Las armas malditas

Según muchos científicos, la diferencia entre una contienda nuclear y una con base en sustancias químicas y gérmenes no sería muy grande.

Revista Diners de febrero de 1987. Edición número 203

La historia de las armas químicas empezó el 22 de abril de 1915, cuando durante la batalla de Ypres, en la frontera franco-belga, el ejécito alemán lanzó un tanque con gases venenosos. A partir de entonces se generalizó el empleo de tales instrumentos de destrucción física hasta el punto de que, al terminar la primera conflagración mundial, los contendores se habían arrojado 100 millones de kilos de químicos que provocaron la muerte a 90.000 personas y graves lesiones en los pulmones y los ojos a más de un millón.

Los efectos del gas mostaza y otros cuarenta agentes químicos eran tan horribles que en junio de 1925, 49 naciones suscribieron el Protocolo de Ginebra, que prohibía la guerra química y bacteriológica. No obstante, diez años después la Italia fascista utilizó gases tóxicos contra las tropas etíopes, y en 1941 los militares japoneses realizaron experimentos con moscas infectadas de cólera con el fin de diseminarlas en China. Los nazis, por su parte, se valieron de gases asfixiantes, como el Zyklon B, para llevar a cabo su siniestra labor de exterminio de la población judía.

Después de la Segunda Guerra Mundial y hasta nuestros días diversos países-pobres y ricos por igual- no han dejado de producir, almacenar probar e incluso usar una variada gama de armas químicas y biológicas, la mayoría de ellas muy baratas, fáciles de fabricar y letales como pocos artefactos bélicos. Si bien los Estados Unidos probaron ampliamente numerosas armas químicas en Vietnam, en medio del repudio universal, ahora son los soviéticos quienes hacen lo propio en Afganistán, Laos y Kampuchea. Y hasta naciones subdesarrolladas como Iraq han hecho uso extensivo de gases y sustancias.

El debate sobre este tipo de armas volvió a ponerse sobre el tapete a raíz de la determinación de Washington, el año pasado, de desarrollar neurogases y las llamadas armas binarias. El desastre de Bhopal, India, en diciembre de 1984, cuando 30 toneladas de metilisocianato se escaparon de una planta estadounidense causando la muerte a 2.500 personas y lesiones a 100.000, también contribuyó a alertar sobre las temibles consecuencias de las armas químicas.
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Ciencia y destrucción
Como ha sucedido con prácticamente todas las armas que ha inventado el hombre para liquidar a sus semejantes, desde el arco y la flecha hasta las bombas atómicas, con las armas químicas y biológicas se pone de nuevo en evidencia la sistemática aplicación de lo más avanzado del conocimiento al logro de instrumentos mortíferos. Así, el tricloruro de fósforo, que se emplea en la fabricación de agroquímicos, sirve para obtener neurogases; el tiodiglicol, usado en la industria farmacéutica, es componente esencial del gas mostaza, y el cloruro fosfórico, materia prima básica para la electrónica y la farmacéutica, se aplica en la producción de diversos gases venenosos.

Uno de los primeros gases que se emplearon como arma de combate fue el mostaza, el cual afecta primordialmente la piel y los ojos, en los cuales produce quemaduras y ampollas. Dado que se trata de una sustancia de escasa volatilidad, persiste en el campo de batalla durante días o semanas y, en grandes concentraciones, causa la muerte en corto tiempo. No existe antídoto contra este gas, que ataca, asimismo, las defensas del cuerpo, el sistema nervioso y el hígado. La neumonía, provocada por las bacterias que crecen libremente en los pulmones, es una de las consecuencias más comunes en las víctimas del gas mostaza.

Hoy en día las armas químicas de mayor uso son los llamados neurogases o “agentes G”, los cuales provocan una terrible pérdida de la visión, pasando por los espasmos musculares, hasta los vómitos, la parálisis y la muerte. Estos destructores del sistema nervioso actúan en pocos minutos y son letales en dosis muy pequeñas. Tanto los Estados Unidos como la URSS han colocado neurogases en la munición de armas pesadas como tanques, obuses y morteros y la mayoría de los regimientos del ejército soviético cuenta con brigadas especializadas en la guerra química, tanto defensiva como ofensiva. Las potencias occidentales han empezado a constituir mecanismos similares.

No obstante lo anterior, los expertos de ambos bandos han llamado la atención sobre un hecho sobrecogedor: un ataque con gases venenosos no limitaría sus efectos al área precisa del campo de operaciones, sino que por acción de los vientos y la lluvia aquéllos se extenderían a zonas mucho más amplias, con lo cual la población civil o incluso las unidades atacantes se verían en serio peligro. Cabe recordar aquí que los soldados norteamericanos que por una razón u otra estuvieron expuestos al “agente naranja” que se lanzaba contra, las posiciones enemigas en Vietnam, sufrieron graves desarreglos fisiológicos en años posteriores.

