Los nuevos baladistas: Toda canción de amor es siempre la misma

¿Cómo comparar una bachata, una canción de Fonseca y una ópera de Tchaikovsky? Parece un despropósito, pero sus letras rayan cursilería que enamora a todos. Estos son los nuevos baladistas nacionales.

Una voz aflautada y dulce, terriblemente dulce, salía de la radio. Dentro de mi cabeza, esos susurros acompañados del cadencioso unodosunodos de la bachata se sentían como uñas arañando el pizarrón. Respiré profundo y, en el instante en el que iba a cambiar el dial, la fastidiosa voz se coló entre mis oídos y susurró: “Si el mundo fuera mío te lo daría / hasta mi religión la cambiaría”. Sentí un leve escalofrío. “Por ti hay tantas cosas que yo haría / pero tú no me das ni las noticias”. Incrédula, subí el volumen, entregué toda mi atención a Prince Royce, sensación multiplatino de la bachata. De repente, su voz dejó de parecerme el chillido cursi de un adolescente y se convirtió en un tierno arrullo. Estaba profundamente conmovida con su historia de amor. Se desvivía por su amada y le prometía “apagar el sol para encender su amanecer” a cambio de un beso. ¿Cómo era posible que esto estuviera sucediendo? Royce entendía exactamente mi situación sentimental y, como si fuera el mejor de los actores, sabía interpretarla con sinceridad y transparencia del otro lado de la radio. “He aquí un prueba irrefutable de que el amor es un sentimiento universal”, pensé; un bachatero dominicano quiere de la misma manera en la que yo quiero.

Algo misterioso esconden las canciones de amor. Una sincronía secreta que hace que la ranchera más amarga llegue en el momento en el que el corazón está vuelto pedazos y desde ahí sacar la fuerza para entonar “olvidando el rencor no diré que tu adiós me volvió desgraciado”. De la misma manera en la que el bolero acude al rescate en la conquista, “hoy la vida me ha de sonreír, tengo ya deseos de sentir los besitos de tu boca que mejor me hacen vivir”, para prestar su letra. Un ingrediente misterioso que nos hace perder la cabeza fría para preguntarle a gritos, de la mano de Juan Gabriel, a nuestra querida: “dime cuándo tú, dime cuándo tú vas a volver”.

En palabras de Paola Castaño, doctora en sociología de la Universidad de Chicago, “el amor da una experiencia de validación total que no existe en otro tipo de relación humana. Frente a eso se puede ser un cínico o un creyente irreflexivo. Las canciones de amor apelan a lo segundo. Ahí radica su éxito”. Esta opinión la secunda Alejandro Marín, director de la emisora La X: “Más allá de su estructura, toda gran canción nace de un padecimiento, de una decepción o lucha interna. De la conjugación de esos elementos nacen los coros eternos y las estrofas centelleantes que como polaroids nos sacuden los oídos para siempre”.

Y es que al analizar con lupa las tonadas más clásicas o los hits radiales, encontramos que detrás de las diferentes variaciones subyacen elementos musicales similares y tópicos recurrentes que han enamorado y desenamorado a varias generaciones.

Para la muestra un botón

“Te amaba, ¿pero qué encontré en tu corazón?, el amor modesto de una chiquilla no era novedad para ti”, le reprocha Tatiana a Eugene Onegin. En el último acto de la conmovedora ópera de Tchaikovsky, la joven le pregunta a su antiguo enamorado por qué justo ahora que se ha casado, él se siente atraído por ella. “Ten piedad de mí, hice mal y he sido castigado”, responde quien alguna vez despreció su amor.

“Vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta”, le pide una desilusionada mujer al hombre que la abandonó hace dos años y que vuelve a recuperarla. “En busca de emociones un día marché, de un mundo de sensaciones que no encontré”, intenta explicarle su expareja en esta balada de 1984, que fue inmortalizada por el dueto argentino Pimpinela. La mujer, orgullosa, solo responde “olvídate todo que tú, para eso, tienes experiencia”.

“Pero soy el que pudo llevarte a la luna. Soy el que te llevó”, canta Esteman –artista bogotano que ha sido reconocido por Billboard como uno de los cinco músicos latinoamericanos que no hay que perder de vista–, mientras que del otro lado Carla Morrison, sensación del pop mexicano y ganadora del Grammy Latino en 2011 en la categoría de mejor álbum de música alternativa, le responde: “No me hables con toda esa pretensión de una estrella del pop. No me digas que tú escribiste esta canción para alzar mis lamentos”.

El aria de Tchaikovsky, la balada de Pimpinela y la propuesta de pop independiente de Esteman parecen relatar la misma experiencia de desamor. El hombre que pierde a su amada intenta recuperarla exponiendo sus verdaderos sentimientos por medio de una declaración romántica, que es rechazada por una mujer que ha sufrido anteriormente sus desplantes y quiere olvidarlo. Como lo explica Jaime Monsalve, melómano y jefe musical de Radio Señal Colombia, “todas las canciones de amor revelan directa o veladamente el interés afectivo por el otro, cuando no se están encargando de hablar de un amor que ya es correspondido. Las hay tiernas, urgentes, tranquilas o enfebrecidas. En ese caso el ingrediente principal siempre será la intención de dejar saber que se ama, aunque las letras hablen de odio, que casi siempre viene a ser la misma cosa”.

