Alemania enfrentó por tercera vez a Argentina

Por tercera vez, Argentina y Alemania se jugaron la vida en la instancia definitiva de un Mundial: el encuentro más repetido en las finales de la Copa del Mundo.

Roma, Estadio Olímpico, 8 de julio de 1990. Argentina y Alemania reviven la final de cuatro años atrás. A cinco minutos del cierre de un partido marcado por la dureza de sus acciones, en especial las argentinas, y la pobreza de su juego cerrado y aburrido –para muchos, aún es la peor final de los Mundiales–, el defensa Roberto Sensini intenta cerrar una clara oportunidad de gol teutón y derriba al delantero Rudi Völler. El árbitro no duda en sancionar un polémico penal. Las cámaras muestran a Sergio Goycochea, Néstor Lorenzo –hoy asistente técnico de José Pékerman– y Diego Maradona protestando pues sus sus ojos no dan crédito. La charla con el árbitro se extiende y se extiende, los minutos pasan y los argentinos alargan el tiempo queriendo que la fatalidad no llegue nunca. Uno a uno se van yendo, resignados a que ya nada cambiará la decisión. Finalmente el alemán Bremhe y el arquero Goycochea se paran frente a frente, solitarios, se examinan, se ven a los ojos. El germano toma una corta carrera, patea a la derecha del portero, anota. El mundo se les viene abajo a los gauchos, que en su desesperación pegan más y ven la segunda roja en Dezotti por agarrar duramente a un rival que no quería pasarle la pelota y una amarilla para Maradona por protestar esa acción. Lo que queda de partido se consume y los argentinos pierden la cabeza sin poder concretar el empate. Todo termina y los alemanes son campeones.

Cualquier Copa del Mundo es un motivo de alegría indescriptible para cualquier nación bajo cualquier concepto. Pero esa victoria de impronta germana en 1990 emergió especialmente por la coyuntura álgida que vivía la nación en ese momento. En realidad las dos naciones, pues justo en ese momento la sociedad alemana vivía el proceso de reunificación de las dos regiones, este y oeste, en las que había sido dividida por más de 40 años como producto de la polarización que vivió el planeta entre capitalistas, liderado por EEUU y socialistas a la cabeza de la URSS, al oriente. Justamente, esa parte del mundo, la perteneciente a la llamada Cortina de Hierro, vio como en la década de los ochenta el “sueño socialista” decaía hasta fragmentarse de manera estrepitosa en mil pedazos. Las tensiones políticas, sociales, económicas y hasta étnicas de Europa Oriental se hicieron insostenibles y en pocos años el poderío ruso se desinfló: uno por uno de los países bajo su vigilancia obtuvo autonomía y rompió con el pasado.

Para las Alemanias, el destino no podía ser otro que el de volver a sí mismas, a dónde pertenecían. Así, el reencuentro definitivo con su historia vino con una imagen atemporal, la de la destrucción en noviembre de 1989 de ese muro insensato que alejó a unos y otros –famosas son las historias de esas familias que quedaron separadas para siempre en apenas un par de días. El balón, que no sabe quedarse al margen, quiso reunir a los pueblos –¡qué sorpresa!–como antesala de lo que habría de llegar en algunos meses: en marzo de 1990 en Dresden, al oriente teutón, los equipos de cada país de 1974, el único mundial que ambos países disputaron, se fusionaron en uno solo para enfrentarse a una selección del Resto del Mundo.

Curiosamente, como durante las eliminatorias mundialistas y a escasos meses del torneo los países seguían jurídicamente siendo dos, el equipo a la postre campeón compitió como Alemania Occidental. Sin embargo, estos alemanes se reencontraron con aquellos alemanes, incluso algunos se vieron por primera vez: la alegría y el simbolismo de esas imágenes era inigualable no sólo por el presente sino porque miraban al futuro. La Copa y el sentimiento de orgullo al ganarla era una muestra de ese diálogo con los tiempos venideros. La fiesta fue general, fue simplemente alemana. Y, como una culminación satisfactoria de ese proceso, el 20 de noviembre de ese año volvió a haber oficialmente una sola Mannschaft.

México DF, Estadio Azteca, 29 de junio de 1986. Sin imaginar que volverían a encontrarse en el desenlace cuatro años después, alemanes y argentinos chocan por primera vez en esa etapa. El control absoluto del partido es ejercido por los gauchos, que a falta de quince minutos para el final ganan 2-0 con un gol anotado cada tiempo; los alemanes no ven ni una. Inexplicablemente la albiceleste pierde la cabeza, comete error tras error y unos alemanes no muy brillantes pero siempre aplicados echan mano de su potencia innata y en seis minutos lo empatan con dos tiros de esquina; quedan 9. ¿Quién dijo que todo está perdido? Un Azteca abarrotado de rioplatenses queda en silencio, se quiere morir. Nadie sabe qué hacer y se miran incrédulos. Todos menos uno, de esos hombres cuyo espíritu les cuelga la vitola de genios sin que les pese. En una acción de juego en mitad del campo, a cinco minutos del desenlace, Maradona saca un pase larguísimo, preciso y elegante entre tres teutones que lo marcan. La pelota encuentra a Jorge Burruchaga, que se enfila prácticamente solo al arco rival. Define sin titubear con un remate rasante hacia el palo izquierdo del arco: entra y es gol, están 3-2. Los segundos se vuelven horas, pero por fin se acaba y la cancha se inunda de camisetas blancas y celestes. El ‘Pelusa’ sale en hombros, con el trofeo en las manos. Ha ganado su mundial, de principio a fin.

