Un banquete para hablar del amor

Dario Jaramillo, Angélica Gallón, David Roa y Ricardo Aponte.
Carlos Gaviria.
César Pagano.
Darío Jaramillo.
Julián David Correa, Patricia montañez y Dago García.
Gloria Saldarriaga

Platón dio para dar y convidar durante una fría noche bogotana. Todo un convite para pensar, repensar, dudar y defender las nociones del amor que, desde hace tantos siglos, se han escrito y cantado.

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I. Un brindis para empezar: vino espumoso, Sócrates, Stendhal, Ortega y Gasset, Borges.

La tensión inicial que conlleva ir a una comida “temática” en la que, por fuera de la costumbre de “echar carreta” sobre cualquier cosa, los comensales tenían claro que debían tomar en algún momento la palabra para hablar sobre Eros, fue liberada con un espumoso Trivento muy apropiado para tocar el efervescente tema amoroso. Carlos Gaviria aprobó la iniciativa, aunque prefirió pasarse a algo “menos gaseoso y más espirituoso”. Los demás brindaron con las burbujas y dieron por iniciada la reunión.

Con el vino también llegaron las propuestas y algunas digresiones. Ricardo Aponte, el psicoanalista, fue el primero en compartir su punto de vista respecto al tema. Se refirió a uno de los elogios a Eros que se encuentran en El Banquete de Platón: “Aristófanes dice que había tres tipos de seres humanos: los masculinos, los femeninos y los andróginos, que tenían dos cabezas, cuatro manos y cuatro patas. Y que eran tan hábiles que iban a tomarse al Olimpo. Los dioses se preocuparon; Zeus, para evitarlo, decidió partirlos por la mitad: así, los seres humanos se quedaron buscando eternamente su otra mitad. Esta es una de las metáforas más bellas del amor, la búsqueda de la media naranja, la otra mitad del sol. En psicoterapia es muy interesante ver esta búsqueda de lo que hace falta, la fantasía con que se configura esta búsqueda, cómo se describe, cómo todo el tiempo se está imaginando ese príncipe o princesa y cómo uno de los grandes éxitos del amor es poder aterrizarlo en unos conceptos de realidad”.

Curiosamente, como en el segundo elogio del libro de Platón (el de Pausanias), la intervención de Carlos Gaviria también sirvió para aclarar que hay por lo menos dos tipos de amor: “‘Amar al prójimo como a ti mismo’ es algo muy distinto a cuando yo tengo una novia o una amante y digo ‘la amo’”. Amo la literatura, la filosofía y el arte; pero no es lo mismo que cuando digo “estoy enamorado”. Advierto que los libros que tratan del amor hablan del enamoramiento. Por ejemplo, Del amor, un libro de Stendhal que a mí me encanta, lo hace. De igual manera, Los estudios sobre el amor, de Ortega y Gasset, que habla desde ese lugar.

Para zanjar las diferencias entre los dos amores, “el magistrado”, “el sabio”, “el maestro” (¿cómo llamarlo?) propuso un nombre que para él representa un tipo de amor más amplio, un personaje que fue “muy fracasado en el amor erótico” y sin embargo siempre “vivió enamorado”: Borges. “Recuerdo una de esas anécdotas sobre él que a mí me conmueve, cuando llegó a España, un poquito antes de morirse (tenía, creo, ochenta y seis años). Lo recibió Luis Rosales y le preguntó: “Borges, ¿cuándo fue la última vez que usted se enamoró?”. A lo que respondió: “Yo, señor, sigo enamorado”.

II. Entrada: Crema de alverjas con queso frito, decadencia del verbo amar, por qué leer los clásicos (del bolero), Homero, Virgilio y el bolerismo.

El timbre anuncia la llegada de César Pagano, el melómano, mientras Gloria Saldarriaga, la anfitriona, se queja porque ahora el verbo amar se usa mucho más para referirse al amor por cualquier cosa que al amor por el amado. Darío Jaramillo, el poeta, agrega que “eso puede querer decir que con el empobrecimiento del idioma nos vamos a quedar con el verbo ‘ser’ y con el verbo ‘amar’”. “Vamos muy bien”, remata con ironía.

Una vez acomodado en su puesto, a la diestra del “Padre” (de barbas blancas), el señor Pagano es requerido para que diga cuáles son las dos canciones definitivas sobre el amor, así, a quemarropa: “Desde hace algún tiempo yo he decantado las opciones. Entre los boleros más hermosos está Vete de mí, de los Expósito, dos inspirados hermanos argentinos, hijos del orfanato y creadores de tangos y minoritariamente de boleros (Homero y Virgilio se llamaban)”. “Es un bolero que habla de un hombre ‘añejo’ que se enamora de una mujer joven y le pide que se separen”.

Tú, que llenas todo de alegría y de juventud

y ves fantasmas en la noche de trasluz

y oyes el canto perfumado del azul

vete de mí.

Yo, que he luchado contra toda la maldad

tengo las manos tan deshechas de apretar

que ni te puedo sujetar,

vete de mí.

Seré en tu vida lo mejor

de la neblina del ayer

cuando me llegues a olvidar,

como es mejor el verso aquel

que no podemos recordar.

