27 años del plebiscito que tumbó a Pinochet

El 5 de octubre se conmemora la fecha en que se hizo el plebiscito que decidió la continuidad de Pinochet en el poder. Recordamos este texto que analiza la situación que se vivía entonces en Chile.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 201, diciembre de 1986.

PINOCHET, ¿HASTA CUANDO?

“Después de trece años de tiranía, el general chileno ve con preocupación cómo se multiplican los paros generales y los atentados, y la nueva táctica de la Casa Blanca (ensayada con éxito en Haití y Filipinas) de correrle el asiento a las dictaduras.

Cuando en vísperas de la conmemoración de su decimotercer año en el poder Pinochet se salvó milagrosa e inexplicablemente de un atentado en las afueras de Santiago, el mundo civilizado volvió una vez más sus ojos hacia la martirizada suramericana preguntándose cuánto tiempo más podría el tirano en la silla presidencial. Aún estaban demasiado frescos en la memoria colectiva los derrocamientos de personajes que, como Duvalier y Marcos, no eran menos amantes de los privilegios de la autoridad absoluta que el iracundo general chileno.

También se pensaba por analogía en el caso del régimen blanco de Sudáfrica, atrincherado en su racismo y sus cañones, pero enfrentado a la rebelión creciente de las masas de color y al repudio planetario ¿Cómo es posible que después de tantos años de crímenes, torturas, desapariciones y atropellos a las libertades democráticas esenciales, denunciados y condenados por la inmensa mayoría de la opinión pública, pueda continuar la dictadura castrense Chile? ¿Por qué Washington no actúa en Chile de la forma como lo hizo en Haití y las Filipinas? Pese a que las a los anteriores interroqantes no son sencillas, de todos modos hay que tener en cuenta que la situación de Chile posee sus propias particularidades; por ejemplo, que a diferencia de Haití o Filipinas, el despotismo militar se impuso en el país austral como consecuencia del filosoviético experimento de “transición pacífica al socialismo”, puesto en práctica por la Unidad Popular, y que las fuerzas susceptibles de combatir la tiranía sufrieron golpes demoledores que las dejarían inválidas por mucho tiempo.

No obstante, desde hace casi cuatro años las organizaciones de todos los matices han venido incrementando su capacidad de lucha contra la dictadura, la cual, a medida que progresa la insubordinación, echa mano de cuanto instrumento represivo se le antoja.

Con el objeto de arrojar alguna luz sobre el panorama ensombrecido de Chile conviene examinar sucintamente dos aspectos del mismo: la situación política interna y el comportamiento de la diplomacia norteamericana en relación con el gobierno de Pinochet.

El calvario de un pueblo

Desde cuando Allende fue depuesto y asesinado, en septiembre de 1973, el pueblo chileno ha padecido toda suerte de calamidades, desde los terribles efectos de las recetas económicas de los “Chicago boys” y la consecuente crisis de la deuda externa hasta la completa de los derechos más elementales y el hostigamiento permanente de las fuerzas de seguridad del régimen. Hasta fecha suman alrededor de 30.000 las personas que han caído muertas en las calles o en los oscuros calabozos policiales, mientras el número de presos políticos es incalculable.

En 1980 Pinochet organizó un plebiscito con el objeto de aprobar, como de hecho sucedió, una nueva Constitución nacional que, a menos que sea modificada, instituirá el control militar del país por tiempo indefinido. Presentada como una supuesta base para la posterior transición a la democracia y el sistema civil, la Carta establece, entre otras, las siguientes disposiciones: 1)Hasta 1989 todos los partidos políticos permanecerán “en receso” (ilegales en la práctica) y el general Pinochet será el presidente; 2) los comandantes de todas las armas escogerán en 1989 un candidato a la primera magistratura, el cual será sometido a referéndum (Pinochet ya anunció su deseo de postularse como alternativa oficial; 3) el nuevo mandatario gobernará ocho años, hasta 1997; 4) a partir de 1990 empezará a funcionar un parlamento que, sin embargo, estará sometido a los vetos del Ejecutivo; 5) en adelante y sin fecha límite, los jefes militares ejercerán una severa tutela sobre todas las instituciones públicas, en particular la legislativa, con plena capacidad de veto; 6) la Constitución no podrá ser reformada sin el visto bueno del presidente. Con este aberrante instrumento en la mano, Pinochet aspira a continuar en su trono, si Dios le da vida y licencia, hasta el año 2005, y así superar récords impuestos por aventajados colegas suyos como Trujillo y Stroessner.

