Y después de los Beatles, ¿no hubo nada?

Quince años después de la separación del Cuarteto de Liverpool, el periodista Eduardo Arias hizo este cuidadoso balance del mundo del rock. ¿Qué tanto ha cambiado desde entonces?

Publicado originalmente en Revista Diners de diciembre de 1986. Edición 201

La historia del rock después de los Beatles suele ser menospreciada, sobre todo cuando se la compara con los 60. La leyenda del poder de las flores, la sicodelia, mayo del 68 y las utopías de la nación de Woodstock suenan mucho mejor que el nihilismo, la decadencia, el show business y las pretensiones artísticas del rock sinfónico. Pero, para aquellos “que se quedaron en los Beatles”, va esta breve historia de 16 años de rock

Aunque los Beatles se separaron formalmente en 1970 (en ese año lanzaron sus últimas canciones al mercado; Lennon y McCartney estaban mucho más interesados en sus carreras de solistas y se iniciaron los papeleos para disolver el grupo), ya desde 1967 comenzaron a aparecer los primeros síntomas de la disolución del grupo, más que todo a raíz de la muerte de su manager Brian Epstein. Desde 1965 era fácil distinguir las canciones compuestas por Lennon de aquellas de McCartney, y George Harrison comenzaba a pisar fuerte en ese terreno con sus composiciones. Mientras Lennon se inclinaba por un radicalismo político a favor de la paz, McCarteny explotaba más y más el lirismo y Harrison producía temas místicos, muchas veces influenciados por la religión hindú. A estas divergencias estéticas se sumaron otras de tipo financiero, ya que McCartney quería involucrar a la familia Eastman en los negocios de los Beatles y Lennon quería convertir a su exótica esposa Joko Ono en una especia de quinto Beatle, cosa que no le hacía gracia a los tres restantes miembros de la banda.

Aunque fueron tres años en los que estuvo “cantada” la inminente separación del grupo, este hecho conmovió a los millones de seguidores de los Beatles, la mayoría de los cuales nunca supo, por ejemplo, que la canción “Lady Madonna” fue grabada por Paul McCartney y un grupo de músicos anónimos que reemplazaron a John, George y Ringo.

Desde aquel entonces, los críticos han admirado con paciencia y gran optimismo la aparición de un grupo capaz de superar, o al menos igualar, sus hazañas. Cosa difícil, si se tienen en cuenta las decenas de temas de este grupo que ocuparon primeros lugares en las listas de éxitos a ambos lados del Atlántico. O la influencia que, más allá del amor que se tenga por los Beatles, marcó durante seis años de dominio absoluto en el panorama del rock en los años que siguieron a su separación. Los amigos de encontrarle sucesores al grupo de Liverpool han sugerido muchos nombres en estos 15 años. Los Rolling Stones a principios de los setentas, más adelante los Bee Gees durante el apogeo del disco, The Police en los años de oro del New Wave, Michael Jackson durante el cuarto de hora de “Thriller” y hasta los mismos Sex Pistols, inventores del punk, tal como este pasó a la historia, con los pelos teñidos , las cadenas y las agujas incrustadas en la piel.
La historia del rock después de Los Beatles suele ser despreciada, sobre todo cuando se le compara con los setentas. La leyenda del poder de las flores, la sicodelia, el mayo del 68 y las utopías de la nación de Woodstock suenan mucho mejor que el nihilismo, la decadencia, el show business y las pretensiones artísticas del rock sinfónico. Pero, para aquellos que “se quedaron en Los Beatles”, va esta breve historia de 16 años de rock.

