Siete genios que fueron pésimos estudiantes

No es un artículo para justificar a todos los que les va mal en la escuela. Pero sí para llamar la atención de los maestros y los padres sobre esos muchachos soñadores y distraídos que odian aprender las cosas de memoria. De pronto ellos van más allá de sus compañeros de clase, de pronto ellos necesitan otro tipo de educación…

Publicado originalmente en Revista Diners No. 212, de noviembre de 1987.

No existen fórmulas, reglas o modelos para reconocer al genio. Ni siquiera indicios: los primeros puestos en el colegio, la temprana erudición o la inteligencia pura, no son siempre la carta de presentación de futuros científicos o artistas. Por ejemplo, Newton entra con un mediocre examen a Cambridge; Pasteur era apenas pasable en química; Edison, durante los pocos meses que estuvo en el colegio, ocupó el último puesto, y Einstein no logró pasar el examen de admisión de la Universidad de Zurich.

Pero si la historia de la ciencia proporciona datos curiosos, el diálogo con algunos científicos colombianos no es menos revelador: Jaime Bernal, genetista, nunca tomó un apunte en clase; Eduardo Posada, físico, debe gran parte de su carrera científica a Julio Verne, y Emilio Yunis, genetista, habla de una afortunada trilogía: pueblo, familia y George Dahl.

Isaac Newton: Un muchacho retraído y ausente

Si los científicos también llegan a convertirse en leyenda, Newton (1642-1727, Inglaterra) es el ejemplo clásico: “¡Mortales! Regocijaos de tan grande honra para la raza humana”, se lee en su tumba. Y no es para menos. Además de su descubrimiento de la ley de la gravedad, instauró el método científico basado en un nivel estrictamente experimental. De aquí en adelante la ciencia no sería la misma.

Sin embargo, Newton fue un muchacho retraído, ausente, extremadamente susceptible y de aspecto nostálgico. Arrinconado en una esquina, se pasaba horas enteras re- construyendo, a escala reducida, las máquinas que veía en los grabados. Su infancia fue más bien desgraciada: su padre murió antes de que él naciera y su madre, al casarse de nuevo, lo abandonó en casa de su abuela durante nueve años. No se distinguió como estudiante y su familia le tenía asegurado su futuro: Newton sería granjero. Afortunadamente aparece en la escena su tío, un colegial del Trinity College de Cambridge, quien convence a la familia de que lo envíe a estudiar a la universidad. Newton ingresa con un mediocre examen a Cambridge, pero pronto se interesa por las ciencias exactas. Cuatro años más tarde Barrow, su profesor de matemáticas, le cede su cátedra; un año después recibe su doctorado, y en dos años más es nombrado miembro de la Royal Society. El genio comienza entonces una vida dedicada de lleno a la ciencia. Su grandeza fue inmortalizada por el poeta Alex Poper: “La Naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la en la noche. Dijo Dios: ¡Sea Newton! y todo se hizo luz”.

Louis Pasteur: A duras penas pasaba matemáticas

Desde Pasteur (1822- 1895, Francia) los médicos se lavan las manos, la leche se hierve y los perros rabiosos no matan gente. Estas son apenas algunas de las innumerables aplicaciones prácticas de la Teoría del Germen de la Enfermedad, uno de los más importantes descubrimientos de la historia de la medicina. Ahora bien, aunque Pasteur dice que “el azar favorece a los bien preparados”, todo esto no hubiera sido posible si Jean Baptiste Dumas, distinguido investigador y profesor de la época, no hubiera sido su profesor de química en la Universidad.

Pasteur era un estudiante mediocre en esta asignatura y apenas pasable en matemáticas. De los trece a los dieciocho años se dedicó a dibujar a su familia y soñaba con llegar a ser profesor de Bellas Artes. Cuando cumplió veinte años perdió un cupo en la sección científica de la Escuela Nacional Superior por haber ocupa- do el décimo sexto puesto, pero un año después, a punta de esfuerzo y dedicación, logró subir hasta el quinto puesto y volvió a ser admitido. Asistió a las conferencias de Dumas y quedó fascinado. Se situaba siempre en la primera fila del anfiteatro para 800 personas, donde Dumas, con un gran virtuosismo, encantaba a su auditorio. La vida de Pasteur cambió entonces radicalmente. Decidió estudiar química, se ofreció como ayudante de Dumas y se despertó su gran interés por la ciencia.

