Berlín: el concierto de la libertad

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La Novena de Beethoven, dirigida por Leonard Bernstein, justo unos días después de la caída del Muro, tuvo un simbolismo histórico en el momento en donde el mundo se redefinía.

Publicado originalmente en noviembre de 2014

El 11 de noviembre de 1989, dos días después de la caída, el violonchelista Mstislav Rostropovich, que vivía en el lado este de Berlín, se sentó junto a las ruinas del Muro que la gente seguía derribando y con el fondo de los martillos empezó a tocar desprevenidamente la Suite para violonchelo n. 2, de J. S. Bach, en la que sería la interpretación más feliz de su vida. Asimismo, el compositor y director de orquesta estadounidense Leonard Bernstein viajó pronto a Berlín para celebrar la caída del Muro y la apertura de la puerta de Brandeburgo. Tenía 71 años, estaba enfermo y moriría en menos de un año, pero aun así dirigió dos conciertos con una obra emblemática: la Novena Sinfonía, de Ludwig van Beethoven, célebre por la Oda a la Alegría, poema de Schiller que aparece en el último movimiento, la misma oda que unos meses antes había sonado amplificada en altoparlantes por los estudiantes en China en el penoso episodio de la Plaza Tiananmén. La misma que cantaban los prisioneros de Pinochet.

Bernstein dirigió el primer concierto en la noche del 23 de diciembre, en el lado oeste de la ciudad. El segundo tuvo lugar en el Schauspielhaus del lado este. La orquesta estuvo integrada por músicos de la Filarmónica de Nueva York, la Orquesta Sinfonía de Londres, la Orquesta de París y la Orquesta del Teatro Kirov de Leningrado, agrupaciones de los cuatro países que hasta el momento ocupaban la ciudad. Los solistas fueron June Anderson, Sarah Walker, Klaus König y Jan-Hendrik Rootering. El gran coro estaba constituido por miembros del Coro de la Radio Bávara y del Coro de la Radio de lo que había sido Berlín del Este, además del Coro de niños de la Filarmónica de Dresde. Fuera del teatro, en una plaza de Berlín se congregaron 6.000 personas para presenciar el concierto en pantallas gigantes en la transmisión en directo que llegó, además, a más de veinte países. Uno de los momentos más sublimes en la historia de la música es cuando solistas, orquesta y coro cantan: Alegría, bella chispa divina, hija del Elíseo… tu hechizo vuelve a unir lo que la rígida moda rompiera; y todos los hombres serán hermanos bajo tus suaves alas.

Para la ocasión, el director decidió cambiar la palabra Alegría (Freunde) por Libertad (Freiheit) pues consideraba que la hermandad solo se puede dar en libertad y “a Beethoven no le hubiera importado”.

La música, la educación y la justicia social eran lo más importante en la vida de este grandísimo director, quien consideraba la obra de Beethoven “una lucha por la paz, por la realización del espíritu, por una alegría serena y triunfal. Y eso lo logró con su música… Debería ser posible para nosotros aprender de su música, al escucharla con todo nuestro poder de atención y concentración. Así, tal vez podamos llegar a ser algo digno de ser llamado raza humana”.

Sobre el Autor

Periodista especializada en música clásica. Programadora radial de la HJUT.

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