El rock después de los Beatles

1970. Una nueva década se inicia bajo el signo de la nostalgia. El grupo que durante seis años fue la gran referencia de los nuevos caminos que tomaba la música rock había desaparecido , y con ellos dos ídolos del hipismo, Jimi Hendrix y Janis Joplin, quienes murieron víctimas de sobredosis de heroína. El hipismo era cosa del pasado, a pesar de los esfuerzos que se realizaban a ambos lados del océano por repetir la experiencia del festival de Woodstock. En Altamont Speedway, California, el concierto de los Rollign Stones, Jefferson Airplane y otras bandas terminaba con la muerte de un joven negro que intentaba subirse al escenario. A partir del eclecticismo sugerido por los Bealtes desde 1966, de los experimentos sicodélicos,, de la fuerza adquirida por el country y el folk, de la solidez que presentaban los grupos ingleses de blues-rock y, por supuesto, de la gran atención que despertaban a nivel mundial las estrellas del soul y del funky negro, el rock inició su nuevo camino en una década oscura, llena de contradicciones y de caminos sin salida, pero que permitió también desarrollar al máximo expresiones que durante los sesenta estuvieron opacadas por la dictadura de los Bealtes. Ahora el rock era, al mismo tiempo, las cancioncillas intrascendentes de los artistas de un solo hit, el sonido pesado de los grupos de Heavy Metal, el show de Ellton John y David Bowie, la pretensión y el virtuosismo del rock sinfónico. El espectáculo, las luces, las giras espectaculares por todo el mundo y la sofisticación de la industria del disco alejaron más y más al público de sus artistas. Proliferaron los discos de laboratorio, elaborados por un solo músico en un estudio, mientras que el abuso de los nuevos instrumentos electrónicos alejaban más y más al rock de sus raíces.

La gente y los críticos, en medio de la confusión, buscaban a los sucesores de los Beatles. Obvios candidatos fueron los Rolling Stones, grupo que en alguna época, por allá en 1964, había sido antónimo del cuarteto de Liverpool, pero que llevaba una larga carrera independiente que nunca tuvo nada que ver con los Beatles, así Lennon tuviera la delirante convicción de que cada disco de los Stones era copia del anterior de los Beatles.

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Las ventas de discos, cada vez mayores, permitieron romper los récords impuestos por los Beatles y, con base en ese parámetro comercial, aparecieron varios aspirantes a sucesores, que muy pronto caían en el vacío cuando pasaban de moda o eran reemplazados por un nuevo número. En este sentido, la década de los setenta pasó a la historia por artificiosa, pretensiosa y a la vez conservadora. La muerte por inanición del hipismo y de otras tendencias radicales hicieron que, a la vuelta de muy pocos años, el rock dejara de ser un ataque frontal contra el sistema, para convertirse en uno de sus dóciles hijos.

Quince años muy complicados

Definir tendencias no resulta fácil. En estos 15 años se consagraron tan dispares como Wham y Pink Floyd, Emerson Lake and Palmer y The Eagles, Queen y Génesis, los hermanos Osmond y los hermanos Jackson. Musicalmente muy poco en común. Los une a todos el gran despliegue publicitario que merecieron sus discos, sus maratónicas giras alrededor del mundo y el apelativo de “superestrellas del rock de todos los tiempos”, “ídolos de la juventud del planeta”, etc… Pero ninguno de ellos logró ocupar jamás la vacante dejada por los Beatles.

El público, ante la gran avalancha de opciones (disco, tecno pop, rock sinfónico, heavy metal, reggae), se ha sectorizado y no quiere saber nada de las otras tendencias. Los progresivos odian la música comercia y los amantes de las cancioncillas como “Ata una cinta amarilla” y “Estaciones en el sol no soportan el heavy metal, que es “puro ruido”.

Entre los grandes movimientos genéricos se destaca el aporte de la música negra: soul, funky, R&B (por Rhythm’n Blues) o Motown (la casa disquera de Detroit que lanzó a la fama a Diana Ross y The Temptations entre muchos otros). Es escuela negra venía consolidada desde los años setenta y, en los primeros años de los setenta, fue la única fuerza sería capaz de combatir en los hits parades la insoportable proliferación de cancioncillas. Marvin Gaye, Setevie Wonder, Timmy Thomas, George Clinton y su Funkadelic, Sly & The Family Stone y los hermanos Jackson; Gloria Gaynor, Diana Ross, Tina Turner… todos ellos continuaron la tradición de la música negra norteamericana.

Muchas veces se le ataca por ser comercial y frívola, sobre todo a partir del auge del Disco y, más recientemente, en el área de los videos, domo músicos como Lionel Richie. La gran revolución del Disco volvió a colocar la música negra al toe de todas las listas. Entre 1976 y 1979, el Disco reinó, hasta tal punto que músicos como David Bowie, Rod Stewart y los Rolling Stones grabaron temas muy Disco (“Fame”, “Da Ya Think I´m Sexy”, “Miss You”) que les permitieron asomar sus cabezas en las listas de éxitos.