“Hay otro, que era el preferido del maestro Ramón de Zubiría, del compositor Gonzalo Curiel. Como cosa curiosa, este bolerista era muy dialéctico, en contraste con la mayoría que son muy concretos. Hace coexistir en sus letras amor y odio, bienvenida y despedida, vida y muerte. El bolero se llama Déjame, más conocido como Ámame o déjame”.

Hay que dejar el puerto antes de que anochezca

y enderezar la vela blanca de nuestra nave

hacia unos rumbos donde el amor florezca.

El odio es amor triste.

Ante amores tan aciagos como los que se retratan en los boleros, Dago García, el libretista, pregunta por qué los artistas se ensañan castigando al amante en sus obras. “¡Pero es que no hay nada más aburrido que una historia feliz!”, replica Julián David Correa, el cinéfilo. “Yo creo que en tu pregunta hay una verdad para un contexto –agrega Jaramillo–, todos somos herederos de una idea del amor que viene de las canciones, por eso todas ellas salen, porque encontramos la identidad con las canciones. El bolero es trágico (en cambio el tango es tragiquísimo). Yo creo que Julián David tiene razón en un sentido: es más difícil el canto a la felicidad. Le tenemos miedo a la risa, al disfrute o lo vemos innecesario tal vez. Es mejor gozar que cantar el goce”.

III. Plato fuerte: escabeche de pescado con pipián de papa, Freud, otra vez Stendhal y Pausanias, un poco de neurociencias, Uribe Vélez y un Sócrates capitalista.

“La sombra del objeto amado y perdido recae sobre el yo y lo transforma”. Julián David cita a Freud para agregar al tema desde el psicoanálisis haciendo énfasis en “las chispitas de poesía” que, según él, hay en la prosa del venerable austriaco. Eso le da pie al maestro para hablar de la transformación del amado por el amante. “Ese es uno de los temas que trata Stendhal en Del amor; el problema de la ‘cristalización’. Cuando una persona está enamorada ve al amante perfecto y le atribuye una serie de virtudes pero, al poco tiempo, estas van desapareciendo. Por ejemplo, en Salzburgo existía la costumbre de que en verano se metían unas ramas de pino en las fuentes de sal y cuando las sacaban en invierno estaban cristalizadas y parecían llenas de diamantes. Luego se las llevaban para adornar sus casas y al poco tiempo la sal se iba cayendo y quedaba la rama seca y desnuda. Agrega el escritor francés que el matrimonio es una institución contra natura porque el enamoramiento pasa y lo bello es la época del amor intenso. La convivencia cotidiana hace que ese encantamiento se acabe. Ortega, en cambio, adopta un punto de vista distinto en sus estudios sobre el amor. Dice que es muy posible que el amado o la amada sí hayan tenido todas esas cualidades, pero esas mismas cualidades van fatigando al amante”.

Sobre estas transformaciones del amado terció Julián David recordando que Pausanias en El Banquete concluía que no se puede amar a lo joven porque lo joven se transforma: “El problema del amor es el tiempo. El amor es algo que se transforma a lo largo del tiempo y a su vez nos transforma a nosotros”.

“Vinicius de Moraes dice que el amor eterno dura más o menos cuatro meses”, comenta Jaramillo. “Fisiológicamente, más o menos tres años”, agrega Patricia Montañez, la neuropsicóloga. “La tecnología hoy nos permite ver lo que sucede en el cerebro. ¿Qué pasa en la cabeza mientras una persona está enamorada?, ¿qué áreas se activan cuando se está intensamente enamorado? Las que están relacionadas con la dopamina, el sistema límbico, con el refuerzo, con la supervivencia, con la emoción primaria; y a medida que se va calmando aparecen otras áreas que se activan: las áreas de la calma, de la tranquilidad: la oxitocina. El amor es ciego porque en la etapa del enamoramiento hay unas áreas del cerebro que se ponen en reposo como la parte de integración perceptual”.

“El amor debe ser ciego”, sonríe Gaviria. “Tuve un debate con el antiguo comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, que me hace traer a la mente, de manera muy oportuna, un pasaje de Stendhal. Un amante encuentra a su mujer en brazos de otro. Se lo reprocha, pero ella se lo niega y cuando él le insiste, ella le dice: ‘se ve que no me amas porque le crees más a tus ojos que a mis palabras’. Lo recuerdo porque el doctor Uribe decía ‘aquí no hay conflicto’, mientras ocurría una guerra terrible en el país”.

“El acercamiento que estamos haciendo del tema del amor como carencia está muy apegado al deseo”, recalca Angélica Gallón, la editora de moda. “El deseo en nuestra sociedad (por ejemplo desde mi campo) es siempre desde la carencia. Se desea lo que no se tiene. Nunca nadie se pregunta por qué quiere un bolso más en su armario y jamás se pregunta para qué lo quiere. Me sorprende que la versión del amor de Sócrates sea la ilustración perfecta del capitalismo. La moda es el capitalismo puro y el concepto del amor de Sócrates lo refleja perfectamente. Una vez se obtiene el objeto del deseo se desea otra cosa y así se perpetúa el consumo”.

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