Jorge Drexler le canta al amor en Bogotá y Medellín

Regresó a Colombia, a este país que tanto quiere y aunque cambió de tono e intentó ser más discotequero, al cantautor uruguayo no le permiten pasar por alto lo que mejor sabe hacer: cantarle al amor.

Es un tipo inconstante. Se refugia en un pueblo costero de Cantabria (Somo) para componer y despistarse solamente cuando se baña en el mar para coger olas. Su último disco, Bailar en la cueva, en parte se gestó en uno de los apartamentos que hay a pie de playa y que una semana después de su estadía un fuerte temporal destruyó. También es inquieto, tanto que hace rato cruzó el Atlántico. No lo hizo por amor, aunque en su nombre se hagan locuras y se escriban las más brillantes oscuras palabras. Le sedujo un consejo “irracional y sin pensarlo”, dice, de uno de los tipos más irracionales e impulsivos que existen en la capital española, Joaquín Sabina. Llegó a Madrid en febrero de 1995 al hilo de su idea de que “viajar es la gran metáfora del cambio”. Se aventuró a dejar atrás sus certezas en Montevideo (su trabajo como médico, familia y amigos. Una vida) por lo incierto que le esperaba en España a cambio de perseguir un sueño: “Me vine porque noté que aquí la diferencia podía ser muy grande y que podía dedicarme realmente a la música, que era la ilusión que había tenido”. Hasta ese momento, sus dos primeros discos, editados en Uruguay en los años 1992 y 1994 vendieron 35 y 100 copias respectivamente. Su ejercicio como médico otorrinolaringólogo subvencionó su vocación de artista. Con las inyecciones que ponía ganaba la plata que invertía para sacar su música.

Después de haberle visto interpretar en el Teatro Price de Madrid, un lugar que le gusta “por aquello de ser circular”, da la sensación de estar más cómodo en un escenario, acompañado siempre de su guitarra, que en persona, donde se muestra tímido, pero generoso y elocuente. Tras su último trabajo, sus letras están poniendo a bailar a sus fans. A pesar de tener muy claro que “me gusta más escribir canciones que recetas”, no puede escapar a las referencias médicas y justifica el rumbo de Bailar en la cueva con el argumento de que “desde el punto de vista neurofisiológico una canción bailable afecta más zonas del cerebro que una canción política. Y si tienes una canción que involucra emoción, poesía y movimiento, todo el cerebro vibra”.

Interactuar con el público hace parte de sus conciertos, que convierte en íntimos shows. Luce tranquilo y se le siente a gusto, pide qué canción cantar, cuenta anécdotas, hace reír, para nada se le ve asustado, como lo estaba cuando empezó a aprender a tocar en vivo en el café Libertad 8, en el madrileño barrio de Chueca, recién aterrizado. Hace memoria y recuerda que “estaba más nervioso la primera vez que actué en el Libertad 8 que cuando canté al recibir el Óscar. Ese café ha sido mi escuela: allí aprendí a mirar y a cantar para otras personas, buscando la comunicación y no la perfección”.

Perdido 12 segundos

Aunque vive el presente para disfrutar de la alegría, la foto que queda de sus canciones bien podría ser lo que escribía Jack Kerouac, “unos periódicos de ayer arrastrados por el viento en la calle…”. Por ser un músico que experimenta, también falla, así que es un amante del valor de la incertidumbre. Sus naipes son las palabras con las que juega de manera inteligente y seductora, en complicidad con sus manos y su voz. Sabe combinarlas para desarmar a la persona o personas que tiene delante. Con ellas canta lo que vive para no tener que responder sobre su vida privada, sobre su ruptura y el encuentro con un nuevo amor en las entrevistas y dejar abierta una ventana de duda. Como esa zona de sombra que protagoniza su disco 12 segundos de oscuridad de la que dice “en este momento no me relaciono mucho con ella”. En sus letras no oculta su sensible interior en un alarde de valentía creativa. Y lo avisa: “Todas mis canciones son verdad, pero no se pueden mirar todas a la vez”. Aquel disco editado entre septiembre de 2006 y febrero de 2007, intermitente como la luz del faro del cabo Polonio, al este de Uruguay, lo grabó en un momento duro de su vida. En esa frontera que hay entre el final y el principio de algo, donde la decisión es más una consecuencia que una elección.

