¿Cómo sería una guerra nuclear?

A 30 años del desastre de Chernóbil, retomamos este artículo que exploraba la aterradora posibilidad de un enfrentamiento nuclear durante la Guerra Fría.

Publicado originalmente en Revista Diners de septiembre de 1984. Edición Número 174

Si se llegaran a lanzar las 16.000 ojivas atómicas que hoy existen en el mundo morirían miles de millones de personas, los EE.UU. y la URSS perderían por lo menos a una tercera parte de sus habitantes y los sobrevivientes tendrían que enfrentar una horrenda tormenta de lluvias y vientos radioactivos y de nubes de escombros que ocultarían el sol durante muchos días.

En la madrugada del 16 de julio de 1945, en medio del desierto de Alamogordo, Nuevo México, un grupo de científicos presenció desde un búnker “una salida de sol como el mundo jamás había visto, un sol gigantesco de color verde que en una fracción de segundo se elevó a una altura de más de 2.500 metros, y se alzó cada vez más hasta tocar las nubes, iluminando el cielo y la tierra a su alrededor, con un brillo cegador”.

Tratábase de la primera explosión atómica de la historia, del inicio de una nueva era que cambiaría totalmente el concepto de la guerra y abriría la posibilidad de una destrucción masiva sin precedentes. Para el experimento de Alamogordo se empleó un núcleo de uranio235, el cual, al explotar, generó en el punto cero una temperatura de más de 5.5 millones de grados centígrados.

Aparte de las plantas, las serpientes cascabel y una manada de antílopes que se encontraban en un radio de kilómetro y medio de la detonación, no hubo víctimas que lamentar ese 16 de julio. Sin embargo, veinte días después un artefacto idéntico al ensayado en Nuevo México dejó en ruinas la ciudad japonesa de Hiroshima y provocó la muerte instantánea a cerca de 100.000 de sus habitantes. Los 15 kilotones de la bomba de Hiroshima (un kilotón es igual a 1.000 toneladas de TNT) y, tres días más tarde, los 20 de la que se arrojó sobre Nagasaki, fueron suficientes para acabar de doblegar la resistencia del Japón y poner fin a la Segunda Guerra Mundial.

Luego de casi cuarenta años, el mundo se encuentra abocado a la angustiosa posibilidad de una tercera guerra, sólo que esta vez echaría mano de proyectos atómicos-ya sea para dar comienzo a las hostilidades o para ponerles fin- infinitamente más potentes que las bombas norteamericanas lanzadas sobre el Japón. Haciendo un cálculo general, puede decirse que la totalidad de los explosivos convencionales utilizados durante el último conflicto mundial equivalió a dos megatones (un megatón es equivalente a un millón de toneladas de TNT). En la actualidad solamente los Estados Unidos y la URSS disponen de 12.000 megatones, colocados en 6.000 cabezas o cargas nucleares para ser disparadas desde misiles intercontinentales, aviones estratégicos o submarinos. Cualquiera de los cohetes con que se apuntan las superpotencias posee una capacidad explosiva de centenares de kilotones e inclusive de dos, cinco, diez o más megatones, lo cual hace que las bombas de Hiroshima y Nagasaki parezcan armas rudimentarias y poco eficientes.

De acuerdo con la experiencia de dos ciudades japonesas, y examinando los resultados de pruebas posteriores, se ha logrado establecer de manera aproximada cuáles serían los efectos de una conflagración nuclear en gran escala o de una guerra “limitada”.

Envidiar a los muertos

Según estimativos, nada exagerados, hechos por científicos y estrategas rusos y estadounidenses, si se llegaran a usar las 16.000 ojivas atómicas que hay en el mundo las pérdidas humanas tendrían que contarse por miles de millones (en la actualidad nuestro planeta alberga algo más de 4.500 millones de habitantes); las dos superpotencias están en condiciones de aniquilarse mutuamente una tercera parte de su población, y una guerra “limitada” en territorio europeo no dejaría menos de 150 millones de víctimas. Claro está que los cálculos anteriores dependen en buena medida de los blancos escogidos y del número y la potencia de los proyectiles lanzados.