La alegría que les dio ‘Diego’ y compañía a sus compatriotas fue un bálsamo, casi como agua en el desierto frente a la época de tremenda angustia por la que acababa de atravesar la sociedad argentina y de la cual todavía quedaban enormes rezagos. La dictadura que gobernó al país desde 1976 hasta 1983 dejó miles de muertos y desaparecidos, violaciones sistemáticas a los derechos humanos y a las instituciones democráticas del país por el suelo. Más grave aun, la moral del pueblo argentino y la encrucijada hacia el futuro pesaban demasiado, pues apenas habían pasado tres años y ese periodo negro aún estaba muy cerca. Se miraba con desconfianza el retorno a la democracia y se creía que habría de pasar mucho tiempo para que las heridas sanaran, si es que algo de semejante magnitud podría dejarse pasar y simplemente continuar con la vida.

Después de todo, Argentina hacía un viraje en su dirección: a finales de 1983 fue elegido presidente Raúl Alfonsín, quien ganó al tomar la bandera de enjuiciar penalmente a los responsables de la tragedia de años anteriores. En un panorama sin precedentes en el mundo, un país llevaba a los estrados a sus propios gobernantes para que rindieran cuentas sobre lo sucedido. Aunque contaba con cierto beneplacito del pueblo, el escepticismo sobre ese proceso era notorio en muchos sectores de la sociedad. En lo internacional el horizonte no era más alentador, pues si el país quería olvidar el tema de las Guerra de las Malvinas contra Inglaterra, meses antes del Mundial la primera ministra británica Margaret Thatcher creaba, con su dureza característica, leyes que buscaban dificultar la presencia de argentinos en ese territorio. Y hasta la literatura había sido golpeada: el pleno mundial –aunque poco le importaba a él– fallecía en Ginebra a los 86 años Jorge Luis Borges.

La misma Selección era un cúmulo de dudas por su pobre campaña en la clasificación al Mundial e incluso desde el gobierno se dijo que no contaban con su apoyo. Pero el equipo supo sobreponerse a la presión y al poco entusiasmo alrededor suyo y hacerse con la victoria de manera excepcional a medida que pasaban los partidos, lo cual, cómo no, ayudó al pueblo gaucho a recobrar algo de la fe en sí mismos. Hasta les alcanzó para cerrar unos cuantos millones de bocas inglesas, cuando en el partido de cuartos de final ambas selecciones se vieron las caras y un inspiradísimo –y suertudo– Maradona dejó sin habla al mundo entero en dos ocasiones, una con el pie y otra con la mano. Como no podía ser de otra forma, el triunfo se tomó como una una tremenda revancha a la derrota militar en las Malvinas que, en últimas, fue la que terminó por deponer a la dictadura. De la selección nadie sabía nada ni se le daban casi chances, y de ella dependió en gran medida ese año y los siguientes.

Río de Janeiro, Maracaná, 13 de julio de 2014. Veinticuatro años después de la segunda vez, todo está por decir. Lionel Messi, el supuesto sucesor de Diego Maradona, no ha podido estar más lejos de su nivel habitual y aún más distante si se le quiere comparar con esa sombra gigantesca, que ha atravesado toda la vida su figura. A menos de que juegue una final brillante, el del Barcelona tampoco habrá firmado en 2014 su Mundial, y el tiempo empieza a agotársele. La historia del fútbol, que es áspera como la tierra más seca y dura como el más recio de los muros, dirá que nada habrá servido si Messi no se enfunda la camiseta del genio que dice ser y le da a su país la tercera Copa Mundial. Será un gran jugador, un astro enorme, pero sin el máximo galardón que lo certifique no llegará al panteón de los héroes máximos. Alemania, con un poco menos que demostrar, será más o menos fiel a su historia y no pondrá su fe en un solo hombre –ya lo hizo una vez y los resultados son conocidos por todos– sino en el trabajo conjunto que lo trajo a la final como en las ocasiones anteriores. El equipo teutón es recio y potente como manda su tradición, pero también ahora joven, alegre y sin prejuicios, lo que lo hace jugar un fútbol vistoso y muy llamativo. Se ha dicho en este Mundial que brasileños y germanos intercambiaron papeles: ahora los europeos son los del ‘jogo bonito’.

Ambos países, cómo no, han cambiado y el campeonato para cualquiera de los dos tendrá menor peso social que esas otras veces. Sin embargo, para el ganador la gloria será eterna y la debacle del perdedor un afilado cuchillo. Los retos de este partido específico –el mundial es en América y ningún europeo ha levantado el trofeo en esta tierra; se trataría del desempate de un duelo histórico– están servidos.

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