Al examinar de cerca la historia musical de Occidente nos encontramos con que la canción de amor ha acompañado al hombre desde que los trovadores medievales hicieron su aparición en el siglo VI. Y aunque sus letras se acercaban más a las leyendas de la tradición oral que a las sentidas declaraciones de amor que hace Isabel Pantoja cuando se le enamora el alma, es importante entender que su base musical se centraba principalmente en las melodías y no en el ritmo, para transmitir una gama amplia de sentimientos. Esto explica por qué géneros que no se asocian necesariamente con ideas de amor romántico como el rap o el reguetón, privilegian lo rítmico por encima de cualquier otro elemento, mientras que las baladas, las rancheras, el tango o el bolero basan sus composiciones en la expresión y exploración de lo melódico. Como lo explica Andrés Gualdrón, compositor y estudiante de musicología, “la retórica amorosa es una tradición muy poderosa en Occidente que no solo comprende palabras, sino también sonidos. El amor está ligado a la melodía”.

Más allá de lo racional

Pero la magia de estas canciones no subyace únicamente en su estructura musical. Aunque esta es indispensable para que al pronunciar “hoy tengo ganas de ti”, las inmortales palabras de Miguel Gallardo, el mensaje transmitido sea una sentida súplica para “descubrir el amor juntos cada mañana” y no una orden impertinente. Allí, los intérpretes le pierden el miedo a destapar su intimidad frente al público.

El cantante y compositor bogotano Fonseca, que recientemente afrontó el reto de convertir los arreglos de sus canciones más reconocidas a versiones sinfónicas para grabar un álbum junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, habla sobre el momento de componer: “Trato de analizar la situación y entenderla, pero siempre llego a la conclusión de que el amor y el desamor son algo natural y prefiero que mis letras fluyan sin pensarlo tanto”. El creador de estribillos tan románticos como “te mando besos en mis canciones y por las noches cuando duermo se juntan nuestros corazones”, se confiesa “muy reservado con mi vida privada, pero, por alguna razón, lo cuento casi todo en mis canciones. Es una especie de terapia de expresión”.

Y es que sin importar la época en la que fueron compuestas o la estructura musical que toman como base, las canciones de amor siempre hablarán sobre lo doloroso (“lloré para amarte mejor”, sollozaba Edith Piaf), lo complejo y misterioso que resulta el encuentro entre dos almas. Melodías y palabras que logran cobijar esa sublime experiencia que va desde el febril enamoramiento, de “mi amor callado se enciende con verla”, hasta el cáustico desenamoramiento al darse cuenta de que “quererte a ti es conjugar el verbo amar en soledad”.Sin embargo, esta labor no es tan sencilla. Para encontrar las palabras justas que se amolden a las emociones, muchas veces se debe echar mano de lo cursi; esa cucharadita extra de azúcar que, en exceso, puede hacer que un sentido verso se transforme en un insufrible lugar común, pero que, en el punto de dulzor adecuado, es el más infalible punto de conexión con el otro. Para Castaño, “lo cursi, en tanto producido por el artista o percibido por el otro, depende mucho del distanciamiento irónico con que se mire la obra. Si uno está entregado a la emoción, no es cursi. Si lo mira desde afuera, desnaturalizando la experiencia, el amor mismo siempre será cursi y ridiculizable”.

Esta opinión la reitera Esteman, quien entiende lo fácil que es caer en clichés a la hora de componer: “Siempre pensé que no era difícil escribir canciones de amor, pero me he dado cuenta de que es muy fácil hablar desde lugares comunes, por eso procuro ser sincero y dar cuenta de la manera en la que me relaciono con otros individuos desde mi realidad”.Algo similar le ocurre al cantante bogotano Juan Pablo Vega, quien recientemente editó su primer disco Nada personal y que también ha trabajado como compositor y arreglista para artistas como Marc Anthony y Alejandro Sanz y que también ha colaborado con el proyecto musical de la bogotana Paula Arenas, que busca darle un aire indie al bolero. “Cuando escribo para otro lo hago en función de sacar el mejor provecho del rango vocal de ese artista”, comenta Vega, “pero cuando escribo mis canciones entro en un proceso de introspección en donde lo más importante es pensar en las palabras más honestas y tomarse el tiempo para escribirlas. Cuando uno está componiendo es mejor volver a lo sencillo y a lo real”. Una muestra de esto son los 12 tracks de su álbum en donde –entre una mezcla de soul, reggae, pop y big band– sobresalen letras sobre el desamor como “ya no me duele pronunciar tu nombre, la historia termina con esta canción” o “mira donde el tiempo nos dejó, mirándonos el alma diciéndonos adiós”.

Sobre el Autor

Periodista cultural y editora independiente. Colaboradora de las revistas Arcadia, SoHo, Bakánica, Bienestar y Diners.

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