Por los lados del rock puro, heredero del blues británico (Yardbirds, Cream), del rock ácido y de los sobrevivientes (Rolling Stones, The Who), se destacó a comienzos de los setentas Led Zeppelin. Este supergrupo dominó el panorama del rock hasta 1976, escoltado por sus lugartenientes Black Sabbath y Deep Purple.

Por su parte, The Who y los Rolling Stones siguieron su carrera en la nueva era. Los primeros mantuvieron el espíritu del rock tradicional y produjeron dos verdaderas joyas. El álbum “Who´s Next” y la ´pera rock “Quadrophenia”, mucho más profunda e interesante que la archiconocida “Tommy”. Los Stones, en cambio, dejaron el rock muy pronto (Exile on Main Streeet”, tal vez el mejor álbum rock n´roll de los setentas, fue su testamento), y entraron de lleno en los ritmos negros (el álbum Black and Blue”), en la onda Disco, y solo en los ochentas han intentado volver al rock “tradicional”. A partir de Led Zeppelin se formó la escuela del llamado Heavy Metal, rock violento con implicaciones satánicas, mucha maldad y violencia entre sus cultores, destrucción del mundo e invitaciones al infierno.

Grupos como Mötorhead, A/DC y Iron Maiden (nombre de tortura medieval) aún hoy en día mantienen vigente esta escuela, basada en el sonido, mas no en el mensaje post hippie de sus veteranos maestros. Un roquero que merece mención aparte es Bruce Springsteen, quien desde 1973 se ha mantenido fiel a los principios del rock callejero que nace en los barrios obreros de las ciudades industriales. Muchos críticos vieron en él la única esperanza sólida que le quedaba al rock´n roll en medio del show frívolo, de la violencia artificial y del gran negocio del rock que imperaba en la primera parte de los setentas.

Glitter-rock, glam-rock, gay-rock… la frivolidad de los maquillajes, la gracia y la extravagancia unidas de la mano. En este grupo caben muchos (desde heavymetaleros insobornables hasta los baladistas) pero se destacan muy pocos. Tal vez uno de ellos es Marc Bolan, el inglesito extravagante que se inventó el gruño Tyrannosaurus Rex (luego T. Rex) y al que algunos catalogan como el precursor del punk. Elton John y David Bowie, con finalidades muy distintas y estilos diferentes, manejaron a su antojo su imagen bisexual y lograron cosechar un gran número de éxitos, aún en el presente. Su talento les permitió crear temas clásicos del rock, especialmente Bowie, quien en el balance general deja cosas muy importante aún en los ochentas, mientras que el gran mérito de Elto John en los últimos años ha sido más bien mantener al Watford en la primera división del fútbol inglés. Otros glam-rockers notorios han sido el espectacular Alice Cooper y oportunistas como Freddy Mercury de Queen, el cuarteto Kiss o el grupo Sweet.

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Del country rock y del folk, muy importantes en los setentas (Bob Dylan, Crosby Stills Nash & Young, The Byrds, Joan Báez), muy poco se puede decir. En los setentas siguió su camino sin aportar gran cosa, salvo hits esporádicos y, de pronto, el aporte creativo de músicos como Paul Simon. Bob Dylan reapareció en 1973. Ya no era el rebelde de los sesentas sino un apurado sionista que preparaba giras para financiar la guerra que libraba Israel contra sus vecinos árabes.

Exceptuando su gran álbum “Blood on the Tracks”, Dylan ha pasado del sionismo al protestantismo y a otros ismos, en una larga serie de discos sin mayor trascendencia. Mucho más importante ha sido el aporte de su discípulo Mark Knoplfler, líder del grupo británico Dire Straits, quien, a partir de una voz idéntica a la de Dylan y un manejo virtuoso de la guitarra, ha desarrollado una carrera muy original, que separan a Dire Straits del común de los grupos new wave. El country, agazapado siempre en los estudios de Nashville, ha mantenido figuras de gran éxito en Kenny Rogers, Dolly Parton y Willy Nelson, tan alejados de la escena del rock como Julio Iglesias, quien dicho sea de paso ha cantado a dúo con Nelson para “lograr aceptación en el exigente mercado norteamericano”.