El profesor había logrado su más alta tarea: apasionar al genio. Pasteur siempre lo reconoció así.

Thomas Alva Edison: Era cabezón y enfermizo

Edison (1847-1932, Estados Unidos) no fue un científico. Sentía aversión por las matemáticas, las teorías le eran indiferentes y abandonó todo trabajo que no tuviera aplicaciones prácticas a la vista. Edison era un inventor. Quizás el más grande que haya existido jamás: 2.000 patentes, entre las cuales se destacan el fonógrafo, la bombilla eléctrica y el microteléfono, así como un gran aporte al siglo XX: la industrialización de los inventos.

Edison, cabezón, débil y enfermizo, se convirtió en su niñez en el hazmerreír de sus compañeros. En el corto tiempo que pasó en el colegio no tuvo dificultades para ocupar el último puesto, y era considerado un tonto por su mismo padre: “Mi padre pensaba que yo era un tonto, y yo casi creía que en verdad era idiota”. La gran influencia de estos primeros años será su madre, una vieja maestra de escuela, quien decide encargarse de su educación. “Mi madre ha hecho de mí lo que soy. Ella me comprendía y fomentó mi deseo de aprender y el amor por el estudio”, dijo.

Edison montaba laboratorios en cualquier rincón, leía cuanto libre caía en sus manos y no dejaba de experimentar: en una ocasión, y después que su madre le explicara por qué los gansos empollan huevos, Edison se fue a sentar encima de ellos. Sus anécdotas se reproducen sin cesar a lo largo de toda su vida: instala un laboratorio de química a los diez años; a los catorce vende periódicos en un tren y tiene su laboratorio en uno de los vagones; a los 15 aprende telegrafía y se convierte en poco tiempo en uno de los mejores; y a los 21 realiza su primer invento importante: un dispositivo para registrar mecánicamente los votos del Congreso. Años más tarde, Edison funda su propia empresa, la Edison & Hunger, y se dedica con toda libertad a la invención.

Albert Einstein: no fue admitido en la universidad

Delante de cualquier profesor, Einstein (1879-1955, Alemania) no ofrecía ningún porvenir: era lento para aprender, tenía problemas de lenguaje y rehusaba memorizar sus lecciones. Los colegios del Tercer Reich, fuertemente absolutistas, eran un castigo para Einstein: “Mis profesores me detestaban por mi independencia y me excluían cuando querían ayudantes”.

El ambiente familiar en el que creció Einstein era completamente distinto. Hijo de un modesto vendedor de material eléctrico, Herman Einstein, y Paulina Koch, Einstein encuentra en ellos no sólo apoyo moral sino flexibilidad y motivaciones intelectuales. Con el tío Jakob comienza su fascinación por las matemáticas, y con el tío Casar Koch su curiosidad por la ciencia. Lee continuamente y aprende a tocar el violín. Su familia se traslada a Milán, y Einstein continúa sus estudios en Munich.

Tiempo después viaja a Italia, de donde no quiere regresar. Sus padres insisten en que debe seguir su educación y regresa a presentarse en la Universidad de Zurich, pero no es admitido pues su examen es calificado de incompleto. A la vuelta de algunos años, esta misma universidad lo llena de honores y le ofrece una cátedra que Einstein se ve obligado a aceptar por problemas económicos.
Einstein tenía una capacidad y un interés poco usuales para reflexionar. Pensaba continuamente en el primer misterio de la naturaleza que cayó en sus manos: el imán de un marinero. A los doce años había decidido que iba a dedicar su vida a solucionar el enigma del mundo entero.

Einstein fue siempre reticente a la enseñanza (“El único medio racional de enseñanza es dar ejemplo”); pero quizás el inventario de su vida como estudiante y profesor quede esbozado en esta frase: “El arte del maestro consiste en despertar la alegría por el trabajo y el conocimiento”.

Jaime Bernal: no tomaba apuntes en clase

Jaime Bernal Villegas, bachiller del Gimnasio Campestre de Bogotá, médico javeriano y doctor en filosofía de la Universidad de Newcastle, en Inglaterra, es profesor asistente de patología y director de la Unidad de Genética Clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana. En la actualidad realiza investigaciones sobre inmunogenética y ha escrito varios libros y artículos para revistas colombianas e internacionales sobre este campo.

