Primera Guerra Mundial, que supuestamente era la contienda que pondría fin a todas las guerras, produjo un tratado de paz que carecía de un equilibrio de poder y de un sentido aceptado de legitimidad. El acuerdo de Versalles estaba destinado a sucumbir con una guerra o con la hegemonía de Alemania en Europa Oriental.

De todos los países, Francia se hallaba en la posición más trágica. Exhausta por la carnicería, atrapada entre sus recuerdos y premoniciones, había recurrido a una diplomacia que se proponía arrancarle a Alemania garantías en las cuales no creía. Un resultado fue el Tratado de Locarno, suscrito en 1925, que en su momento fue presentado como un gran avance hacia la paz. En este, Alemania garantizaba su frontera occidental con Francia pero se negaba a otorgar la misma garantía a sus vecinos orientales. En otras palabras, en lo que parecía un acto de reconciliación, Alemania en realidad estaba subrayando su desafío al sistema de postguerra al significar que el Tratado de Versalles no era válido a menos que fuese afirmado y que se estableciera, con la aquiescencia de Gran Bretaña y Francia, dos tipos de fronteras en Europa: unas garantizadas por Alemania y otras no

Todo esto implicaba que Europa Oriental estaba siendo abandonada a su propia suerte-en los hechos, si aún no en teoría- como lo probó el segundo evento de importancia capital de los años veintes, la construcción de la Línea Maginot en Francia, puesto que la mentalidad que había detrás de este complejo de fortificaciones fronterizas (con las provincias de Alsacia y Lorena) dejaba a los países de Europa Oriental a merced de Alemania tan pronto como ésta se rearmara. Francia solamente podía evitar que Alemania pusiera en práctica una política revisionista en el Este si contaba con una opción creíble para invadir esta nación. Empero, la Línea Maginot indicaba exactamente lo contrario, es decir, que Francia resistiría, si acaso lo hacía, conduciendo una guerra prolongada desde sus fortificaciones. La estrategia y la política estaban totalmente descoordinadas.

De manera incesante, Hitler explotó tanto la debilidad del sistema internacional como los sentimientos de culpa de sus oponentes. Uno tras otro, los políticos de Occidente regresaban de las reuniones con él repitiendo sus supuestos deseos de paz. En el término de dos años, luego de su ascenso al poder en 1933, Hitler había abrogado las limitaciones impuestas por Versalles al rearme alemán con el argumento de que las otras naciones no habían mantenido su promesa de seguir a Alemania en la ruta del desarme.

En un mundo que se sintiera menos culpable acerca de analizar la paz en términos de equilibrio, esto hubiera lanzado señales de alarma. En vez de ello, Europa se refugió en la creencia de que los desafíos de Hitler al orden internacional eran el resultado de agravios específicos más que de defectos estructurales del sistema y propósitos agresivos de los nazis. En consecuencia, se pensaba que aliviando o “apaciguando” determinados reclamos se preservaría la paz.

Considero que el punto de viraje que hizo inevitable la contienda no fue Munich, en 1938, sino la ocupación de Renania por parte de los alemanes en 1936. Mientras la margen occidental del Rin estuvo desmilitarizada, Alemania corría el riesgo de que un movimiento hacia el Este podría provocar una ocupación francesa de Renania, no obstante la existencia de la Línea Maginot. Pero una vez Alemania estuvo en condiciones de construir fortificaciones en su frontera occidental, Gran Bretaña y Francia solo podían proteger a las naciones de Europa Oriental con la amenaza de una prolongada guerra de desgaste durante la cual los aliados franceses de Europa del Este con toda seguridad serían arrollados.

Una de las razones de la debilidad de la respuesta de Occidente fue que el principio de equilibrio de poder chocaba con las convicciones morales de las democracias. El primero aconsejaba resistir; las segundas generaban moderación y confianza en las demostraciones de buena voluntad de Hitler. Desde el punto de vista del equilibrio, era el momento de que Francia actuara, sola si fuere necesario, ya que el rearme alemán aún no había progresado demasiado. Desde le punto de vista de la legitimidad-que dominaba el pensamiento británico-, Alemania sólo estaba ejerciendo aquellos derechos para defender su territorio nacional que se concedían a todos los demás estados. Puesto que Francia se negaba a actuar sin Gran Bretaña, tuvo que contentarse con un decidido compromiso inglés de resistir a un ataque alemán contra Francia. Esto, por supuesto, no era ningún consuelo para los aliados de Francia en Europa Oriental.