La otra gran tendencia de los setentas fue el llamado rock sinfónico, progresivo, flash rock… como se le quería llamar. Ya en los setentas comenzaron a aparecer grupos de “fusión” (Soft Machine, por ejemplo) y experimentos como Pink Floyd o The Nice, mucho más vanguardistas que la música corriente de finales de la década. El vacío y la falta de rumbos concretos en la nueva década hizo que el rock sinfónico se apoderara de un segmento importante de los setentas. Desde los supergrupos consagrados como Emerson Lake & Palmer, Yes o Pink Floyd has los menos conocidos (Génesis en sus primeros años, Van Der Graaf Generator y King Crimson) y los marginales como Gong o Henry Cow, todos lograron cultivar pequeñas o grandes sextas de fanáticos seguidores que coleccionaron sus discos con verdadera vocación religiosa. Grupos como Yes o Emerson Lake & Palmer aprovecharon el legado de la música de Occidente y adaptaron versiones de compositores como Brahms, Bach, Prokoiev o Aaron Copland. Estos mismos supergrupos lanzaron a l mercado álbumes épicos de dos y tres discos, con portadas majestuosas, afiches y folletos a todo color.

Europa continental aprovechó el auge de este rock oculto y lanzó grupos tan diversos como Can Tangerine Dream (Alemania), Ange y Magma (Francia), Focus (Holanda) o Premiata Forneria Marconi (Italia). Pero el rock progresivo se encontró ante un callejón sin salida a finales de los setentas. Los grandes dinosaurios comenzaron a repetirse una y otra vez gasta desaparecer y solo sobrevivieron los más hábiles, o sea aquellos que asumieron como propia la consagración del tecno pop y se adaptaron al formato de canciones cortas e impactantes. Génesis es un claro ejemplo y hoy en día su cantante Phil Collins es una estrella de emisoras de FM. Yes logró sobrevivir incluyendo en su nómina músicos new wave y algunos supermúsicos de los setentas se aliaron en 198 y crearon otro monstruo de flash-rock: Asia. Grupos rock menos sofisticados (Kansas, Journey, Rush) mucho le deben a la imagen de los supergrupos británicos y hoy sobreviven con sus letras de ciencia ficción, aunque cada día apelan más a las baladas para recuperar dólares en el negocio de las listas.

Diez años después

Si bien la revolución del Disco marcó una época importante con su ritmo pegajoso, su sonido romanticón, sus arreglos sofisticados y su capacidad de poner a bailar a todo el mundo, el punk-rock fue la gran noticia de los últimos 16 años. A espaldas del “rock corporativo” y su show de dólares e ídolos inaccesibles emergió en los bares oscuros de las ciudades industriales un movimiento marginal, que logró su máxima expresión en Inglaterra, con los escándalos provocados por los Sex Pistols en el verano de 1977, durante la celebración del Jubileo Real de Su Majestad Isabel II. Los antecedentes del punk se encuentran en los Estados Unidos. The Velvet Underground en los años sesentas, New York Dolls, luego the Ramones, en los años setentas. La juventud desempleada de Inglaterra adoptó esta música violenta y directa como protesta ante las lentejuelas y la pseudoculturización del rock oficial. En los Estados Unidos, la fiebre del Disco impidió el surgimiento del punk inglés. Estaban muy ocupados bailando los temas de “Saturday night fever” y “Grease” como para interesarse en el sonido salvaje de Sex Pistols, The Damned, The Stranglers o como para prestarle atención al radicalismo político de Tom Robinson, The Clash o The Jam.

La decadencia del disco no favoreció a los pioneros del punk norteamericano (Patti Smith, Tom Verlaine, Richard Hell) sino a su versión más aceptable. Es decir, el new wave que representaban los grupos como The Cars o la simpática Blondie. Grupos mucho mejores, como los neoyorkinos Talking heads, verdaderos innovadores del rock, se quedaron como exponentes de la vanguardia, dignos del respeto del público, pero alejados de las listas de éxitos. El new wave, al igual que el rock de antaño, se convirtió en una baraja de opciones que le dio a músicos como Gary Numan (electrónico), Devo y Kraftwerk (imagen robotizada) o Joy Division (luego New Order), Ultravox o Simple Minds, a mitad de camino entre el rock y la electrónica.