El alarmante empeoramiento de la situación económica, en los inicios de la década, cuando el hambre comenzó a golpear vastas capas de la población chilena, sumado a los excesos recurrentes de la dictadura, llevaron a la paulatina recuperación de los sectores adversos al gobierno. Así, en 1983 las masas populares llevaron a cabo amplias jornadas de protesta en las principales ciudades, acaudilladas por los mineros del cobre, durante las cuales murieron decenas de manifestantes. En marzo de ese año salió a la luz pública un “Manifiesto democrático’: en el que se abogaba por la restauración del sistema electoral, el regreso de los exiliados y el respeto a las libertades civiles.

El documento fue suscrito por dirigentes del Partido Demócrata Cristiano, el Partido Socialdemócrata, el Partido Nacional y el Partido Socialista, En abril los mineros formularon un llamamiento a la huelga general, en mayo las amas de casa hicieron sonar sus ollas vacías y en junio hubo paros obreros y estudiantiles. Las movilizaciones han sido prácticamente ininterrumpidas desde entonces. Sin embargo, Pinochet permaneció impasible. En marzo de 1984 declaró con gran desparpajo: “¿Qué es esta enfermedad de la democracia? Yo no lo comprendo. Yo creo en la democracia, pero también creo que en el seno de La democracia están los gérmenes de su propia destrucción… Yo no busqué este puesto (la presidencia). El destino me lo dio. Y tengo que sacrificarme por tal privilegio”.

Fue por esos días cuando el gobierno implantó el estado de emergencia y acentuó las medidas draconianas para contener la ola de protestas. También fue cuando empezaron a regularizarse los atentados contra entidades y personajes oficiales en todo el país. “Chile avanza en paz y orden”, el slogan del régimen, ya no era más que letra muerta. En octubre el dictador comunicó a sus conciudadanos que se proponía permanecer en el mando por lo menos hasta 1989 y que nada ni nadie lo harían desistir.

En agosto de 1985, once agrupaciones políticas, entre las que figuraba la Democracia Cristiana, y numerosas personalidades, firmaron, bajo los auspicios de la Iglesia Católica, un Acuerdo Nacional de Transición a la Democracia Plena, en el que se planteaba una serie de reformas a la Constitución de 1980 que permitieran la democratización de Chile. Como era de esperarse, Pinochet rechazó olímpicamente la propuesta y agregó que “en este país no se mueve ni una hoja a menos que yo lo ordene”. Anteriormente el partido comunista, el MIR y una facción de los socialistas habían creado el Movimiento Democrático del Pueblo, MDP, el cual no fue invitado por los jerarcas de la iglesia a formar parte del acuerdo de 1985. De otro lado, la mayor parte de las acciones terroristas eran llevadas a cabo por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, grupo al que lo unen estrechos vínculos con el partido comunista prosoviético chileno.

La creciente oposición a la satrapía de Pinochet no solamente ha ganado adeptos dentro de la Iglesia, los partidos tradicionales, la clase media y el pueblo en general, sino que incluso en las filas de la alta oficialidad del ejército se empiezan a notar fisuras. Los jefes de la policía y la aviación expresaron, a mediados de 1986, que era conveniente un retorno a la democracia verdadera (en 1978 el general Gustavo Leigh había sido purgado por decir cosas parecidas). En julio de este año estalló una huelga nacional de dos días, durante la cual fuerzas del ejército quemaron vivo a un joven chileno residente en Estados Unidos, Rodrigo Rojas Denegri, a cuyo funeral asistió nada menos que el embajador de ese país.

Aparte de la agitación social y política y ondena universal a su régimen, Pinochet afronta grave problema de la deuda externa- 21.000 millones de dólares, la más grande del mundo per cápita-, la dificultad para conseguir créditos de organismos multilaterales y, en fin, una aguda crisis económica.

Empero, la debilidad relativa de la oposición y su división contribuyen a sostener aún a la dictadura, la cual cuenta con el apoyo irrestricto de la gran capital y de la mayor parte de las fuerzas armadas.