Otra arma química, quizás la más conocida por el público, es el napalm, que alcanzó celebridad debido a la extensa aplicación que de él hicieron los Estados Unidos en lndochina. El napalm no es más que gasolina gelificada (“gelatina de gasolina”), cuya adhesividad, dilatado plazo de combustión y elevada temperatura a que ocurre ésta causan quemaduras de tercer grado, en general extensas y profundas, origen frecuente de graves lesiones y deformaciones. Esto sin contar el envenenamiento por monóxido de carbono. Antes de Vietnam, los Estados Unidos recurrieron, con excelentes resultados, al napalm en el frente Pacífico de la Segunda Guerra Mundial y durante la contienda de Corea. Se dice que el número de bajas japonesas causadas por el napalm fue superior al que ocasionaron los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

También en el Sudeste Asiático, Norteamérica utilizó por vez primera los defoliantes químicos como un instrumento de guerra. Centenares de miles de hectáreas de Vietnam fueron fumigadas con estos agentes, generando no sólo grandes desequilibrios ecológicos sino también afecciones de variado tipo a hombres y animales. La principal de tales sustancias fue el “agente naranja” que, aparte de acabar con la vegetación, atacaba el sistema nervioso de las personas ubicadas varios kilómetros a la redonda.

Después de que a partir de 1969 Nixon decidió reducir unilateralmente la producción de armas químicas, el arsenal norteamericano empezó a perder terreno en este campo frente a la Unión Soviética. Más de quince años después, a principios de 1986, el Congreso optó por aprobar la solicitud del Pentágono encaminada a producir explosivos con neurogases binarios para ser disparados por cañones de 155 mm, un programa que costará más de US$2.000 millones. Los binarios difieren de las armas químicas tradicionales en que están compuestos de dos materias no tóxicas, las cuales se mezclan con el impacto y se convierten en un gas altamente venenoso. Los militares estadounidenses afirman que los binarios son más seguros que cualquier otra arma química y por ende más fáciles de transportar y almacenar.

Aunque se desconocen en gran medida el tamaño y las características del armamento químico de la URSS, se sabe que éste se basa en cuatro clases de agentes: el cianuro hidrogenoso, fatal luego de dos aspiraciones; el Sarin, un neurogas que destruye en minutos el sistema nervioso central; el Soman espeso, cuyas pequeñas partículas penetran la piel y causan la muerte en corto tiempo, y un derivado del gas mostaza.

Tan horripilantes o más que los artefactos químicos pueden resultar las armas biológicas. Pese a que en 1972 más de cien países, incluidos los del Pacto de Varsovia y la OTAN firmaron en Ginebra la Convención sobre Guerra Biológica, la cual prohíbe la producción y el almacenamiento de armas biológicas, las potencias quedaron en libertad de continuar llevando a cabo experimentos sin que existan mecanismos de verificación para controlar la fabricación de tales elementos. Hay informaciones, por ejemplo, de que la URSS ha usado micotoxinas en Laos, Kampuchea y Afganistán; de igual modo, un accidente sucedido en 1979 en el instituto militar de bacteriología en Sverdkisvsk reveló que los rusos habían producido toneladas de ántrax, uno de los principales agentes de la guerra biológica.

Las armas bacteriológicas consisten en artificios para diseminar gérmenes de enfermedades como ántrax, brucelosos, tifo, fiebre amarilla, cólera, peste, dengue, poliomielitis o viruela entre las tropas enemigas o la población del adversario. En los laboratorios de las grandes potencias se trabaja en el desarrollo de virus y bacterias de nuevo tipo, para los cuales aún no existen vacunas, y en formas para causar enfermedades genéticas en el seno de un determinado grupo humano.

Los transgresores
Aparte de Estados Unidos, la URSS y Francia, el Stockholm International Peace Reserch Institute asegura que en la actualidad más de 15 naciones cuentan con cantidades significativas de armas químicas, entre las que figuran Iraq, Egipto, Vietnam, Siria, Libia, Etiopía, Israel, Birmania, China, Taiwán y Cuba. Las violaciones a los acuerdos mundiales que prohíben el empleo de dichas armas han sido recurrentes desde el Protocolo de Ginebra en 1925. Sin entrar a detallar la clase de agentes a los cuales se ha recurrido, veamos algunos de los países que han transgredido en los últimos años los pactos internacionales y quiénes han sido las víctimas.

Estados Unidos, entre 1961 y 1972, contra el Vietcong y Vietnam del Norte. Unión Soviética, desde 1979, contra las guerrillas, y la población de Afganistán. Vietnam, desde 1978, contra las guerrillas y la población de Kampuchea. Etiopía, desde 1980, contra los rebeldes de Eritrea. Iraq, desde 1983, contra las tropas iraníes. El Salvador, entre 1984 y 1985, contra las guerrillas de ese país. Sudáfrica, en 1984, contra las guerrillas de Namibia. Cuba/Angola, en 1985, contra los guerrilleros de la Unita en Angola. Indonesia, en 1984, contra la insurgencia en Timor Oriental. Filipinas, en 1984, contra los rebeldes en la isla de Mindanao.

Todo lo anterior a pesar de las numerosas resoluciones de las Naciones Unidas que condenan y prohíben el uso de armas químicas y bacteriológicas por considerar- las contrarias a las normas del derecho internacional. Los poseedores de estas armas cuentan con reservas suficientes como para aniquilar a todo el género humano no una sino varias veces. Pero a diferencia de las bombas nucleares, que solamente se han arrojado en dos ocasiones, las armas químicas y en ciertas ocasiones las biológicas han sido empleadas con una frecuencia alarmante, aunque en dosis más o menos controladas. Luego de trans­curridos más de 70 años después del primer ataque con gases en la Primera Guerra Mundial, la guerra química sigue infundiendo pánico por su crueldad y por la facilidad con que se echa mano de ella.

Según muchos científicos, la diferencia entre una contienda nuclear y una con base en sustancias químicas y gérmenes no sería muy grande.

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