La contienda atómica, a diferencia de la convencional, posee la característica de causar dos tipos de muertes: una ins­tantánea y otra más demorada que puede sobrevenir en cuestión de días, meses o inclusive años. En el primer caso, las personas fallecen como consecuencia de la onda explosiva, las gigantescas tormentas de fuego y las crecidas dosis de radiactividad; en el segundo, los agentes mortíferos son la denominada lluvia radiactiva y la contaminación que ésta causa.

En 1968 un grupo de especialistas de la ONU realizó un estudio acerca de los estragos producidos por una bomba de un megatón arrojada contra una ciudad de un millón de habitantes. La hipotética detonación (onda explosiva, fuego y radiactividad) mataría de modo inmediato a 360.000 personas mientras que otras 90.000 quedarían heridas por diversas causas, todo ello en un radio de 16 kilómetros. Asimismo, una comisión del Congreso de Estados Unidos hizo un análisis parecido, tomando como ejemplo la ciudad de Detroit (1.2 millones de habitantes). ¿El resultado? Medio millón de muertos y otro tanto de heridos, así como 50 kilómetros cuadrados de edificaciones completamente arrasados.

En su libro The fate of the Earth (El destino de la Tierra), Jonathan Schell asegura que una explosión en serie de artefactos termonucleares literalmente destruiría el techo del planeta. En efecto, el nitrógeno incinerado de las capas superiores del aire, convertido en óxido de nitrógeno, quemaría una porción significativa del ozono de la atmósfera, con lo que los rayos ultravioleta del Sol pasarían con facilidad hasta la superficie terrestre durante varios años.

Esta luz ultravioleta no solamente produciría cáncer de la piel, sino que los daños ecológicos se tornarían incalculables en las cosechas, en los animales y hasta en los micro-organisrnos. Además, por lo menos la mitad del globo sería cubierta por una espesa nube de polvo y humo de millones de toneladas de peso que bloquearía gran parte de la luz solar por varios días, durante los cuales la temperatura podría descender hasta 30 grados bajo cero.

Sin embargo, una vez pasadas las consecuencias inmediatas de las explosiones atómicas seguirían las dramáticas secuelas de la lluvia radiactiva producida por los miles de toneladas de polvo, roca y otros materiales derretidos y vaporizados por el calor de la detonación y mezclados con los residuos radiactivos de ésta. Dichos detritos serían lanzados a una altura de unos cuantos kilómetros junto con el hongo de fuego, que, una vez en la estratosfera, se enfriaría y dejaría caer a la superficie primero las partículas contaminadas más pesadas y luego las ligeras. La distancia a la que llegaría esta lluvia dependería, entre otras cosas, del régimen de vientos, de su velocidad, etc.

Por ejemplo, cuando en marzo de 1954 los Estados Unidos hicieron explotar una bomba de 15 megatones en el Pacífico, ‘los efectos a corto y largo plazo de la radiación se sintieron en islas ubicadas a casi 200 kilómetros del sitio de la prueba, siguiendo la dirección de los vientos.

De acuerdo con el Departamento de Defensa norteamericano, la dosis de radiación letal es de 450 rems, si aquella se recibe en unos pocos días (rem es la unidad de efecto biológico de la radiación). Un proyectil de un megatón genera 250 rems por hora en un área de 3.000 kilómetros cuadrados.

En el libro Los efectos de las armas nucleares, editado por Samuel Glasstone, se describe la lenta y dolorosa muerte por radiación excesiva: “Los síntomas iniciales son náusea, vómito, diarrea, pérdida del apetito y malestar general”. Dos o tres semanas después de la exposición a los rayos gamma “se presenta una tendencia a la hemorragia en varios órganos bajo la piel. Es común sangrar por la boca del intestino. En dos semanas empieza la pérdida de cabello. La ulceración de los labios se extiende de la boca a todo el sistema gastrointestinal. La disminución de los glóbulos blancos de la sangre y la lesión de otros mecanismos de inmunidad corporal permiten el desarrollo de confecciones generalizadas”.