Pinochet frente a Carter y Reagan

Para nadie es un secreto que la Casa Blanca tomó parte activa en el complot contra el gobierno de la Unidad Popular, temerosa de las veleidades de éste con el bloque soviético-cubano. El ex- directorde la CIA, William Colby, admitió hace tres años que la administración Nixon autorizó un fondo de ocho millones de dólares con destino a la derecha y los conspiradores, para “desestabilizar” a Allende; y otros funcionarios han revelado que tanto Kennedy como Johnson enviaron a Chile millones de dólares para apoyar a Eduardo Frei e impedir el triunfo de Allende, en los comicios de 1964.

Washington fue, pues, un elemento clave sin el cual el golpe de Pinochet difícilmente hubiera podido salir exitoso. No obstante, el apoyo norteamericano duró menos de lo deseado por el dictador ya que en 1977 subió al poder Jimmy Carter, con su bandera del respeto a los derechos humanos y su crítica abierta a regímenes como el de Chile. Al embargo a la venta de armas a Pinochet, vigente desde 1976, la administración demócrata agregó su voto negativo para los préstamos a Chile en instituciones como el BID y el Banco Mundial, amén de repetidas condenas públicas por los abusos de aquél. Mas la táctica de Carter resultó, por decir lo menos, irrelevante.

Chile atravesaba en esos momentos por un breve “boom” económico que le permitió a la tiranía capear el vendaval y consolidarse internamente. Carter le mostró a Pinochet, sin proponérselo, algo que hasta entonces parecía imposible: que el gobierno chileno podía desafiar a los Estados Unidos y continuar sobreviviendo. Es más, al final del período de Carter, en 1980, Pinochet alcanzó el punto de mayor solidez al hacer aprobar su nefasta Constitución.

El advenimiento del gobierno republicano, en 1981, provocó un suspiro de alivio por parte del general chileno, quien entonces que de nuevo tendría amigos en Washington. En efecto, Reagan, teniendo en mente las experiencias de Irán y Nicaragua, suavizó notablemente las sanciones económicas a Chile y se embarcó une “diplomacia callada” tendiente a convencer a Pinochet de que realiza una gradual apertura democrática con el fin de evitar un movimiento revolucionario.

Las cosas marcharon bien hasta que en 1983, la dictadura empezó a mostrar su renuencia a cualquier tipo de diálogo en tal sentido, lo cual quedó en evidencia con el rechazo al acuerdo de la oposición tradicionalista, en 1985. Esto, además del anuncio hecho por Pinochet de que piensa ni más ni menos que morirse en el poder, alarmó a la administración Reagan, que en los casos de Filipinas y Haití salvó la situación y su imagen sustituyendo a Marcos y Duvalier con fórmulas aceptables a sus intereses.

En agosto, la Casa Blanca insinuó que se podría oponer a un préstamo de US$250 millones del Banco Mundial y a otro de US$300 del BID con destino a Chile si Pinochet persistía en su terca actitud; asimismo, este año ha enviado varios emisarios a persuadir al general para que deje el poder en 1989. Hasta ahora, todo ha resultado inútil. Quizás Pinochet piensa que, así como sucedió con Carter, esta vez también podrá desafiar a los Estados Unidos.

Porque Pinochet sabe perfectamente que Norteamérica tiene un dilema complicado de resolver: seguir apuntalando a un aliado incondicional en la contienda Este-Oeste o abandonarlo y arriesgarse a que en Chile surjan condiciones que pongan en peligro su estrategia en esa parte del globo, algo similar a lo que pasa con Suráfrica. De ahí la insistencia del Departamento de Estado para que se les dé vía libre a las denominadas “fuerzas de centro”.

A diferencia de la época del golpe contra Allende, Pinochet está ahora más aislado que nunca dentro de la comunidad internacional y, en América Latina, sólo cuenta con un compañero de viaje, el general Stroessner. De igual manera, fuerzas internas y externas que coadyuvaron a su ascenso, o que al menos permanecieron neutrales, hoy no quieren ir hasta el final de la azarosa aventura autocrática y están procurando desligarse de ella. Sea como fue re, del pueblo chileno dependerá, en última instancia, la superación de este trauma histórico, de modo que pueda evitar en adelante la irresponsable experimentación de novedosas “rutas al socialismo”, así como la tragedia del fascismo.

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