Enamorarse con rabia

“Alguien había logrado saltar la cerca con púas, botellas picadas, electricidad y perros rabiosos” que había ubicado de manera perfecta a la entrada de mi cabeza y de mi corazón”.

Desperté porque sentí tibios los pies. Él me había puesto una bolsa de agua caliente luego de pensar que me estaba congelando. Tenía razón.

Sentí ganas de llorar, de taparme la cara y chillar como una niña chiquita. Alguien había logrado saltar la cerca con púas, botellas picadas, electricidad y perros rabiosos (sin contar los avisos de “cuidado con el perro” y “no se vende, arrienda, permuta. No insista”) que había ubicado de manera perfecta a la entrada de mi cabeza y de mi (qué asco lo que voy a escribir) corazón.

¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿No podía dejarme ahí con hipotermia y todos felices? Yo ya tenía planeado morir en absurda soledad dentro de un apartamento chiquito, con moho, luego de deprimirme leyendo los diarios de Sándor Márai, apagarme al tiempo que el autor lo hace en sus páginas luego de que su esposa muere. Pero no, tenía que preocuparse por mí y ponerme una maldita bolsa de agua caliente en forma de oveja. Estúpido. Ahora pienso en lo bonito que sería despertar a su lado todas las mañanas y lo divino que sería abrazarlo en las noches, luego de contarle detalles sin importancia de mi día y escucharle los suyos.

Qué rabia cuando las canciones dejan de ser un paisaje sonoro para soportar cada día y comienzan a tener nombre, ojos, dueño; todo deja de estar encriptado y uno entiende que cuando el Cholo Valderrama canta “hace tiempo que quería, dedicarte una canción”, ese “hace tiempo” hacía referencia a los años que uno duró solo, preparándose sin saber para enfrentar todo lo que significa el encuentro real con otro. Esa canción del Cholo era mía y ahora él la tiene.

Y esas ganas de querer ser mejor, quizás eso es lo más preocupante. Ese fuero interno que indicaba que todo iba bien, tranquilo en el camino, de repente enciende las alarmas. Pareciera que no tenía antes metas, o que las que tenía eran muy cortas, muy pequeñas y ahí es cuando entra el hambre. “Quiero hacerlo sentir orgulloso de mí, de mi trabajo, de mis palabras. Quiero que se le hinche el pecho cuando alguien me nombre, cuando me piense, cuando me lea”. Ridícula. Sola ya quería ser mejor pero con él quiero ser mejor que mejor.

“Avanzamos con andar vacilante, arde el sol de finales de septiembre. Sin embargo, todo, todo, es maravilloso” escribe Márai en 1984 luego de ir al océano con “L”, que es como llamaba a Ilona, su esposa. Y pienso en mí porque, sin embargo, aunque a veces el miedo que uno siente a dar pasos gigantes que son a la vez inseguros dentro de ese viaje al océano que es el amor, todo es maravilloso. Se me tiró también mi libro triste, ahí se metió también. No lo puedo creer.

El mundo que existía deja de ser. Donde no había nada hace unos meses, ahora está todo, está él. Es un virus que se expande por todo el cuerpo y enferma. Ya no es posible morir sano.

El amor se materializa cuando la mamá le dice a uno con recelo “no lo entregue todo” y uno contesta con una rabiecita rica “ya qué, mamá, ya qué”.

Articulos Relacionados

  • Vea las nuevas camisetas mundialistas con diseños ‘vintage’
  • Estas son las ciudades más amigables del mundo
  • Vea el tráiler de Phantom Thread, la película final de Daniel Day-Lewis
  • El arte está en todas partes: hasta en las fotos de paparazzi