Las corrientes marinas y los vientos extenderían estos efectos mortales a distancias incalculables. Por ejemplo, un ataque nuclear masivo de la URSS contra la base Witheman, cerca de Kansas City, en el centro de Estados Unidos, llevaría la precipitación radioactiva hasta la Costa Este en dicho país, en la dirección de los vientos, a casi 2.000 kilómetros del blanco.

Las secuelas a largo plazo de la lluvia radiactiva son previstas por el conocido científico Carl Sagan: “…mutaciones, nuevas variedades de microbios y de insectos que podrían causar todavía más problemas a cualquier superviviente humano de un holocausto nuclear; y quizás, al cabo de un tiempo, cuando haya pasado un período suficiente, se recombinen y se expresen las mutaciones recesivas, apareciendo nuevas y horrorizantes variedades de personas. La mayoría de estas mutaciones sería letal. Unas cuantas no. Y luego habría otras agonías: las legiones de quemados, ciegos y mutilados; enfermedades, plagas, venenos radiactivos de larga vida en el aire y en el agua, la ame3naza de los tumores y de niños nacidos muertos y malformados; la ausencia de cuidados médicos…”. Los supervivientes de un ataque atómico sólo podrían envidiar a los muertos, es una afirmación que se repite con frecuencia cuando se estudia esta perspectiva.

Posible defensa civil

En varias naciones del mundo se vienen haciendo preparativos desde hace más de diez años para proteger a la población civil de un eventual ataque nuclear. La Unión Soviética, Holanda, Suecia, Israel y, sobre todo, Suiza son los que han conseguido mayores avanzas ene se sentido. Por ejemplo, Suiza ha dispuesto refugios antiatómicos para el 80% de sus habitantes y almacenando provisiones de emergencia, repartidas por todo el país. El ayuntamiento de Nueva York tiene acumulada una reserva de 400.000 kilos de morfina destinados exclusivamente al caso de bombardeo nuclear contra la ciudad.

La administración Reagan ha duplicado el presupuesto con destilo a la defensa civil y Estados Unidos gasta anualmente cerca de 300 millones de dólares en planes de contingencia, como la reubicación de los habitantes de los grandes centros urbanos y la construcción de refugios. Esto y algo más está llevando a cabo la Unión Soviética, aunque ambas potencias concentran sus esfuerzos defensivos principalmente en las armas antimisiles que, según se cree, podrían llegar a destruir un ataque nuclear enemigo antes que sus ojivas explotaran.

No obstante, y en especial en Europa se ha divulgado ampliamente una serie de medidas de protección antinucleares que quizás alivien en algo las consecuencias letales de la explosión u la ulterior lluvia radiactiva. En cuanto a los refugios, se recomienda a las gentes construir uno en cada casa o edificio, ojalá con paredes reforzadas (ya existen en Europa numerosas compañías especializadas en la instalación de refugios antinucleares y respiraderos con filtros para la contaminación. Aquellos que no estén dentro de un refugio apropiado cuando sobrevenga el ataque deberán protegerse en las estaciones de Metro o en cualquier zona cubierta y, en última instancia, detrás de un muro de concreto. Aunque parezca paradójico, las edificaciones mejor resguardadas contra la radiación son las centrales nucleares.

Los sobrevivientes deberán permanecer varias semanas en el interior de sus refugios, lo que implica el almacenamiento de víveres y agua suficientes; para prevenir el consumo de elementos contaminados se recomienda recurrir a los enlatados. Asimismo debe procurarse algún tipo de energía para resguardarse de las bajas temperaturas. Los individuos que por algún motivo tengan que salir temporalmente de los refugios, al regresar tendrán que dejar sus ropas y calzado en el exterior, y los niños, las mujeres embarazadas y los jóvenes deberán permanecer más semanas sin salir, puesto que ellos son los más sensibles a los efectos cancerígenos de la radiación.