El desbarajuste del equilibrio de poder estuvo acompañado del colapso de la doctrina de la seguridad colectiva. Cuando en 1935 Mussolini atacó Abisinia, la Liga de Naciones se estremeció. Aplicó sanciones, pero tan tímidamente que terminó demostrando más impotencia que determinación. El único resultado duradero fue un acercamiento entre Italia y alemania, lo cual incrementó la libtertado de maniobra de los nazis.

La combinación de estos dos sucesos selló la suerte de Europa Oriental. Lo único que quedaba ppor definirse era si Hitler tendría la paciencia suficiente para alcanzar la dominación de Europa Oriental sin apelar a la guerra. Pero Hitler no era paciente ni estaba ansioso por impedir la guerra. Por el contrario, la buscaba.

En marzo de 1938 Austria fue anexada. Las democracias no resistieron. Una vez más las consideraciones relativas al equilibrio aconsejaban un camino y la legitimidad otro. El llamado “Anschulss” socavó todavía más el balance de poder extendiendo las fronteras alemanas hacia los Balcanes y cercando a Chcoslovaquia, un aliado de Francia. De otra parte, la población austriaca hablaba alemán y una amplia mayoría respaldó la unión al Reich.

Unos meses más tarde le tocaría el turno a Checoslovaquia. Munich ha pasado a la historia como un término especialmente oprobioso. Pero en realidad lo que hizo fue aplicar las premisas de la política exterior establecidas casi dos décadas atrás. De nuevo el principio de autodeterminación-el deseo de los 3.5 millones de alemanes que vivían en Checoslovaquia de unirse a sus compatriotas al otro lado de la frontera-arrolló al principio de equilibrio. Un aliado democrático fue sacrificado.

En honor a la verdad, debe dcirse que incluso aquellos líderes podersos y desilusionados tuvieron que haber calculado que para entonces necesitarían tiempo para aumentar su capacidad militar.

Las fatuas palabras del Primer Ministro británico, Neville Chamberlain, a su llegada de Munich en el sentido de que traría “paz para nuestro tiempo”, oscurecieron la realidad de que no se estaba actuando según ellas. Por el contrario, Chamberlain aceleró el rearme británico, especialmente en el poderío aéreo. Y cuando seis meses después Hitler avasallí pueblos no germanos desmembrando lo que restaba de Checoslovaquia, Gran Bretaña no se inmutó. Coon el balance de poder y el principio de legitimidad bajo ataqui, Gran Bretaña retornó a su tradición de oponerse a la hegemonía continental.

Una semana después de la anexión alemana de Bohemia y Moravia, Lonres otorgó garantías a Polonia. Ya no era posible que Alemania continuara expandiéndose sin una gran guerra.

Pero ahora las evasiones de dos decenios habían condenado a las democracias occidentales a encarar solas dicha contienda, puesto que Stalin no veía diferencia alguna entre estas y Hitler y no tenía intereses propios en el sistema prevaleciente. Su pesadilla era que las democracias desviaran hacia el Este, lo que él consideraba la inevitable guerra civil imperialista. Durante un tiempo Stalin temió que Munich había abierto la puerta a dicho desenlace.

No obstante, las garantías inglesas a Polonia debieron tranquilizarlo, ya que Alemania no podría atacar a la Unión Soviética sin cruzar Polonia. Por consiguiente, Stalin no tuvo que pagar ningún precio para que Gran Bretaña y Francia fueran a la guerra el fin de evitar la expansión de Alemania hacia el Oriente, la única guerra para la cual Stalin estaba preparado. El pacto entre Hitler y Stalin selló la suerte de la precaria paz por la cual dos décadas atrás habrían muerto 20 millones de personas. Los dos países que habían sido pasados por alto en el arreglo de Versalles hicieron causa común para destruirlo.

El final de un largo artículo no es la ocasión para trazar paralelos tácticos. Sin embargo, es posible afirmar que nuestra generación enfrenta un problema similar al que se les presentó a los estadistas hace 90 años: cómo construir un orden internacional estable. La mayor parte del periodo de postguerra se ha caracterizado por un equilibrio europeo relativamente estable. Ahora el mundo bipolar se está desintengrando, más en el Este que en Oeste. Si la historia ha de servirnos de guía, tal proceso no debe dejarse al azar y mucho menos a declaraciones de buena voluntad. Los líderes contemporáneos necesitan un concepto que relación estructura e intenciones, equilibrio y legitimidad.

Uno puede confiar solamente en que la sabiduría convencional de nuestro tiempo no sea tan miope como hace 70 años lo fue la generación que dirigió el periodo entre las dos guerras

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