“Ábrete, comienza de nuevo”, canta Thom Yorke en el tema I might be wrong, frase que bien podría haber alentado al músico uruguayo a dejarlo todo atrás, a volver a enamorarse, sin miedo a la incertidumbre, a hacer las maletas para volver a empezar desde el principio. En esa onda compuso justificaciones, lamentos, alertas, reproches, confesiones y mensajes cantados entre tinieblas en los doce segundos más largos que uno se imagina. A veces, una tormenta siembra distancia y renueva pálpitos que ponen patas arriba existencias aparentemente estables y no hay respuestas a los porqués. “Yo estaba empeñado en no ver lo que vi”, “Aquel mensaje que no debió haber leído”, “Y tarde o temprano nada es secreto”, “Me encontrarás en cada cosa que he callado”, “Tan poco tuyo que ahora soy yo y nunca fui tan de nadie…”, “No tengo a quién culpar que no sea yo”.

Vemos ese amor que se va y no vuelve, es el corazón que cicatriza, gallardo, para volver a quebrarse. En este contexto entiende y concuerda con lo que dice Caetano Veloso, “nunca el mero acto de escribir una canción fue tan desesperadamente necesario”. Para este poeta de los pentagramas lo más difícil, precisamente, es escribir una canción para ese otro amor que se mueve entre el viejo y el nuevo, que no encuentra complicidad y no tiene tilde. Atrás quedó aquella zozobra sentimental, aunque, para él, más que el amor (aunque sea motivado por el deseo carnal), “es el miedo el que mueve el mundo”.

El dandi que escucha

Ronda los cincuenta. Es papá de tres niños. El mayor se llama Pablo y es fruto de su primer matrimonio con la vocalista española Ana Laan. Tras separarse se juntó con la actriz y cantante hispano-británica Leonor Watling, con quien tiene a Luca y a Lea. Viste informal, pero elegante. La gorra oscura, el pañuelo anudado con estilo al cuello, sus tenis relucientes y la camisa remangada, delatan su gusto por cuidar su imagen, que parece azarosamente estipulada y calculada. La barba descuidada y presumida que luce parece cubrir su rostro desde hace un par de días y no hay pelo que sabotee ese look informal que cultiva. En su clóset se adivina ropa de firma, Hugo Boss, y también marcas deportivas, como Adidas. Ese atisbo de vanidad, esa pizca de hedonismo que transmite con su imagen, se torna delicada y sensible cuando canta, habla y ríe. Y cuando escucha. Porque escucha mucho.

De sus años pasando consulta cómo médico aprendió a escuchar, tanto que las historias que le cuentan, a veces, acaban siendo canciones; otras, pone cara de expresar “¡No puede ser!”. Alicia, una enamorada del cantante uruguayo hace rato, narra en un mail lo que bien podría describir el universo Drexler, un universo paralelo donde ocurre la ficción mientras la realidad sucede. Doce años atrás su antiguo novio la invitó a un concierto suyo en Madrid. Y allí, el meloso uruguayo presentaba el tema El pianista del gueto de Varsovia, una de las canciones favoritas de la emocionada Alicia.

Esa letra está inspirada en un libro del mismo título del autor Vladyslav Szpilman, detalle que no se le escapó al novio. El hombre también se llamaba Jorge. Con aspiraciones de conquista, en ese momento saca un paquete delicadamente envuelto y se lo entrega a su chica. Ella lo abre, no da crédito, es el libro sobre el que está hablando Drexler, y la dedicatoria la derrite. No se sabe qué pasó después del concierto, el caso es que tiempo después, Alicia, una joven periodista en ese momento, tiene la oportunidad de entrevistar a Jorge Drexler. Después de las preguntas, y algo más tranquila, le cuenta lo que le sucedió aquel día mientras él cantaba esa canción querida. Drexler no lo sabe, pero Alicia no olvida la cara de sorpresa que se le quedó después de escuchar ese cuento. Ese hermoso cuento. Jorge Drexler le dijo estar fascinado y que le daban ganas de escribir una canción. Alicia intuye que no lo hizo, pero hoy esa historia ya no es secreto. Después de tanto tiempo, el mismo que “se va y ya no vuelve”, Alicia se ha devuelto al pasado al tararear las canciones de Bailar en la cueva, rememorando un amor del que el corazón tuvo que sobreponerse. Porque “aunque parezca mentira, tu corazón va a sanar. Va a sanar. Va a sanar. Y va a volver a quebrarse mientras le toque pulsar”.

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