Desde luego que ninguna de las medidas recomendadas arriba ha sido probada en la práctica y, a menos que se ponga a disposición un alto porcentaje de la población, su eficacia podría ser nula o reducida. Como lo señalan expertos de ambos bandos, una cosa son los plantes y otra cosa las realidades, más cuando estas últimas apenas son materia de hipótesis y especulación. Lo que sí se puede presumir es que la guerra global entre las superpotencias, tal y como se había experimentado hasta 1945, difícilmente será de carácter convencional, pese a que en varios países los ejércitos están recibiendo entrenamiento para combatir en ambientes contaminados a causa de intercambios nucleares. Los choques con armamento táctico se han venido sucediendo en regiones periféricas y, en lo fundamental, sin una participación directa de Rusia y Estados Unidos. Hoy en día una confrontación entre los grandes bloques se definiría en cuestión de minutos, el tiempo que necesitan los misiles para alcanzar sus ob­jetivos en territorio enemigo.

A lo largo de las décadas transcurridas desde la explosión de Hiroshima ha habido mu­chos motivos para el desencadenamiento de una guerra mundial entre Oriente y Occidente (recuérdense, por ejemplo, la crisis de Berlín, la guerra de Corea, los conflictos del Medio Oriente y de Vietnam). Sin embargo, ninguno de éstos ha provocado el holocausto. Es el temor mutuo a las apocalípticas consecuencias del uso del arma atómica lo único que ha sofrenado a quienes tie­nen sus arsenales atiborrados de artefactos estratégicos.

Ante las dantescas predicciones de lo que significaría una guerra nuclear han surgido las más variadas posiciones, que van desde el pacifismo ciego que pugna por el desarme de los países de la OTAN hasta las tesis de quienes consideran que es posible conseguir la victoria luego de un intercambio atómico, sea éste general o limitado a un continente o región. Los líderes de las dos superpotencias han hablado de reducir las pruebas y las armas nucleares; han diseñado tácticas como la “disuasión”, la “destrucción mutua asegurada”, la “respuesta flexible” y hasta la “guerra de las galaxias”, siempre con un principio básico en mente: que aquel que se rezague en esta carrera asume el riesgo de ser víctima del chantaje y, por qué no, de un ataque “limitado” que lo ponga a merced del contendor.

La proliferación atómica y el increíble desarrollo de las armas antinucleares y de la militarización del espacio son factores que harán más inminente o más remota la posibilidad de que el mundo viva una situación como la esbozada en estas páginas. Pero bajo ninguna circunstancia -y en ésto ni el Kremlin ni la Casa Blanca cometen la equivocación del pacifismo- se alejará el peligro de la guerra nuclear con actitudes que debili­ten unilateralmente a alguno de los rivales.

¿Qué hacer para sobrevivir?

De acuerdo con varias publicaciones europeas, las cuales han venido dando a conocer las medidas mínimas que deben tomar los habitantes del Viejo Continente en la eventualidad de un ataque nuclear, he aquí algunas precauciones que pueden ser salvadoras:

1. Construir una nueva vivienda en zonas distantes de bases militares, grandes ciudades, centros fabriles o puertos estratégicos, ojalá en medio de las montañas.

2. Instalar un refugio antinuclear en la casa o adecuar el garaje o el sótano para tal efecto, cuidando de reforzar las paredes con sacos de arena y cerrar las puertas y ventanas herméticamente. No debe olvidarse colocar respiradores con filtros para protegerse de la contaminación atómica. Almacenar suficientes alimentos, particularmente enlatados y agua, para una reclusión de por lo menos dos o tres meses. Equiparse con un medidor Geiger, un transistor y un par de linternas.

3. Si sobrevive un ataque, instalarse lo más rápidamente posible en el refugio; en caso de que no pueda llegar a este, protegerse en cualquier sótano o subterráneo. Bajo ninguna circunstancia debe mirarse la explosión, ya que esta produce una ceguera que puede ser permanente. (En Hiroshima las personas que vestían prendas blancas resistieron mejor el calor producido por la detonación que aquellas que llevaban telas de color negro).

4. Puesto que la lluvia radiactiva puede durar semanas y aún meses, no se debe abandonar el refugio hasta tanto no se disponga de información relativa al grado de contaminación del exterior.

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