Bernal cultivó su espíritu científico a fuerza de no leer los libros que aparecían en la bibliografía básica que dan los profesores al comienzo de cada curso: “Nunca permití que me hablaran dogmáticamente. Era un estudiante promedio, de la mitad ‘pa arriba’; pero nunca asumí lo que decían mis profesores como cierto. No estudiaba lo que decían, no tomaba apuntes, y por eso muchas veces me encontraba en medio de clases donde yo era el único que no entendía lo que el profesor estaba explicando. Recuerdo un examen de bioquímica en la universidad, me tocó dejar una de las cinco preguntas sin contestar porque la respuesta no estaba en ninguno de mis libros. Seguramente era algo que el profesor había explicado… Creo que ese rechazo constante al dogmatismo fue lo que más motivó mi inquietud por la investigación, pues tenía que consultar constantemente otras fuentes, buscar, andar de un lado a otro a ver quién más había dicho algo sobre el tema.

Eduardo Posada: Las novelas de Julio Verne lo inspiraron

Eduardo Posada se graduó de bachiller del Colegio Andino de Bogotá, y obtuvo su diploma en física y su doctorado en la Universidad de Lausana, Suiza, donde continuó vinculado como investigador por un tiempo. Actualmente es investigador encargado del grupo de física técnica del laboratorio del Fondo Nacional del Café, y coordinador de dos proyectos de investigación sobre semiconductores y superconductores, en la Universidad Nacional. Interesado desde su juventud por la superconectividad (transporte de energía eléctrica con un mínimo de resistencia, y por ende sin pérdida), Eduardo Posada trata de que “no nos deje el tren” de esta gran evolución tecnológica y científica. Y no son ilusiones, pues esta vez no nos ha tocado esperar veinte y treinta años para reproducir los experimentos que se hacen en países desarrollados. En tan sólo tres meses y medio, el grupo que realiza estas investigaciones ha logrado los mismos resultados que en otros laboratorios, lo cual se convierte en una gran oportunidad para la ciencia colombiana.

La carrera de Posada comenzó con la lectura de Julio Verne: “Yo creo que lo que me indujo a hacer tantas cosas fueron los libros de Verne. Los leí todos. Después, acondicioné una casita en el patio de la casa, la llené de tubos y me puse a fabricar explosivos. Ah í pasé mucho tiempo jugando con la química; hacía bombas de humo y una vez traté de fabricar nitroglicerina pero no funcionó. La casita tenía un sistema especial de alarma contra ladrones y un teléfono, ambos conectados directamente a mi cuarto. Cuando tuve clases de química y física en el colegio, mi interés no aumentó. Las cosas que se hacían no eran tan divertidas como en mi casita; resultaban demasiado encajonadas, bajo un esquema académico demasiado estricto. Tal vez para eso es que ahora dejo que mis alumnos hagan sus propios experimentos, que ensayen, que construyan ellos mismos, para que adquieran confianza en sus capacidades”.

Emilio Yunis: una suma de Sincelejo más un sabio gringo

Emilio Yunis es profesor de genética e investigador de la Universidad Nacional. Ha sido conferencista invitado a universidades como las de Minnesota Y Harvard y a varias latinoamericanas. Yunis adelanta además una importante labor de divulgación científica a través de numerosos artículos en los que expone sus reflexiones sobre historia y filosofía de la ciencia. pueblo, familia y George
Pueblo, familia y George Dahl, fueron, según Yunis, claves para hacer de sus hermanos y de él los renombrados científicos de hoy: “Nacer en un pueblo como Sincelejo es una gran bondad. No se sufre el anonimato de la ciudad, y hay una forma diferente de vivir; las relaciones son más intensas, tienen una mayor significación. Por otro lado, tuve la fortuna de tener un padre que reunía en él todo lo que podría llamarse la voluntad, la constancia, la fuerza y el deseo de superación. En medio del racismo que existía contra los turcos, mi padre logró comprender lo que Francis Bacon había dicho siglos atrás: ‘El conocimiento es poder’. Mi madre, por su parte, era lo que uno podía llamar la síntesis y la rapidez del pensamiento. De ellos aprendí la necesidad del esfuerzo permanente, la dedicación, el trabajo y el placer por el conocimiento, aspectos básicos para un científico, pues la ciencia es cotidianidad, continuidad. Además de estas dos circunstancias, estuvo la llegada por azar a Sincelejo de George Dahl, un ictiólogo miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York, que además era escritor, cuentista y viajero. Dahl se convirtió en el maestro de mi familia. Con él nos interesamos definitivamente por la ciencia”.

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