¿De dónde sale el amor?

Contrario a lo que dicen los poetas, el amor es un asunto donde la biología, y no los versos, aporta el combustible para que la hoguera arda.

El espectro de sensaciones es muy amplio: taquicardia, pupilas dilatadas, sudoración, insomnio, pérdida del apetito. Si no fuera por las famosas “mariposas en el estómago”, que es el nombre que le damos a una serie de pequeños calambrillos amigables en el bajo vientre, pensaríamos que estamos ante un enfermo o un individuo afectado por un trastorno. Pero no, es evidente que nos referimos a un ser que anda por la vida en un estado glorioso: el enamorado.

Aunque es posible que, en efecto, nos encontremos ante un trastornado. En términos fisiológicos los síntomas del amor romántico se parecen mucho a los de una crisis, cuando el cuerpo humano reacciona a cambios bruscos en el entorno. Y el enamoramiento es una gran sacudida. En esos casos el sistema nervioso libera, con mucha rapidez, una serie de sustancias que modifican de manera abrupta nuestra biología y nuestro comportamiento: adrenalina, dopamina, vasopresina, oxitocina, testosterona; una ciénaga de neurotransmisores y hormonas sobre la que navega una barca sacudida por la llegada del amor.

Cuando el estímulo romántico aparece –la persona deseada–, un curioso mecanismo se activa: la adrenalina inunda el cuerpo y obliga a llevar sangre a todos los tejidos. Eso explica la sensación de corazón desbocado y mejillas sonrojadas que asociamos a los enamorados. Hay más: la pupila se dilata para recibir mejor luz y observar al otro, pero como efecto colateral nuestra cara se ilumina y lucimos más atractivos. Los músculos se tensan por la alerta y, sin explicación aparente, de un momento a otro los hombres parecen más fuertes y las mujeres más espigadas. Todo un acto escénico.

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Cuando el contacto con el estímulo continúa, ciertas estructuras cerebrales comienzan a esparcir dopamina como regaderas de jardín. Ahí es cuando nos sentimos muy bien, porque la dopamina es un neurotransmisor asociado a las recompensas y a las sensaciones de placer. Se sabe que sus niveles se elevan en las fases de atracción y cortejo. La vasopresina inunda luego el centro del sueño, y detona una sensación de energía que les permite a los enamorados pasar la noche despiertos, o hacer cosas que antes les causaban desaliento. Incluso los lleva a perder el apetito, porque satura los receptores de saciedad que se encuentran en el hipotálamo.

Mientras todo esto sucede, el cuerpo se prepara para el desenlace final: produce a toda máquina hormonas como la testosterona, muy ligada al deseo sexual. Entonces nuestra conciencia y racionalidad se ahogan bajo una marea química, que sube y sube hasta conducirnos a un acontecimiento tan sublime como efímero: el orgasmo, donde los niveles de todas estas sustancias alcanzan un pico máximo y luego se desploman. Como en un rush de drogas.

La antropóloga Helen Fisher, quien ha estudiado durante años los resortes ocultos de la atracción, sostiene en su libro La anatomía del amor que en 12 o 18 meses estas descargas bruscas de neurotransmisores y hormonas tienden a perder la fuerza y el efecto. El llamado “enamoramiento” se desvanece y salimos de ese estado de excitación permanente, pero solo para darle paso a un nuevo truco del cerebro: la inundación de oxitocina, responsable del afecto y el apego.

¿ES EL AMOR UNA DROGA DURA?
Según el psiquiatra Cristian Vargas, muchas cosas activan descargas de dopamina: comer, bailar, hacer ejercicio, una caricia, una buena conversación; los componentes típicos del romance. Pero también la producen la cocaína y la heroína.

La diferencia radica en la forma como cada una manipula su liberación. “Los sistemas de recompensas actúan diferente: no es lo mismo un pase de coca, donde la liberación de dopamina alcanza un pico alto y desciende rápidamente, a una comida que disfruto, donde la subida va a ser lenta y en una concentración muy bajita”. El sexo, una actividad donde se recibe mucha recompensa química, sigue estando por debajo de las llamadas drogas duras. “Es más adictivo lo que genera picos más grandes de dopamina”, concluye el doctor Vargas.

De todos modos, los circuitos de recompensa involucrados en ambos casos –las drogas y el amor– son los mismos. Esa es la razón por la que síntomas asociados a la pérdida o el fracaso del romance se parezcan tanto a los del síndrome de abstinencia. Y la explicación para la que el despechado coma chocolate o se vaya de compras para sentirse mejor: el dulce y la posesión son reforzadores positivos muy fuertes. Así las cosas, reponerse de una tusa puede ser entendido tan solo como un cambio de recompensa. O de adicción.

Pero, aunque la comparación funcione, no podría crearse una droga química para inducir el amor. Aquí es donde las cosas se tornan realmente interesantes. La dopamina, la adrenalina, la testosterona, y todos sus demás secuaces, solo generan emociones corporales. Y una emoción no es un sentimiento. “Para el amor se necesitan dos componentes: una neurobiología que funcione y unos procesos psicológicos, simbólicos y culturales que lo nutran todo”, sostiene el doctor Vargas. Eso indica que el intelecto y los sentimientos son los que en realidad modulan el proceso romántico, y no los instintos. “Se puede inyectar dopamina y adrenalina, pero si los estímulos sociales y afectivos no están presentes, nada va a pasar”, agrega la doctora Paulina Posada, residente de psiquiatría.

¿Por qué, entonces, el cuerpo se toma el trabajo de generar esos cambios? Detrás de todo parecen estar los genes y su misión universal de reproducirse. La mecánica actual de la atracción puede aún responder a un mecanismo muy útil hace millones de años, cuando éramos unas pocas bandas de homínidos. En la naturaleza el tiempo de apareamiento es muy corto y significa quedar a merced de los depredadores, de ahí las descargas de adrenalina. Reproducirse involucraba dejar de conseguir alimento para cortejar a una hembra, y eso explica que la vasopresina anule la sensación de hambre.

Los humanos evolucionamos el intelecto y desarrollamos los sentimientos, pero la máquina corporal aún es la de un primate. Y cuando ese primate se enamora, el órgano que se incendia es el cerebro y no el corazón. Con el perdón de los poetas.

(FUENTES MÉDICAS: CRISTIAN VARGAS, PSIQUIATRA U. DE ANTIOQUIA, Y PAULINA POSADA, RESIDENTE DE PSIQUIATRÍA U. DE ANTIOQUIA).

Sobre el Autor

Fotógrafo y periodista independiente. Colaborador de Diners, escribe también en las revistas DONJUAN y Arcadia. Reside en Medellín.

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