Human League y Adam and the Ants representaron el lado comercial del new wave, que luego caería en manos de Duran Duran. Del punk solo quedaba una distorsión sofisticada de su moda.
Pero fue la inteligente fusión del ritmo reggae, puesto en boga por los punks, y de los parámetros básicos del new wave la que permitió la aparición de los dos únicos supergrupos de lo que va corrido de los ochentas. En 1979 surgió el primero de ellos, el trío británico The Police. Su tema “Message in a Bottle” logró notoriedad en las dos orillas del Atlántico y a partir de su tercer álbum se convirtió en un mito que murió prematuramente en 1983. El otro supergrupo llegó de Australia, batiendo récords de ventas con sus discos “Cargo! y “Business as Usual”.
Pero Men at Work, al igual que The Police, tuvo una corta vida en la cúpula del éxito y su futuro es muy poco claro.

El panorama de los ochenta se completa con el auge del reggae y de otro ritmo jamaiquino, el ska. La música africana también ha influenciado mucho a los nuevos grupos. No ha faltado la nostalgia del rock´n roll de los cincuentas, y los ghettos neoyorkinos crearon su ritmo propio: el rap. Como de costumbre, los artistas negros imponen sus éxitos regularmente. El caso más notorio fue Michael Jackson, superestrella en 1983 gracias a su álbum Thriller. Y como siempre, se han destacado a rato los grandes cultores de la balada (Christopher Cross, Billy Joel, Air Supply), diseñada para llegar al Top Ten y surtir de nuevo material a las destempladas agrupaciones de Ray Conniff y Paul Mauriat.

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Y de los ex Beatles… ¿Qué?
Duro tema, este de los ex Beatles. Vistos desde la perspectiva que abre el tiempo transcurrido desde el remoto 1970, no es mucho lo que dejan los cuatro chicos de Liverpool, una vez separados y 15 años más viejos. Toca escoger entre 16 años de cursilería de Paul McCartney, los intereses místicos de George Harrison y las decepciones políticas de John Lennon.

McCartney, salvo contadas excepciones (algunas canciones de “Band on the run” y la canción política “Give Ireland to the Irish”), poco o nada le ha aportado al rock, al que él sí ha sabido sacarle tajadas con sus cancioncillas insulsas que año tras año irrumpen en los hits parades. George Harrison, luego de grabar su álbum “All Things Must Pass”, nunca pudo sacar un disco aceptable y ahora está dedicado a promocionar el nuevo cine inglés. Tingo tampoco salió con nada digno de mención, salgo refritos de temas de los años 50, su dudosa carrera de actor y una que otra foto en las revistas de farándula. Lennon, de lejos el mejor de los cuatro, logró mantener su imagen radical hasta su retiro en 1975. Dejó buenos discos y canciones pésimas, actitudes valerosas ante las autoridades y la imagen mitológica que sólo consiguen quienes mueren asesinados. Los Beatles unidos dejaron una huella imborrable. Separados, unos rastros aislados (el Concierto para Bangladesh organizado por Harrison, algunas canciones), difíciles de encontrar en medio de la obra prescindible y frívola de McCartney, la confusión de Harrison y la lenta muerte de Lennon, inevitable con o sin disparo a la entrada del edificio Dakota aquel 8 de diciembre de 1980.

La separación de los Beatles, en vez de colapsar al rock, le imprimió un ánimo que solo se hizo evidente con el paso de los años. Músicos imposibles de clasificar como Robert Fripp de King Crimson, Brian Eno y Brian Ferry de Roxy Music, Davis Allen de Gong, Rober Wyatt de Soft Machine, Ian Dyr, Cabaret Voltaire, el genial Frank Zappa… todos ellos, y una lista mucho más larga de consagrados y marginales, son los que escribieron la historia del rock después de los Beatles. Un futuro imposible de predecir hace de esta crónica, de por sí desactualizada con el paso de las semanas, un artículo obsoleto sin ninguna perspectiva posible de futurología.

Quienes se hinchan de orgullo cuando exclaman “yo me quedé en los Beatles” se han perdido 16 años de historia del rock, tan valiosa y contradictoria como los nostálgicos cincuentas y los turbulentos sesentas. Para ellos, un consuelo: nadie ha reemplazado a sus adorados Beatles. Pero también esta radiografía, arbitraria como todas, para que se enteren de la música que hizo grandes a los protagonistas de la tercera generación del rock.

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